miércoles, 18 de septiembre de 2013

Epílogo

Dos años después…

Pedro recorrió la calle principal silbando y saludando a los amigos con los que se iba cruzando. Silbando. Jamás había silbado en el pasado, pero últimamente se había sorprendido haciéndolo en varias ocasiones.

Lo que significaba que vivir fuera de la ciudad no era tan aburrido y limitador como él había imaginado. Aunque tampoco pensara que su felicidad tuviera tanto que ver con el lugar en el que vivía, como con cómo vivía, y con quién.

Aupó a Benjamín en su cadera y siguió silbando. El niño iba vestido con un jean y unas zapatillas con el logo de La Cabaña de Azúcar.

Se le había ocurrido a él, además de vender por internet sus pasteles, también vendían polos, ropa de bebé, café y tazas, e incluso llaveros. Ya que pensaba que era la mejor publicidad que podía tener Paula, además del boca a boca.

–Vamos a ver a mamá –le dijo a Benja–. A lo mejor te da una galleta.

–¡Galleta! –exclamó el niño aplaudiendo.
Pedro comenzó a reír.
Llegaron a la puerta de La Cabaña de Azúcar y entraron en el local dedicado a la distribución.

Paula estaba detrás del mostrador, pero solo con verlos sonrió y salió. Tenía el pelo recogido en una cola y un delantal también con el logo de la tienda de un blanco inmaculado.

–¡Galleta! –gritó Benjamín.
Y ella se puso en puntitas de pie para darle un beso al niño y otro al padre.
–Tengo una sorpresa para ti –anunció Pedro mientras ella volvía detrás del mostrador.
La vio quitarse el delantal y buscar una galleta para Benja, volver a salir y dársela.

Sin el delantal se notaba mucho más que estaba embarazada de cuatro meses. Y cada vez que veía su panza, a Pedro se le hacía un nudo en el estómago, de amor y de orgullo, y de alivio, por no haberla dejado marchar.

Se habían comprado una casa grande y muy bonita. Además, se habían vuelto a casar, esa vez por civil y en algo muy íntimo. Sólo los habían acompañado Helena y Benjamín.
Después, habían hablado de tener otro hijo. Uno con el que Pedro pudiera vivir la experiencia desde el principio.

–¿Cuál es la sorpresa? –le preguntó Pedro.
Él se metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó un catálogo que tenía doblado. Lo abrió y se lo entregó para que lo viera.

–¡Ay, Dios mío! –gritó Paula emocionada, quitándoselo para verlo mejor–. No puedo creer que esté terminado.

Era el catálogo de La Cabaña de Azúcar. Pedro también había hecho diseñar una página web y estaba buscando otros locales en alquiler para abrir más Cabañas de Azúcar en la capital.

–Y tengo más buenas noticias –agregó.

–¿Cuáles? –preguntó Paula contenta.

–Federico y yo cerramos el trato esta mañana para abrir La Cabaña de Azúcar en la empresa Alfonso.
Paula no saltó de alegría, como él había esperado.

–¿Qué pasa?

–Nada, es buenísimo, pero me preocupa lo que piense tu mamá cuando se entere. Y si terminamos volviendo, como tenemos planeado…

–Ya lo sabe, se lo ha contado Federico –le dijo él–. Sé que no será nunca la suegra ni la abuela perfecta, pero creo que, después de un tiempo sin tener noticias nuestras le ha quedado claro que te amo. Eres mi esposa y no dejaré que nada ni nadie te haga daño ni se interponga entre nosotros. Ni siquiera mi mamá.
Ella dio un paso al frente y apoyó las manos en su pecho.

–¿Te arrepientes? –le preguntó en un susurro.

–En lo absoluto. Sólo me importan Benja y tú, y este chiquitín que está creciendo en tu panza –le dijo, acariciando la casita de su hijo–. No niego la posibilidad de arreglar las cosas con mi madre, pero no cambiaría mi vida de ahora por nada del mundo. ¿Lo entiendes?
Ella asintió despacio.

–Ahora, voy a limpiar a nuestro pequeño monstruo de las galletas mientras tú le enseñas el catálogo a tu tía. Con un poco de suerte se pondrá de buen humor y se quedará con Benja esta noche.

–¿Por qué? –le preguntó Paula.

–Porque tengo ganas de algo dulce.
Paula inclinó la cabeza y le dedicó una seductora mirada.

–Y, estás en una panadería. Hay dulces por todas partes.

–Lo que yo quiero no está en el catálogo.

–O sea, que quieres hacer un pedido especial.
Él asintió.

–Entonces es tu día de suerte, porque gracias a mi esposo, hacemos pedidos especiales. Aunque tendrás que pagar un precio especial por el envío.
Él hizo una mueca y dijo en voz baja.
–No hay ningún problema. Por si no lo sabías, soy rico.
Ella sonrió y lo abrazó por el cuello.

–Yo también –murmuró.
Y ninguno de los dos hablaba de dinero.




FIN
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Holaaa, como están? Llego el final, esta nove la amé aunque está ese pequeño detalle de que la mala de todo es la madre de Pedro y no pegaba para nada con la realidad del ángel que fue y sigue siendo Ana en la realidad :) Espero que igual les haya gustado la nove y comenten que les pareció :D
De paso les pido mil disculpas por demorar tanto en subir los capítulos este último tiempo, espero que me sepan comprender que el poco tiempo que tenía no me daba para subir la nove.
Y con respecto a subir la próxima nove Rosas Rojas, lo voy a hacer cuando este segura que voy a poder actualizarla diariamente, la verdad que me sentía mal por ustedes subiendo una vez cada mil años :/ 

Bueno, creo que ya saben quién soy jajajaja pero para las que no en twitter soy @Love_Pauliter si quieren también pueden hablarme por ahí :D

GRACIAS por leer y por su paciencia de verdad, son lo más. Pronto nos leemos.

BESOS

Capítulo 37

–Voy a hacerte unas preguntas y quiero que me respondas con sinceridad. No se te ocurra mentirme, ¿entendido?
Tomás Silva palideció.

–Sí, señor –balbució.

–¿Llamó Paula a la oficina el año pasado, justo después del divorcio, para hablar conmigo?
Tomás miró un instante hacia donde estaba ella con el niño.

–¿Sí o no, Tomás? –volvió a preguntarle Pedro.

–Sí, señor –respondió–. Puede ser.

–¿Y le dijiste tú que yo no tenía nada de qué hablar con ella?
Tomás abrió los ojos como platos.

–Yo… yo…
Cerró la boca, se humedeció los labios con nerviosismo y dejó caer los hombros.

–Sí, señor –admitió–. Lo hice.

–¿Por qué? –quiso saber Pedro, sorprendido.

–Porque yo le dije que lo hiciera.

La voz de Ana, profunda y severa, hizo que Paula se sobresaltara. Benjamín empezó a moverse en sus brazos y ella lo balanceó y le dio un beso en la cabeza para tranquilizarlo.

–Mamá –murmuró Pedro, girándose hacia ella–. ¿Qué estás diciendo?

–Que, después de tu separación, yo le ordené al señor Silva que filtrara cualquier llamada de la señorita Chaves que llegara a la oficina y que le dijera a ésta que no querías volver a hablar con ella.
Pedro miró a su madre y a Tomás con incredulidad.
Paula tenía el corazón acelerado, estaba emocionada.

–¿Por qué lo hiciste? –le preguntó a su madre.
Ana apretó los labios.

–Es basura, Pedro. Fue una pena que te casaras con ella y la trajeras a casa, pero no podía permitir que siguieras en contacto cuando por fin habías tenido la sensatez de divorciarte de ella.

–Así que le ordenaste a mi asistente que no me pasara ninguna llamada de ella –dijo él.

–Por supuesto –respondió ella–. Haría cualquier cosa por proteger a la familia de semejante trepadora.

–Se llama Paula –le dijo Peter entre dientes.
Antes de que a su madre le diera tiempo a responder, Pedro se acercó a Paula y agarró a Benja en brazos.
Luego, volvió a acercarse a Tomás.

–Estás despedido –le dijo–. Vuelve a la oficina y recoge tus cosas.

–Sí, señor –respondió él.

–Y tú –continuó Pedro, volteándose para fulminar a su madre con la mirada–. Siempre pensé que Paula exageraba cuando me contaba lo mal que te habías portado con ella a mis espaldas, pero ahora veo que tenía razón. –Pedro hizo una pausa y luego añadió–: No volverás a vernos jamás. Vendrán a recoger mis cosas y las que se le pudieran haber quedado a Paula. La empresa es mía. Mía y de Federico. A partir de ahora ya no formas parte de la junta directiva y tu nombre no volverá a figurar en nada relacionado con la empresa.

–No puedes hacer eso –protestó Ana.

–Vas a ver como sí puedo.
Y, dicho aquello, Pedro abrió la puerta y salió por ella con Paula al lado.

–Dejen todas las cosas de Paula en mi auto –les dijo a las muchachas.
Luego se acercó al taxi para pagarle.

–¿Qué vamos a hacer? –le preguntó Paula, todavía sin poder creer lo que acababa de suceder.
Él levantó una mano para tocarle la cara.

–Nos vamos. Nos quedaremos en un hotel hasta que lo arregle todo en el trabajo, luego, volveremos a Summerville.

–Pero…

–No hay peros que valgan –le respondió él, suavizando el tono–. Lo siento, Paula. No me daba cuenta. No te creía porque no quería admitir que mi familia no era perfecta ni que pudiera tratar a mi esposa de otra forma que no fuera con cariño y con respeto. –Le acarició la mejilla y Paula notó que se derretía–. Si lo hubiera sabido, si hubiera entendido lo que estabas pasando, lo habría detenido. Jamás habría dejado que lo nuestro se arruinara.

Ella no podía hablar, pero lo creía.

–Te amo, Paula. Siempre te amé y lamento haber perdido tanto tiempo.
Ella notó cómo las lágrimas, lágrimas de felicidad, le inundaban los ojos.
Pedro se inclinó y apoyó la frente en la de ella.

–Si pudiera volver el tiempo atrás y hacer las cosas de otra manera, jamás te dejaría ir.

–Yo también te amo –le dijo ella–. Y jamás quise irme, pero no podía seguir viviendo así.

–Lo sé.

–Y no quise mantener en secreto mi embarazo. Intenté contártelo, pero cuando Tomás se negó a pasarte la llamada, me sentí tan dolida y enfadada…

–Lo entiendo. Ambos hemos cometido errores, pero no volveremos a hacerlo, ¿no?
Paula negó con la cabeza e hizo un esfuerzo por contener las lágrimas.
Él tomó su rostro con ambas manos y le dio un suave beso.

–Te amo con todo lo que soy, Pau. Para siempre.

–Yo también te amo –intentó decirle ella, pero Pedro ya la estaba besando con toda la pasión que había florecido entre ambos desde el momento en que se habían conocido.

Capítulo 36

Pedro detuvo el auto delante de la casa y apagó el motor. Normalmente lo dejaba en el garaje, pero esa vez sólo iba a estar unos minutos. Se le habían olvidado unos documentos en el escritorio y quería recogerlos y volver al trabajo lo antes posible, para que le diera tiempo a hacerlo todo y estar libre para la hora de la cena.

Normalmente evitaba la cena en familia, pero ese día tenía ganas de estar allí, en casa, con Paula y con Benjammín. Sonrió sólo de pensar en ellos y miró el reloj para ver cuánto tiempo podría entretenerse.

Delante de él había un taxi estacionado y se preguntó qué haría allí. Tal vez su madre tuviera visita.

Subió las escaleras, abrió la puerta y se detuvo de golpe al ver unas maletas y cosas de bebé en la entrada.

–¿Qué está pasando aquí? –murmuró para sí mismo.

Oyó un ruido en lo alto de las escaleras y levantó la cabeza. Paula bajaba con Benja en brazos, con dos de las empleadas de su madre atrás, cargadas de cosas.

–Gracias por la ayuda –les estaba diciendo Paula–. Se los agradezco mucho.

–¿Qué sucede? –preguntó él en voz alta.
Paula levantó la cara al oírlo.

–Pedro –susurró–. No esperaba que volvieras tan temprano.

–Es obvio –respondió con el ceño fruncido–. ¿Ibas a huir otra vez? –la acusó.

–No –respondió ella, humedeciéndose los labios con nerviosismo–. Quiero decir, que sí, que me voy, pero que no estaba intentando huir. Te dejé una nota arriba… detrás de la que tú me dejaste esta mañana.
Él pensó, con cierto sarcasmo, que aquello era diferente.

–¿Y con una nota me compensas por irte mientras yo estoy trabajando? –preguntó Pedro–. ¿Con mi hijo?

–Por supuesto que no. Aunque, cuando leas mi nota verás que te explicaba que no nos íbamos. Sólo vamos a mudarnos de la casa a un hotel en el centro. Iba a quedarme allí hasta que tuviera la oportunidad de hablar contigo.

–¿De qué?
Paula tragó saliva.

–Tu madre me pidió que me fuera.
Él abrió mucho los ojos, sorprendido.

–¿Por qué?

–Por la misma razón que la última vez, porque me odia. O, al menos, no le caigo bien. Nunca he sido lo suficientemente buena para ti y jamás lo seré. Aunque esta vez ha sido más firme que nunca a la hora de echarme porque le dije unas cuantas verdades.

–Le dijiste unas cuantas verdades –murmuró él, repitiendo e intentando procesarlo, pero cada vez más confundido–. ¿Y por qué lo hiciste?

–Porque me niego a que me sigua maltrate. Me niego a que me haga sentir inferior sólo porque siempre me considerará una mesera que no merece el cariño de su hijo.
Pedro sacudió la cabeza y avanzó hacia ella.

–Seguro que ha sido un malentendido. Mi madre puede ser distante, pero sé que está emocionada con Benja y seguro que también se alegra de tenerte de vuelta en casa.
Alargó la mano para tocarla, pero Paula retrocedió.

–No, no es un malentendido, Pedro –le respondió en tono implacable–. Sé que quieres a tu madre y jamás te pediré que no lo hagas. Nunca intentaría distanciarte de tu familia, pero, a pesar de amarte mucho, no puedo quedarme aquí ni un minuto más.
A PEdro se le encogió el corazón al oír aquellas palabras. Lo amaba…

–Me amas –repitió–. Está bien. Me amas, pero te vas. Otra vez. ¿Y Benja? ¿Pensaste en él? ¿Y el niño del que tal vez estés embarazada? Mi futuro hijo.

–No es justo que me hables así, Pedro –le dijo ella en voz baja.

–La verdad duele, ¿no? Con divorcio o sin divorcio, sabías que estabas embarazada y ni siquiera te molestaste en decírmelo.

–No te atrevas a sacarme eso en cara. Mantuve a Benjamín en secreto, sí, pero sólo porque tú te negaste a hablar conmigo. Intenté contártelo, pero no te molestaste en escucharme.

–¿De qué estás hablando? –preguntó él con cautela.

–Te llamé apenas supe que estaba embarazada, pero tú habías dicho que no tenías nada de qué hablar conmigo.
–Yo nunca dije eso –murmuró Pedro.

–Sí, ése fue el mensaje que me dio Tomás cuando le pedí que me pasara contigo.

–Tomás.

–Sí.
Pedro sacó su teléfono del bolsillo y llamó a su asistente.

–Sí, señor –respondió el joven enseguida.

–Estoy en mi casa y quiero que vengas aquí en menos de quince minutos.

–Sí, señor –respondió Tomás.
Pedro miró a Paula a los ojos mientras finalizaba la llamada.

–No tardará en llegar y vamos a llegar al fondo de este asunto de una vez por todas.
A Paula los segundos empezaron a parecerle horas y los minutos, años. Y Benja cada vez le pesaba más.

–Deja que yo lo cargue –le dijo Pedro al ver que hacía amago de sentarse en las escaleras.
Ella dudó un instante, pero se lo dio.

–Está cada vez más grande, ¿no? –añadió él sonriendo.

–Sí, está creciendo.

Iba a sugerir que fueran a sentarse a la sala para esperar a Tomás, pero en ese momento oyeron un auto en la calle y un minuto después se abría la puerta.
Pedro volvió a pasarle a Benjamín y se giró muy serio hacia su asistente.

–Voy a hacerte unas preguntas y quiero que me respondas con sinceridad. No se te ocurra mentirme, ¿entendido?

Capítulo 35

–Bueno, bueno. Pero qué bonita imagen.
El tono retorcido de Ana interrumpió a la joven a media frase e hizo que se incorporara de un salto.

–Puedes irte –le dijo Ana.

–Sí, señora – murmuró Margarita, asintiendo.

Paula también estaba incómoda con la repentina aparición de Ana, pero no iba a dejar que se diera cuenta. Así que se quedó donde estaba y continuó jugando con Benjamín, controlando el impulso de levantar la mirada hacia donde estaba la otra mujer.

–No tenías por qué asustarla, Ana –le dijo por fin, mirándola–. Es una buena chica. Estábamos teniendo una conversación interesante.

–Ya te dije antes que es inadecuado hacerse amigo de la servidumbre.
Paula rió al oír aquello.

–Me temo que no estoy de acuerdo contigo, sobre todo, teniendo en cuenta que yo también era la servidumbre, ¿te acuerdas?

–Claro que me acuerdo –respondió Ana en tono frío.

Cómo no. ¿Acaso no era ése el principal motivo por el que nunca le había gustado que se casara con su hijo? ¿Que un heredero de los Ana se casara con una mesera sencilla y sin clase?

–¿De verdad piensas que esto va a funcionar? –continuó Ana–. ¿Que puedes ocultarle a mi hijo que ha sido padre durante un año y luego volver como si nada a una vida de lujo, atrapándolo en tus redes otra vez?
Ella mantuvo la mano donde la tenía, en el vientre de Benja, y siguió acariciándolo.

–Yo no considero que vivir aquí sea tener una vida de lujo. Puedes tener mucho dinero, pero esta casa no es un hogar. No hay calor ni amor. –Hizo una pausa para abrazar a Benja contra su pecho antes de levantarse–. Y no estoy intentando atrapar a Pedro. Nunca lo hice. Yo sólo quería amarlo y ser feliz, pero tú no podías permitirlo, ¿no es así?
Colocó a su hijo en su cadera y continuó diciendo lo que llevaba tantos años queriendo decir.

–Pedro jamás debía de enamorarse de una mujer con sangre roja en las venas, en vez de azul, como la de él. Ni tampoco debía ser feliz ni tomar sus propias decisiones, ni dejar de estar bajo tu dominio y tu opresión.
A pesar de estar hablando con cierto miedo, Paula se sintió aliviada… y más fuerte de lo que había esperado.

¿Por qué no había tenido el valor para decirle a Ana todo aquello un año atrás? Tal vez hubiera logrado salvar su matrimonio. Tal vez se habría ahorrado muchas lágrimas. Les habría ahorrado a todos meses y meses de tristeza.

A Ana, por supuesto, aquel primer acto de independencia no le cayó nada bien. Tenía las mejillas sonrojadas, los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada.

–¿Cómo te atreves? –preguntó.
Pero su ira no intimidó a Paula en lo más mínimo.
Ya no.

–Debí haberme atrevido hace mucho tiempo. Debí haberme enfrentado a ti, no haberme dejado intimidar sólo porque vinieras de una familia de dinero y estuvieras acostumbrada a mirar a la gente por encima del hombro. Y debería haberle contado a Pedro cómo me tratabas desde el principio en vez de intentar mantener la paz y evitar manchar la opinión que tu hijo tenía de ti.
Paula sacudió la cabeza, con tristeza, pero con determinación.

–Era joven y tonta, pero maduré mucho en el último año. Y tengo un hijo… un hijo al que no voy a dejarte mangonear, ni voy a permitir que vea cómo me maltratas a mí. Lo siento, Ana, pero si quieres formar parte de la vida de tu nieto, vas a tener que empezar a tratarme con respeto.
A juzgar por la expresión de su ex suegra, eso no iba a suceder.

–Fuera. Vete –dijo furiosa–. Fuera de mi casa –repitió, señalando con el dedo adornado por un enorme diamante la puerta.
Paula no necesitó que se lo dijeran dos veces.

–Encantada –le dijo, inclinándose para recoger las cosas de Benjamín.
Luego pasó al lado de Ana con los hombros rectos y subió al cuarto de Pedro para hacer la maleta.

Capítulo 34

Paula se despertó cuando el sol de la mañana empezó a filtrarse por las cortinas. Sonrió mientras se estiraba como un gato, sintiéndose mejor que en mucho tiempo.

Giró la cabeza, miró el reloj y se sentó enseguida. ¡Las diez de la mañana! ¿Cómo podía haber dormido tanto?

Había tenido una noche agotadora, en la que Pedro y ella habían hecho el amor tres veces y Benja la había hecho levantarse otro par, pero aun así, lo normal era que Benja estuviera hace un rato despierto.
Se giró para sentarse al borde de la cama y su mano tocó un papel.

Tuve que irme a trabajar. Benja está con Margarita. Volveré a la hora de la cena.
Te ama,
P.


Directo al grano, típico de él. Lo que no era normal era que le dijera que la amaba con tanta frivolidad. ¿O lo había hecho sólo por costumbre?

A Paula se le encogió el corazón, pero prefirió no darle demasiadas vueltas al tema. Al menos, por el momento.

Salió de la cama, se puso un pantalón de lino y una blusa naranja y salió del cuarto para bajar. Se acercó a varias habitaciones antes de encontrar a Benjamín, que estaba en la biblioteca. Había una manta negra en el suelo, y allí estaba su hijo, rodeado de juguetes, con la misma chica que lo había cuidado la noche anterior, que también estaba sentada en el piso, haciéndole muecas y jugando con él.

–Señora Alfonso –murmuró ésta al verla llegar, levantándose y colocando ambas manos con nerviosismo detrás de su espalda.

–En realidad soy Chaves –respondió Paula automáticamente, acercándose a la manta para arrodillarse al lado de su hijo y auparlo.
Benja rió e intentó agarrarle el pelo. Y ella rió también y le dio un beso en el cachete.

–Gracias por cuidarlo de nuevo –dijo, levantándose y yendo a sentarse a un sillón.

–Es un placer, señora. El señor Alfonso me dijo que le podía dar un biberón, así que ya comió. También lo cambié.
Paula asintió y sonrió. Deseó decirle que se fuera y quedarse a solas con su hijo, pero le dio pena, sobre todo, sabiendo que Ana era una dictadora con sus empleados.

Se levantó, le dio otro beso en la frente a Benja y lo dejó de nuevo sobre la manta.

–¿Te importaría cuidarlo un rato más? –le preguntó a la chica–. Me gustaría comer algo.
La joven la miró aliviada y corrió a sentarse junto a Benjamín.

–Por supuesto, señora. Tómese todo el tiempo que quiera.

–Gracias.

Y Paula fue hacia la cocina, a pesar de saber que debía ir directo al comedor y allí aparecería un empleado que le pondría el desayuno en un minuto. El personal de cocina estaba ocupado recogiendo el desayuno del resto de la familia y preparando la comida cuando ella llegó.

–Señora Alfonso –dijo una de las mujeres, sorprendida al verla allí.
Ella sonrió y no se molestó en corregirla.

–Hola, Greta. Me alegro de verte.
La mujer sonrió con cariño.

–Yo también, señora.

–¿Cuántas veces te he dicho que me llames Paula? –preguntó ella en tono amable.
La mujer asintió, pero Paula supo que la regañarían si la llamaba por su nombre.

–No he desayunado. ¿Podrías prepararme una tostada y un jugo? –añadió, sabiendo que no debía intentar prepararse nada ella sola.

–Por supuesto, señora.

Greta comenzó prepararle lo pedido mientras ella se instalaba en un banco allí, en la isla que había en el centro de la cocina. Podía haber ido a esperar al comedor, pero era una habitación demasiado grande y vacía, mientras que la cocina era mucho más acogedora y rebozaba de energía. Además, prefería no encontrarse con Ana, y sería más fácil no verla allí que en el resto de la casa.

Se comió dos tostadas y un huevo revuelto porque Greta insistió y luego volvió a la biblioteca. Margarita seguía allí, y Benja seguía jugando y riendo.

Paula rió también al verlo y fue directo a sentarse con él y a conversar con Margarita, que le contó que estaba estudiando y trabajaba allí en verano para ganar dinero para la matrícula del año siguiente.

–Bueno, bueno. Pero qué bonita imagen.

Capítulo 33

–Yo pensaba dormir en el sofá de la sala. O irme a una de las habitaciones de invitados cuando nadie me viera –le dijo ella.

Y Pedro le pasó el labio por la línea que va de la clavícula hasta detrás de la oreja, haciéndola suspirar.

–Eso no está bien. Nada bien –murmuró Paula.
Él la levantó y la llevó directamente hasta la cama.

–En cambio, a mí, me parece genial –respondió, dejándola caer sobre el colchón como un saco de papas.
Aunque Paula no se sentía en absoluto como un saco de papas, sobre todo cuando Pedro se recostó encima de ella.

En esa oportunidad, cuando la besó, no protestó ni preguntó cómo iba a terminar aquello, porque sabía muy bien cómo iba a terminar. Ambos lo sabían.

Pedro le desató el vestido, que iba anudado al cuello, dejando al descubierto sus pechos desnudos. Los acarició hasta hacerla gemir y retorcerse de placer.

Luego llevó las manos a su espalda para bajarle el cierre. Paula se incorporó un poco y esperó a que lo hiciera y luego Pedro le bajó el vestido por completo y le quitó también las sandalias.
Y ella se quedó allí, sólo con la ropa interior.

Pedro se quedó unos segundos devorándola con la mirada, e hizo que se estremeciera, se sentía poderosa.

Así había sido al principio de su matrimonio, pero no había esperado sentir tanto deseo después de todo lo sucedido. Aquello era casi como un milagro, aunque Paula no sabía cómo influiría en su futuro.
Los dedos de Pedro por debajo del elástico del culote la sacaron de sus pensamientos.

Dejó que se las quitara y la dejara completamente desnuda y lo abrazó por el cuello para darle un apasionado beso. Paula gimió y apretó la erección contra su vientre. Ella se movió para recibirla entre los muslos y lo abrazó por la cintura. Él gimió y se apretó todavía más.

Pedro pensó que había algo entre ellos. Algo importante y que no debía menospreciar. Y entonces se dio cuenta de que eso era exactamente lo que había hecho en el pasado, menospreciar su relación con Paula.

Se había casado con ella, la había llevado a casa y había dado por hecho que siempre estaría allí. ¿Cómo no iba a ser feliz en una casa del tamaño de un palacio llena de lujos…? Todo lo que cualquier podría desear. Además de tener un esposo con dinero más que de sobra para que no le faltara nada.

Sin embargo, durante las dos últimas semanas se había dado cuenta de muchas cosas. Había tenido sentimientos ajenos a él hasta entonces y se había empezado a hacerse muchas preguntas.

Tal vez el dinero no lo fuera todo. Eso significaba que Paula no lo había querido sólo por lo que tenía y por lo que quería darle. Pero no sabía si eso era bueno o malo, porque él era rico e iba a seguir siéndolo.

Sí, era evidente que seguía habiendo un vínculo entre ambos. Y no era sólo sexo, aunque éste fuera tan increíble que valiera la pena pararse a reflexionar seriamente al menos un par de horas.

¿Existía la posibilidad de una reconciliación? ¿Podrían volver a intentarlo y construir algo mejor y más fuerte de lo que habían tenido?
¿Y aunque pudieran, debían hacerlo?

Eran demasiadas cosas como para analizarlas en ese momento, dado que su mente estaba ocupada con otros objetivos mucho más inmediatos e infinitamente más placenteros. No obstante, tenía que reflexionar y decidir si lo que pensaba que estaba sintiendo era real.
Porque creía estar sintiendo amor. Amor. Anhelo.
Devoción. Y el deseo de que su relación con Paula fuese permanente.

Pedro gimió al notar la lengua de Paula en su boca y que lo apretaba con los muslos. El calor de su cuerpo desnudo le quemó por encima de la ropa y, de repente, deseó quitársela.
Empezó a desabrocharse la camisa y la correa de los pantalones. Ella se separó sólo lo necesario para dejarle espacio para quitárselo todo.

Una vez desnudo subió a Paula, con cuidado para que no se diera con la cabecera de la cama y colocó las almohadas, poniéndole varias debajo de las caderas.

Luego volvió a besarla mientras le acariciaba la cintura y la espalda con las puntas de los dedos. Su piel era perfecta, como una estatua de mármol, toda curvas elegantes. Aunque las estatuas eran frías e inánimes y Paula todo lo contrario. Era apasionada y bella, y la única mujer a la que le había hecho el amor allí, en su cama.

Antes de su matrimonio había sido más fácil ir a un hotel o al estacionamiento de la chica en cuestión. Y después de su divorcio… lo cierto era que no había estado con nadie. Se había concentrado en el trabajo y en la empresa.
La abrazó por la espalda y la apretó con fuerza contra su cuerpo. Ella enterró los dedos en su pelo y le masajeó el cuero cabelludo y la nuca, cosa que siempre le había encantado. Hizo que se estremeciera y se excitara todavía más.
Paula envolvió su erección con la mano y se la acarició con suavidad antes de guiarla muy despacio hacia su feminidad.

Pedro notó cómo lo rodeaba su calor y su humedad. Era una de las sensaciones más increíbles que había tenido en toda su vida. Por muchas veces que sucediera, era casi una experiencia religiosa.

Empezó a moverse en su interior mientras la besaba, cada vez con mayor rapidez, intentando aguantar lo máximo posible. Pero contener el orgasmo era como controlar una tormenta. Su única esperanza era que a Paula le diera tiempo a terminar antes.

Metió una mano entre ambos para acariciarla y provocarle el orgasmo. Ella dio un grito ahogado al instante.
Pedro hizo otro esfuerzo por aguantar y continuó acariciándola. Paula gimió y arqueó la espalda.

–Eso es. Déjate llevar.
Y Paula gritó al notar cómo el placer la iba sacudiendo de la cabeza a los pies.

Pedro no tardó mucho más. En cuanto notó que Paula llegaba al clímax, dejó de controlarse y compartió su felicidad.

Capítulo 32

Como de costumbre, la cena con la familia de Pedro fue agotadora. Deliciosa, pero agotadora.

Su madre estuvo tan arrogante como siempre y a pesar de que a Paula siempre le habían caído bien Federico, el hermano de Pedro, y su esposa, Victoria, se dio cuenta de que estaban cortados por la misma tijera que Ana.

Habían nacido en cunas de oro y nunca habían necesitado nada que no tuvieran. Habían sido educados para no ir jamás despeinados y no decir nunca nada inapropiado.

El único motivo por el que Paula no se sentía tan mal con ellos era que, a pesar de su origen, Federico y Victoria no eran tan fríos y críticos como su ex suegra. Desde que se había casado con Pedro, siempre la habían tratado como a una más de la familia y se habían enojado de verdad cuando Pedro y ella habían terminado. Incluso esa noche, se portaron exactamente igual que antes con ella.

Eso había contribuido a calmar sus nervios al entrar al comedor. Cuando ellos llegaron, Ana ya estaba sentada en la cabecera de la mesa, como una reina esperando a su corte, y su mirada la había hecho sentirse como un microbio a través de un microscopio.

Para su alivio, su ex suegra había jugado limpio mientras tomaban la sopa y la ensalada y había hablado de cosas sin importancia. Sin embargo, con el postre, Ana se había quitado parte de la máscara y había atacado a Paula, todo lo que había podido.

Pero, esta vez, Pedro la había defendido, algo que no había hecho nunca antes. Probablemente porque, en el pasado, los ataques de Ana habían sido mucho más sutiles, o sólo había demostrado su odio por ella cuando ambas habían estado solas.

Esa noche, Pedro había contestado a cada uno de los ataques de su madre, siempre en defensa de Paula. Y una vez terminado el postre, cuando había parecido que Ana iba a rematar la jugada, él se había levantado, había dado las buenas noches a su familia y había tomado la mano de Paula para sacarla del comedor.

Ella todavía estaba aturdida por el alivio y por la fuerza que le había dado edro… y todavía iba aferrada a su mano como si se tratara de un salvavidas cuando llegaron al piso de arriba. Se sintió como en su primera cita, antes de saber lo que era realmente ser la señora de Pedro Alfonso.

Al llegar a la puerta de la habitación, los dos sonreían y a ella le faltaba un poco de aire. Pedro le puso un dedo en los labios para que guardara silencio. Y ella se dio cuenta de que había estado a punto de comenzar a reír como una niña de doce años.

Contuvo la risa y, sin soltar la mano de Pedro, lo siguió por la habitación a oscuras. La niñera que se había quedado con Benja estaba sentada al lado de la cuna, leyendo una revista. Cuando los vio, cerró la revista y se levantó.

–¿Qué tal todo? –le preguntó Pedro en un susurro.

–Bien –respondió la joven con una sonrisa–. Estuvo todo el tiempo dormido.
Ésa era una buena noticia para la niñera, pero no tanto para los padres, que pretendían dormir toda la noche de corrido.

–Eso significa que se despertará a media noche –susurró Paula–. Prepárate para sufrir por fin los gajes de la paternidad.
Él sonrió y le brillaron los ojos.

–Lo estoy deseando.

Pedro le dio un par de billetes a la niñera y la acompañó a la puerta, dejando a Paula al lado de la cuna de Benjamín. Tenía un nudo en la garganta de la emoción, al pensar en que habían estado los dos, padre y madre, delante de la cuna de su hijo, viéndolo dormir.

Así era como se había imaginado siempre que sería formar una familia. Había sido lo que había deseado cuando se había casado con Pedro y cuando había intentado quedar embarazada al principio.
Era gracioso, cómo la vida nunca era como uno planeaba.

Pero aquello tampoco estaba mal. Tal vez no fuera lo ideal, tal vez no fuera como ella había soñado, pero seguía emocionándola y haciendo que se le encogiera el corazón dentro del pecho.

–Espero que no se esté enfermando –murmuró, poniéndole la mano en la frente. No parecía tener fiebre–. No suele dormir tanto.

–Tuvo un día bastante largo –respondió Pedro en el mismo tono–. Tú también estarías cansada si hubiera sido tu primer viaje largo.
Ella rió y tuvo que taparse la boca para no despertar al bebé. Pedro sonrió también, la agarró del brazo y la llevó hasta el dormitorio.

Una vez dentro, la hizo girar y la empujó hacia la puerta mientras la besaba. Estuvieron varios minutos besándose apasionadamente. Paula se quedó sin aliento, sin vista, sin cordura y todo su mundo se redujo a Pedro.

Cuando éste la dejó por fin respirar, parpadeó y tiró la cabeza hacia atrás, mientras Pedro continuaba mordisqueándole los labios.

–No era esto lo que yo tenía en mente cuando hablamos de compartir habitaciones –consiguió decirle Paula por fin, después de tomar aire.

–Qué raro, porque es exactamente lo que yo había imaginado –murmuró él antes de chuparle el lóbulo de la oreja.
A Paula no le cabía la menor duda.

Capítulo 31

–No sé en qué estabas pensando –espetó Ana–, ocultando a mi hijo la existencia de este niño durante tanto tiempo. Deberías habérselo dicho en cuanto te enteraste de que estabas embarazada. No tenías ningún derecho a quedarte con un heredero de la familia Alfonso.
«Y con esto empezamos», pensó Paula, para nada sorprendida.



Tampoco se sentía ofendida, aunque sabía que de cierta forma tenía motivos. Probablemente porque la reacción de Ana a su reaparición era la esperada.

–Mamá –dijo Pedro en un tono en el que Paula jamás lo había oído hablar.
Paula se volteó para mirarlo y le sorprendió verlo tan enojado.

–Ya hablamos de esto cuando te llamé –continuó él–. La situación sobre el nacimiento de Benjamín es sólo un tema mío y de Paula. No dejaré que la insultes mientras esté aquí. ¿Entendiste?
Paula vio sorprendida cómo Ana apretaba los labios.

–Entendido –respondió–. La cena se servirá a las seis en punto. Los dejo para que se instalen. Y por favor, recuerden que en esta casa nos arreglamos para cenar.
Miró a Paula con desprecio y se dio media vuelta para marcharse.

–En medio de todo, salió bien –murmuró, Paula, dejando escapar un suspiro.
Pretendía decirlo en tono sarcástico, pero Pedro sólo sonrió.

–Te lo dije –comentó, levantando a Benja un poco más–. Vamos a deshacer las maletas. Creo que a Benja le vendría bien una siesta.
Ella alargó la mano para acariciar la cabeza de su hijo.

–No debería estar cansado, ha dormido en el auto.
Pedro sonrió.

–No me había dado cuenta.

Ella rió, no pudo evitarlo. Ese era el Pedro que había conocido cuando empezaron a salir: divertido, amable, considerado… y tan guapo que le cortaba la respiración.
Sintió calor cuando le dio la mano y comenzó a subir las escaleras.

¿Cómo podía sentirse tan bien estando tan cerca de Pedro al mismo tiempo que se sentía tan mal estando en aquella casa?

Pedro vio cómo Paula iba y venía por sus habitaciones, preparándose para la cena. Benja estaba durmiendo en una cuna que él había mandado poner. Pero era la presencia de su ex esposa la que hacía que tuviera el estómago encogido. Le gustaba volver a tenerla allí.

No estaba seguro de que se tratara de tenerla allí, en la casa de su familia, sino de tenerla a su lado, en su dormitorio, estuviera donde estuviera esa habitación. La había extrañado. Había extrañado ver sus cosas encima de la mesa y en el baño, su ropa en el closet, el olor de su perfume en las sábanas.

Había extrañado verla, así, yendo de un lado a otro, peinándose, maquillándose o escogiendo qué ponerse. Era evidente que no tenía tantas joyas como cuando había estado casada con él, pero sus movimientos eran los mismos.
Incluso llevaba su perfume favorito, probablemente porque había dejado un frasco en el tocador al irse, y Pedro no había podido deshacerse de él.

En esos momentos, se alegraba mucho. Se lo había regalado a Paula por su cumpleaños. Hacía mucho tiempo. Pero el hecho de que hubiera vuelto a utilizarlo, de que estuviera allí con él, y de que, al parecer, confiara en él… le hizo preguntarse si podrían resolver sus diferencias y darse otra oportunidad.

–¿Cómo estoy? –le preguntó ella de repente, interrumpiendo sus pensamientos.

–Preciosa –respondió Pedro sin pensarlo, sin siquiera tener que mirarla. Aunque lo hizo. Mirarla siempre era un placer.

Llevaba un sencillo vestido de tirantes verde y sandalias, y se había recogido el pelo. Pedro se excitó al verla, se humedeció los labios con la lengua y deseó poder lamerla como si se tratara de un manjar.
La mirada de Paula se volvió misteriosa y sonrió de manera sensual antes de frotarse las manos en la falda.

–¿Estás seguro? Ya sabes cómo es tu mamá y no traje nada más elegante. Tenía que haberme acordado de que aquí hay que arreglarse para cenar–. Tomó aire, lo soltó y volvió a pasarse las manos por la falda con un gesto nervioso–. Aunque, de todos manera, ya no tengo vestidos elegantes, así que no habría podido traer ninguna ni aunque hubiera querido. Pensé que tal vez todavía estaría aquí la ropa que dejé, pero…
Dejó de hablar y alejó la mirada de la de Pedro. Pedro se sintió culpable.

–Lo siento. Mi madre hizo que se la llevaran toda cuando te fuiste. Yo tampoco esperaba que volvieras, así que no guardé nada.

Lo cierto era que guardar cosas de Paula le habría resultado demasiado doloroso. De hecho, había firmado los papeles del divorcio más bien motivado por la ira que por el deseo de ser libre otra vez.

No debió de haber dejado que su mamá se deshiciera de las cosas de Paula, se dio cuenta en ese momento. Tenía que haber sido él quien tomara la decisión, tenía que haber buscado a su ex esposa para ver si quería quedarse algo, pero en aquel entonces sólo había querido deshacerse de todo y se había sentido casi aliviado cuando su madre le había dicho que ella se encargaría.
Lo único que había quedado había sido el frasco de perfume.

–Estás preciosa –repitió, avanzando para acercarse a ella y agarrarla de los hombros–. Y no hemos venido a impresionar a nadie. Ni siquiera a mi madre –añadió sonriendo.

Paula esbozó una sonrisa y Pedro se inclinó para darle un beso suave. Sólo tocó sus labios, en vez de devorárselos, que era lo que de verdad deseaba. Sólo le rozó la piel de los hombros, en vez de meter las manos por debajo del vestido.
El beso duró un par de segundos y luego Pedro se separó antes de que su deseo se hiciera demasiado notorio.

–Tal vez tengamos que saltarnos la cena y pasar directamente al postre –comentó en voz baja.

–No creo que a tu madre le guste la idea.
A Pedro le gustó escuchar que a Paula también se le había puesto la voz ronca. Eso significaba que no era el único en sentir deseo.

–No me interesa en lo más mínimo –murmuró.

–Ojalá pudiéramos hacerlo, aunque creo que es una mala idea. Cualquier cosa sería mejor que tener que enfrentarme a Ana otra vez.
Pedro frunció el ceño. ¿Paula estaba insinuando que hacer el amor con él sería sólo menos malo que cenar con su familia?
Antes de que le diera tiempo a responder tocaron la puerta.

–Debe de ser la niñera –dijo, intentando ocultar su decepción.

–¿Contrataste una niñera? –preguntó Paula en tono de sorpresa y desaprobación.

–No, es una de las empleadas de mi mamá, que va a quedarse con Benja un par de horas. Es una buena idea, ¿no?
Paula frunció el ceño.

–No sé. ¿Es buena con los niños?

–No sé –admitió él, repitiendo su frase–. Vamos a abrirle la puerta y hacerle un interrogatorio.
Agarró a Paula por el codo y fueron juntos hacia la puerta.

–No quiero interrogarla –murmuró Paula antes de abrir–. Sólo quiero saber si está capacitada para cuidar a mi hijo.

–Vamos a estar en el piso de abajo, así que podrás subir a ver cómo está Benja, las veces que quieras –le aseguró Pedro, también en voz baja–. Esta noche será su noche de prueba, si te gusta, podrá quedarse con Benjamín cuando la necesites. Si no te gusta, buscaremos una niñera de verdad. Una en la que confíes al ciento por ciento.

–Sólo estás intentando tranquilizarme, ¿no? –le preguntó ella, un tanto molesta.
Pedro, que ya tenía la mano en la chapa de la puerta, se volteó a mirarla y sonrió.

–Obviamente. Mientras estés aquí quiero que tengas todo lo que necesites, o todo lo que tú quieras.

Ella abrió mucho los ojos y Pedro supo que iba a protestar, así que se inclinó y le dio un beso.
Cuando se separó de ella todo su cuerpo ardía de deseo.

–Perdóname –le dijo, metiéndole un mechón de pelo detrás de la oreja y deseando besarla otra vez–. Por favor.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Capítulo 30

El viaje a Pittsburg fue mucho más rápido de lo que a Paula le habría gustado. Antes de que se diera cuenta, estaban recorriendo el largo camino que llevaba a la mansión de los Alfonso.
El corazón se le aceleró y notó que se le revolvía el estómago, y le dio miedo vomitar.

«No vomites, no vomites, no vomites», se repitió a sí misma, respirando hondo y rezando por que el mantra surgiera efecto.

Pedro freno delante de la enorme puerta de garaje y, unos segundos después, apareció un joven que abrió la puerta del copiloto y le tendió una mano a Paula para ayudarla a salir. Luego abrió la puerta trasera para que ésta pudiera ver a Benjamín. Era evidente que Pedro había llamado para avisar a su familia de su llegada.
Pedro fue a la parte trasera del auto y abrió la maletera, luego le dio las llaves al chico.

–Trajimos muchas cosas –le dijo, sonriendo de lado–. Súbelo todo a mis habitaciones.

Paula abrió la boca para corregirlo. Pedro sólo había llevado un maletín y el resto de cosas que había en el auto eran de Benja y de ella. Y no tenían nada que hacer en las habitaciones de Pedro.
Pero éste debió de verla venir, porque le puso el dedo índice en los labios para que no dijera nada.

–A mis habitaciones –repitió en voz baja, para que sólo ella pudiese escucharlo–. Benja y tú se quedarán conmigo mientras estemos aquí. Y no voy a aceptar un no.
Ella volvió a abrir la boca para hacer precisamente eso, negarse, pero él se lo impidió con un rápido beso.

–No digas nada –dijo con firmeza–. Será mejor para todos. Confía en mí, ¿está bien?
Pero, desde su divorcio, Paula no quería confiar en él ni escucharlo ni tampoco creer lo que le decía.

Pero lo cierto era que confiaba en él. Estaría incómoda compartiendo habitaciones con él, pero teniendo en cuenta dónde estaban dichas habitaciones, en la temida mansión de la familia Alfonso, tal vez fuera más seguro que estar sola en otra habitación. Además, como durante su matrimonio habían vivido en las mismas habitaciones, al menos el lugar le resultaría familiar.

–Está bien –murmuró.

–Buenísimo –respondió él contento antes de sacar a Benja de la sillita y apretarlo contra su pecho–. Ahora vamos a presentarle a nuestro hijo al resto de su familia.

Paula volvió a sentir náuseas al oír aquellas palabras, pero Pedro la agarró de la mano y el calor de sus dedos la tranquilizó. O casi. Todavía estaba muy nerviosa cuando entraron en la casa.

El suelo de la entrada principal brillaba como el de la recepción de un gran hotel. La lámpara de araña estaba encendida y, en el centro, encima de una mesa de mármol, había un enorme arreglo de flores. Detrás estaba la escalera que llevaba al segundo piso.

Todo estaba igual que cuando Paula se había ido. Incluso las flores eran las mismas. Eran otras, por supuesto, porque Ana las hacía cambiar todos los días, pero se trataba del mismo tipo de flores, de los mismos colores, del mismo arreglo.

Había estado lejos de esa casa por un año. Un año en el que toda su vida había cambiado, pero si en aquella casa no habían cambiado ni las flores, no cabía ni la mínima esperanza de que nada, ni nadie, lo hubiera hecho en aquel lugar.

No tenían abrigos, así que el mayordomo que les había abierto la puerta fue hacia un lado de la escalera, probablemente a avisar a la señora de su llegada. Unos segundos después, el hombre volvió para ayudar al joven que estaba subiendo el equipaje a las habitaciones de Pedro.
Apenas ambos desaparecieron en el piso de abajo, Ana salió de su habitación favorita.

–Pedro, querido –saludó a Pedro, sólo a Pedro.

A Paula se le aceleró el corazón al oír la voz de su ex suegra y rezó en silencio para tener fuerza y paciencia para soportar aquella agonizante visita. Ana tenía una falda y un saco color beige y una blusa blanca, conjunto que debía de costar más de lo que ella ganaba en La Cabaña de Azúcar en todo un mes. Tenía el pelo castaño, y un corte perfecto. Su vestimenta iba adornada con aretes, collar, prendedor y una sortija de diamantes, todos a juego. Ana Alfonso jamás se pondría una circonita ni nada parecido.

–Mamá –respondió Pedro, inclinándose para darle un beso en la mejilla–. Quiero que conozcas a tu nieto, Benjamín.
Ana hizo una mueca que Paula sospechó que quería que fuera una sonrisa.

–Muy lindo –comentó, sin molestarse siquiera en tocar al niño. Se limitó a mirarlo de los pies a la cabeza.
Paula se puso tensa, ofendida en nombre de su hijo, aunque pronto la miraría a ella y podría ofenderse por sí misma.

–No sé en qué estabas pensando –espetó Ana–, ocultando a mi hijo la existencia de este niño durante tanto tiempo. Deberías habérselo dicho en cuanto te enteraste de que estabas embarazada. No tenías ningún derecho a quedarte con un heredero de la familia Alfonso.

«Y con esto empezamos», pensó Paula, para nada sorprendida.
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Dos capítulos por hoy, gracias por sus comentarios!

Capítulo 29

Tenía que pensar primero en su hijo. Y aunque jamás habría causado tanto nerviosismo o disgusto a su mujer intencionalmente, no estaba seguro de que no fuera capaz de salir huyendo de allí con Benjamín en cuanto él se hubiera ido a Pittsburgh.

Eso significaría dejar a su tía y la panadería, pero ya le había ocultado la existencia de Benja una vez. ¿Cómo podía estar seguro de que no intentaría robárselo en esa oportunidad?

Y luego estaba la posibilidad de que volviera a estar embarazada. Hasta que él no estuviera seguro de si lo estaba o no, no quería separarse de ella. Lo que significaba que si él no podía quedarse en Summerville y estar pendiente de Benjamín y de ella en todo momento, tendría que llevarse a su hijo con él. Paula podía acompañarlos o no, pero si Benja estaba con él, no iría de allí.

–Eso es chantaje –balbució Paula.
Él arqueó una ceja y contuvo las ganas de reír.

–Yo no lo llamaría así.

–Y, entonces, ¿cómo lo llamarías?

–Paternidad –le respondió Pedro–. Sólo estoy ejerciendo mis derechos como padre. Sabes cuáles son, ¿no? Los que me negaste durante todo el año pasado ocultándome la existencia de Benjamín.
No había pretendido hablar con aquella amargura, pero no había podido evitarlo.

–No voy a permitir que te lo lleves a ninguna parte sin mí –insistió Paula.
Lo que quería decir que iría con él, aunque fuera refunfuñando.

–Si puedes estar preparada mañana, nos iremos alrededor del mediodía.

–No sé si voy a poder irme tan rápido.

–Está bien, entonces nos iremos a eso de la una.

Lo último que quería Paula era irse de Summervile y dejar la tranquila vida que había logrado, para volver a la guarida del león. Tal vez fuera sólo temporal, pero, estuviera en Pittsburgh cinco días o sólo uno, cada minuto le iba a parecer una eternidad.

Por eso no se apresuró en hacer las maletas. Se tomó su tiempo para hablar de su ausencia con Helena y en buscar a un par de empleados que la reemplazaran, para que La Cabaña de Azúcar siguiera funcionado en su ausencia.

Luego pidió ayuda a Pedro para recoger todas las cosas que necesitarían para Benja, aunque el viaje fuera corto. Estaba segura de que Pedro no tenía ni idea de lo que significaba viajar con un bebé.

Mientras decidía qué ropa llevarse, le encargó recoger la ropa y los juguetes de Benja, que se asegurara de que tenían suficientes pañales y toallitas, biberones y leche. Mantas, zapatitos, sombreros, bloqueador y más cosas.

Paula fue agregando cada vez más cosas a la lista y escondió su diversión al ver que Pedro empezaba a protestar y le recordó que ir a Pittsburgh había sido idea suya, y que podían evitarse todo si Benja y ella se quedaban en Summerville.
Cada vez que mencionaba la posibilidad de cancelar el viaje, Pedro apretaba la mandíbula y seguía recogiendo las cosas de Benja en silencio.

A la una del día siguiente, ya que Paula no había logrado que el viaje se siguiera posponiendo, estaban preparados para salir. Benja estaba en su sillita, dando patadas y mordiendo sus llaves de plástico mientras Pedro esperaba al lado de la puerta del copiloto. Unos pasos más allá, en la vereda, estaban Paula y Helena, agarradas de las manos.

–¿Estás segura de que quieres hacerlo? –le preguntó su tía en voz baja.
Estaba segura de que no quería hacerlo, pero no podía decirlo, en parte porque había accedido a acompañar a Pedro y, en parte, porque no quería que su tía se preocupara.

–Estoy segura –mintió–. Estaré bien. Pedro sólo quiere que su familia conozca a Benja y encargarse de unos negocios familiares. Volveremos en un par de días.
Tía Helena arqueó una ceja.

–Eso espero. No dejes que se te lleven otra vez, mi amor –añadió–. Ya sabes lo que pasó la última vez. No permitas que pase de nuevo.
A Paula se le hizo un nudo en el estómago, tan grande que casi no podía tragar. Abrazó a su tía con fuerza y esperó a poder hablar.

–No lo haré –le prometió, conteniendo las lágrimas.

Cuando por fin se sintió con fuerzas como para soltar a su tía, se volteó hacia donde estaba Pedro. Aunque sabía que estaba deseando comenzar el viaje, su expresión no revelaba qué pensaba o sentía en esos momentos.

–¿Lista? –le preguntó con naturalidad.
Ella sólo pudo asentir antes de subirse al auto. Cerró la puerta y se abrochó el cinturón de seguridad mientras él daba la vuelta al vehículo.

Paula bajó la visera que tenía delante y utilizó el espejo para comprobar que Benja estaba bien e intentó ignorar la imponente presencia de Pedro detrás del volante.

¿Cómo se le podía haber olvidado lo pequeños que eran los autos? Incluso aquel, que era espacioso, le resultaba tan pequeño que casi no podía ni respirar.
Pedro se abrochó el cinturón, metió la llave en el contacto y el motor cobró vida. En vez de poner el auto en movimiento inmediatamente, se quedó allí sentado un momento. Paula se giró a mirarlo.

–¿Pasa algo? –le preguntó.
Tal vez se estuviera olvidando de algo, aunque eso era difícil, dado que sólo les había faltado meter en la maleta el lavadero de la cocina. Ya no entraba nada más en la maletera ni en el asiento trasero.

–Sé que no quieres hacer esto –le dijo él, mirándola a los ojos–, pero todo va a salir bien.

Ella le mantuvo la mirada unos segundos y notó que se le volvía a hacer el nudo en la garganta. Luego asintió antes de volver a mirar hacia delante. Estaba completamente segura que aquella visita a la familia de Pedro sólo podía terminar en desastre.

sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo 28

–No.
Paula se dio la media vuelta y se alejó, dejando a Pedro allí solo.

Era evidente que éste no había esperado verla saltar de alegría con la idea de acompañarlo a visitar a su familia, pero había pensado que, al menos, sería razonable al respecto.

Suspiró resignado y la siguió hasta la panadería. No la vio, debía de haberse metido en la cocina, lo que significaba que se había ido casi corriendo.

Levantó la mano para empujar la puerta, pero ésta se movió bruscamente hacia él, dándole casi en la cara. Helena abrió mucho los ojos, sorprendida al verlo, pero no dijo nada, se limitó a levantar la barbilla y a dirigirse hacia el mostrador.

Pedro entró en la cocina y encontró a Paula donde había imaginado que estaría, delante de una de las islas centrales, trabajando. Era evidente que estaba nerviosa porque sus movimientos eran bruscos y tenía la espalda muy recta.

–Paula –empezó, dejando que la puerta se cerrara detrás de él.

–No –espetó ella–. No, Pedro, no –repitió fervientemente–. No voy a volver a Pittsburgh contigo. No voy a entrar en ese museo que tú llamas casa ni voy a volver a ver a tu madre, que me mirará por encima del hombro, como ha hecho siempre. ¿Acaso crees que será menos crítica cuando se entere de que tuve un hijo fuera del matrimonio? El hecho de que Benjamín sea tuyo será irrelevante. Me criticará por no habértelo contado. Me acusará de haberme divorciado a pesar de saber que iba a tener un hijo tuyo, de haberte privado a ti de estar con tu hijo y, a ella, de estar con su nieto. O de haber ocultado al mundo la existencia de otro increíble y maravilloso descendiente de la familia Alfonso. O eso, o dirá que Benja no es un Alfonso en realidad –añadió–, ya que siempre me acusó de ser una cualquiera. O dirá que no puede ser su heredero porque no estábamos casados cuando nació.
Negó con la cabeza.

–No voy a ir, Pedro. No pienso pasar por todo eso otra vez y no voy a permitir que mi hijo lo haga.
Pedro apretó la mandíbula.

–También es mi hijo, Pedro –espetó.

–Sí –admitió ella–, y por eso tú también deberías protegerlo. De todo, y de todos. Benja es inocente. Y no dejaré que nadie le haga pensar que no es perfecto o que no es maravilloso. Jamás. Ni siquiera su abuela.
Pedro puso los brazos en jarras e inclinó la cabeza.

–No tenía ni idea de que la odiaras tanto –murmuró.

–Fue una persona horrible conmigo –le dijo Paula–. Me hizo la vida imposible mientras estuvimos casados.
Pedro estuvo un minuto en silencio, intentando asimilar aquellas palabras.

¿De verdad había sido su madre tan mala con ella, o estaba exagerando? Sabía que algunas mujeres no se llevaban bien con las familias de sus esposos y que la relación entre suegra y nuera era, con frecuencia, mala.

Era cierto que su madre no era la persona más cariñosa del mundo, ni siquiera lo había sido con sus propios hijos, pero ¿de verdad había sido tan cruel con Paula cuando él no había estado presente?

–Siento que pienses así –le dijo con prudencia–, pero tengo que volver. No por mucho tiempo, sólo unos días, tal vez una semana. Y me gustaría llevarme a Benja–. Al oír aquello, Paula abrió la boca y Pedro supo que iban a seguir discutiendo–. No puedes impedir que me lo lleve –se le adelantó–. Es mi hijo y me ocultaste, a mí y a mi familia, durante mucho tiempo. Creo que merezco llevármelo a casa unos días.
Inclinó la cabeza y la miró fijamente a los ojos.
–Y ambos sabemos que no necesito tu permiso –añadió.

–¿Me estás amenazando con quitármelo? –le preguntó ella en voz baja.

–¿Hace falta que lo haga? –respondió él en el mismo tono.
Ella mantuvo la boca cerrada, le brillaban los ojos de la emoción.

–Serán sólo unos días –volvió a asegurarle, sintiendo la necesidad de calmar su miedo y de borrar las lágrimas de sus ojos–. Una semana como mucho. Y tú puedes acompañarnos, para supervisarnos a los dos. ¿Por qué crees que te invité?
Paula se humedeció los labios y tragó saliva.

–Me vas a obligar a hacerlo, ¿no? –preguntó con voz temblorosa.

–Voy a hacerlo, con o sin ti. El papel que quieras desempeñar en esta situación y lo cerca que quieras estar de Benja es decisión tuya.

Ella lo miró como queriéndole decir que, en realidad, no tenía elección, pero Pedro tenía claro que no iba a irse de allí sin su hijo. Además, no quería separarse de Benjamín ni siquiera unos días. Tal vez fueran pocos, pero se había acostumbrado a estar cerca de su hijo todos los días.

Y suponía que le ocurría lo mismo con respecto a alejarse de Paula, pero nunca había puesto en duda la atracción que sentía por ella.

Capítulo 27

Y ella estaba segura de que se había dado cuenta de que le temblaban las manos y tenía los ojos llorosos de la emoción, pero aun así consiguió decirle en un susurro:
–Es increíble.

Giró sobre sí misma para volver a verlo todo y su asombro creció todavía más. No se paró a pensar cómo había sido posible ni cuánto habría costado. Sólo sabía que disponía de ese local para ampliar el negocio de su vida.

Dio un gritito, abrazó a Pedro y lo apretó con fuerza. Él la rodeó con ambos brazos por la cintura casi inmediatamente.

–Gracias –murmuró Paula–. Es perfecto.
Cuando se separó, vio que Pedro tenía una expresión extraña en la cara, pero entonces se acercó a ellos el jefe, tan oportuno como siempre.

–Parece que le gusta cómo quedó –comentó con una sonrisa, dirigiéndose a Pedro.

Teniendo en cuenta que Paula todavía estaba abrazando a su ex esposo, era fácil llegar a esa conclusión. De repente, sintió vergüenza, se aclaró la garganta y retrocedió para poner un poco más de distancia entre ambos.

–Sí, parece que le gusta –respondió Pedro.

–Jamás habría imaginado algo así –les dijo ella a los dos hombres–. A pesar de haber visto los planos, no pensé que iba a quedar tan bien.

–Me alegro de que le guste. Si quiere que hagamos algo más, o que cambiemos algo, hágamelo saber. Estaremos aquí terminando algunos detalles.

Paula no quería cambiar nada, pero mientras los dos hombres hablaban de negocios, se dio un paseo por el local. Admirando, tocando, llenando mentalmente las estanterías e imaginándose trabajando detrás de los mostradores. Le encantaba la moldura de los techos, que era igual que la de la panadería y hacía que sintiera aquel lugar como suyo.
¡Suyo!
Bueno, suyo y de Helena. Y de Pedro o del banco, dado que alguien iba a tener que pagarlo.

Aunque se había resistido a atarse de aquella forma a su ex esposo, no podía negar que le había dado algo que nadie más le habría dado, y en un tiempo récord.
Oyó pasos detrás de ella y se giró. Era Pedro.

–Dejarán esto limpio y se irán en un par de horas. Y las computadoras llegan mañana.
Paula se agarró las manos. Estaba tan emocionada que casi no podía contenerse.

Necesitaría una página web… y alguien que la diseñara y la mantuviera, ya que ella no sabía hacerlo. También necesitaría envases y abrir una cuenta con una empresa de transporte fiable, necesitaría etiquetas y, probablemente, hasta una carta.
Tenía tantas cosas por hacer. Incluso más de las que había pensado.

De repente sintió miedo y notó que le costaba respirar. No podía hacer aquello. Era demasiado. Ella era sólo una persona, aunque contara con la ayuda de su tía.

–Sé que tienes mucho que hacer –le dijo Pedro, interrumpiendo sus alarmados pensamientos y permitiendo que algo de oxígeno entrara en sus pulmones–, pero antes de que empieces a preocuparte, hay algo de lo que me gustaría hablar contigo.

Ella respiró hondo y se obligó a relajarse. Cada cosa a su tiempo, iría paso a paso. Había llegado hasta allí y podría seguir adelante… aunque se demorara meses en conseguir lo que un Alfonso rico y poderoso había hecho en tan sólo una noche.
–Está bien.

–Tengo que volver a casa por motivos de trabajo.

–Ah –dijo ella sorprendida.

Se había acostumbrado tanto a tenerlo allí que la noticia la tomó desprevenida. Era irónico, después de lo mucho que había deseado que volviera a Pittsburgh al verlo llegar. En esos momentos, le era difícil imaginarse la panadería, o su vida diaria, sin él.
Intentó no pensar en aquello y asintió.

–Bueno. Lo entiendo. Además, ya hiciste más que suficiente durante el tiempo que estuviste aquí.

Se contuvo antes de darle las gracias porque, en realidad, no le estaba haciendo ningún favor. Había sido muy generoso, pero no lo había hecho de corazón. Lo mejor sería aceptar lo que le había dado y dejar que se fuera antes de que se le ocurriera pedirle algo a cambio.
Pedro sonrió y a ella se le aceleró el corazón.
–¿Qué? –preguntó, retrocediendo ligeramente.

–Crees que voy a agarrar mis cosas y me voy a ir así, sin más ¿no?
Sí, ésa era la esperanza que había tenido.

–Está bien. Lo entiendo –repitió ella–. Todo esto es genial. Mi tía y yo nos encargaremos de empezar el nuevo negocio.
Él sonrió todavía más y Paula sintió miedo.

–Estoy seguro de que lo harán muy bien, pero la inauguración tendrá que esperar a que volvamos.
Paula parpadeó sorprendida e intentó asimilar sus palabras.

–¿A que volvamos?
Pedro asintió.

–Quiero que Benja y tú vengan conmigo. Así, mi familia podrá conocer a mi hijo.

Capítulo 26

–Te juro que con tanto alboroto me están dando ganas de meterme en ese horno.

Paula levantó la cabeza de los pequeños montones de masa que estaba salpicando de pasas para mirar a su tía, que estaba metiendo una bandeja en el horno industrial. Lo cerró con un golpe seco.

No había sido fácil acostumbrarse a los ruidos y al ir y venir de los obreros. Paula se había disculpado muchas veces con los clientes y también había puesto un par de carteles pidiendo perdón por las molestias y los ruidos. Por suerte no estaba entrando polvo en la panadería, pero los clientes ya no podían disfrutar tranquilamente de un té y unas facturas.

–Terminarán pronto –tranquilizó a su tía, repitiendo la frase que el maestro de obras había estado diciéndole a ella toda la semana anterior.
Teniendo en cuenta que la remodelación estaba progresando mucho, tenía la esperanza de que en una o dos semanas más pudiera estar terminada.

–Y tienes que admitir que Pedro se pasó haciendo todo esto por nosotras.
Helena resopló.

–No te engañes, Pau. No lo hace por nosotras. Lo hace por él mismo, y para tenerte dominada, y tú lo sabes.

Paula no respondió, sobre todo, porque pensaba que su tía tenía razón. No le cabía la menor duda de que Pedro no estaría allí si no tuviera algo que ganar.

Quería estar cerca de Benjamín y, de hecho, pasaba casi todas las noches en casa con ellos. Pedro ayudaba a darle de comer a Benja, lo bañaba y lo acostaba. Había insistido en que Paula le enseñara a cambiarle el pañal y lo hacía casi tantas veces como ella. Jugaba con su hijo en una manta en el suelo, lo paseaba, lo llevaba al parque, aunque fuera demasiado chiquito para disfrutarlo realmente.
Era todo tan natural, tan… agradable.

Pero tal y como le acababa de recordar su tía, no debía olvidar que todo lo que Pedro hacía, lo hacía por algo. Quería conocer a su hijo, cosa comprensible e incluso aparentemente inocente.
Pero también era posible que tuviera otros motivos.

En esos momentos, Pedro estaba utilizando la remodelación y la ampliación de la panadería como excusa para estar cerca de su hijo y para ocupar su tiempo mientras Benja dormía siestas frecuentes, pero ¿qué sucedería después?

¿Qué pasaría cuando decidiera que ya conocía a Benjamín lo suficiente y quisiera llevárselo a Pittsburgh para que ocupara el lugar que debía ocupar en el árbol genealógico de la familia Alfonso?


¿Qué ocurriría cuando se aburriera de la ampliación de La Cabaña de Azúcar y de la vida de Summerville? ¿Y por qué se estaba tomando el tiempo para hacerse esas preguntas cuando ya conocía las respuestas?

Durante las dos últimas semanas, Pedro le había recordado más que nunca al hombre del que se había enamorado. Había sido cariñoso, dulce, generoso, simpático y divertido. Le abría las puertas para que pasara, se ofrecía para recoger la mesa después de las comidas y llevaba a su hijo a dormir.

Y la tocaba. No de manera abierta ni sexual, sólo un roce con los dedos de vez en cuando, en el brazo, en el dorso de la mano, en la mejilla al pasarle un mechón de pelo detrás de la oreja.
Ella intentaba no darle demasiada importancia a aquellos pequeños gestos, pero no podía evitar que se le acelerara el corazón. Su tía se había quejado más de una vez de que en casa o en la panadería hacía demasiado frío, pero cuando la presencia y las constantes atenciones de Pedro hacían que a Paula le subiera la temperatura, lo único que podía hacer para luchar contra ello era prender el aire acondicionado.

Pedro empujó las puertas de la cocina y ella estuvo a punto de caérsele la cuchara que tenía en la mano. Volvió a subirle la temperatura, notó que se ruborizaba y que empezaba a sudar. Al menos en esa ocasión podría echarle la culpa a los hornos y al trabajo.

–Cuando tengas un minuto –le dijo Pedro–, deberías venir a ver qué opinas. La remodelación está casi terminada y los obreros quieren saber si quieres que hagan algo más antes de irse.

–Ah –dijo ella, levantando la cabeza.
Había pasado a ver la obra un par de veces, pero no había querido molestar. Además, Pedro había estado tan pendiente de todo que, en realidad, su presencia y opiniones no habían sido necesarias.

Pero en esos momentos, con los arreglos casi terminados, se puso nerviosa y tuvo ganas de ver cómo había quedado. Quería empezar a imaginarse trabajando allí, metiendo en cajas las delicias que mandaría a sus clientes, supervisando a los trabajadores que tendría que contratar, si es que su idea tenía tanto éxito como esperaba.
Miró un segundo a su tía, dejó la cuchara en el recipiente que tenía delante y se limpió las manos en un paño limpio.

–¿Te molestaría que vaya? –le preguntó a Helena.
–Por supuesto que no. Anda, chiquita –le dijo ésta, acercándose para continuar con las galletas–. Yo terminaré esto y, cuando vuelvas, tal vez sea yo la que vaya a ver cómo va quedando.

Paula sonrió y le dio un beso a su tía en la mejilla, luego se quitó el delantal y siguió a Pedro. Oyó los martillazos antes de llegar a la puerta del local de al lado, pero ya casi se había acostumbrado, lo mismo que sus clientes habituales.

Pedro le abrió la puerta que comunicaba la panadería con el otro local y alejó la lámina de plástico grueso que habían puesto delante de ella para evitar que pasara el polvo.
Pedro entró delante de él y suspiró al mirar a su alrededor. El local estaba precioso. Jamás lo habría imaginado así.

Las paredes estaban llenas de estanterías a varias alturas y de varios tamaños. Habían arreglado también el suelo y el techo y la pintura hacía juego con la de La Cabaña de Azúcar.

–¡Oh! –gritó Paula.

–¿Tiene tu aprobación? –le preguntó Pedro en tono divertido.

Capítulo 25

Paula empezó a entenderlo. Empezó a darse cuenta de cuál era la situación y de que Pedro estaba decidido a quedarse cerca.

–Deja que adivine, el dinero no es un problema –dijo, intentando imitar su voz–. Le has dicho a Brian qué es lo que quieres, sin límite de gastos, y él hará lo que sea necesario para que puedas lograr lo que tienes en mente.
Él le soltó el codo y puso los brazos en la cintura, suspiró con frustración.

–¿Qué hay de malo en eso? –quiso saber.

Y ella deseó poder quedarse callada. Deseó que no le importara que estuviera utilizando su dinero y su apellido para ayudarla a ampliar la panadería. En el pasado, aquel poder y aquella seguridad habían llegado a impresionarla, en ese momento, la ponían nerviosa.

–No quiero estar en deuda contigo, Pedro –le confesó–. No quiero deberte nada, ni saber que La Cabaña de Azúcar ha crecido y tiene éxito porque tu llegaste aquí para ayudarme con tu dinero.

–¿Por qué te importa tanto de dónde venga la ayuda? Lo importante es que vas a tener el espacio suficiente para expandir el negocio.
Ella sacudió la cabeza y se cruzó de brazos, retrocedió un paso.

–Es que no entiendes. Por supuesto que importa, porque si llegas aquí con la chequera en la mano y llevándote por delante a quien se interponga en tu camino, entonces ya no es mi negocio. Es otra insignificante adquisición de la empresa Alfonso.
Pedro se cruzó de brazos también.

–No me digas eso. Le pediste a Brian Blake que te buscara un inversor. Así que acá el problema no es que yo llegue con la chequera en la mano, sino que sea mi chequera.

–Obviamente –admitió ella con frustración–. Ya pasamos por esto antes, Pedro. El dinero, la influencia, que todo el mundo haga lo que dices sólo porque te apellidas Alfonso.

Paula descruzó los brazos y se llevó las manos a la cara un minuto, intentando tranquilizar sus pensamientos y su ira. Cuando las bajó, pudo hablar con más tranquilidad:

–No me malinterpretes. Al comienzo, me gustaba. Disfrutaba del nivel de vida que tenía siendo tu esposa. Las fiestas, la ropa, no tener que preocuparme por llegar a fin de mes–. Sí, después de tener que luchar y trabajar duro para salir adelante, había estado bueno casarse con un hombre con dinero–. Pero no tienes ni idea de lo que significa ser tu esposa y vivir bajo el mismo techo sin ser realmente una Alfonso.
Él frunció el ceño, confundido.

–Paula, no entiendo. ¿De qué estás hablando? Por supuesto que eras una de la familia. Eras mi esposa.

–El problema es que no todo el mundo pensaba igual –le dijo ella, recordando todas las ocasiones en las que la madre de Pedro le había recordado que sólo se apellidaba Alfonso porque se había casado con él.

–Lo siento –contestó Pedro, estirando sus brazos hacia ella, pero bajándolos antes de llegar a tocarla–. Jamás quise que te sintieras una extraña.

Y Paula se sintió culpable al ver dolor en su rostro.

Abrió la boca para decirle que había sido su madre la que la había ofendido, pero un golpe en la ventana hizo que ambos se sobresaltaran. El mismo obrero de hace unos minutos, al parecer, el jefe de la cuadrilla, puso gesto impaciente y golpeó su reloj.
Pedro le pidió con la mano que esperara un segundo y luego se giró para mirarla.

–Voy a necesitar la llave.

Ella se humedeció los labios y tragó saliva. Había estado a punto de tener una conversación adulta y sincera con su ex esposo. Había estado a punto de reunir el valor suficiente para contarle la verdad de por qué lo había dejado. En el pasado, había intentado decirle muchas veces cómo la trataban, que la hacían sentirse como a una extraña en su propia casa, pero jamás había sido capaz.
Una parte de ella pensaba que, si Pedro la hubiese querido lo suficiente, si la hubiera entendido, habría descubierto lo que intentaba decirle sin necesidad de expresarle su creciente infelicidad. En esos momentos se dio cuenta de que no podía esperar que nadie le leyera la mente.

Deseó haber tenido la valentía necesaria para, tiempo atrás, haberle expresado sus sentimientos. Tal vez las cosas hubieran sido de otra manera. Pero todo aquello formaba ya, parte del pasado y su última oportunidad de sincerarse con él acababa de verse arruinada gracias al obrero.
Volvió a humedecerse los labios y asintió.

–Iré a por la llave –le dijo, dándose la vuelta para volver a la panadería.

Capítulo 24

–¿Tienes un minuto? –le preguntó él.
Paula calculó el número de clientes que había y asintió. Fue hacia la cocina y asomó la cabeza por la puerta.

–Tía, ¿te importaría atender el mostrador un rato? Tengo que hablar con Pedro.
Helena terminó lo que estaba haciendo y salió, limpiándose las manos en el delantal mientras Paula se quitaba el suyo y lo colgaba de un gancho en la pared.
Helena miró a Pedro con cautela, pero, por suerte, no dijo nada.

Paula no le había contado lo sucedido la noche anterior con Pedro. Le había hecho un breve resumen de la cena, como si hubieran estado hablando de la panadería, de temas profesionales. No le había dicho que había subido a su habitación ni que habían perdido el control.

Sabía que eso sólo habría servido para que aumentara la antipatía que su tía sentía por Pedro. Había habido una época, hacía poco tiempo, que Paula le había agradecido su protección y tener con quien hablar de todo lo sucedido.

Pero las cosas habían cambiado. Y no necesariamente a mejor. Pedro sabía de la existencia de Benjamín, estaba decidido a formar parte de su vida y eso significaba iba a formar parte de la de ella. Para bien o para mal, tenía que encontrar la forma de arreglar las cosas con su ex esposo, aunque sólo fuera para evitar que su vida se convirtiera en un infierno a partir de entonces.

Por eso tenía que evitar hablar mal de él delante de su tía. Probablemente, no debía haberlo hecho nunca, pero se había sentido tan dolida, tan triste, que había tenido que hablar con alguien y su tía Helena había sido el hombro perfecto sobre el cual llorar.

Pedro la siguió, agarrándola por el codo, y ambos atravesaron la puerta que daba al local de al lado.

Paula pensó que iban allí sólo para poder hablar en privado y se le encogió el estómago de pensar en cuál sería la bomba que le lanzaría su ex marido en esa ocasión, pero en vez de pararse en el centro del local, Pedro siguió caminando y la llevó hasta la vitrina, que daba a la calle.

–¿Tienes llave de esta puerta? –le preguntó, señalando la puerta de la calle.

–Sí. El dueño sabe que estoy interesada en alquilarlo y me deja usarlo de vez en cuando como depósito.
Además, se lo enseño a otros posibles arrendatarios cuando él no puede hacerlo.

–Bien –respondió Pedro sin soltarle el codo–. Voy a necesitarla.

–¿Para qué?

–Para dejar entrar a esos tipos –le dijo Pedro, inclinando la cabeza en dirección a la calle–. Salvo que quieras que pasen por tu panadería con toda su suciedad y sus herramientas.

Paula siguió su mirada y parpadeó al ver la vereda llena de hombres en jeans y camisas de trabajo, descargando cajas de herramientas, caballetes para cortar, maderas y varias herramientas para cortar de varios camiones que había estacionados en la curva.

–¿Quiénes son? –preguntó consternada.

–Son de la empresa de construcción.
Paula lo miró confundida y él no tardó en darle una explicación.

–Van a limpiar el local y a empezar a armar las vitrinas y los mostradores.

–¿Qué? ¿Por qué?
La expresión de su ex esposo pasó de la diversión a la irritación.

–Forma parte del plan de ampliación, ¿te acuerdas? Tenemos que reformar este local para que La Cabaña de Azúcar pueda empezar su distribución por correo, como tú habías pensado.

Ella miró a Pedro y después a los trabajadores que había en la calle, otra vez a Pedro, a los trabajadores… Y supo cómo se sentía un animal salvaje cuando iba a cruzar una carretera y, de repente, lo iluminaban los faros de un auto.

–No entiendo –dijo, sacudiendo lentamente la cabeza–. Yo no los he contratado. No pueden empezar a trabajar aquí porque todavía no alquilé el local. No tengo el dinero.
Pedro suspiró.

–¿Por qué crees que estoy aquí, Paula? Además de para pasar tiempo con Benja. ¿Te acuerdas de lo que hablamos anoche?

Paula se acordaba muy bien de todo lo ocurrido la noche anterior. Y se acordaba de que no se habían cuidado, y de que no se estaba tomando la píldora, así que podía volver a estar embarazada. El resto de recuerdos estaban un poco más borrosos, en especial, en esos momentos.

Uno de los obreros se acercó a la puerta. Pedro le hizo un gesto con la mano, indicándole que esperara uno o dos minutos, el hombre asintió y volvió a su camión.

–Ya yo me encargué de eso, ¿ok? –le dijo después a Paula–. Hablé con el dueño del local sobre los arreglos que queremos hacer. Estará alquilado a tu nombre, y el contrato incluirá un permiso para realizar las obras que creamos oportunas para la ampliación de tu negocio. Brian está encargándose de redactarlo y lo tendrá listo hoy mismo. También me va a dar una copia de la llave, pero, por ahora, necesito la tuya.

–Pero… Si Brian todavía no habló con el señor Pardo, ¿cómo sabes que va a acceder a alquilarnos, a alquilarme el local?

–Paula –le dijo él despacio, con firmeza, como si estuviese hablando con un niño chiquito–. Ya me encargué de todo. El local está en alquiler, Brian va a alquilarlo. ¿Qué más necesitas saber?

lunes, 26 de agosto de 2013

Capítulo 23

Dios santo.
Paula se quedó sin aliento al oírlo decir eso, se tambaleó.

¿En qué había estado pensando? Ya era malo que se hubiera acostado con su ex esposo, pero que se le hubiera olvidado de cuidarse era mucho peor.

Rezó para no haberse quedado embarazada, porque no podía ni pensar en volver a pasar por otro embarazo inesperado, no planeado, y de su ex esposo.

–No lo estoy –le dijo con toda la seguridad de la que fue capaz.
Pedro arqueó una ceja.

–¿Cómo puedes estar tan segura?


–Porque no lo estoy –insistió, poniéndose el vestido.

No le importaba no poderse subir el cierre de la espalda sola, iría hasta casa agarrándoselo para que no se le cayera antes de pedirle a Pedro que la ayudara.

–¿En qué estabas pensando? –preguntó, golpeando el suelo con un pie–. ¿Cómo pudiste hacer… dejar que lo hiciésemos… sin tomar precauciones? No sabía que fueras tan irresponsable.
Pedro se encogió de hombros. No parecía preocupado.

–¿Qué quieres que te diga? Me dejé llevar por la pasión y por la emoción de estar contigo después de tanto tiempo.

–¡Ay, pero por favor! –dijo ella, mientras se ponía los zapatos.

–¿Tanto te cuesta creerlo? –le preguntó él con rostro inexpresivo.
Paula no tenía ni idea de lo que pensaba. ¿Estaba molesto por no haberse cuidado?
¿Estaba contento? ¿Enojado? ¿Excitado? ¿Confundido?
Ella tenía náuseas. Y estaba fastidiada, enojada y confundida.

Si resultaba estar embarazada… Volvió a rezar porque no fuera así. Si se quedaba embarazada otra vez, ya no podría deshacerse de Pedro nunca más, que sería incluso capaz de mudarse a vivir a Summerville, o de insistir en que volvieran a casarse y en que ella volviera a Pittsburgh.

«No, no, no, no, no». Paula negó con la cabeza mientras miraba a su alrededor para asegurarse de que no se olvidaba nada en aquella habitación. El bolso, el reloj, un arete…

–Creo que subestimas tu atractivo –comentó Pedro, al parecer, ajeno a su estado.

Ella lo miró una vez más antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta.

–Paula –ya tenía la mano en la chapa, pero se detuvo. No se volteó a mirarlo, pero esperó a que Pedro continuara hablando–. Te veré en la panadería mañana por la mañana a primera hora, a las ocho. Quiero que Benja esté contigo.

Ella sintió un escalofrío, no supo si de asco por tener que volver a verlo, o de alivio porque sólo le hubiera pedido aquello.
Asintió con brusquedad, abrió la puerta y salió al pasillo.

–Y quiero saberlo en cuanto tú lo sepas –continuó él, haciendo que se detuviera por segunda vez.

–¿Enterarte? –repitió Paula.

–De si vamos a darle un hermanito a nuestro hijo dentro de unos meses.




La tía Helena y Paula llegaron con Benja a las cinco de la mañana a La Cabaña de Azúcar. Mientras Helena y ella se preparaban para abrir, Paula intentó no pensar en Pedro, aunque no pudo evitar preguntarse cómo había podido meterse en semejante lío.

Su vida parecía haberse convertido de repente en una novela mexicana, y lo peor era que sabía que esas historias eran interminables.

Por desgracia, antes de que pudiera darse cuenta, los vecinos más madrugadores de Summerville estaban entrando en la panadería para desayunar. Incluso antes de que fueran las ocho, pegó la mirada a la puerta, esperando la llegada de Pedro.
Pero dieron las ocho y no apareció. Las ocho y diez, y veinte, las nueve menos cuarto, y no estaba allí.

Tendría que haberse sentido aliviada, pero, en su lugar, empezó a preocuparse. Pedro no solía llegar nunca tarde, y menos después de haberle advertido que iría a las ocho en punto.

Sirvió cuatro cafés y unas facturas con un ojo clavado en el reloj e intentó decidir si subir a disfrutar de unos minutos de tranquilidad en el piso de arriba o llamar al hostal para preguntar por él.
A las nueve y media, no sólo había decidido llamar al hostal, sino incluso ir a buscarlo y llamar a la policía si no estaba allí, pero antes de que pudiera quitarse el delantal y pedirle a su tía Helena que se quedara a cargo de la panadería, oyó la campanilla de la puerta y vio entrar a Pedro con una encantadora sonrisa en el rostro.
Lo cierto era que estaba imponente. En vez de estar vestido con su usual traje, tenía puesto un pantalón de color tostado y una camisa azul con el cuello desabrochado y remangada.
Avanzó entre las mesas como si el local fuera suyo y se acercó a ella.

–Buenos días –la saludó alegremente.

–Buenos días –respondió ella con mucho menos entusiasmo–. Llegas tarde. Me dijiste que vendrías a las ocho.
Pedro se encogió de hombros.

–Tuve que hacer un par de cosas.
Paula arqueó una ceja, pero no preguntó porque no estaba segura de querer conocer la respuesta.
–¿Tienes un minuto? –le preguntó él.

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domingo, 25 de agosto de 2013

Capítulo 22

–¿No es verdad? Digo, que me odias y lo sabes. O, al menos, deberías odiarme. No te conté que estaba embarazada. No te conté lo de Benjamín.
Él frunció el ceño y se puso muy serio al recordarlo. Se había esforzado mucho en olvidar que ese era, en parte, el motivo por el que estaba allí.

La observó, envuelta en una sábana como una diosa griega. Era evidente que tenía motivos para odiarla. Y que tenían todavía muchas cosas que aclarar, pero, por alguna razón, en esos momentos, no era capaz de enojarse con ella.

–Te voy a dar un consejo –le dijo en su lugar, tratando de no sonreír–. Cuando alguien se haya olvidado temporalmente de que tiene algún motivo para estar molesto contigo o para odiarte, es mejor no recordárselo.

–Pero es que deberías estar enojado conmigo –insistió Paula, dándole la espalda para seguir vistiéndose.
Pedro vio cómo luchaba para colocarse el sostén y luego dejaba caer la sábana.

Contuvo las ganas de agarrarla y volver a llevársela a la cama. Al parecer, Paula quería que estuviera molesto con ella.

Por una parte, al menos, sabía que no se había acostado con él con la intención de seducirlo y hacerle olvidar que le había intentado ocultar que tenían un hijo. Por otra parte, hasta ese momento, Paula había hecho todo lo posible para estar bien con él. Para evitar asperezas, una posible batalla por la custodia del niño o que él se lo llevara.

Era cierto que, hasta ese día, había estado un año sin hablar con ella. Y el hecho de que hubiera sido ella quien lo dejara, significaba que no la había sabido entender, para empezar, pero el único motivo que se le ocurría para que ella quisiera recordarle que debía estar enojado era porque necesitaba mantener las distancias entre ambos. Un muro. Una barrera.

Si él la odiaba, no querría volver a estar con ella. Si la odiaba, tal vez se hartara e iría por donde vino, solo, sin Benjamín.
Llegarían a un acuerdo con respecto a la custodia.
Insistiría. Y estaba seguro de que Paula no se opondría.

Lo menos que podría hacer sería permitir que viera a Benja con frecuencia, o incluso que se lo llevara a casa unos días para presentárselo a su familia.

Sin embargo, Pedro conocía demasiado el mundo de los negocios como para saber que, cuando alguien cedía con demasiada facilidad, era normalmente porque intentaba mantener o conseguir algo todavía más importante. Y Paula debía de querer mantener las distancias.
Se había mudado a Summerville apenas se divorciaron, se había ido a vivir con su tía y había creado La Cabaña de Azúcar.

Si el destino no hubiera intervenido para llevarlo a él allí, jamás habría sabido dónde estaba Paula, ni que tenía un hijo. Su hijo. Así que, eso era, quería guardar las distancias. Y si lo hacía enojar, era más factible que se fuera, ¿no?
Eso hizo que Pedro deseara aún más estar allí.
Se movió hacia el borde de la cama y se sentó.

–Bueno, lamento decepcionarte, pero no te odio–. Se levantó y se acercó a ella completamente desnudo. Paula retrocedió y lo vio inclinarse y recoger sus pantalones y su ropa interior–. No me gusta lo que hiciste –le aclaró Pedro mientras se vestía muy despacio–, y no puedo decir que no esté algo molesto y disgustado al respecto. Y no puedo asegurarte que ese enojo y ese resentimiento no vayan a salir a la superficie algún día, pero ya hablamos sobre eso. No estuvo bien que me ocultaras a Benja. Es un tiempo que no voy a poder recuperar. Sin embargo, ahora que sé que tengo un hijo, las cosas van a cambiar. Voy a formar parte de su vida y, por lo tanto, también de la tuya.
Ella estaba a sólo medio metro de él, con el vestido pegado al pecho para taparse.

–Deberías ir haciéndote a la idea –añadió–. Cuanto antes, mejor. Y hay otra cosa que deberías tener en cuenta –le dijo, cruzándose de brazos con decisión.

Paula no respondió. En su lugar, inclinó la cabeza y tragó saliva con dificultad mientras esperaba, nerviosa, a que Pedro terminase de hablar.

–Que no nos hemos cuidado, lo que significa que podrías estar embarazada de nuestro segundo hijo.

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La semana que viene MARATON!
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sábado, 24 de agosto de 2013

Capítulo 21

–Creo que fue una mala idea –murmuró Paula.
Pedro se había preguntado cuánto tiempo se tardaría en empezar con arrepentimientos.
Estaban echados boca arriba, uno al lado del otro.

Paula se había tapado hasta el cuello con la sábana. Él estaba un poco más relajado, sólo tapando hasta su el abdomen.

Aunque no se arrepentía, no podía no estar de acuerdo con ella sobre el comentario de que había sido mala idea. Jamás podría arrepentirse de hacer el amor con Paula, pero sabía que no había sido la decisión más inteligente de su vida.
Ni siquiera sabía qué lo había poseído para haberla besado en primer lugar.

Tal vez haya sido el haber pasado toda la noche pensando en besarla. O que no había logrado sacársela de la cabeza desde que había vuelto a verla, después de tanto tiempo, después de haber decidido que no volvería a verla jamás.
O que Paula era, sencillamente, irresistible. Para él, siempre lo había sido.

Casi no le sorprendía que tuvieran un hijo juntos mientras su matrimonio se caía abajo. A pesar de sus diferencias y problemas, siempre habían sido compatibles físicamente.

Y era un alivio saber que eso no había cambiado. Ya no estaban casados, ella le había ocultado la verdad sobre su hijo y ninguno de los dos estaba seguro de lo que les iba a deparar el futuro, pero al menos Pedro sabía que seguía habiendo pasión entre ellos. Más que pasión, un deseo y un anhelo irrefrenables.
Pedro le rozó la pierna y notó que su erección volvía a crecer. Ella, por su parte, se alejó.

–Tienes razón –le dijo Pedro–. Tal vez no haya sido lo más cuerdo. Al menos, dadas las circunstancias.

–Me parece que te quedas corto –protestó ella, girándose hacia el borde de la cama y sentándose.

Se quedó así un minuto, sin moverse, y Pedro aprovechó para admirar cómo le caía el pelo sobre los hombros, la suave línea de su espalda. Había engordado un poco con el embarazo, pero eso no le restaba ni una pizca de atractivo. Sino que, en todo caso, hacía que fuera todavía más hermosa y sensual. Él había disfrutado mucho descubriendo sus nuevas curvas con las manos y con los labios.
Sonrió de lado, no sólo por el paisaje, sino por el tono de su voz. Siempre le había gustado la manera que Paula tenía para expresarse.

A ella siempre le había molestando verlo sonreír cuando estaba enojada, resondrándolo. Pero Pedro sonreía no porque no la escuchara o no la tomara en serio, sino porque le encantaba mirarla y escucharla, aunque fuera porque lo estaba gritando.

La manera que tenía de moverse, de ir de un lado a otro y mover los brazos. La forma en que subía y bajaba su pecho, agitado. Lo cierto era… que lo excitaba. Y nueve de cada diez veces, sus peleas terminaban con ambos maravillados en la cama.

Ahora, Pedro se daba cuenta de que tal vez eso podría haber traído otros problemas que los habían llevado a separarse. Él nunca se había burlado de sus sentimientos u opiniones, sólo había creído que su relación estaba tan consolidada que ninguna pelea ni malentendido podría romperla.
Cuan equivocado había estado. Y al momento de darse cuenta, ya había sido demasiado tarde.

–No puede volver a pasar –le dijo Paula, todavía dándole la espalda.

Por un momento, Pedro se quedó en blanco y pensó que estaba hablando de su divorcio, que no podría volver a ocurrir y, que si él pudiera dar marcha atrás, jamás habría sucedido.
Entonces se dio cuenta de que se refería a aquella noche.

–Pedro –agregó Paula al ver que no respondía. Se volteó ligeramente e inclinó la cabeza para poder verlo con el rabillo del ojo–. Esto no puede volver a suceder.
Él se recostó de lado y se apoyó en un codo, dejando que el silencio inundara la habitación mientras la estudiaba.

–¿Qué quieres que te diga, Paula? –murmuró–. ¿Que me arrepiento de que hayamos hecho el amor? ¿Que no espero que vuelva a pasar? Perdón, pero no puedo.

–¿Puedo saber qué te pasa? –preguntó ella.
Se levantó de un salto y se llevó la sábana, dejando a Pedro completamente al descubierto.

Paula terminó de jalar la tela, que se había quedado atrapada debajo del colchón, ignorando la desnudez de su ex esposo. Luego agarró la colcha que estaba a los pies de la cama y se la tiró, tapándole la cabeza y todo. Él rió.

–Estamos divorciados, Pedro –soltó Paula, como si no lo supiera.
Luego recorrió la habitación furiosa, recogiendo su ropa prenda por prenda. 

–Se supone que las parejas divorciadas no duermen juntas.

–De repente, pero los dos sabemos que pasa con frecuencia.

–Bueno… no debería –dijo ella mientras intentaba ponerse la ropa interior sin que se le cayera la sábana–. Además, tú me odias.
Había tensión en el ambiente.

–¿Quién te dijo eso?
Paula se quedó inmóvil al oír aquellas palabras y levantó la cara para mirarlo a los ojos.

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Ahora si, poniéndome al día jajajaja
Que terminen lindo el día :D
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