miércoles, 18 de septiembre de 2013

Capítulo 35

–Bueno, bueno. Pero qué bonita imagen.
El tono retorcido de Ana interrumpió a la joven a media frase e hizo que se incorporara de un salto.

–Puedes irte –le dijo Ana.

–Sí, señora – murmuró Margarita, asintiendo.

Paula también estaba incómoda con la repentina aparición de Ana, pero no iba a dejar que se diera cuenta. Así que se quedó donde estaba y continuó jugando con Benjamín, controlando el impulso de levantar la mirada hacia donde estaba la otra mujer.

–No tenías por qué asustarla, Ana –le dijo por fin, mirándola–. Es una buena chica. Estábamos teniendo una conversación interesante.

–Ya te dije antes que es inadecuado hacerse amigo de la servidumbre.
Paula rió al oír aquello.

–Me temo que no estoy de acuerdo contigo, sobre todo, teniendo en cuenta que yo también era la servidumbre, ¿te acuerdas?

–Claro que me acuerdo –respondió Ana en tono frío.

Cómo no. ¿Acaso no era ése el principal motivo por el que nunca le había gustado que se casara con su hijo? ¿Que un heredero de los Ana se casara con una mesera sencilla y sin clase?

–¿De verdad piensas que esto va a funcionar? –continuó Ana–. ¿Que puedes ocultarle a mi hijo que ha sido padre durante un año y luego volver como si nada a una vida de lujo, atrapándolo en tus redes otra vez?
Ella mantuvo la mano donde la tenía, en el vientre de Benja, y siguió acariciándolo.

–Yo no considero que vivir aquí sea tener una vida de lujo. Puedes tener mucho dinero, pero esta casa no es un hogar. No hay calor ni amor. –Hizo una pausa para abrazar a Benja contra su pecho antes de levantarse–. Y no estoy intentando atrapar a Pedro. Nunca lo hice. Yo sólo quería amarlo y ser feliz, pero tú no podías permitirlo, ¿no es así?
Colocó a su hijo en su cadera y continuó diciendo lo que llevaba tantos años queriendo decir.

–Pedro jamás debía de enamorarse de una mujer con sangre roja en las venas, en vez de azul, como la de él. Ni tampoco debía ser feliz ni tomar sus propias decisiones, ni dejar de estar bajo tu dominio y tu opresión.
A pesar de estar hablando con cierto miedo, Paula se sintió aliviada… y más fuerte de lo que había esperado.

¿Por qué no había tenido el valor para decirle a Ana todo aquello un año atrás? Tal vez hubiera logrado salvar su matrimonio. Tal vez se habría ahorrado muchas lágrimas. Les habría ahorrado a todos meses y meses de tristeza.

A Ana, por supuesto, aquel primer acto de independencia no le cayó nada bien. Tenía las mejillas sonrojadas, los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada.

–¿Cómo te atreves? –preguntó.
Pero su ira no intimidó a Paula en lo más mínimo.
Ya no.

–Debí haberme atrevido hace mucho tiempo. Debí haberme enfrentado a ti, no haberme dejado intimidar sólo porque vinieras de una familia de dinero y estuvieras acostumbrada a mirar a la gente por encima del hombro. Y debería haberle contado a Pedro cómo me tratabas desde el principio en vez de intentar mantener la paz y evitar manchar la opinión que tu hijo tenía de ti.
Paula sacudió la cabeza, con tristeza, pero con determinación.

–Era joven y tonta, pero maduré mucho en el último año. Y tengo un hijo… un hijo al que no voy a dejarte mangonear, ni voy a permitir que vea cómo me maltratas a mí. Lo siento, Ana, pero si quieres formar parte de la vida de tu nieto, vas a tener que empezar a tratarme con respeto.
A juzgar por la expresión de su ex suegra, eso no iba a suceder.

–Fuera. Vete –dijo furiosa–. Fuera de mi casa –repitió, señalando con el dedo adornado por un enorme diamante la puerta.
Paula no necesitó que se lo dijeran dos veces.

–Encantada –le dijo, inclinándose para recoger las cosas de Benjamín.
Luego pasó al lado de Ana con los hombros rectos y subió al cuarto de Pedro para hacer la maleta.

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