Pedro detuvo el auto delante de la casa y apagó el motor. Normalmente lo dejaba en el garaje, pero esa vez sólo iba a estar unos minutos. Se le habían olvidado unos documentos en el escritorio y quería recogerlos y volver al trabajo lo antes posible, para que le diera tiempo a hacerlo todo y estar libre para la hora de la cena.
Normalmente evitaba la cena en familia, pero ese día tenía ganas de estar allí, en casa, con Paula y con Benjammín. Sonrió sólo de pensar en ellos y miró el reloj para ver cuánto tiempo podría entretenerse.
Delante de él había un taxi estacionado y se preguntó qué haría allí. Tal vez su madre tuviera visita.
Subió las escaleras, abrió la puerta y se detuvo de golpe al ver unas maletas y cosas de bebé en la entrada.
–¿Qué está pasando aquí? –murmuró para sí mismo.
Oyó un ruido en lo alto de las escaleras y levantó la cabeza. Paula bajaba con Benja en brazos, con dos de las empleadas de su madre atrás, cargadas de cosas.
–Gracias por la ayuda –les estaba diciendo Paula–. Se los agradezco mucho.
–¿Qué sucede? –preguntó él en voz alta.
Paula levantó la cara al oírlo.
–Pedro –susurró–. No esperaba que volvieras tan temprano.
–Es obvio –respondió con el ceño fruncido–. ¿Ibas a huir otra vez? –la acusó.
–No –respondió ella, humedeciéndose los labios con nerviosismo–. Quiero decir, que sí, que me voy, pero que no estaba intentando huir. Te dejé una nota arriba… detrás de la que tú me dejaste esta mañana.
Él pensó, con cierto sarcasmo, que aquello era diferente.
–¿Y con una nota me compensas por irte mientras yo estoy trabajando? –preguntó Pedro–. ¿Con mi hijo?
–Por supuesto que no. Aunque, cuando leas mi nota verás que te explicaba que no nos íbamos. Sólo vamos a mudarnos de la casa a un hotel en el centro. Iba a quedarme allí hasta que tuviera la oportunidad de hablar contigo.
–¿De qué?
Paula tragó saliva.
–Tu madre me pidió que me fuera.
Él abrió mucho los ojos, sorprendido.
–¿Por qué?
–Por la misma razón que la última vez, porque me odia. O, al menos, no le caigo bien. Nunca he sido lo suficientemente buena para ti y jamás lo seré. Aunque esta vez ha sido más firme que nunca a la hora de echarme porque le dije unas cuantas verdades.
–Le dijiste unas cuantas verdades –murmuró él, repitiendo e intentando procesarlo, pero cada vez más confundido–. ¿Y por qué lo hiciste?
–Porque me niego a que me sigua maltrate. Me niego a que me haga sentir inferior sólo porque siempre me considerará una mesera que no merece el cariño de su hijo.
Pedro sacudió la cabeza y avanzó hacia ella.
–Seguro que ha sido un malentendido. Mi madre puede ser distante, pero sé que está emocionada con Benja y seguro que también se alegra de tenerte de vuelta en casa.
Alargó la mano para tocarla, pero Paula retrocedió.
–No, no es un malentendido, Pedro –le respondió en tono implacable–. Sé que quieres a tu madre y jamás te pediré que no lo hagas. Nunca intentaría distanciarte de tu familia, pero, a pesar de amarte mucho, no puedo quedarme aquí ni un minuto más.
A PEdro se le encogió el corazón al oír aquellas palabras. Lo amaba…
–Me amas –repitió–. Está bien. Me amas, pero te vas. Otra vez. ¿Y Benja? ¿Pensaste en él? ¿Y el niño del que tal vez estés embarazada? Mi futuro hijo.
–No es justo que me hables así, Pedro –le dijo ella en voz baja.
–La verdad duele, ¿no? Con divorcio o sin divorcio, sabías que estabas embarazada y ni siquiera te molestaste en decírmelo.
–No te atrevas a sacarme eso en cara. Mantuve a Benjamín en secreto, sí, pero sólo porque tú te negaste a hablar conmigo. Intenté contártelo, pero no te molestaste en escucharme.
–¿De qué estás hablando? –preguntó él con cautela.
–Te llamé apenas supe que estaba embarazada, pero tú habías dicho que no tenías nada de qué hablar conmigo.
–Yo nunca dije eso –murmuró Pedro.
–Sí, ése fue el mensaje que me dio Tomás cuando le pedí que me pasara contigo.
–Tomás.
–Sí.
Pedro sacó su teléfono del bolsillo y llamó a su asistente.
–Sí, señor –respondió el joven enseguida.
–Estoy en mi casa y quiero que vengas aquí en menos de quince minutos.
–Sí, señor –respondió Tomás.
Pedro miró a Paula a los ojos mientras finalizaba la llamada.
–No tardará en llegar y vamos a llegar al fondo de este asunto de una vez por todas.
A Paula los segundos empezaron a parecerle horas y los minutos, años. Y Benja cada vez le pesaba más.
–Deja que yo lo cargue –le dijo Pedro al ver que hacía amago de sentarse en las escaleras.
Ella dudó un instante, pero se lo dio.
–Está cada vez más grande, ¿no? –añadió él sonriendo.
–Sí, está creciendo.
Iba a sugerir que fueran a sentarse a la sala para esperar a Tomás, pero en ese momento oyeron un auto en la calle y un minuto después se abría la puerta.
Pedro volvió a pasarle a Benjamín y se giró muy serio hacia su asistente.
–Voy a hacerte unas preguntas y quiero que me respondas con sinceridad. No se te ocurra mentirme, ¿entendido?
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