miércoles, 18 de septiembre de 2013

Capítulo 32

Como de costumbre, la cena con la familia de Pedro fue agotadora. Deliciosa, pero agotadora.

Su madre estuvo tan arrogante como siempre y a pesar de que a Paula siempre le habían caído bien Federico, el hermano de Pedro, y su esposa, Victoria, se dio cuenta de que estaban cortados por la misma tijera que Ana.

Habían nacido en cunas de oro y nunca habían necesitado nada que no tuvieran. Habían sido educados para no ir jamás despeinados y no decir nunca nada inapropiado.

El único motivo por el que Paula no se sentía tan mal con ellos era que, a pesar de su origen, Federico y Victoria no eran tan fríos y críticos como su ex suegra. Desde que se había casado con Pedro, siempre la habían tratado como a una más de la familia y se habían enojado de verdad cuando Pedro y ella habían terminado. Incluso esa noche, se portaron exactamente igual que antes con ella.

Eso había contribuido a calmar sus nervios al entrar al comedor. Cuando ellos llegaron, Ana ya estaba sentada en la cabecera de la mesa, como una reina esperando a su corte, y su mirada la había hecho sentirse como un microbio a través de un microscopio.

Para su alivio, su ex suegra había jugado limpio mientras tomaban la sopa y la ensalada y había hablado de cosas sin importancia. Sin embargo, con el postre, Ana se había quitado parte de la máscara y había atacado a Paula, todo lo que había podido.

Pero, esta vez, Pedro la había defendido, algo que no había hecho nunca antes. Probablemente porque, en el pasado, los ataques de Ana habían sido mucho más sutiles, o sólo había demostrado su odio por ella cuando ambas habían estado solas.

Esa noche, Pedro había contestado a cada uno de los ataques de su madre, siempre en defensa de Paula. Y una vez terminado el postre, cuando había parecido que Ana iba a rematar la jugada, él se había levantado, había dado las buenas noches a su familia y había tomado la mano de Paula para sacarla del comedor.

Ella todavía estaba aturdida por el alivio y por la fuerza que le había dado edro… y todavía iba aferrada a su mano como si se tratara de un salvavidas cuando llegaron al piso de arriba. Se sintió como en su primera cita, antes de saber lo que era realmente ser la señora de Pedro Alfonso.

Al llegar a la puerta de la habitación, los dos sonreían y a ella le faltaba un poco de aire. Pedro le puso un dedo en los labios para que guardara silencio. Y ella se dio cuenta de que había estado a punto de comenzar a reír como una niña de doce años.

Contuvo la risa y, sin soltar la mano de Pedro, lo siguió por la habitación a oscuras. La niñera que se había quedado con Benja estaba sentada al lado de la cuna, leyendo una revista. Cuando los vio, cerró la revista y se levantó.

–¿Qué tal todo? –le preguntó Pedro en un susurro.

–Bien –respondió la joven con una sonrisa–. Estuvo todo el tiempo dormido.
Ésa era una buena noticia para la niñera, pero no tanto para los padres, que pretendían dormir toda la noche de corrido.

–Eso significa que se despertará a media noche –susurró Paula–. Prepárate para sufrir por fin los gajes de la paternidad.
Él sonrió y le brillaron los ojos.

–Lo estoy deseando.

Pedro le dio un par de billetes a la niñera y la acompañó a la puerta, dejando a Paula al lado de la cuna de Benjamín. Tenía un nudo en la garganta de la emoción, al pensar en que habían estado los dos, padre y madre, delante de la cuna de su hijo, viéndolo dormir.

Así era como se había imaginado siempre que sería formar una familia. Había sido lo que había deseado cuando se había casado con Pedro y cuando había intentado quedar embarazada al principio.
Era gracioso, cómo la vida nunca era como uno planeaba.

Pero aquello tampoco estaba mal. Tal vez no fuera lo ideal, tal vez no fuera como ella había soñado, pero seguía emocionándola y haciendo que se le encogiera el corazón dentro del pecho.

–Espero que no se esté enfermando –murmuró, poniéndole la mano en la frente. No parecía tener fiebre–. No suele dormir tanto.

–Tuvo un día bastante largo –respondió Pedro en el mismo tono–. Tú también estarías cansada si hubiera sido tu primer viaje largo.
Ella rió y tuvo que taparse la boca para no despertar al bebé. Pedro sonrió también, la agarró del brazo y la llevó hasta el dormitorio.

Una vez dentro, la hizo girar y la empujó hacia la puerta mientras la besaba. Estuvieron varios minutos besándose apasionadamente. Paula se quedó sin aliento, sin vista, sin cordura y todo su mundo se redujo a Pedro.

Cuando éste la dejó por fin respirar, parpadeó y tiró la cabeza hacia atrás, mientras Pedro continuaba mordisqueándole los labios.

–No era esto lo que yo tenía en mente cuando hablamos de compartir habitaciones –consiguió decirle Paula por fin, después de tomar aire.

–Qué raro, porque es exactamente lo que yo había imaginado –murmuró él antes de chuparle el lóbulo de la oreja.
A Paula no le cabía la menor duda.

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