miércoles, 18 de septiembre de 2013

Capítulo 31

–No sé en qué estabas pensando –espetó Ana–, ocultando a mi hijo la existencia de este niño durante tanto tiempo. Deberías habérselo dicho en cuanto te enteraste de que estabas embarazada. No tenías ningún derecho a quedarte con un heredero de la familia Alfonso.
«Y con esto empezamos», pensó Paula, para nada sorprendida.



Tampoco se sentía ofendida, aunque sabía que de cierta forma tenía motivos. Probablemente porque la reacción de Ana a su reaparición era la esperada.

–Mamá –dijo Pedro en un tono en el que Paula jamás lo había oído hablar.
Paula se volteó para mirarlo y le sorprendió verlo tan enojado.

–Ya hablamos de esto cuando te llamé –continuó él–. La situación sobre el nacimiento de Benjamín es sólo un tema mío y de Paula. No dejaré que la insultes mientras esté aquí. ¿Entendiste?
Paula vio sorprendida cómo Ana apretaba los labios.

–Entendido –respondió–. La cena se servirá a las seis en punto. Los dejo para que se instalen. Y por favor, recuerden que en esta casa nos arreglamos para cenar.
Miró a Paula con desprecio y se dio media vuelta para marcharse.

–En medio de todo, salió bien –murmuró, Paula, dejando escapar un suspiro.
Pretendía decirlo en tono sarcástico, pero Pedro sólo sonrió.

–Te lo dije –comentó, levantando a Benja un poco más–. Vamos a deshacer las maletas. Creo que a Benja le vendría bien una siesta.
Ella alargó la mano para acariciar la cabeza de su hijo.

–No debería estar cansado, ha dormido en el auto.
Pedro sonrió.

–No me había dado cuenta.

Ella rió, no pudo evitarlo. Ese era el Pedro que había conocido cuando empezaron a salir: divertido, amable, considerado… y tan guapo que le cortaba la respiración.
Sintió calor cuando le dio la mano y comenzó a subir las escaleras.

¿Cómo podía sentirse tan bien estando tan cerca de Pedro al mismo tiempo que se sentía tan mal estando en aquella casa?

Pedro vio cómo Paula iba y venía por sus habitaciones, preparándose para la cena. Benja estaba durmiendo en una cuna que él había mandado poner. Pero era la presencia de su ex esposa la que hacía que tuviera el estómago encogido. Le gustaba volver a tenerla allí.

No estaba seguro de que se tratara de tenerla allí, en la casa de su familia, sino de tenerla a su lado, en su dormitorio, estuviera donde estuviera esa habitación. La había extrañado. Había extrañado ver sus cosas encima de la mesa y en el baño, su ropa en el closet, el olor de su perfume en las sábanas.

Había extrañado verla, así, yendo de un lado a otro, peinándose, maquillándose o escogiendo qué ponerse. Era evidente que no tenía tantas joyas como cuando había estado casada con él, pero sus movimientos eran los mismos.
Incluso llevaba su perfume favorito, probablemente porque había dejado un frasco en el tocador al irse, y Pedro no había podido deshacerse de él.

En esos momentos, se alegraba mucho. Se lo había regalado a Paula por su cumpleaños. Hacía mucho tiempo. Pero el hecho de que hubiera vuelto a utilizarlo, de que estuviera allí con él, y de que, al parecer, confiara en él… le hizo preguntarse si podrían resolver sus diferencias y darse otra oportunidad.

–¿Cómo estoy? –le preguntó ella de repente, interrumpiendo sus pensamientos.

–Preciosa –respondió Pedro sin pensarlo, sin siquiera tener que mirarla. Aunque lo hizo. Mirarla siempre era un placer.

Llevaba un sencillo vestido de tirantes verde y sandalias, y se había recogido el pelo. Pedro se excitó al verla, se humedeció los labios con la lengua y deseó poder lamerla como si se tratara de un manjar.
La mirada de Paula se volvió misteriosa y sonrió de manera sensual antes de frotarse las manos en la falda.

–¿Estás seguro? Ya sabes cómo es tu mamá y no traje nada más elegante. Tenía que haberme acordado de que aquí hay que arreglarse para cenar–. Tomó aire, lo soltó y volvió a pasarse las manos por la falda con un gesto nervioso–. Aunque, de todos manera, ya no tengo vestidos elegantes, así que no habría podido traer ninguna ni aunque hubiera querido. Pensé que tal vez todavía estaría aquí la ropa que dejé, pero…
Dejó de hablar y alejó la mirada de la de Pedro. Pedro se sintió culpable.

–Lo siento. Mi madre hizo que se la llevaran toda cuando te fuiste. Yo tampoco esperaba que volvieras, así que no guardé nada.

Lo cierto era que guardar cosas de Paula le habría resultado demasiado doloroso. De hecho, había firmado los papeles del divorcio más bien motivado por la ira que por el deseo de ser libre otra vez.

No debió de haber dejado que su mamá se deshiciera de las cosas de Paula, se dio cuenta en ese momento. Tenía que haber sido él quien tomara la decisión, tenía que haber buscado a su ex esposa para ver si quería quedarse algo, pero en aquel entonces sólo había querido deshacerse de todo y se había sentido casi aliviado cuando su madre le había dicho que ella se encargaría.
Lo único que había quedado había sido el frasco de perfume.

–Estás preciosa –repitió, avanzando para acercarse a ella y agarrarla de los hombros–. Y no hemos venido a impresionar a nadie. Ni siquiera a mi madre –añadió sonriendo.

Paula esbozó una sonrisa y Pedro se inclinó para darle un beso suave. Sólo tocó sus labios, en vez de devorárselos, que era lo que de verdad deseaba. Sólo le rozó la piel de los hombros, en vez de meter las manos por debajo del vestido.
El beso duró un par de segundos y luego Pedro se separó antes de que su deseo se hiciera demasiado notorio.

–Tal vez tengamos que saltarnos la cena y pasar directamente al postre –comentó en voz baja.

–No creo que a tu madre le guste la idea.
A Pedro le gustó escuchar que a Paula también se le había puesto la voz ronca. Eso significaba que no era el único en sentir deseo.

–No me interesa en lo más mínimo –murmuró.

–Ojalá pudiéramos hacerlo, aunque creo que es una mala idea. Cualquier cosa sería mejor que tener que enfrentarme a Ana otra vez.
Pedro frunció el ceño. ¿Paula estaba insinuando que hacer el amor con él sería sólo menos malo que cenar con su familia?
Antes de que le diera tiempo a responder tocaron la puerta.

–Debe de ser la niñera –dijo, intentando ocultar su decepción.

–¿Contrataste una niñera? –preguntó Paula en tono de sorpresa y desaprobación.

–No, es una de las empleadas de mi mamá, que va a quedarse con Benja un par de horas. Es una buena idea, ¿no?
Paula frunció el ceño.

–No sé. ¿Es buena con los niños?

–No sé –admitió él, repitiendo su frase–. Vamos a abrirle la puerta y hacerle un interrogatorio.
Agarró a Paula por el codo y fueron juntos hacia la puerta.

–No quiero interrogarla –murmuró Paula antes de abrir–. Sólo quiero saber si está capacitada para cuidar a mi hijo.

–Vamos a estar en el piso de abajo, así que podrás subir a ver cómo está Benja, las veces que quieras –le aseguró Pedro, también en voz baja–. Esta noche será su noche de prueba, si te gusta, podrá quedarse con Benjamín cuando la necesites. Si no te gusta, buscaremos una niñera de verdad. Una en la que confíes al ciento por ciento.

–Sólo estás intentando tranquilizarme, ¿no? –le preguntó ella, un tanto molesta.
Pedro, que ya tenía la mano en la chapa de la puerta, se volteó a mirarla y sonrió.

–Obviamente. Mientras estés aquí quiero que tengas todo lo que necesites, o todo lo que tú quieras.

Ella abrió mucho los ojos y Pedro supo que iba a protestar, así que se inclinó y le dio un beso.
Cuando se separó de ella todo su cuerpo ardía de deseo.

–Perdóname –le dijo, metiéndole un mechón de pelo detrás de la oreja y deseando besarla otra vez–. Por favor.

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