El corazón se le aceleró y notó que se le revolvía el estómago, y le dio miedo vomitar.
«No vomites, no vomites, no vomites», se repitió a sí misma, respirando hondo y rezando por que el mantra surgiera efecto.
Pedro freno delante de la enorme puerta de garaje y, unos segundos después, apareció un joven que abrió la puerta del copiloto y le tendió una mano a Paula para ayudarla a salir. Luego abrió la puerta trasera para que ésta pudiera ver a Benjamín. Era evidente que Pedro había llamado para avisar a su familia de su llegada.
Pedro fue a la parte trasera del auto y abrió la maletera, luego le dio las llaves al chico.
–Trajimos muchas cosas –le dijo, sonriendo de lado–. Súbelo todo a mis habitaciones.
Paula abrió la boca para corregirlo. Pedro sólo había llevado un maletín y el resto de cosas que había en el auto eran de Benja y de ella. Y no tenían nada que hacer en las habitaciones de Pedro.
Pero éste debió de verla venir, porque le puso el dedo índice en los labios para que no dijera nada.
–A mis habitaciones –repitió en voz baja, para que sólo ella pudiese escucharlo–. Benja y tú se quedarán conmigo mientras estemos aquí. Y no voy a aceptar un no.
Ella volvió a abrir la boca para hacer precisamente eso, negarse, pero él se lo impidió con un rápido beso.
–No digas nada –dijo con firmeza–. Será mejor para todos. Confía en mí, ¿está bien?
Pero, desde su divorcio, Paula no quería confiar en él ni escucharlo ni tampoco creer lo que le decía.
Pero lo cierto era que confiaba en él. Estaría incómoda compartiendo habitaciones con él, pero teniendo en cuenta dónde estaban dichas habitaciones, en la temida mansión de la familia Alfonso, tal vez fuera más seguro que estar sola en otra habitación. Además, como durante su matrimonio habían vivido en las mismas habitaciones, al menos el lugar le resultaría familiar.
–Está bien –murmuró.
–Buenísimo –respondió él contento antes de sacar a Benja de la sillita y apretarlo contra su pecho–. Ahora vamos a presentarle a nuestro hijo al resto de su familia.
Paula volvió a sentir náuseas al oír aquellas palabras, pero Pedro la agarró de la mano y el calor de sus dedos la tranquilizó. O casi. Todavía estaba muy nerviosa cuando entraron en la casa.
El suelo de la entrada principal brillaba como el de la recepción de un gran hotel. La lámpara de araña estaba encendida y, en el centro, encima de una mesa de mármol, había un enorme arreglo de flores. Detrás estaba la escalera que llevaba al segundo piso.
Todo estaba igual que cuando Paula se había ido. Incluso las flores eran las mismas. Eran otras, por supuesto, porque Ana las hacía cambiar todos los días, pero se trataba del mismo tipo de flores, de los mismos colores, del mismo arreglo.
Había estado lejos de esa casa por un año. Un año en el que toda su vida había cambiado, pero si en aquella casa no habían cambiado ni las flores, no cabía ni la mínima esperanza de que nada, ni nadie, lo hubiera hecho en aquel lugar.
No tenían abrigos, así que el mayordomo que les había abierto la puerta fue hacia un lado de la escalera, probablemente a avisar a la señora de su llegada. Unos segundos después, el hombre volvió para ayudar al joven que estaba subiendo el equipaje a las habitaciones de Pedro.
Apenas ambos desaparecieron en el piso de abajo, Ana salió de su habitación favorita.
–Pedro, querido –saludó a Pedro, sólo a Pedro.
A Paula se le aceleró el corazón al oír la voz de su ex suegra y rezó en silencio para tener fuerza y paciencia para soportar aquella agonizante visita. Ana tenía una falda y un saco color beige y una blusa blanca, conjunto que debía de costar más de lo que ella ganaba en La Cabaña de Azúcar en todo un mes. Tenía el pelo castaño, y un corte perfecto. Su vestimenta iba adornada con aretes, collar, prendedor y una sortija de diamantes, todos a juego. Ana Alfonso jamás se pondría una circonita ni nada parecido.
–Mamá –respondió Pedro, inclinándose para darle un beso en la mejilla–. Quiero que conozcas a tu nieto, Benjamín.
Ana hizo una mueca que Paula sospechó que quería que fuera una sonrisa.
–Muy lindo –comentó, sin molestarse siquiera en tocar al niño. Se limitó a mirarlo de los pies a la cabeza.
Paula se puso tensa, ofendida en nombre de su hijo, aunque pronto la miraría a ella y podría ofenderse por sí misma.
–No sé en qué estabas pensando –espetó Ana–, ocultando a mi hijo la existencia de este niño durante tanto tiempo. Deberías habérselo dicho en cuanto te enteraste de que estabas embarazada. No tenías ningún derecho a quedarte con un heredero de la familia Alfonso.
«Y con esto empezamos», pensó Paula, para nada sorprendida.
---------------------------------------------------------------------------
Dos capítulos por hoy, gracias por sus comentarios!
Pero qué vieja bruja!!!! Espero que Pedro pueda suavizar esa situación
ResponderEliminarahhh no no nooooooo... yo le saco todo el pelo en segundos!
ResponderEliminarla agarro de las mechas y queda pelada x desalmada!
jjajajaja
a ver como se las arregla Pedro para defenderlos de sus garras.
Ojalá que Pedro no la deje sola a Pau y la defienda!! Muy buen capítulo!!
ResponderEliminarextraño leer la nove ;(
ResponderEliminarvolveeeeeee
porfis!
VOLVEEEE EXTRAÑO LA NOVELA...ME ENCANTA LA HISTORIA! QUIERO SABER COMO SIGUE!
ResponderEliminar