Tenía que pensar primero en su hijo. Y aunque jamás habría causado tanto nerviosismo o disgusto a su mujer intencionalmente, no estaba seguro de que no fuera capaz de salir huyendo de allí con Benjamín en cuanto él se hubiera ido a Pittsburgh.
Eso significaría dejar a su tía y la panadería, pero ya le había ocultado la existencia de Benja una vez. ¿Cómo podía estar seguro de que no intentaría robárselo en esa oportunidad?
Y luego estaba la posibilidad de que volviera a estar embarazada. Hasta que él no estuviera seguro de si lo estaba o no, no quería separarse de ella. Lo que significaba que si él no podía quedarse en Summerville y estar pendiente de Benjamín y de ella en todo momento, tendría que llevarse a su hijo con él. Paula podía acompañarlos o no, pero si Benja estaba con él, no iría de allí.
–Eso es chantaje –balbució Paula.
Él arqueó una ceja y contuvo las ganas de reír.
–Yo no lo llamaría así.
–Y, entonces, ¿cómo lo llamarías?
–Paternidad –le respondió Pedro–. Sólo estoy ejerciendo mis derechos como padre. Sabes cuáles son, ¿no? Los que me negaste durante todo el año pasado ocultándome la existencia de Benjamín.
No había pretendido hablar con aquella amargura, pero no había podido evitarlo.
–No voy a permitir que te lo lleves a ninguna parte sin mí –insistió Paula.
Lo que quería decir que iría con él, aunque fuera refunfuñando.
–Si puedes estar preparada mañana, nos iremos alrededor del mediodía.
–No sé si voy a poder irme tan rápido.
–Está bien, entonces nos iremos a eso de la una.
Lo último que quería Paula era irse de Summervile y dejar la tranquila vida que había logrado, para volver a la guarida del león. Tal vez fuera sólo temporal, pero, estuviera en Pittsburgh cinco días o sólo uno, cada minuto le iba a parecer una eternidad.
Por eso no se apresuró en hacer las maletas. Se tomó su tiempo para hablar de su ausencia con Helena y en buscar a un par de empleados que la reemplazaran, para que La Cabaña de Azúcar siguiera funcionado en su ausencia.
Luego pidió ayuda a Pedro para recoger todas las cosas que necesitarían para Benja, aunque el viaje fuera corto. Estaba segura de que Pedro no tenía ni idea de lo que significaba viajar con un bebé.
Mientras decidía qué ropa llevarse, le encargó recoger la ropa y los juguetes de Benja, que se asegurara de que tenían suficientes pañales y toallitas, biberones y leche. Mantas, zapatitos, sombreros, bloqueador y más cosas.
Paula fue agregando cada vez más cosas a la lista y escondió su diversión al ver que Pedro empezaba a protestar y le recordó que ir a Pittsburgh había sido idea suya, y que podían evitarse todo si Benja y ella se quedaban en Summerville.
Cada vez que mencionaba la posibilidad de cancelar el viaje, Pedro apretaba la mandíbula y seguía recogiendo las cosas de Benja en silencio.
A la una del día siguiente, ya que Paula no había logrado que el viaje se siguiera posponiendo, estaban preparados para salir. Benja estaba en su sillita, dando patadas y mordiendo sus llaves de plástico mientras Pedro esperaba al lado de la puerta del copiloto. Unos pasos más allá, en la vereda, estaban Paula y Helena, agarradas de las manos.
–¿Estás segura de que quieres hacerlo? –le preguntó su tía en voz baja.
Estaba segura de que no quería hacerlo, pero no podía decirlo, en parte porque había accedido a acompañar a Pedro y, en parte, porque no quería que su tía se preocupara.
–Estoy segura –mintió–. Estaré bien. Pedro sólo quiere que su familia conozca a Benja y encargarse de unos negocios familiares. Volveremos en un par de días.
Tía Helena arqueó una ceja.
–Eso espero. No dejes que se te lleven otra vez, mi amor –añadió–. Ya sabes lo que pasó la última vez. No permitas que pase de nuevo.
A Paula se le hizo un nudo en el estómago, tan grande que casi no podía tragar. Abrazó a su tía con fuerza y esperó a poder hablar.
–No lo haré –le prometió, conteniendo las lágrimas.
Cuando por fin se sintió con fuerzas como para soltar a su tía, se volteó hacia donde estaba Pedro. Aunque sabía que estaba deseando comenzar el viaje, su expresión no revelaba qué pensaba o sentía en esos momentos.
–¿Lista? –le preguntó con naturalidad.
Ella sólo pudo asentir antes de subirse al auto. Cerró la puerta y se abrochó el cinturón de seguridad mientras él daba la vuelta al vehículo.
Paula bajó la visera que tenía delante y utilizó el espejo para comprobar que Benja estaba bien e intentó ignorar la imponente presencia de Pedro detrás del volante.
¿Cómo se le podía haber olvidado lo pequeños que eran los autos? Incluso aquel, que era espacioso, le resultaba tan pequeño que casi no podía ni respirar.
Pedro se abrochó el cinturón, metió la llave en el contacto y el motor cobró vida. En vez de poner el auto en movimiento inmediatamente, se quedó allí sentado un momento. Paula se giró a mirarlo.
–¿Pasa algo? –le preguntó.
Tal vez se estuviera olvidando de algo, aunque eso era difícil, dado que sólo les había faltado meter en la maleta el lavadero de la cocina. Ya no entraba nada más en la maletera ni en el asiento trasero.
–Sé que no quieres hacer esto –le dijo él, mirándola a los ojos–, pero todo va a salir bien.
Ella le mantuvo la mirada unos segundos y notó que se le volvía a hacer el nudo en la garganta. Luego asintió antes de volver a mirar hacia delante. Estaba completamente segura que aquella visita a la familia de Pedro sólo podía terminar en desastre.
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