Giró la cabeza, miró el reloj y se sentó enseguida. ¡Las diez de la mañana! ¿Cómo podía haber dormido tanto?
Había tenido una noche agotadora, en la que Pedro y ella habían hecho el amor tres veces y Benja la había hecho levantarse otro par, pero aun así, lo normal era que Benja estuviera hace un rato despierto.
Se giró para sentarse al borde de la cama y su mano tocó un papel.
Tuve que irme a trabajar. Benja está con Margarita. Volveré a la hora de la cena.
Te ama,
P.
Directo al grano, típico de él. Lo que no era normal era que le dijera que la amaba con tanta frivolidad. ¿O lo había hecho sólo por costumbre?
A Paula se le encogió el corazón, pero prefirió no darle demasiadas vueltas al tema. Al menos, por el momento.
Salió de la cama, se puso un pantalón de lino y una blusa naranja y salió del cuarto para bajar. Se acercó a varias habitaciones antes de encontrar a Benjamín, que estaba en la biblioteca. Había una manta negra en el suelo, y allí estaba su hijo, rodeado de juguetes, con la misma chica que lo había cuidado la noche anterior, que también estaba sentada en el piso, haciéndole muecas y jugando con él.
–Señora Alfonso –murmuró ésta al verla llegar, levantándose y colocando ambas manos con nerviosismo detrás de su espalda.
–En realidad soy Chaves –respondió Paula automáticamente, acercándose a la manta para arrodillarse al lado de su hijo y auparlo.
Benja rió e intentó agarrarle el pelo. Y ella rió también y le dio un beso en el cachete.
–Gracias por cuidarlo de nuevo –dijo, levantándose y yendo a sentarse a un sillón.
–Es un placer, señora. El señor Alfonso me dijo que le podía dar un biberón, así que ya comió. También lo cambié.
Paula asintió y sonrió. Deseó decirle que se fuera y quedarse a solas con su hijo, pero le dio pena, sobre todo, sabiendo que Ana era una dictadora con sus empleados.
Se levantó, le dio otro beso en la frente a Benja y lo dejó de nuevo sobre la manta.
–¿Te importaría cuidarlo un rato más? –le preguntó a la chica–. Me gustaría comer algo.
La joven la miró aliviada y corrió a sentarse junto a Benjamín.
–Por supuesto, señora. Tómese todo el tiempo que quiera.
–Gracias.
Y Paula fue hacia la cocina, a pesar de saber que debía ir directo al comedor y allí aparecería un empleado que le pondría el desayuno en un minuto. El personal de cocina estaba ocupado recogiendo el desayuno del resto de la familia y preparando la comida cuando ella llegó.
–Señora Alfonso –dijo una de las mujeres, sorprendida al verla allí.
Ella sonrió y no se molestó en corregirla.
–Hola, Greta. Me alegro de verte.
La mujer sonrió con cariño.
–Yo también, señora.
–¿Cuántas veces te he dicho que me llames Paula? –preguntó ella en tono amable.
La mujer asintió, pero Paula supo que la regañarían si la llamaba por su nombre.
–No he desayunado. ¿Podrías prepararme una tostada y un jugo? –añadió, sabiendo que no debía intentar prepararse nada ella sola.
–Por supuesto, señora.
Greta comenzó prepararle lo pedido mientras ella se instalaba en un banco allí, en la isla que había en el centro de la cocina. Podía haber ido a esperar al comedor, pero era una habitación demasiado grande y vacía, mientras que la cocina era mucho más acogedora y rebozaba de energía. Además, prefería no encontrarse con Ana, y sería más fácil no verla allí que en el resto de la casa.
Se comió dos tostadas y un huevo revuelto porque Greta insistió y luego volvió a la biblioteca. Margarita seguía allí, y Benja seguía jugando y riendo.
Paula rió también al verlo y fue directo a sentarse con él y a conversar con Margarita, que le contó que estaba estudiando y trabajaba allí en verano para ganar dinero para la matrícula del año siguiente.
–Bueno, bueno. Pero qué bonita imagen.
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