–Yo pensaba dormir en el sofá de la sala. O irme a una de las habitaciones de invitados cuando nadie me viera –le dijo ella.
Y Pedro le pasó el labio por la línea que va de la clavícula hasta detrás de la oreja, haciéndola suspirar.
–Eso no está bien. Nada bien –murmuró Paula.
Él la levantó y la llevó directamente hasta la cama.
–En cambio, a mí, me parece genial –respondió, dejándola caer sobre el colchón como un saco de papas.
Aunque Paula no se sentía en absoluto como un saco de papas, sobre todo cuando Pedro se recostó encima de ella.
En esa oportunidad, cuando la besó, no protestó ni preguntó cómo iba a terminar aquello, porque sabía muy bien cómo iba a terminar. Ambos lo sabían.
Pedro le desató el vestido, que iba anudado al cuello, dejando al descubierto sus pechos desnudos. Los acarició hasta hacerla gemir y retorcerse de placer.
Luego llevó las manos a su espalda para bajarle el cierre. Paula se incorporó un poco y esperó a que lo hiciera y luego Pedro le bajó el vestido por completo y le quitó también las sandalias.
Y ella se quedó allí, sólo con la ropa interior.
Pedro se quedó unos segundos devorándola con la mirada, e hizo que se estremeciera, se sentía poderosa.
Así había sido al principio de su matrimonio, pero no había esperado sentir tanto deseo después de todo lo sucedido. Aquello era casi como un milagro, aunque Paula no sabía cómo influiría en su futuro.
Los dedos de Pedro por debajo del elástico del culote la sacaron de sus pensamientos.
Dejó que se las quitara y la dejara completamente desnuda y lo abrazó por el cuello para darle un apasionado beso. Paula gimió y apretó la erección contra su vientre. Ella se movió para recibirla entre los muslos y lo abrazó por la cintura. Él gimió y se apretó todavía más.
Pedro pensó que había algo entre ellos. Algo importante y que no debía menospreciar. Y entonces se dio cuenta de que eso era exactamente lo que había hecho en el pasado, menospreciar su relación con Paula.
Se había casado con ella, la había llevado a casa y había dado por hecho que siempre estaría allí. ¿Cómo no iba a ser feliz en una casa del tamaño de un palacio llena de lujos…? Todo lo que cualquier podría desear. Además de tener un esposo con dinero más que de sobra para que no le faltara nada.
Sin embargo, durante las dos últimas semanas se había dado cuenta de muchas cosas. Había tenido sentimientos ajenos a él hasta entonces y se había empezado a hacerse muchas preguntas.
Tal vez el dinero no lo fuera todo. Eso significaba que Paula no lo había querido sólo por lo que tenía y por lo que quería darle. Pero no sabía si eso era bueno o malo, porque él era rico e iba a seguir siéndolo.
Sí, era evidente que seguía habiendo un vínculo entre ambos. Y no era sólo sexo, aunque éste fuera tan increíble que valiera la pena pararse a reflexionar seriamente al menos un par de horas.
¿Existía la posibilidad de una reconciliación? ¿Podrían volver a intentarlo y construir algo mejor y más fuerte de lo que habían tenido?
¿Y aunque pudieran, debían hacerlo?
Eran demasiadas cosas como para analizarlas en ese momento, dado que su mente estaba ocupada con otros objetivos mucho más inmediatos e infinitamente más placenteros. No obstante, tenía que reflexionar y decidir si lo que pensaba que estaba sintiendo era real.
Porque creía estar sintiendo amor. Amor. Anhelo.
Devoción. Y el deseo de que su relación con Paula fuese permanente.
Pedro gimió al notar la lengua de Paula en su boca y que lo apretaba con los muslos. El calor de su cuerpo desnudo le quemó por encima de la ropa y, de repente, deseó quitársela.
Empezó a desabrocharse la camisa y la correa de los pantalones. Ella se separó sólo lo necesario para dejarle espacio para quitárselo todo.
Una vez desnudo subió a Paula, con cuidado para que no se diera con la cabecera de la cama y colocó las almohadas, poniéndole varias debajo de las caderas.
Luego volvió a besarla mientras le acariciaba la cintura y la espalda con las puntas de los dedos. Su piel era perfecta, como una estatua de mármol, toda curvas elegantes. Aunque las estatuas eran frías e inánimes y Paula todo lo contrario. Era apasionada y bella, y la única mujer a la que le había hecho el amor allí, en su cama.
Antes de su matrimonio había sido más fácil ir a un hotel o al estacionamiento de la chica en cuestión. Y después de su divorcio… lo cierto era que no había estado con nadie. Se había concentrado en el trabajo y en la empresa.
La abrazó por la espalda y la apretó con fuerza contra su cuerpo. Ella enterró los dedos en su pelo y le masajeó el cuero cabelludo y la nuca, cosa que siempre le había encantado. Hizo que se estremeciera y se excitara todavía más.
Paula envolvió su erección con la mano y se la acarició con suavidad antes de guiarla muy despacio hacia su feminidad.
Pedro notó cómo lo rodeaba su calor y su humedad. Era una de las sensaciones más increíbles que había tenido en toda su vida. Por muchas veces que sucediera, era casi una experiencia religiosa.
Empezó a moverse en su interior mientras la besaba, cada vez con mayor rapidez, intentando aguantar lo máximo posible. Pero contener el orgasmo era como controlar una tormenta. Su única esperanza era que a Paula le diera tiempo a terminar antes.
Metió una mano entre ambos para acariciarla y provocarle el orgasmo. Ella dio un grito ahogado al instante.
Pedro hizo otro esfuerzo por aguantar y continuó acariciándola. Paula gimió y arqueó la espalda.
–Eso es. Déjate llevar.
Y Paula gritó al notar cómo el placer la iba sacudiendo de la cabeza a los pies.
Pedro no tardó mucho más. En cuanto notó que Paula llegaba al clímax, dejó de controlarse y compartió su felicidad.
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