miércoles, 18 de septiembre de 2013

Capítulo 37

–Voy a hacerte unas preguntas y quiero que me respondas con sinceridad. No se te ocurra mentirme, ¿entendido?
Tomás Silva palideció.

–Sí, señor –balbució.

–¿Llamó Paula a la oficina el año pasado, justo después del divorcio, para hablar conmigo?
Tomás miró un instante hacia donde estaba ella con el niño.

–¿Sí o no, Tomás? –volvió a preguntarle Pedro.

–Sí, señor –respondió–. Puede ser.

–¿Y le dijiste tú que yo no tenía nada de qué hablar con ella?
Tomás abrió los ojos como platos.

–Yo… yo…
Cerró la boca, se humedeció los labios con nerviosismo y dejó caer los hombros.

–Sí, señor –admitió–. Lo hice.

–¿Por qué? –quiso saber Pedro, sorprendido.

–Porque yo le dije que lo hiciera.

La voz de Ana, profunda y severa, hizo que Paula se sobresaltara. Benjamín empezó a moverse en sus brazos y ella lo balanceó y le dio un beso en la cabeza para tranquilizarlo.

–Mamá –murmuró Pedro, girándose hacia ella–. ¿Qué estás diciendo?

–Que, después de tu separación, yo le ordené al señor Silva que filtrara cualquier llamada de la señorita Chaves que llegara a la oficina y que le dijera a ésta que no querías volver a hablar con ella.
Pedro miró a su madre y a Tomás con incredulidad.
Paula tenía el corazón acelerado, estaba emocionada.

–¿Por qué lo hiciste? –le preguntó a su madre.
Ana apretó los labios.

–Es basura, Pedro. Fue una pena que te casaras con ella y la trajeras a casa, pero no podía permitir que siguieras en contacto cuando por fin habías tenido la sensatez de divorciarte de ella.

–Así que le ordenaste a mi asistente que no me pasara ninguna llamada de ella –dijo él.

–Por supuesto –respondió ella–. Haría cualquier cosa por proteger a la familia de semejante trepadora.

–Se llama Paula –le dijo Peter entre dientes.
Antes de que a su madre le diera tiempo a responder, Pedro se acercó a Paula y agarró a Benja en brazos.
Luego, volvió a acercarse a Tomás.

–Estás despedido –le dijo–. Vuelve a la oficina y recoge tus cosas.

–Sí, señor –respondió él.

–Y tú –continuó Pedro, volteándose para fulminar a su madre con la mirada–. Siempre pensé que Paula exageraba cuando me contaba lo mal que te habías portado con ella a mis espaldas, pero ahora veo que tenía razón. –Pedro hizo una pausa y luego añadió–: No volverás a vernos jamás. Vendrán a recoger mis cosas y las que se le pudieran haber quedado a Paula. La empresa es mía. Mía y de Federico. A partir de ahora ya no formas parte de la junta directiva y tu nombre no volverá a figurar en nada relacionado con la empresa.

–No puedes hacer eso –protestó Ana.

–Vas a ver como sí puedo.
Y, dicho aquello, Pedro abrió la puerta y salió por ella con Paula al lado.

–Dejen todas las cosas de Paula en mi auto –les dijo a las muchachas.
Luego se acercó al taxi para pagarle.

–¿Qué vamos a hacer? –le preguntó Paula, todavía sin poder creer lo que acababa de suceder.
Él levantó una mano para tocarle la cara.

–Nos vamos. Nos quedaremos en un hotel hasta que lo arregle todo en el trabajo, luego, volveremos a Summerville.

–Pero…

–No hay peros que valgan –le respondió él, suavizando el tono–. Lo siento, Paula. No me daba cuenta. No te creía porque no quería admitir que mi familia no era perfecta ni que pudiera tratar a mi esposa de otra forma que no fuera con cariño y con respeto. –Le acarició la mejilla y Paula notó que se derretía–. Si lo hubiera sabido, si hubiera entendido lo que estabas pasando, lo habría detenido. Jamás habría dejado que lo nuestro se arruinara.

Ella no podía hablar, pero lo creía.

–Te amo, Paula. Siempre te amé y lamento haber perdido tanto tiempo.
Ella notó cómo las lágrimas, lágrimas de felicidad, le inundaban los ojos.
Pedro se inclinó y apoyó la frente en la de ella.

–Si pudiera volver el tiempo atrás y hacer las cosas de otra manera, jamás te dejaría ir.

–Yo también te amo –le dijo ella–. Y jamás quise irme, pero no podía seguir viviendo así.

–Lo sé.

–Y no quise mantener en secreto mi embarazo. Intenté contártelo, pero cuando Tomás se negó a pasarte la llamada, me sentí tan dolida y enfadada…

–Lo entiendo. Ambos hemos cometido errores, pero no volveremos a hacerlo, ¿no?
Paula negó con la cabeza e hizo un esfuerzo por contener las lágrimas.
Él tomó su rostro con ambas manos y le dio un suave beso.

–Te amo con todo lo que soy, Pau. Para siempre.

–Yo también te amo –intentó decirle ella, pero Pedro ya la estaba besando con toda la pasión que había florecido entre ambos desde el momento en que se habían conocido.

1 comentario:

  1. que lindos capitulos!!!!que bueno que se descubrio todo y estan juntos! espero para ver como sigue! me encanta la novellll

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