Paula calculó el número de clientes que había y asintió. Fue hacia la cocina y asomó la cabeza por la puerta.
–Tía, ¿te importaría atender el mostrador un rato? Tengo que hablar con Pedro.
Helena terminó lo que estaba haciendo y salió, limpiándose las manos en el delantal mientras Paula se quitaba el suyo y lo colgaba de un gancho en la pared.
Helena miró a Pedro con cautela, pero, por suerte, no dijo nada.
Paula no le había contado lo sucedido la noche anterior con Pedro. Le había hecho un breve resumen de la cena, como si hubieran estado hablando de la panadería, de temas profesionales. No le había dicho que había subido a su habitación ni que habían perdido el control.
Sabía que eso sólo habría servido para que aumentara la antipatía que su tía sentía por Pedro. Había habido una época, hacía poco tiempo, que Paula le había agradecido su protección y tener con quien hablar de todo lo sucedido.
Pero las cosas habían cambiado. Y no necesariamente a mejor. Pedro sabía de la existencia de Benjamín, estaba decidido a formar parte de su vida y eso significaba iba a formar parte de la de ella. Para bien o para mal, tenía que encontrar la forma de arreglar las cosas con su ex esposo, aunque sólo fuera para evitar que su vida se convirtiera en un infierno a partir de entonces.
Por eso tenía que evitar hablar mal de él delante de su tía. Probablemente, no debía haberlo hecho nunca, pero se había sentido tan dolida, tan triste, que había tenido que hablar con alguien y su tía Helena había sido el hombro perfecto sobre el cual llorar.
Pedro la siguió, agarrándola por el codo, y ambos atravesaron la puerta que daba al local de al lado.
Paula pensó que iban allí sólo para poder hablar en privado y se le encogió el estómago de pensar en cuál sería la bomba que le lanzaría su ex marido en esa ocasión, pero en vez de pararse en el centro del local, Pedro siguió caminando y la llevó hasta la vitrina, que daba a la calle.
–¿Tienes llave de esta puerta? –le preguntó, señalando la puerta de la calle.
–Sí. El dueño sabe que estoy interesada en alquilarlo y me deja usarlo de vez en cuando como depósito.
Además, se lo enseño a otros posibles arrendatarios cuando él no puede hacerlo.
–Bien –respondió Pedro sin soltarle el codo–. Voy a necesitarla.
–¿Para qué?
–Para dejar entrar a esos tipos –le dijo Pedro, inclinando la cabeza en dirección a la calle–. Salvo que quieras que pasen por tu panadería con toda su suciedad y sus herramientas.
Paula siguió su mirada y parpadeó al ver la vereda llena de hombres en jeans y camisas de trabajo, descargando cajas de herramientas, caballetes para cortar, maderas y varias herramientas para cortar de varios camiones que había estacionados en la curva.
–¿Quiénes son? –preguntó consternada.
–Son de la empresa de construcción.
Paula lo miró confundida y él no tardó en darle una explicación.
–Van a limpiar el local y a empezar a armar las vitrinas y los mostradores.
–¿Qué? ¿Por qué?
La expresión de su ex esposo pasó de la diversión a la irritación.
–Forma parte del plan de ampliación, ¿te acuerdas? Tenemos que reformar este local para que La Cabaña de Azúcar pueda empezar su distribución por correo, como tú habías pensado.
Ella miró a Pedro y después a los trabajadores que había en la calle, otra vez a Pedro, a los trabajadores… Y supo cómo se sentía un animal salvaje cuando iba a cruzar una carretera y, de repente, lo iluminaban los faros de un auto.
–No entiendo –dijo, sacudiendo lentamente la cabeza–. Yo no los he contratado. No pueden empezar a trabajar aquí porque todavía no alquilé el local. No tengo el dinero.
Pedro suspiró.
–¿Por qué crees que estoy aquí, Paula? Además de para pasar tiempo con Benja. ¿Te acuerdas de lo que hablamos anoche?
Paula se acordaba muy bien de todo lo ocurrido la noche anterior. Y se acordaba de que no se habían cuidado, y de que no se estaba tomando la píldora, así que podía volver a estar embarazada. El resto de recuerdos estaban un poco más borrosos, en especial, en esos momentos.
Uno de los obreros se acercó a la puerta. Pedro le hizo un gesto con la mano, indicándole que esperara uno o dos minutos, el hombre asintió y volvió a su camión.
–Ya yo me encargué de eso, ¿ok? –le dijo después a Paula–. Hablé con el dueño del local sobre los arreglos que queremos hacer. Estará alquilado a tu nombre, y el contrato incluirá un permiso para realizar las obras que creamos oportunas para la ampliación de tu negocio. Brian está encargándose de redactarlo y lo tendrá listo hoy mismo. También me va a dar una copia de la llave, pero, por ahora, necesito la tuya.
–Pero… Si Brian todavía no habló con el señor Pardo, ¿cómo sabes que va a acceder a alquilarnos, a alquilarme el local?
–Paula –le dijo él despacio, con firmeza, como si estuviese hablando con un niño chiquito–. Ya me encargué de todo. El local está en alquiler, Brian va a alquilarlo. ¿Qué más necesitas saber?
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