Y le pareció que Paula abría mucho los ojos y se quedaba pálida.
–A ninguna parte –le respondió primero, y luego añadió–: a un pequeño departamento. Lo utilizamos como almacén y para que mi tía duerma la siesta durante el día. Se cansa mucho.
Pedro arqueó una ceja. O había envejecido mucho en los últimos meses, o no podía creer que su tía Helena necesitara dormir la siesta.
Siguió a Paula hasta la calle y al local que había al lado, que estaba vacío. A través de la vitrina, Pedro se dio cuenta de que era la mitad que el local de La Cabaña de Azúcar y que estaba completamente vacío, lo que significaba que tampoco habría que hacer muchos arreglos.
Mientras él continuaba mirando por la vitrina, Paula retrocedió y se quedó en medio de la acera.
–¿Qué te parece? –le preguntó.
Él se giró y vio cómo el sol de la tarde brillaba en su pelo. Sintió deseo, se le hizo un nudo en la garganta..
Tenía la sensación de que iba a hacerle falta mucho más que un divorcio para evitar que su cuerpo reaccionara al verla como lo hacía. Tal vez algo como entrar en coma.
Contuvo las ganas de dar un paso al frente y enterrar los dedos en su pelo, o de hacer algo igual de estúpido, como besarla hasta conseguir que le temblaran las rodillas y no pudiera controlarse.
–Creo que te ha ido muy bien sola –le dijo.
Ella pareció sorprenderse con su comentario.
–Gracias.
–Necesitaré algo de tiempo para revisar los libros y hablar con Brian, pero si no te opones del todo a trabajar conmigo, es probable que esté interesado en invertir.
Si esperaba que Paula se lanzara a sus brazos, llena de alegría, iba a llevarse una buena decepción. La vio asentir en silencio.
Y Pedro se dio cuenta de que no tenía ningún motivo para seguir allí.
–Gracias.
–Necesitaré algo de tiempo para revisar los libros y hablar con Brian, pero si no te opones del todo a trabajar conmigo, es probable que esté interesado en invertir.
Si esperaba que Paula se lanzara a sus brazos, llena de alegría, iba a llevarse una buena decepción. La vio asentir en silencio.
Y Pedro se dio cuenta de que no tenía ningún motivo para seguir allí.
–Bueno –murmuró, metiéndose las manos en los bolsillos y dándose la vuelta–. Supongo que es todo. Gracias por la visita, y por la degustación–. Se maldijo, se sentía como un adolescente en la primera cita–. Seguiremos en contacto –añadió.
Paula se metió un mechón de pelo detrás de la oreja e inclinó la cabeza.
–Preferiría que me llamara Brian, si no te importa.
Claro que le importaba, pero apretó la mandíbula para no confesarlo. No obstante, entendía que Paula no quisiera hablar con él. Sospechaba que, por mucho dinero que quisiera invertir en su empresa, era posible que Paula lo rechazara.
Paula se quedó en la acera, delante de La Cabaña de Azúcar, viendo cómo Pedro se alejaba en dirección a las oficinas de Blake and Fetzer. No respiró hasta que no lo perdió de vista.
Entonces, en cuanto le cesó la presión del pecho y su corazón empezó a latir con normalidad, se giró y volvió a la panadería. Subió las escaleras que daban al apartamento que había en el primer piso. A medio camino, oyó la música favorita de su tía, de los años 40, y a Benjamín protestando.
Empezó a subir las escaleras de dos en dos y entró corriendo. Su tía estaba paseando de un lado a otro, intentando calmar al niño.
–Pobrecito –dijo Paula, tomando a su hijo en brazos.
–Gracias a Dios que estás aquí –comentó Helena aliviada–. Iba a darle un biberón, pero esperé un poco porque sé que prefieres darle el pecho.
–Es cierto –le respondió Paula, acunando a Benja mientras iba a sentarse desabrochándose la blusa–. Muchas gracias.
–¿Cómo salió todo? ¿Ya Pedro se fue? –le preguntó su tía.
–Sí, ya se fue –murmuró ella.
Y se dio cuenta de que no estaba tan contenta como debería Había pensado que Pedro había salido de su vida para siempre, pero volver a verlo no había sido tan desagradable como pensaba. Le había bastado con ver sus ojos color miel para que le temblara todo el cuerpo.
Y enseñarle la panadería no había sido tan horrible. De hecho, si no hubiese sido por el secreto que escondía en el primer piso, tal vez hasta le hubiera invitado una taza de café.
Lo que, en realidad, no era buena idea, así que era mejor que se hubiese ido.
Tenía a Benjamín pegado contra el pecho, tranquilo después de haber empezado a comer, cuando Paula oyó pasos en las escaleras. Teniendo en cuenta que las dos únicas personas que sabían de la existencia del departamento ya estaban en él, sospecho que iba a llevarse una desagradable sorpresa.
No le dio tiempo a levantarse y esconder al bebé, ni a gritarle a su tía que se pusiera en la puerta. De repente, vio a su ex esposo, sorprendido y furioso, en la puerta.
–Preferiría que me llamara Brian, si no te importa.
Claro que le importaba, pero apretó la mandíbula para no confesarlo. No obstante, entendía que Paula no quisiera hablar con él. Sospechaba que, por mucho dinero que quisiera invertir en su empresa, era posible que Paula lo rechazara.
Paula se quedó en la acera, delante de La Cabaña de Azúcar, viendo cómo Pedro se alejaba en dirección a las oficinas de Blake and Fetzer. No respiró hasta que no lo perdió de vista.
Entonces, en cuanto le cesó la presión del pecho y su corazón empezó a latir con normalidad, se giró y volvió a la panadería. Subió las escaleras que daban al apartamento que había en el primer piso. A medio camino, oyó la música favorita de su tía, de los años 40, y a Benjamín protestando.
Empezó a subir las escaleras de dos en dos y entró corriendo. Su tía estaba paseando de un lado a otro, intentando calmar al niño.
–Pobrecito –dijo Paula, tomando a su hijo en brazos.
–Gracias a Dios que estás aquí –comentó Helena aliviada–. Iba a darle un biberón, pero esperé un poco porque sé que prefieres darle el pecho.
–Es cierto –le respondió Paula, acunando a Benja mientras iba a sentarse desabrochándose la blusa–. Muchas gracias.
–¿Cómo salió todo? ¿Ya Pedro se fue? –le preguntó su tía.
–Sí, ya se fue –murmuró ella.
Y se dio cuenta de que no estaba tan contenta como debería Había pensado que Pedro había salido de su vida para siempre, pero volver a verlo no había sido tan desagradable como pensaba. Le había bastado con ver sus ojos color miel para que le temblara todo el cuerpo.
Y enseñarle la panadería no había sido tan horrible. De hecho, si no hubiese sido por el secreto que escondía en el primer piso, tal vez hasta le hubiera invitado una taza de café.
Lo que, en realidad, no era buena idea, así que era mejor que se hubiese ido.
Tenía a Benjamín pegado contra el pecho, tranquilo después de haber empezado a comer, cuando Paula oyó pasos en las escaleras. Teniendo en cuenta que las dos únicas personas que sabían de la existencia del departamento ya estaban en él, sospecho que iba a llevarse una desagradable sorpresa.
No le dio tiempo a levantarse y esconder al bebé, ni a gritarle a su tía que se pusiera en la puerta. De repente, vio a su ex esposo, sorprendido y furioso, en la puerta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario