Él arqueó una ceja y le advirtió con la mirada que, si intentaba salir huyendo, iría detrás de ella.
Pero Paula no tenía intención de correr, sino sólo de postergar un poco las cosas para no ser la única que helada en aquella habitación de hotel.
–Tienes demasiada ropa –le dijo–.Tú primero.
Pedro arqueó la otra ceja. Luego se sacó los gemelos y se quitó la camisa, dejándola caer detrás de él al suelo.
Paula tragó saliva. Le había parecido buena idea hacer que se desnudara, pero ya no estaba tan segura de que lo fuera. Se le secó la boca sólo de ver aquel cuerpo y notó cómo se le subía el corazón a la garganta.
Sin darle tiempo a recuperarse, Pedro se quitó los zapatos, se bajó los pantalones y se acercó a Paula un paso más.
–¿Así está mejor? –le preguntó, sonriendo divertido.
Y ella pensó que aquello no estaba mejor, sino muchísimo peor. Porque en ese momento, además de estar nerviosa y sentirse desprotegida, también se sentía abrumada.
¿Cómo podía haberse olvidado de aquel hombre desnudo?
La belleza de Pedro la había divertido durante su matrimonio. El hecho de que las mujeres se voltearan a mirarlo y le prestaran tanta atención no le había molestado en lo más mínimo, porque siempre había sabido que era suyo. Otras mujeres podían mirarlo, pero sólo ella podía tocarlo.
Pero, en ese momento, llevaban más de un año divorciados. ¿Cuántas mujeres lo habrían tocado desde entonces? ¿Cuántas lo habrían hecho voltear la cabeza a él?
Como si pudiera leerle el pensamiento, Pedro levantó la mano y le acarició la mejilla.
–¿Tienes frío? –le preguntó en voz baja.
Y ella negó con la cabeza, aunque no fuera verdad.
Había sido ella quien lo había dejado, quien había pedido el divorcio, pero, aun así, no soportaba imaginárselo con otras mujeres. Pedro le acarició los brazos y entrelazó los dedos con los de ella. Como había hecho cuando habían estado casados, haciéndola sentir muy cerca de él, amada.
Le dio un beso en los labios.
–Deja que te caliente.
Volvió a besarla y la hizo retroceder.
Paula sintió la cama con la parte trasera de los muslos y se recostó. Pedro la siguió con cuidado, casi como si fuera una coreografía. El sostén se le cayó por fin con el movimiento.
Él apoyó su pecho en los de ella. Pedro gimió y lo abrazó mientras él la besaba de nuevo. Luego metió los dedos por debajo de la cintura del culote y se lo bajó. Después hizo lo mismo con su ropa interior.
Ambos estaban completamente desnudos, apretados como chicles. Paula volvió a sentirse insegura, recordó que habían pasado meses desde la última vez que habían estado juntos, que había pasado por un embarazo y un parto desde entonces… que había pasado el primer trimestre profundamente deprimida por la ruptura de su matrimonio y la idea de convertirse en madre soltera, ahogando sus penas en helado y galletas.
Además del peso del bebé, había engordado dándose festines de autocompasión y a pesar de haber empezado a ser mucho más disciplinada después de haber dejado de compadecerse de sí misma, todavía no se había deshecho de esos kilos de más. Sus caderas habían ensanchado, su estómago ya no era plano, tenía los muslos más redondeados.
Lo único que le había mejorado era el pecho, que le había aumentado.
Pero fueran buenos o malos esos recientes cambios físicos. De hecho, Pedro no parecía haberlos notado. Y, si lo había hecho, no había dicho nada y estaba disfrutando de ellos.
Eso hizo que Paula se relajara y dejara de obsesionarse. Notó las caricias de Pedro, sus besos por la garganta, en el hombro, en el escote, y sintió la necesidad de tocarlo también. Le acarició la espalda, jugó con su pelo. Le mordisqueó la oreja y frotó la mejilla contra la leve barba que empezaba a salir en su rostro.
Estaba notando su erección y se apretó contra ella.
Pedro la mordió en el cuello y ella dio un grito ahogado.
Él rió y Paula se estremeció al oírlo.
–Deja de jugar –le ordenó casi sin aliento.
–Tu empezaste –respondió él contra su piel mientras buscaba uno de sus pechos.
Paula se quedó inmóvil, sintió cómo el placer la aplastaba contra el colchón. Ni siquiera pudo gritar, los pulmones se le habían quedado desprovistos de oxígeno.
Se aferró a sus hombros mientras Pedro la torturaba, volviéndola loca. Cuando terminó, levantó la cabeza y sonrió. Era una sonrisa perversa, endemoniada.
Paula vio que volvía a inclinarse sobre ella y tuvo miedo. No supo si iba a poder aguantar mucho más, tanto si Pedro continuaba con lo que estaba haciendo como si decidía seguir bajando.
Así que antes de que a Pedro se le ocurriera la idea, ella lo abrazó con las piernas por la cadera y metió la mano entre ambos para agarrar su miembro. Él dejó escapar un soplido y cerró los ojos.
–Ya basta –le dijo Paula.
Él abrió los ojos y la miró.
–¿Quieres que pare? –murmuró.
Sabía que no quería que parara, sólo estaba jugando con ella, torturándola otra vez.
Le dio a probar de su propia medicina apretando los dedos alrededor de su miembro, haciendo que diera un grito ahogado y flexionara las rodillas.
–No quiero que pares –le aclaró Paula–, sólo quiero que te dejes de dar vueltas y vayas directo al grano.
Pedro arqueó una ceja y sonrió de oreja a oreja.
–Así que al grano, ¿no?
Ella notó que se ruborizaba, aunque ya fuera demasiado tarde para eso.
Respiró hondo y levantó la barbilla.
–Lo que escuchaste.
–Bueno –le dijo él con la mirada cargada de lujuria–. Veré qué puedo hacer.
Entonces fue Paula quien arqueó una ceja.
–Eso espero.
Pedro sonrió todavía más antes de besarla con fuerza.
Le alejó la mano despacio para poner la suya y se colocó mejor entre sus piernas para poder penetrarla. Lo hizo lentamente, con cuidado, mientras la besaba y absorbía sus gemidos.
La fue llenando centímetro a centímetro. La sensación fue asombrosa, perfecta.
Como tantas otras veces en el pasado, Paula se maravilló de lo bien que encajaban juntos, incluso a pesar de los cambios que había sufrido su cuerpo durante el último año.
Pedro se apoyó en los hombros y dejó de besarla.
Paula aprovechó la oportunidad para morderse el labio inferior y echar la cabeza hacia atrás, extasiada. Él hizo lo mismo mientras entraba y salía, despacio al principio, y luego cada vez con mayor rapidez.
Paula también levantó las caderas para recibirlo, dejando que el movimiento y las sensaciones la invadieran por completo. Quería, no, necesitaba, lo que sólo Pedro podía darle. Y quería que lo hiciera todavía más intenso.
–Pedro, por favor –le rogó, abrazándolo por el cuello antes de mordisquearle el lóbulo de la oreja.
Luego clavó los dientes con más fuerza en su hombro.
Él se estremeció, la agarró por la cintura y la penetró aún más, con más fuerza, haciéndola gritar y gritando a la vez. Hasta que todo pareció detenerse y el placer invadió a Paula acompañado de una ola de calor.
Dijo su nombre y se aferró a él como si temiera por su vida, absorbiendo el impacto de sus últimos enviones, hasta que notó que dejaba caer todo su peso sobre ella y lo oyó gemir con satisfacción.
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