sábado, 10 de agosto de 2013

Capítulo 14

Escuchó el timbre antes de sentirse preparada para ello y se le aceleró el corazón. Se repasó el pintalabios y se aseguró de que tenía todo lo que iba a necesitar en la pequeña cartera de mano roja que había encontrado en el fondo del closet.

Estaba bajando las escaleras cuando oyó voces y supo que su tía Helena había abierto la puerta. Y no sabía si se lo agradecía o si eso la ponía todavía más nerviosa, todo dependía de la actitud de su tía.

Al llegar abajo vio a Helena delante de la puerta, con una mano apoyada en el marco. En la otra no tenía ni pistola ni una sartén, lo que era una buena señal.
Pedro estaba al otro lado de la puerta, todavía en la entrada. Iba vestido con el mismo traje de un rato antes.

Tenía las manos detrás de la espalda y estaba sonriéndole a Helena con todo el encanto de un vendedor experimentado. Al verla, Pedro le dedicó a ella la misma sonrisa.

–Hola –la saludó–. Estás hermosa.
Paula resistió el impulso de pasar la mano por la parte delantera del vestido, o de revisar que no se le había deshecho el moño.

–Gracias.

–Le estaba diciendo a tu tía que la casa está linda. Al menos, por fuera –añadió, guiñando un ojo.
Era evidente que Helena no lo había invitado a pasar.


–¿Quieres pasar? –le preguntó Paula, haciendo caso omiso del ceño fruncido de su tía.


–Sí, gracias –respondió Pedro, pasando a la entrada.


Miró a su alrededor y Paula se preguntó si estaría comparando aquello con su lujosa casa y si pensaría que era un lugar inadecuado para que creciera su hijo, pero al mirarlo sólo vio curiosidad en sus ojos.

–¿Dónde está Benja? –preguntó.

–En la cocina –respondió Helena, cerrando la puerta principal y caminando en esa dirección–. Estaba dándole de comer.
Pedro miró a Paula antes de seguir a Helena hacia la parte trasera de la casa.

–Pensé que todavía le dabas el pecho.
Ella se ruborizó.

–Sí, pero también toma jugos y come cereales entre otras comidas para bebés.

–Bien –murmuró él al llegar a la cocina–. Aunque cuanto más pecho tome, mejor. Aumenta su inmunidad, lo hace sentirse más seguro y ayuda a crear un vínculo entre la madre y el bebé.

–¿Y cómo sabes todo eso? –le preguntó Paula sorprendida.

Benja estaba sentado en una sillita de Winnie Pooh, con la cara y el babero cubiertos de papilla de brócoli y zanahoria, dando patadas y golpes con las manos.

Pedro no esperó a que lo invitaran para sentarse en la silla que había al frente de la de la tía Helena y alargó la mano para acariciar la cabeza de Benja. El niño rió y Pedro sonrió.

–Muy al contrario de lo que piensa la gente –murmuró, sin molestarse en mirarla– no me convertí en el director general de Alfonso Corporation sólo por privilegio. Da la casualidad de que tengo bastantes recursos.

–Déjame adivinar… sacaste la computadora e hiciste una búsqueda en google.

–No te lo voy a decir –respondió él en tono de broma.

–¿Puedo? – le preguntó a Helena señalando el puré, luego de haberse dado la vuelta.
Ella lo miró como diciéndole que no lo creía capaz.

–Por favor.
Pedro tomó la minúscula cuchara de plástico con un dibujo animado en el mango y empezó a darle de comer a Benja poco a poco, despacio.

Paula lo observó… y deseó. Deseó no haber aceptado salir a comer con él esa noche. Deseó no haberlo invitado a entrar y que él no hubiera querido ver a Benja antes de irse. Deseó que aquella escena no le pareciera tan hogareña, tan agridulce, que no le hiciera pensar en lo que podía haber sido.

Pedro estaba demasiado cómodo dándole de comer a su hijo, aunque estuviera vestido con traje. Y lo estaba haciendo demasiado bien, cosa que Paula no habría esperado de un hombre que casi no había interactuado con niños.
Cuando Benja se negó a comer más, Pedro dejó la cuchara y se frotó las manos.

–Me gustaría cargarlo un momento –dijo, mirando a su hijo y luego su ropa–, pero…

–No, no es buena idea –dijo Paula, tomando un trapo húmedo para limpiarle la boca y la barbilla a su hijo–. Mi tía irá a cambiarlo y a limpiarlo y tal vez puedas cargarlo un rato cuando volvamos, si todavía está despierto.
A Pedro no pareció gustarle mucho la idea, pero dado que la alternativa era arruinar un traje muy caro, no dijo nada.

–¿Nos vamos? –le preguntó ella al ver que se levantaba.
Pedro asintió a regañadientes y la siguió hacia la puerta.
Tenía el auto estacionado delante de la casa y la ayudó a entrar.

–¿Qué haces cuando se mancha tanto? –le preguntó una vez que ambos estuvieron dentro.
Ella se giró a mirarlo.

–¿Qué quieres decir?

–¿Cómo haces para no tener a tu hijo en brazos?

Aquella pregunta sorprendió a Paula. No las palabras, sino el tono, que parecía de culpabilidad. ¿Era posible que Pedro se sintiera culpable?

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