Pedro la agarró del codo para salir del restaurante, guiándola por un corredor alfombrado que guiaba a la entrada.
–Sube a mi habitación –le susurró al oído.
Paula miró a Pedro sorprendida, con incredulidad.
Él comenzó a reír al ver su reacción.
–No es una proposición –le aseguró–, aunque no me negaría a ningún tipo de seducción después de la comida.
Al llegar a la entrada, la hizo girar a la izquierda, en dirección a las escaleras que llevaban a las habitaciones.
–Quiero enseñarte algo –continuó diciéndole mientras subían despacio.
–Eso sí que suena a proposición indecente –comentó ella.
Pedro sonrió y se metió la mano en el bolsillo para sacar la llave de su habitación. No era una tarjeta, sino una llave de las de verdad, con un enorme llavero de plástico con forma de faro.
–Me conoces demasiado bien, nunca necesité frases seductoras cuando nos conocimos, ni las necesito ahora.
Eso era verdad. Había sido demasiado lindo y caballeroso como para intentar seducirla de la forma en que lo hacían el noventa por ciento de los chicos. Ésa era una de las cosas que habían hecho que le resultara todavía más atractivo, que hubiera destacado entre los demás.
Al llegar a la puerta de la habitación, Pedro la abrió y se alejó para dejarla entrar. Paula había estado antes en el hostal, pero no en las habitaciones, así que se quedó unos segundos mirando a su alrededor.
Pedro se quitó el saco y lo dejó sobre el respaldo de una mecedora antes de ir hacia el escritorio que había en la pared de enfrente. Mientras abría su computadora y la prendía, Paula retrocedió y disfrutó de la vista. Sabía que era algo inadecuado, y que no tenía sentido, teniendo en cuenta que le había dicho a todo el mundo que se alegraba de haberse divorciado y que ya no estaba enamorada de él, que lo había superado por completo.
Pero que fuera su exmujer no significaba que no fuera una mujer de carne y hueso.
La cara camisa blanca se pegaba a sus anchos hombros.
El pantalón, que debía de haberle costado más de lo que ganaba ella en una semana en la panadería, se ajustaba a sus caderas y, sobre todo, a su trasero. Un trasero redondeado, bonito, que no parecía haber cambiado mucho desde que se habían separado.
Paula se llevó la mano a la cara, se tapó los ojos y se regañó en silencio por ser tan débil. ¿Qué le estaba pasando? ¿Estaba loca? ¿O tendría un virus? ¿O era que las hormonas del embarazo todavía estaban haciendo de las suyas?
Separó los dedos un poco, miró por la rendija y supo cuál era su problema.
Para empezar, que sabía lo que había debajo de aquella camisa y aquel pantalón. Conocía muy bien la fuerza de sus músculos, la suavidad de su piel. Sabía cómo se movía, cómo olía y cómo era tener su cuerpo apretado contra el de él.
Continuando, sus hormonas debían de seguir locas. Y no sólo las del embarazo, sino todas en general. Eso no la sorprendía. Siempre se había derretido en manos de Pedro. Le bastaba una mirada provocadora para ponerse como un flan. Con que le rozara la mejilla con los dedos o los labios con los suyos, perdía el control.
Teniendo en cuenta el tiempo que hacía que no estaban juntos, el tiempo que hacía que Paula era sólo una incubadora humana y una mamá a tiempo completo, no era de extrañar que su mente le estuviera jugando una mala pasada.
Y no le cabía la menor duda de que, si Pedro se daba cuenta, aprovecharía su vulnerabilidad y su alteración interior, así que lo más sensato sería no decir ni hacer nada que la delatara.
Por entre los dedos, Paula lo vio desabrocharse los primeros botones de la camisa y aflojarse el cuello. Era una costumbre que tenía. Recordó habérselo visto hacer casi todas las noches al llegar del trabajo. Casi siempre pasaba un par de horas más trabajando en su escritorio, pero el primer paso para relajarse había sido siempre quitarse el saco y la corbata, desabrocharse la camisa y remangársela.
Paula se quitó las manos de los ojos justo antes de que Pedro agarrara la computadora y se volteara. Atravesó la habitación, se sentó a un lado de la cama, dejó la computadora y golpeó el espacio que había a su lado invitándola a que se le una.
–Siéntate un rato –le dijo a Paula–. Quiero enseñarte algo–. Ella arqueó una ceja–. Ven, quiero enseñarte lo que tengo pensado para La Cabaña de Azúcar.
Eso llamó su atención y eliminó sus sospechas y miedos, dando lugar a otros nuevos. Se acercó a la cama, se sentó y se bajó el vestido para no enseñar las piernas.
Él le dio a un par de teclas y giró la computadora para que Paula la viera mejor.
–Dijiste que querías ampliar el negocio al local de al lado, ¿no? Y utilizarlo para hacer pedidos por correo.
–Sí.
–Bueno, ésta sería una primera descripción del proyecto que he hecho antes de la cena. Es lo que creo que costaría arreglar el local, cuáles serían tus gastos generales, etc. Por supuesto, hay muchos aspectos del negocio que todavía desconozco, así que habrá que ajustarlo, pero esto nos da una idea aproximada de lo que hace falta y de por dónde empezar.
Pedro se levantó un momento y fue hacia el escritorio para agarrar una libreta grande y amarilla. Luego volvió a la cama, haciendo que el colchón se moviera suavemente.
–Y éste es un boceto inicial de la ampliación. Con los mostradores, las estanterías y todo eso.
Paula alejó la mirada de la pantalla y estudió el dibujo que Pedro tenía en la mano durante un minuto, imaginándose cómo quedaría todo en el local que había al lado de La Cabaña de Azúcar.
Era bueno. Incluso alentador. Y la idea de que algo tan simple pudiera ser realidad algún día, muy pronto, hizo que se emocionara.
Sólo había un problema.
Levantó la cabeza y miró a Pedro a los ojos.
–¿Por qué hiciste todo esto? –le preguntó.
Y no le cabía la menor duda de que, si Pedro se daba cuenta, aprovecharía su vulnerabilidad y su alteración interior, así que lo más sensato sería no decir ni hacer nada que la delatara.
Por entre los dedos, Paula lo vio desabrocharse los primeros botones de la camisa y aflojarse el cuello. Era una costumbre que tenía. Recordó habérselo visto hacer casi todas las noches al llegar del trabajo. Casi siempre pasaba un par de horas más trabajando en su escritorio, pero el primer paso para relajarse había sido siempre quitarse el saco y la corbata, desabrocharse la camisa y remangársela.
Paula se quitó las manos de los ojos justo antes de que Pedro agarrara la computadora y se volteara. Atravesó la habitación, se sentó a un lado de la cama, dejó la computadora y golpeó el espacio que había a su lado invitándola a que se le una.
–Siéntate un rato –le dijo a Paula–. Quiero enseñarte algo–. Ella arqueó una ceja–. Ven, quiero enseñarte lo que tengo pensado para La Cabaña de Azúcar.
Eso llamó su atención y eliminó sus sospechas y miedos, dando lugar a otros nuevos. Se acercó a la cama, se sentó y se bajó el vestido para no enseñar las piernas.
Él le dio a un par de teclas y giró la computadora para que Paula la viera mejor.
–Dijiste que querías ampliar el negocio al local de al lado, ¿no? Y utilizarlo para hacer pedidos por correo.
–Sí.
–Bueno, ésta sería una primera descripción del proyecto que he hecho antes de la cena. Es lo que creo que costaría arreglar el local, cuáles serían tus gastos generales, etc. Por supuesto, hay muchos aspectos del negocio que todavía desconozco, así que habrá que ajustarlo, pero esto nos da una idea aproximada de lo que hace falta y de por dónde empezar.
Pedro se levantó un momento y fue hacia el escritorio para agarrar una libreta grande y amarilla. Luego volvió a la cama, haciendo que el colchón se moviera suavemente.
–Y éste es un boceto inicial de la ampliación. Con los mostradores, las estanterías y todo eso.
Paula alejó la mirada de la pantalla y estudió el dibujo que Pedro tenía en la mano durante un minuto, imaginándose cómo quedaría todo en el local que había al lado de La Cabaña de Azúcar.
Era bueno. Incluso alentador. Y la idea de que algo tan simple pudiera ser realidad algún día, muy pronto, hizo que se emocionara.
Sólo había un problema.
Levantó la cabeza y miró a Pedro a los ojos.
–¿Por qué hiciste todo esto? –le preguntó.
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