–Deja que adivine, el dinero no es un problema –dijo, intentando imitar su voz–. Le has dicho a Brian qué es lo que quieres, sin límite de gastos, y él hará lo que sea necesario para que puedas lograr lo que tienes en mente.
Él le soltó el codo y puso los brazos en la cintura, suspiró con frustración.
–¿Qué hay de malo en eso? –quiso saber.
Y ella deseó poder quedarse callada. Deseó que no le importara que estuviera utilizando su dinero y su apellido para ayudarla a ampliar la panadería. En el pasado, aquel poder y aquella seguridad habían llegado a impresionarla, en ese momento, la ponían nerviosa.
–No quiero estar en deuda contigo, Pedro –le confesó–. No quiero deberte nada, ni saber que La Cabaña de Azúcar ha crecido y tiene éxito porque tu llegaste aquí para ayudarme con tu dinero.
–¿Por qué te importa tanto de dónde venga la ayuda? Lo importante es que vas a tener el espacio suficiente para expandir el negocio.
Ella sacudió la cabeza y se cruzó de brazos, retrocedió un paso.
–Es que no entiendes. Por supuesto que importa, porque si llegas aquí con la chequera en la mano y llevándote por delante a quien se interponga en tu camino, entonces ya no es mi negocio. Es otra insignificante adquisición de la empresa Alfonso.
Pedro se cruzó de brazos también.
–No me digas eso. Le pediste a Brian Blake que te buscara un inversor. Así que acá el problema no es que yo llegue con la chequera en la mano, sino que sea mi chequera.
–Obviamente –admitió ella con frustración–. Ya pasamos por esto antes, Pedro. El dinero, la influencia, que todo el mundo haga lo que dices sólo porque te apellidas Alfonso.
Paula descruzó los brazos y se llevó las manos a la cara un minuto, intentando tranquilizar sus pensamientos y su ira. Cuando las bajó, pudo hablar con más tranquilidad:
–No me malinterpretes. Al comienzo, me gustaba. Disfrutaba del nivel de vida que tenía siendo tu esposa. Las fiestas, la ropa, no tener que preocuparme por llegar a fin de mes–. Sí, después de tener que luchar y trabajar duro para salir adelante, había estado bueno casarse con un hombre con dinero–. Pero no tienes ni idea de lo que significa ser tu esposa y vivir bajo el mismo techo sin ser realmente una Alfonso.
Él frunció el ceño, confundido.
–Paula, no entiendo. ¿De qué estás hablando? Por supuesto que eras una de la familia. Eras mi esposa.
–El problema es que no todo el mundo pensaba igual –le dijo ella, recordando todas las ocasiones en las que la madre de Pedro le había recordado que sólo se apellidaba Alfonso porque se había casado con él.
–Lo siento –contestó Pedro, estirando sus brazos hacia ella, pero bajándolos antes de llegar a tocarla–. Jamás quise que te sintieras una extraña.
Y Paula se sintió culpable al ver dolor en su rostro.
Abrió la boca para decirle que había sido su madre la que la había ofendido, pero un golpe en la ventana hizo que ambos se sobresaltaran. El mismo obrero de hace unos minutos, al parecer, el jefe de la cuadrilla, puso gesto impaciente y golpeó su reloj.
Pedro le pidió con la mano que esperara un segundo y luego se giró para mirarla.
–Voy a necesitar la llave.
Ella se humedeció los labios y tragó saliva. Había estado a punto de tener una conversación adulta y sincera con su ex esposo. Había estado a punto de reunir el valor suficiente para contarle la verdad de por qué lo había dejado. En el pasado, había intentado decirle muchas veces cómo la trataban, que la hacían sentirse como a una extraña en su propia casa, pero jamás había sido capaz.
Una parte de ella pensaba que, si Pedro la hubiese querido lo suficiente, si la hubiera entendido, habría descubierto lo que intentaba decirle sin necesidad de expresarle su creciente infelicidad. En esos momentos se dio cuenta de que no podía esperar que nadie le leyera la mente.
Deseó haber tenido la valentía necesaria para, tiempo atrás, haberle expresado sus sentimientos. Tal vez las cosas hubieran sido de otra manera. Pero todo aquello formaba ya, parte del pasado y su última oportunidad de sincerarse con él acababa de verse arruinada gracias al obrero.
Volvió a humedecerse los labios y asintió.
–Iré a por la llave –le dijo, dándose la vuelta para volver a la panadería.
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