sábado, 10 de agosto de 2013

Capítulo 15

–Pedro –le dijo ella, sacudiendo la cabeza e intentando no sonreír–. Sé que todo esto es nuevo para ti. Sé que descubrir la existencia de Benja ha sido una sorpresa, pero no tienes por qué sentirte culpable. Es un bebé. Siempre y cuando todas sus necesidades estén cubiertas, le da igual quién le dé de comer, quién lo cargue, quién le cambie el pañal.
Pedro frunció el ceño todavía más.

–Eso no es verdad. Los niños diferencian a sus padres de una niñera, diferencian a su padre de su madre.

–Está bien, pero no te preocupes, que también hay muchas veces que yo no lo cargo para que no me ensucie. O, lo que es peor, para que no me vomite encima.
Sin pensarlo, Paula alargó la mano y le dio una palmadita en el muslo.

–Si vas a estar unos días aquí para pasar tiempo con él, cómprate varios pantalones y polos baratos, y ve haciéndote la idea de que se te van a manchar con frecuencia. Pero no te preocupes por lo de esta noche, yo tampoco lo cargué esta mañana antes de ir a la reunión. Por eso es una suerte tener a mi tía ayudándome. Yo no puedo hacerlo todo sola y ella es una gran ayuda.
Pedro le agarró la mano para que no la alejara.

–Debería ser yo quien estuviera ayudándote con Benja, no tu tía, pero no te preocupes, que vamos a hablar de eso esta noche, entre otras cosas.

Paula disfrutó de la cena. Pedro la llevó al restaurante del hostal e intentó inflarla a punta de vino y a enrollados de cangrejo. Dado que todavía le daba de lactar a Benja, no podía tomar vino, pero los enrollados de cangrejo estaban deliciosos.

Sin embargo, en cuanto el mozo llegó con los cafés y decidieron el postre, Paula supo que su tiempo de tolerancia se había terminado. Pedro agarró la taza de cerámica con ambas manos y se inclinó hacia delante, haciendo que ella se pusiera tensa.

–¿Cómo fue el embarazo? –le preguntó, yendo directo al grano, como de costumbre.

–Creo que fue bastante normal –le contestó–. Teniendo en cuenta que era la primera vez que estaba embarazada y que no sabía qué era lo que debía esperar, pero no hubo complicaciones y las náuseas matutinas no fueron demasiado fuertes. A veces las náuseas se tienen también en otros momentos del día y eso hizo que abrir la panadería y trabajar doce horas al día fuera toda una aventura –añadió riendo–. Aunque no tan horrible como esperaba.

Después, Pedro quiso saber hasta el último detalle sobre del nacimiento de Benjamín. La fecha, la hora, cuánto había pesado, cuánto tiempo había durado el parto. Y Paula pensó que, si ella hubiera estado en su lugar, también habría estado desesperada por saber y memorizar todos aquellos datos.

–Tendría que haber estado allí –comentó Pedro en voz baja, con la mirada clavada en la mesa. Luego la miró–. Me merecía haber estado allí. Por todo.

A Paula se le encogió el corazón y se preparó para el ataque, para que Pedro lanzara contra ella toda la rabia y el resentimiento que debía de sentir… y era probable que se lo mereciera. No obstante, Pedro continuó hablando en el mismo tono.

–Por mucho que me moleste, no podemos volver el tiempo atrás, sólo podemos seguir adelante. Así que éste es el trato, Paula–. La miró como debía de mirar a sus rivales en los negocios y le dijo: –Ahora que sé de la existencia de Benja, quiero formar parte de todo. Me quedaré aquí un tiempo, hasta que te hagas a la idea. Hasta que yo me acostumbre a ser padre y él empiece a reconocerme como tal. Pero, después, voy a querer llevármelo a casa.
Al oír aquellas palabras, Paula se quedó inmóvil y agarró con fuerza la taza de café.

–No es una amenaza –añadió Pedro enseguida–. No estoy diciendo que me lo quiera llevar para siempre. Sinceramente, todavía no sé cómo vamos a hacer, pero ya hablaremos de eso después. Sólo me refería a llevarlo de visita, para poder presentárselo a mi familia, para que mi madre sepa que tiene otro nieto.

Paula pensó que Ana estaría feliz de la vida. Otro nieto, sobre todo, otro nieto hombre que pudiera llevar el apellido Alfonso, pero la madre del bebé era otro tema. Y la madre de Pedro sólo estaría contenta con Paula fuera de juego.

–¿Y si yo no estoy de acuerdo? Con nada.
Él arqueó una ceja.

–Entonces, supongo que me vería obligado a amenazarte, pero ¿estás segura de que eso es lo que quieres? Creo que he sido bastante comprensivo con toda esta situación, aunque ambos sepamos que tengo motivos para estar enojado con todo esto.
Pedro dio un sorbo a su café e inclinó la cabeza. Parecía estar mucho más tranquilo que ella.

–Si quieres que me enoje y que te amenace, también puedo hacerlo, sólo tienes que decírmelo, pero si prefieres que actuemos como dos adultos maduros, decididos a crear el mejor ambiente posible para su hijo, entonces te sugiero que aceptes mi plan.

–¿Tengo acaso otra elección? –protestó ella, entendiendo mejor que nunca lo que significaba estar entre la espada y la pared.
Pedro sonrió de manera arrogante y confiada.

–Pudiste haber elegido entre contarme o no que estabas embarazada, para comenzar, y decidiste no hacerlo, así que no. Ahora la pelota está en mi cancha.

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