sábado, 3 de agosto de 2013

Capítulo 8

Pedro no supo si sorprenderse o enojarse. Tal vez lo que sentía era una mezcla de ambas cosas.

En primer lugar, Paula le había mentido. El espacio que había encima de la panadería no era un almacén, ni el lugar donde descansaba su octogenaria tía, sino un departamento completamente equipado, con una mesa, sillas, un sofá, una televisión… una cuna en un rincón y una manta amarilla llena de juguetes en medio del suelo.

En segundo lugar, Paula tenía un hijo. No estaba cuidando el de una amiga; ni lo había adoptado después de que se separaran. Aunque no le hubiera estado dando de comer cuando él entró, habría sabido que era suyo por el protector brillo de sus ojos y la expresión asustada de su rostro.

Y, para terminar, aquél era su hijo. Estaba seguro.

Podía sentirlo. Paula no le hubiera ocultado el hecho de que era madre si no hubiera sido suyo.

Además, sabía sumar dos más dos. Paula tenía que haberse quedado embarazada antes de su divorcio, o haberlo engañado con otro hombre. Y a pesar de las diferencias que los habían separado, la infidelidad nunca había sido una de ellas.

–¿Me quieres explicar qué está pasando aquí? –preguntó Pedro, metiéndose las manos en los bolsillos de los pantalones.
Lo hizo para evitar estrangular a alguien, en concreto, a ella.

Por el rabillo del ojo vio moverse una sombra y Helena apareció con una manta para tapar el pecho desnudo de Paula y la cabeza del bebé.


–Estaré abajo –le murmuró Helena a su sobrina antes de fulminar con la mirada a Pedro –. Grita si me necesitas.

Pedro no supo qué era lo que le fastidiaba tanto a la tía Helena, cuando allí la única víctima era él. A él le habían ocultado el hecho de que era padre. No sabía cuánto tiempo tendría el bebé, pero teniendo en cuenta el tiempo que llevaban divorciados y el que duraba un embarazo, debía de tener entre cuatro y seis meses.

La tía Helena y Paula eran las malas de aquella película. Le habían mentido. Le habían ocultado aquello durante todo un año. Pedro miró por encima de su hombro para comprobar que se habían quedado solos y dio otro amenazador paso al frente.

–¿Y?

Paula no respondió inmediatamente, se tomó el tiempo de colocar la manta para que le tapara el pecho, pero no la carita del bebé. Luego suspiró y levantó la cara para mirarlo a los ojos.

–¿Qué quieres que te diga? –le preguntó en voz baja.
Pedro apretó los dientes y cerró los puños con fuerza.

–Estaría bueno que me dieras una explicación.

–En ese entonces no lo sabía, pero quedé embarazada antes de que firmáramos el divorcio. Nuestra relación no era precisamente amigable, así que no supe cómo decírtelo y, si te soy sincera, no pensé que te importaría.
Aquello enfureció a Pedro.

–¿No pensaste que  me importaría 
mi hijo? –soltó–. 
¿Que iba a ser padre? ¿Qué clase de hombre creía que era? ¿Y si tan malo pensaba que era, por qué se había casado con él?

–¿Cómo sabes que es tuyo? –le preguntó Paula en voz baja.
Pedro rió con amargura.


–Buen intento, Paula, pero te conozco demasiado bien. No me habrías engañado y roto las promesas de matrimonio por una aventura. Y si hubieras conocido a alguien que te interesara de verdad mientras estábamos casados…
Pedro se quedó callado de repente.

–¿Es por eso por lo que me pediste el divorcio? –le preguntó–. ¿Porque habías conocido a otro?
Sabía que Paula jamás le habría sido físicamente infiel, pero, emocionalmente, era otro tema.

Pedro había trabajado y viajado mucho durante su matrimonio y Paula se había quejado de que se sentía sola y de que la trataban como a una extraña en su propia casa, cosa que él podía entender, dado el carácter frío de su madre y que nunca le había importado la mujer con la que él se había casado. ¿Acaso no se lo había dejado claro desde que había llevado a Paula a casa y le había anunciado su compromiso?

Sin embargo, en esos momentos sabía que, a pesar de haber oído las quejas de Paula, no las había escuchado.

Se había desentendido de su infelicidad y se había dejado consumir por el trabajo, diciéndose que era sólo una fase, y que Paula la superaría. Hasta recordaba haberle sugerido que se buscara algo para distraerse.

No era de extrañar que lo hubiera dejado, después de que el hombre que se suponía debía amarla y mimarla más que nadie en el mundo, la hubiera tratado así. Pedro fue consciente de que lo había hecho muy mal.

Y eso significaba que, si Paula había conocido a otro, no podía culparla, ya que sólo había intentado ser más feliz de lo que lo era con él. La idea de que otro hombre la hubiera acariciado hizo que a Pedro se le nublara la vista, pero seguía sin poder culparla.

–¿Es eso? –volvió a preguntar.

De repente, necesitaba saberlo, aunque ya no importara.

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