sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo 26

–Te juro que con tanto alboroto me están dando ganas de meterme en ese horno.

Paula levantó la cabeza de los pequeños montones de masa que estaba salpicando de pasas para mirar a su tía, que estaba metiendo una bandeja en el horno industrial. Lo cerró con un golpe seco.

No había sido fácil acostumbrarse a los ruidos y al ir y venir de los obreros. Paula se había disculpado muchas veces con los clientes y también había puesto un par de carteles pidiendo perdón por las molestias y los ruidos. Por suerte no estaba entrando polvo en la panadería, pero los clientes ya no podían disfrutar tranquilamente de un té y unas facturas.

–Terminarán pronto –tranquilizó a su tía, repitiendo la frase que el maestro de obras había estado diciéndole a ella toda la semana anterior.
Teniendo en cuenta que la remodelación estaba progresando mucho, tenía la esperanza de que en una o dos semanas más pudiera estar terminada.

–Y tienes que admitir que Pedro se pasó haciendo todo esto por nosotras.
Helena resopló.

–No te engañes, Pau. No lo hace por nosotras. Lo hace por él mismo, y para tenerte dominada, y tú lo sabes.

Paula no respondió, sobre todo, porque pensaba que su tía tenía razón. No le cabía la menor duda de que Pedro no estaría allí si no tuviera algo que ganar.

Quería estar cerca de Benjamín y, de hecho, pasaba casi todas las noches en casa con ellos. Pedro ayudaba a darle de comer a Benja, lo bañaba y lo acostaba. Había insistido en que Paula le enseñara a cambiarle el pañal y lo hacía casi tantas veces como ella. Jugaba con su hijo en una manta en el suelo, lo paseaba, lo llevaba al parque, aunque fuera demasiado chiquito para disfrutarlo realmente.
Era todo tan natural, tan… agradable.

Pero tal y como le acababa de recordar su tía, no debía olvidar que todo lo que Pedro hacía, lo hacía por algo. Quería conocer a su hijo, cosa comprensible e incluso aparentemente inocente.
Pero también era posible que tuviera otros motivos.

En esos momentos, Pedro estaba utilizando la remodelación y la ampliación de la panadería como excusa para estar cerca de su hijo y para ocupar su tiempo mientras Benja dormía siestas frecuentes, pero ¿qué sucedería después?

¿Qué pasaría cuando decidiera que ya conocía a Benjamín lo suficiente y quisiera llevárselo a Pittsburgh para que ocupara el lugar que debía ocupar en el árbol genealógico de la familia Alfonso?


¿Qué ocurriría cuando se aburriera de la ampliación de La Cabaña de Azúcar y de la vida de Summerville? ¿Y por qué se estaba tomando el tiempo para hacerse esas preguntas cuando ya conocía las respuestas?

Durante las dos últimas semanas, Pedro le había recordado más que nunca al hombre del que se había enamorado. Había sido cariñoso, dulce, generoso, simpático y divertido. Le abría las puertas para que pasara, se ofrecía para recoger la mesa después de las comidas y llevaba a su hijo a dormir.

Y la tocaba. No de manera abierta ni sexual, sólo un roce con los dedos de vez en cuando, en el brazo, en el dorso de la mano, en la mejilla al pasarle un mechón de pelo detrás de la oreja.
Ella intentaba no darle demasiada importancia a aquellos pequeños gestos, pero no podía evitar que se le acelerara el corazón. Su tía se había quejado más de una vez de que en casa o en la panadería hacía demasiado frío, pero cuando la presencia y las constantes atenciones de Pedro hacían que a Paula le subiera la temperatura, lo único que podía hacer para luchar contra ello era prender el aire acondicionado.

Pedro empujó las puertas de la cocina y ella estuvo a punto de caérsele la cuchara que tenía en la mano. Volvió a subirle la temperatura, notó que se ruborizaba y que empezaba a sudar. Al menos en esa ocasión podría echarle la culpa a los hornos y al trabajo.

–Cuando tengas un minuto –le dijo Pedro–, deberías venir a ver qué opinas. La remodelación está casi terminada y los obreros quieren saber si quieres que hagan algo más antes de irse.

–Ah –dijo ella, levantando la cabeza.
Había pasado a ver la obra un par de veces, pero no había querido molestar. Además, Pedro había estado tan pendiente de todo que, en realidad, su presencia y opiniones no habían sido necesarias.

Pero en esos momentos, con los arreglos casi terminados, se puso nerviosa y tuvo ganas de ver cómo había quedado. Quería empezar a imaginarse trabajando allí, metiendo en cajas las delicias que mandaría a sus clientes, supervisando a los trabajadores que tendría que contratar, si es que su idea tenía tanto éxito como esperaba.
Miró un segundo a su tía, dejó la cuchara en el recipiente que tenía delante y se limpió las manos en un paño limpio.

–¿Te molestaría que vaya? –le preguntó a Helena.
–Por supuesto que no. Anda, chiquita –le dijo ésta, acercándose para continuar con las galletas–. Yo terminaré esto y, cuando vuelvas, tal vez sea yo la que vaya a ver cómo va quedando.

Paula sonrió y le dio un beso a su tía en la mejilla, luego se quitó el delantal y siguió a Pedro. Oyó los martillazos antes de llegar a la puerta del local de al lado, pero ya casi se había acostumbrado, lo mismo que sus clientes habituales.

Pedro le abrió la puerta que comunicaba la panadería con el otro local y alejó la lámina de plástico grueso que habían puesto delante de ella para evitar que pasara el polvo.
Pedro entró delante de él y suspiró al mirar a su alrededor. El local estaba precioso. Jamás lo habría imaginado así.

Las paredes estaban llenas de estanterías a varias alturas y de varios tamaños. Habían arreglado también el suelo y el techo y la pintura hacía juego con la de La Cabaña de Azúcar.

–¡Oh! –gritó Paula.

–¿Tiene tu aprobación? –le preguntó Pedro en tono divertido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario