sábado, 10 de agosto de 2013

Capítulo 13

Ella se estremeció y se puso tensa. ¿Acaso ya no había hecho suficiente? ¿No estaba haciendo bastante al permitir que se quedara allí cuando lo que deseaba era tomar a su hijo y salir corriendo?


Además, no pudo evitar recordar las numerosas veces en las que había estado a solas con él en un auto. Sus primeras citas, en las que habían empañado las ventanas con su pasión. Y una vez casados, las caricias que habían compartido de camino a algún restaurante.
Estaba segura de que él también se acordaba, lo que hizo que se pusiese todavía más nerviosa.

–¿Cuál? –consiguió preguntarle, conteniendo la respiración para oír la respuesta.

–Enséñame el lugar. Dame una vuelta corta. No sé cuánto tiempo voy a estar aquí, pero no puedo dejar que me acompañes a todas partes.
Paula parpadeó asombrada y soltó el aire que había estado conteniendo. Como se le había quedado la boca seca, al principio sólo pudo humedecerse los labios con la lengua y asentir.

–¿Hacia dónde voy? –le preguntó Pedro.
Ella tardó un momento en pensar por dónde empezar, y qué enseñarle, aunque Summerville no era tan grande, así que decidió enseñárselo todo.

–Hacia la izquierda –le dijo–. Recorremos la avenida principal, luego te enseño los alrededores. Llegaremos al hostal El Puerto sin tener que retroceder mucho.

Pedro reconoció casi todos los negocios solo: la cafetería, la farmacia, la florería. Un poco alejados del centro había dos restaurantes, grifos y una lavandería. Entre ellos, varias casas, terrenos y parques.
Paula le contó un poco de lo que sabía sobre los vecinos.

Le habló, por ejemplo, de Patricia, dueña del Ramillete de Pato, que todas las mañanas repartía de manera gratuita una flor para cada negocio. A Paula le había dado un florero que estaba en el centro del mostrador, al lado de la caja registradora, y a pesar de que nunca sabía qué flor le llevaría Pato, tenía que admitir que siempre daba un toque de color a las tiendas.
O de Sharon, la farmacéutica, que la había aconsejado muy bien antes de que diera a luz y hasta le había recomendado al que era el pediatra de Benjamín.

Paula tenía una relación cercana con muchas personas en Summerville. Cosa que nunca había tenido en Pittsburgh con Pedro. En la ciudad, al ir a la verdulería, a la farmacia o a la lavandería, se había considerado afortunada con cruzar la mirada con la persona que había detrás del mostrador.
En Summerville era imposible hacer algo con rapidez. Había que parar a saludar y a conversar con la gente.

–Y eso es más o menos todo –le dijo a Pedro veinte minutos después, señalando el hostal en el que iba a alojarse–. No hay mucho más que ver.
Él sonrió.

–Creo que se te olvidaste de algo.
Ella frunció el ceño. No le había enseñado la estación de bomberos ni una fábrica, que estaba a varios kilómetros, porque no había pensado que fueran a interesarle.

–No me enseñaste dónde vives tú –añadió Pedro en voz baja.

–¿De verdad necesitas saberlo? –preguntó ella, sintiendo calor de repente.

–Por supuesto. Necesito saberlo para poder ir a recogerte para invitarte a cenar.




Paula condujo a la casa donde vivía con su tía Helena.

Era una casa pequeña de dos pisos. No era mucho en comparación con la casa en la que él había crecido, con empleados, jardines y un camino bordeado de árboles de casi un kilómetro antes de llegar a la puerta principal.

Helena le había dado la habitación de invitados y la había ayudado a transformar el cuarto de servicio en una habitación para Benjamín. Habían utilizado su cocina para hacer pruebas con las recetas de su familia hasta que se habían sentido con fuerza suficiente para abrir la panadería.

A cambio, Paula la había ayudado con el mantenimiento general de la casa, había plantado plantas en las jardineras de la entrada y en el camino, y le había enseñado a Helena a usar la computadora para comunicarse con sus amigas del colegio, con las que jamás había pensado que volvería a estar en contacto.

Aunque Paula pensaba que nunca podría recompensar a su tía por todo lo que había hecho por ella cuando más lo había necesitado, Helena insistía en que disfrutaba de su compañía y se alegraba de volver a tener tanta juventud y actividad en su casa.

Respiró hondo y se miró en el espejo del baño por última vez, aunque no sabía por qué se molestaba. Era cierto que hacía tiempo que no tenía ningún motivo para arreglarse, sobre todo, dos veces en un mismo día.
No pretendía impresionar a Pedro esa noche. No, sólo quería tranquilizarlo.

Después de haberlo llevado hasta el hostal y haber permitido que después la dejara en La Cabaña de Azúcar, Paula había terminado su jornada en la panadería, había cerrado y se había ido a casa con Benjamín y con su tía.

Mientras que Helena había preparado la cena y había entretenido a Benja, Paula había corrido escaleras arriba para cambiarse de ropa y retocarse el maquillaje.

Le dijo a su reflejo que no se estaba arreglando para Pedro. No. Sólo estaba aprovechando la invitación a cenar para parecer una mujer, para variar, en vez de una madre trabajadora.

Ése era el único motivo por el que se había puesto su vestido preferido, rojo y de tirantes, y los aretes con imitación de rubíes. Iba demasiado arreglada hasta para el mejor restaurante de la zona, pero no le importaba.

Tal vez no tuviera otra oportunidad para volver a ponerse aquel vestido… o de recordarle a Pedro lo que se había perdido al dejarla ir.

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