sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo 27

Y ella estaba segura de que se había dado cuenta de que le temblaban las manos y tenía los ojos llorosos de la emoción, pero aun así consiguió decirle en un susurro:
–Es increíble.

Giró sobre sí misma para volver a verlo todo y su asombro creció todavía más. No se paró a pensar cómo había sido posible ni cuánto habría costado. Sólo sabía que disponía de ese local para ampliar el negocio de su vida.

Dio un gritito, abrazó a Pedro y lo apretó con fuerza. Él la rodeó con ambos brazos por la cintura casi inmediatamente.

–Gracias –murmuró Paula–. Es perfecto.
Cuando se separó, vio que Pedro tenía una expresión extraña en la cara, pero entonces se acercó a ellos el jefe, tan oportuno como siempre.

–Parece que le gusta cómo quedó –comentó con una sonrisa, dirigiéndose a Pedro.

Teniendo en cuenta que Paula todavía estaba abrazando a su ex esposo, era fácil llegar a esa conclusión. De repente, sintió vergüenza, se aclaró la garganta y retrocedió para poner un poco más de distancia entre ambos.

–Sí, parece que le gusta –respondió Pedro.

–Jamás habría imaginado algo así –les dijo ella a los dos hombres–. A pesar de haber visto los planos, no pensé que iba a quedar tan bien.

–Me alegro de que le guste. Si quiere que hagamos algo más, o que cambiemos algo, hágamelo saber. Estaremos aquí terminando algunos detalles.

Paula no quería cambiar nada, pero mientras los dos hombres hablaban de negocios, se dio un paseo por el local. Admirando, tocando, llenando mentalmente las estanterías e imaginándose trabajando detrás de los mostradores. Le encantaba la moldura de los techos, que era igual que la de la panadería y hacía que sintiera aquel lugar como suyo.
¡Suyo!
Bueno, suyo y de Helena. Y de Pedro o del banco, dado que alguien iba a tener que pagarlo.

Aunque se había resistido a atarse de aquella forma a su ex esposo, no podía negar que le había dado algo que nadie más le habría dado, y en un tiempo récord.
Oyó pasos detrás de ella y se giró. Era Pedro.

–Dejarán esto limpio y se irán en un par de horas. Y las computadoras llegan mañana.
Paula se agarró las manos. Estaba tan emocionada que casi no podía contenerse.

Necesitaría una página web… y alguien que la diseñara y la mantuviera, ya que ella no sabía hacerlo. También necesitaría envases y abrir una cuenta con una empresa de transporte fiable, necesitaría etiquetas y, probablemente, hasta una carta.
Tenía tantas cosas por hacer. Incluso más de las que había pensado.

De repente sintió miedo y notó que le costaba respirar. No podía hacer aquello. Era demasiado. Ella era sólo una persona, aunque contara con la ayuda de su tía.

–Sé que tienes mucho que hacer –le dijo Pedro, interrumpiendo sus alarmados pensamientos y permitiendo que algo de oxígeno entrara en sus pulmones–, pero antes de que empieces a preocuparte, hay algo de lo que me gustaría hablar contigo.

Ella respiró hondo y se obligó a relajarse. Cada cosa a su tiempo, iría paso a paso. Había llegado hasta allí y podría seguir adelante… aunque se demorara meses en conseguir lo que un Alfonso rico y poderoso había hecho en tan sólo una noche.
–Está bien.

–Tengo que volver a casa por motivos de trabajo.

–Ah –dijo ella sorprendida.

Se había acostumbrado tanto a tenerlo allí que la noticia la tomó desprevenida. Era irónico, después de lo mucho que había deseado que volviera a Pittsburgh al verlo llegar. En esos momentos, le era difícil imaginarse la panadería, o su vida diaria, sin él.
Intentó no pensar en aquello y asintió.

–Bueno. Lo entiendo. Además, ya hiciste más que suficiente durante el tiempo que estuviste aquí.

Se contuvo antes de darle las gracias porque, en realidad, no le estaba haciendo ningún favor. Había sido muy generoso, pero no lo había hecho de corazón. Lo mejor sería aceptar lo que le había dado y dejar que se fuera antes de que se le ocurriera pedirle algo a cambio.
Pedro sonrió y a ella se le aceleró el corazón.
–¿Qué? –preguntó, retrocediendo ligeramente.

–Crees que voy a agarrar mis cosas y me voy a ir así, sin más ¿no?
Sí, ésa era la esperanza que había tenido.

–Está bien. Lo entiendo –repitió ella–. Todo esto es genial. Mi tía y yo nos encargaremos de empezar el nuevo negocio.
Él sonrió todavía más y Paula sintió miedo.

–Estoy seguro de que lo harán muy bien, pero la inauguración tendrá que esperar a que volvamos.
Paula parpadeó sorprendida e intentó asimilar sus palabras.

–¿A que volvamos?
Pedro asintió.

–Quiero que Benja y tú vengan conmigo. Así, mi familia podrá conocer a mi hijo.

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