viernes, 23 de agosto de 2013

Capítulo 18

No había intentado hacerle daño, no había utilizado su influencia ni el dinero de su familia para dejarla en la indigencia.

Gracias al acuerdo prematrimonial que la familia de Pedro, o, más bien, su madre, le había hecho firmar, Paula había finalizado aquel matrimonio con poco más de lo que había tenido al principio, pero era consciente de que podía haber sido todavía peor.

Tenía amigas que habían pasado por divorcios mucho más desagradables, que habían estado casadas con hombres muy ricos que, en un arranque de locura, las habían echado a la calle prácticamente con lo puesto, a veces, acompañadas por sus hijos.

Pedro no había sido nunca ese tipo de hombre. Siempre había sido discreto y había preferido enojarse en silencio antes de explotar.

Incluso durante el matrimonio, tal vez no hubiera sido todo lo atento que a ella le habría gustado, ni se hubiera tomado en serio las quejas acerca de su familia, o de su distanciamiento, pero jamás habían discutido por tonterías ni la había insultado. Paula había deseado que lo hiciera en varias ocasiones, sólo para que le demostrara que le importaba lo suficiente como para discutir.

Pero la respuesta de Pedro al conflicto matrimonial siempre había consistido en bajar la cabeza, guardar silencio y meterse en su escritorio a trabajar todavía más.
Pedro también era uno de los hombres más honrados que conocía.

Todo lo relativo a Benjamín se quedaría en la esfera personal. Mientras que lo relacionado con la panadería sería estrictamente profesional, y lo trataría como tal.

Si no invertía en La Cabaña de Azúcar, sólo retiraría su dinero y sus vínculos profesionales, no su amor por Benja ni su determinación por formar parte de la vida de su hijo.
Y, por otro lado, si estaba en desacuerdo con algo relativo a su hijo, jamás retiraría su inversión en la panadería sólo para hacerle daño a ella.

Por desgracia, a ella nunca se le había hecho tan fácil separar su vida personal de la laboral. Adoraba La Cabaña de Azúcar. Formaba parte de ella, había sido construida con su sangre, su sudor y sus lágrimas y, sobre todo, con su corazón. Si fracasaba, si tenía que cerrar la panadería, una parte de ella moriría también.
Pero todavía más importante que la panadería, quien tenía la mayor parte de su alma y su corazón, era Benjamín.

Sería capaz de prenderle fuego a la panadería si eso significaba mantener la felicidad y la seguridad de su hijo. Y, para bien o para mal, Pedro era el padre de Benja, una parte de él. También era probable que fuera el único interesado en invertir tanto dinero en una panadería, y que pensara que sus ideas tenían mérito de verdad.

Cualquiera habría aceptado la oferta sin pensarlo, pero para Paula había demasiadas cosas en juego, lo mismo que para Beja y para su tía Helena.
Al final, no hizo caso a su cabeza ni a su corazón. Siguió su instinto.

–Está bien –le dijo haciendo un esfuerzo–, pero no quiero tu caridad. Si vamos a hacer esto, quiero que sea por todas las de la ley. Haremos que Brian redacte los documentos y que deje constancia de que te devolveré el dinero.
Pedro le dedico una sonrisa paternal.

–Bueno, está bien. Lo llamaré por la mañana para ponernos a trabajar en todos los papeles.
Ella asintió despacio, todavía a regañadientes, todavía insegura.

–Ahora, que ya terminamos con la parte profesional. Mañana repasaremos los detalles –le dijo él, bajando las manos hasta sus codos antes de añadir–: Nos toca la parte personal.

Paula pensó que quería volver a hablar sobre Benja y se le hizo un nudo en el estómago. Contuvo la respiración y esperó a que le dijera que iba a pedir su custodia, o que quería llevárselo con él.
En su lugar, Pedro la abrazó e inclinó la cabeza para besarla.

Paula se quedó completamente inmóvil por unos segundos, con los ojos abiertos como platos, pero después, el calor de Pedro, su pasión, hicieron que empezara a inclinarse hacia él y que cerrara los ojos.

Pedro la abrazó por la cintura y la apretó todavía más contra su cuerpo. Sus labios estaban calientes y se movían con decisión.
Sabía a café y a crema, estaba delicioso. Tal y como Paula recordaba.

Siempre le había resultado un verdadero placer besar a Pedro, como un vaso de agua fresca en un caluroso día de verano o un baño con burbujas después de un duro día de trabajo.

Pedro le acarició la mejilla y se alejó sólo lo justo para dejarla respirar y que lo mirara a los ojos. Él tenía la mirada oscura de deseo y Paula imaginó que la suya era igual. Lo aceptara o no, le gustara o no, no podía negar la pasión que había entre ambos. Incluso en esos momentos, un año después de su separación, después de que su matrimonio se hubiera terminado.

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