lunes, 26 de agosto de 2013

Capítulo 23

Dios santo.
Paula se quedó sin aliento al oírlo decir eso, se tambaleó.

¿En qué había estado pensando? Ya era malo que se hubiera acostado con su ex esposo, pero que se le hubiera olvidado de cuidarse era mucho peor.

Rezó para no haberse quedado embarazada, porque no podía ni pensar en volver a pasar por otro embarazo inesperado, no planeado, y de su ex esposo.

–No lo estoy –le dijo con toda la seguridad de la que fue capaz.
Pedro arqueó una ceja.

–¿Cómo puedes estar tan segura?


–Porque no lo estoy –insistió, poniéndose el vestido.

No le importaba no poderse subir el cierre de la espalda sola, iría hasta casa agarrándoselo para que no se le cayera antes de pedirle a Pedro que la ayudara.

–¿En qué estabas pensando? –preguntó, golpeando el suelo con un pie–. ¿Cómo pudiste hacer… dejar que lo hiciésemos… sin tomar precauciones? No sabía que fueras tan irresponsable.
Pedro se encogió de hombros. No parecía preocupado.

–¿Qué quieres que te diga? Me dejé llevar por la pasión y por la emoción de estar contigo después de tanto tiempo.

–¡Ay, pero por favor! –dijo ella, mientras se ponía los zapatos.

–¿Tanto te cuesta creerlo? –le preguntó él con rostro inexpresivo.
Paula no tenía ni idea de lo que pensaba. ¿Estaba molesto por no haberse cuidado?
¿Estaba contento? ¿Enojado? ¿Excitado? ¿Confundido?
Ella tenía náuseas. Y estaba fastidiada, enojada y confundida.

Si resultaba estar embarazada… Volvió a rezar porque no fuera así. Si se quedaba embarazada otra vez, ya no podría deshacerse de Pedro nunca más, que sería incluso capaz de mudarse a vivir a Summerville, o de insistir en que volvieran a casarse y en que ella volviera a Pittsburgh.

«No, no, no, no, no». Paula negó con la cabeza mientras miraba a su alrededor para asegurarse de que no se olvidaba nada en aquella habitación. El bolso, el reloj, un arete…

–Creo que subestimas tu atractivo –comentó Pedro, al parecer, ajeno a su estado.

Ella lo miró una vez más antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta.

–Paula –ya tenía la mano en la chapa, pero se detuvo. No se volteó a mirarlo, pero esperó a que Pedro continuara hablando–. Te veré en la panadería mañana por la mañana a primera hora, a las ocho. Quiero que Benja esté contigo.

Ella sintió un escalofrío, no supo si de asco por tener que volver a verlo, o de alivio porque sólo le hubiera pedido aquello.
Asintió con brusquedad, abrió la puerta y salió al pasillo.

–Y quiero saberlo en cuanto tú lo sepas –continuó él, haciendo que se detuviera por segunda vez.

–¿Enterarte? –repitió Paula.

–De si vamos a darle un hermanito a nuestro hijo dentro de unos meses.




La tía Helena y Paula llegaron con Benja a las cinco de la mañana a La Cabaña de Azúcar. Mientras Helena y ella se preparaban para abrir, Paula intentó no pensar en Pedro, aunque no pudo evitar preguntarse cómo había podido meterse en semejante lío.

Su vida parecía haberse convertido de repente en una novela mexicana, y lo peor era que sabía que esas historias eran interminables.

Por desgracia, antes de que pudiera darse cuenta, los vecinos más madrugadores de Summerville estaban entrando en la panadería para desayunar. Incluso antes de que fueran las ocho, pegó la mirada a la puerta, esperando la llegada de Pedro.
Pero dieron las ocho y no apareció. Las ocho y diez, y veinte, las nueve menos cuarto, y no estaba allí.

Tendría que haberse sentido aliviada, pero, en su lugar, empezó a preocuparse. Pedro no solía llegar nunca tarde, y menos después de haberle advertido que iría a las ocho en punto.

Sirvió cuatro cafés y unas facturas con un ojo clavado en el reloj e intentó decidir si subir a disfrutar de unos minutos de tranquilidad en el piso de arriba o llamar al hostal para preguntar por él.
A las nueve y media, no sólo había decidido llamar al hostal, sino incluso ir a buscarlo y llamar a la policía si no estaba allí, pero antes de que pudiera quitarse el delantal y pedirle a su tía Helena que se quedara a cargo de la panadería, oyó la campanilla de la puerta y vio entrar a Pedro con una encantadora sonrisa en el rostro.
Lo cierto era que estaba imponente. En vez de estar vestido con su usual traje, tenía puesto un pantalón de color tostado y una camisa azul con el cuello desabrochado y remangada.
Avanzó entre las mesas como si el local fuera suyo y se acercó a ella.

–Buenos días –la saludó alegremente.

–Buenos días –respondió ella con mucho menos entusiasmo–. Llegas tarde. Me dijiste que vendrías a las ocho.
Pedro se encogió de hombros.

–Tuve que hacer un par de cosas.
Paula arqueó una ceja, pero no preguntó porque no estaba segura de querer conocer la respuesta.
–¿Tienes un minuto? –le preguntó él.

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