miércoles, 7 de agosto de 2013

Capítulo 12

Era típico de él, tomarse aquella grosería de Helena con tanta calma. Aquéllas eran cosas que nunca le habían afectado, sobre todo, porque Pedro sabía quién era, de dónde venía y qué podía hacer.


Además, Helena siempre lo había odiado. Y eso, en parte, era culpa de Paula, que se había presentado en casa de su tía dolida, enojada, destrozada y embarazada de su exmarido.

Después de haberle contado la historia de su complicado matrimonio, el posterior divorcio, el inesperado embarazado y la necesidad de encontrar un lugar donde vivir, en la que Pedro había desempañado el papel de malo de la película, la opinión que su tía tenía de él había caído en picada. Desde entonces, el único objetivo de tía Helena había sido no volver a ver sufrir a su sobrina.

–Había pensado que me podrían recomendar algún hotel agradable.
Paula y Helena se miraron.

–Supongo que va a tener que ser el hostal El Puerto –le dijo Helena–. No es nada del otro mundo, pero la otra opción es el motel que está en la carretera.

–Hostal El Puerto –murmuró Pedro, frunciendo el ceño–. No sabía que hubiera una extensión de agua por aquí como para necesitar un puerto.


–No la hay –le contestó Paula–. Es una de esas rarezas de la gente que nadie puede explicar. No hay ningún puerto cerca. Ni siquiera un arroyo ni un río que puedan ser mencionados, pero el Hostal El Puerto es uno de los hoteles más antiguos de Summerville y está todo decorado con faros, gaviotas, redes de pescador, estrellas de mar…

Sacudió la cabeza y tuvo la esperanza de que Pedro no pensara mal ni del lugar ni de sus habitantes. Aunque en algunos aspectos estaba un poco atrasado, en esos momentos era su hogar y sentía la necesidad de protegerlo.

–En cualquier caso, es un sitio divertido –agregó, tratando de explicar.
Pedro no parecía muy convencido, pero no dijo nada. En su lugar, se apartó del moisés y empezó a quitarse los gemelos para remangarse la camisa.

–Mientras tenga una habitación y un baño, estará bien. De todas formas, pasaré casi todo el tiempo aquí contigo.
Paula abrió mucho los ojos.

–¿Si?
Él sonrió de medio lado.

–Por supuesto. Aquí es donde está mi hijo. Además, si tu meta es ampliar la panadería y empezar con los pedidos por correo, tenemos mucho de lo que hablar y mucho que hacer.

–Espera un momento –dijo ella, dejando caer la espátula que tenía en la mano sobre la encimera–. Yo no he accedido a que tengas nada que ver con La Cabaña de Azúcar.
Él le lanzo una encantadora y confiada sonrisa.

–Por eso tenemos tanto de lo que hablar. Ahora, ¿vas a acompañarme al hostal o prefieres decirme cómo llegar y quedarte aquí con tu tía hablando sobre mí?

Paula prefería quedarse y hablar de él, pero el problema era que Pedro lo sabía, así que no tenía elección. Tenía que acompañarlo.
Se desató el delantal y se lo sacó por la cabeza.

–Te llevaré –dijo. Luego se giró hacia su tía–. ¿Puedes arreglártelas sola?

Era una pregunta retórica, porque había muchas veces en las que Paula dejaba a Helena a cargo de la panadería mientras ella iba a hacer algunas compras o llevaba a Benjamín al pediatra. No obstante, su tía la miró tan mal que Paula estuvo a punto de comenzar a reír.

–No tardaré –añadió.
Y luego fue hacia la puerta.

–Sólo tengo que tomar mi bolso –le dijo a Pedro. Éste la siguió fuera de la cocina y esperó delante de las escaleras mientras Paula subía corriendo por su cartera y los lentes de sol.

–¿Y el bebé? –le preguntó él cuando regresó.

–Estará bien.

–¿Estás segura de que tu tía puede ocuparse de él y de la panadería al mismo tiempo? –insistió mientras iban hacia la salida.
Paula sonrió y saludó a varios clientes al pasar. Una vez fuera, se puso los lentes de sol antes de girarse para mirarlo.

–Que no te escuche la tía Helena preguntar algo así. Podría tirarte una bandeja de horno a la cabeza.
Él no rió. De hecho, no le hacía ninguna gracia. En su lugar, la miró muy preocupado.

–Relájate, Pedro. Mi tía es muy competente. Se encarga de la panadería sola bastante seguido.

–Pero…

–Y cuida de Benja al mismo tiempo. Ambas lo hacemos. La verdad es que no sé qué haría sin ella –admitió Paula.
Ni lo que habría hecho sin ella después de quedarse sin trabajo, sin marido y embarazada.

–¿Vamos en tu auto o en el mío? –preguntó después para intentar evitar que Pedro siguiera preocupándose por Bejamín.

–En el mío –respondió él.

Paula anduvo a su lado en dirección a Blake and Fetzer, donde había estacionado su auto. Todavía iba vestida con la falda y la blusa que se había puesto para la desastrosa reunión de esa mañana. En ese momento deseó haberse cambiado y llevar puesto algo más cómodo.
Sobre todo, deseó haber sustituido los tacos por unos zapatos planos.

Pedro, por su parte, parecía cómodo y seguro de sí mismo con el traje y los zapatos de vestir.

Cuando llegaron al auto, le sujetó la puerta para que Paula se sentara en el asiento del copiloto, luego dio la vuelta y se subió tras el volante. Metió la llave en el contacto y la miró.

–¿Te importaría hacerme un favor antes de ir al hotel? –le preguntó.

Ella se estremeció y se puso tensa. ¿Acaso ya no había hecho suficiente? ¿No estaba haciendo bastante al permitir que se quedara allí cuando lo que deseaba era tomar a su hijo y salir corriendo?


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Pronto pronto viene la maratón...
Que no decaigan los comentarios, gracias!

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