–No.
Paula se dio la media vuelta y se alejó, dejando a Pedro allí solo.
Era evidente que éste no había esperado verla saltar de alegría con la idea de acompañarlo a visitar a su familia, pero había pensado que, al menos, sería razonable al respecto.
Suspiró resignado y la siguió hasta la panadería. No la vio, debía de haberse metido en la cocina, lo que significaba que se había ido casi corriendo.
Levantó la mano para empujar la puerta, pero ésta se movió bruscamente hacia él, dándole casi en la cara. Helena abrió mucho los ojos, sorprendida al verlo, pero no dijo nada, se limitó a levantar la barbilla y a dirigirse hacia el mostrador.
Pedro entró en la cocina y encontró a Paula donde había imaginado que estaría, delante de una de las islas centrales, trabajando. Era evidente que estaba nerviosa porque sus movimientos eran bruscos y tenía la espalda muy recta.
–Paula –empezó, dejando que la puerta se cerrara detrás de él.
–No –espetó ella–. No, Pedro, no –repitió fervientemente–. No voy a volver a Pittsburgh contigo. No voy a entrar en ese museo que tú llamas casa ni voy a volver a ver a tu madre, que me mirará por encima del hombro, como ha hecho siempre. ¿Acaso crees que será menos crítica cuando se entere de que tuve un hijo fuera del matrimonio? El hecho de que Benjamín sea tuyo será irrelevante. Me criticará por no habértelo contado. Me acusará de haberme divorciado a pesar de saber que iba a tener un hijo tuyo, de haberte privado a ti de estar con tu hijo y, a ella, de estar con su nieto. O de haber ocultado al mundo la existencia de otro increíble y maravilloso descendiente de la familia Alfonso. O eso, o dirá que Benja no es un Alfonso en realidad –añadió–, ya que siempre me acusó de ser una cualquiera. O dirá que no puede ser su heredero porque no estábamos casados cuando nació.
Negó con la cabeza.
–No voy a ir, Pedro. No pienso pasar por todo eso otra vez y no voy a permitir que mi hijo lo haga.
Pedro apretó la mandíbula.
–También es mi hijo, Pedro –espetó.
–Sí –admitió ella–, y por eso tú también deberías protegerlo. De todo, y de todos. Benja es inocente. Y no dejaré que nadie le haga pensar que no es perfecto o que no es maravilloso. Jamás. Ni siquiera su abuela.
Pedro puso los brazos en jarras e inclinó la cabeza.
–No tenía ni idea de que la odiaras tanto –murmuró.
–Fue una persona horrible conmigo –le dijo Paula–. Me hizo la vida imposible mientras estuvimos casados.
Pedro estuvo un minuto en silencio, intentando asimilar aquellas palabras.
¿De verdad había sido su madre tan mala con ella, o estaba exagerando? Sabía que algunas mujeres no se llevaban bien con las familias de sus esposos y que la relación entre suegra y nuera era, con frecuencia, mala.
Era cierto que su madre no era la persona más cariñosa del mundo, ni siquiera lo había sido con sus propios hijos, pero ¿de verdad había sido tan cruel con Paula cuando él no había estado presente?
–Siento que pienses así –le dijo con prudencia–, pero tengo que volver. No por mucho tiempo, sólo unos días, tal vez una semana. Y me gustaría llevarme a Benja–. Al oír aquello, Paula abrió la boca y Pedro supo que iban a seguir discutiendo–. No puedes impedir que me lo lleve –se le adelantó–. Es mi hijo y me ocultaste, a mí y a mi familia, durante mucho tiempo. Creo que merezco llevármelo a casa unos días.
Inclinó la cabeza y la miró fijamente a los ojos.
–Y ambos sabemos que no necesito tu permiso –añadió.
–¿Me estás amenazando con quitármelo? –le preguntó ella en voz baja.
–¿Hace falta que lo haga? –respondió él en el mismo tono.
Ella mantuvo la boca cerrada, le brillaban los ojos de la emoción.
–Serán sólo unos días –volvió a asegurarle, sintiendo la necesidad de calmar su miedo y de borrar las lágrimas de sus ojos–. Una semana como mucho. Y tú puedes acompañarnos, para supervisarnos a los dos. ¿Por qué crees que te invité?
Paula se humedeció los labios y tragó saliva.
–Me vas a obligar a hacerlo, ¿no? –preguntó con voz temblorosa.
–Voy a hacerlo, con o sin ti. El papel que quieras desempeñar en esta situación y lo cerca que quieras estar de Benja es decisión tuya.
Ella lo miró como queriéndole decir que, en realidad, no tenía elección, pero Pedro tenía claro que no iba a irse de allí sin su hijo. Además, no quería separarse de Benjamín ni siquiera unos días. Tal vez fueran pocos, pero se había acostumbrado a estar cerca de su hijo todos los días.
Y suponía que le ocurría lo mismo con respecto a alejarse de Paula, pero nunca había puesto en duda la atracción que sentía por ella.
sábado, 31 de agosto de 2013
Capítulo 27
Y ella estaba segura de que se había dado cuenta de que le temblaban las manos y tenía los ojos llorosos de la emoción, pero aun así consiguió decirle en un susurro:
–Es increíble.
Giró sobre sí misma para volver a verlo todo y su asombro creció todavía más. No se paró a pensar cómo había sido posible ni cuánto habría costado. Sólo sabía que disponía de ese local para ampliar el negocio de su vida.
Dio un gritito, abrazó a Pedro y lo apretó con fuerza. Él la rodeó con ambos brazos por la cintura casi inmediatamente.
–Gracias –murmuró Paula–. Es perfecto.
Cuando se separó, vio que Pedro tenía una expresión extraña en la cara, pero entonces se acercó a ellos el jefe, tan oportuno como siempre.
–Parece que le gusta cómo quedó –comentó con una sonrisa, dirigiéndose a Pedro.
Teniendo en cuenta que Paula todavía estaba abrazando a su ex esposo, era fácil llegar a esa conclusión. De repente, sintió vergüenza, se aclaró la garganta y retrocedió para poner un poco más de distancia entre ambos.
–Sí, parece que le gusta –respondió Pedro.
–Jamás habría imaginado algo así –les dijo ella a los dos hombres–. A pesar de haber visto los planos, no pensé que iba a quedar tan bien.
–Me alegro de que le guste. Si quiere que hagamos algo más, o que cambiemos algo, hágamelo saber. Estaremos aquí terminando algunos detalles.
Paula no quería cambiar nada, pero mientras los dos hombres hablaban de negocios, se dio un paseo por el local. Admirando, tocando, llenando mentalmente las estanterías e imaginándose trabajando detrás de los mostradores. Le encantaba la moldura de los techos, que era igual que la de la panadería y hacía que sintiera aquel lugar como suyo.
¡Suyo!
Bueno, suyo y de Helena. Y de Pedro o del banco, dado que alguien iba a tener que pagarlo.
Aunque se había resistido a atarse de aquella forma a su ex esposo, no podía negar que le había dado algo que nadie más le habría dado, y en un tiempo récord.
Oyó pasos detrás de ella y se giró. Era Pedro.
–Dejarán esto limpio y se irán en un par de horas. Y las computadoras llegan mañana.
Paula se agarró las manos. Estaba tan emocionada que casi no podía contenerse.
Necesitaría una página web… y alguien que la diseñara y la mantuviera, ya que ella no sabía hacerlo. También necesitaría envases y abrir una cuenta con una empresa de transporte fiable, necesitaría etiquetas y, probablemente, hasta una carta.
Tenía tantas cosas por hacer. Incluso más de las que había pensado.
De repente sintió miedo y notó que le costaba respirar. No podía hacer aquello. Era demasiado. Ella era sólo una persona, aunque contara con la ayuda de su tía.
–Sé que tienes mucho que hacer –le dijo Pedro, interrumpiendo sus alarmados pensamientos y permitiendo que algo de oxígeno entrara en sus pulmones–, pero antes de que empieces a preocuparte, hay algo de lo que me gustaría hablar contigo.
Ella respiró hondo y se obligó a relajarse. Cada cosa a su tiempo, iría paso a paso. Había llegado hasta allí y podría seguir adelante… aunque se demorara meses en conseguir lo que un Alfonso rico y poderoso había hecho en tan sólo una noche.–Está bien.
–Tengo que volver a casa por motivos de trabajo.
–Ah –dijo ella sorprendida.
Se había acostumbrado tanto a tenerlo allí que la noticia la tomó desprevenida. Era irónico, después de lo mucho que había deseado que volviera a Pittsburgh al verlo llegar. En esos momentos, le era difícil imaginarse la panadería, o su vida diaria, sin él.
Intentó no pensar en aquello y asintió.
–Bueno. Lo entiendo. Además, ya hiciste más que suficiente durante el tiempo que estuviste aquí.
Se contuvo antes de darle las gracias porque, en realidad, no le estaba haciendo ningún favor. Había sido muy generoso, pero no lo había hecho de corazón. Lo mejor sería aceptar lo que le había dado y dejar que se fuera antes de que se le ocurriera pedirle algo a cambio.
Pedro sonrió y a ella se le aceleró el corazón.–¿Qué? –preguntó, retrocediendo ligeramente.
–Crees que voy a agarrar mis cosas y me voy a ir así, sin más ¿no?
Sí, ésa era la esperanza que había tenido.
–Está bien. Lo entiendo –repitió ella–. Todo esto es genial. Mi tía y yo nos encargaremos de empezar el nuevo negocio.
Él sonrió todavía más y Paula sintió miedo.
–Estoy seguro de que lo harán muy bien, pero la inauguración tendrá que esperar a que volvamos.
Paula parpadeó sorprendida e intentó asimilar sus palabras.
–¿A que volvamos?
Pedro asintió.
–Quiero que Benja y tú vengan conmigo. Así, mi familia podrá conocer a mi hijo.
–Es increíble.
Giró sobre sí misma para volver a verlo todo y su asombro creció todavía más. No se paró a pensar cómo había sido posible ni cuánto habría costado. Sólo sabía que disponía de ese local para ampliar el negocio de su vida.
Dio un gritito, abrazó a Pedro y lo apretó con fuerza. Él la rodeó con ambos brazos por la cintura casi inmediatamente.
–Gracias –murmuró Paula–. Es perfecto.
Cuando se separó, vio que Pedro tenía una expresión extraña en la cara, pero entonces se acercó a ellos el jefe, tan oportuno como siempre.
–Parece que le gusta cómo quedó –comentó con una sonrisa, dirigiéndose a Pedro.
Teniendo en cuenta que Paula todavía estaba abrazando a su ex esposo, era fácil llegar a esa conclusión. De repente, sintió vergüenza, se aclaró la garganta y retrocedió para poner un poco más de distancia entre ambos.
–Sí, parece que le gusta –respondió Pedro.
–Jamás habría imaginado algo así –les dijo ella a los dos hombres–. A pesar de haber visto los planos, no pensé que iba a quedar tan bien.
–Me alegro de que le guste. Si quiere que hagamos algo más, o que cambiemos algo, hágamelo saber. Estaremos aquí terminando algunos detalles.
Paula no quería cambiar nada, pero mientras los dos hombres hablaban de negocios, se dio un paseo por el local. Admirando, tocando, llenando mentalmente las estanterías e imaginándose trabajando detrás de los mostradores. Le encantaba la moldura de los techos, que era igual que la de la panadería y hacía que sintiera aquel lugar como suyo.
¡Suyo!
Bueno, suyo y de Helena. Y de Pedro o del banco, dado que alguien iba a tener que pagarlo.
Aunque se había resistido a atarse de aquella forma a su ex esposo, no podía negar que le había dado algo que nadie más le habría dado, y en un tiempo récord.
Oyó pasos detrás de ella y se giró. Era Pedro.
–Dejarán esto limpio y se irán en un par de horas. Y las computadoras llegan mañana.
Paula se agarró las manos. Estaba tan emocionada que casi no podía contenerse.
Necesitaría una página web… y alguien que la diseñara y la mantuviera, ya que ella no sabía hacerlo. También necesitaría envases y abrir una cuenta con una empresa de transporte fiable, necesitaría etiquetas y, probablemente, hasta una carta.
Tenía tantas cosas por hacer. Incluso más de las que había pensado.
De repente sintió miedo y notó que le costaba respirar. No podía hacer aquello. Era demasiado. Ella era sólo una persona, aunque contara con la ayuda de su tía.
–Sé que tienes mucho que hacer –le dijo Pedro, interrumpiendo sus alarmados pensamientos y permitiendo que algo de oxígeno entrara en sus pulmones–, pero antes de que empieces a preocuparte, hay algo de lo que me gustaría hablar contigo.
Ella respiró hondo y se obligó a relajarse. Cada cosa a su tiempo, iría paso a paso. Había llegado hasta allí y podría seguir adelante… aunque se demorara meses en conseguir lo que un Alfonso rico y poderoso había hecho en tan sólo una noche.–Está bien.
–Tengo que volver a casa por motivos de trabajo.
–Ah –dijo ella sorprendida.
Se había acostumbrado tanto a tenerlo allí que la noticia la tomó desprevenida. Era irónico, después de lo mucho que había deseado que volviera a Pittsburgh al verlo llegar. En esos momentos, le era difícil imaginarse la panadería, o su vida diaria, sin él.
Intentó no pensar en aquello y asintió.
–Bueno. Lo entiendo. Además, ya hiciste más que suficiente durante el tiempo que estuviste aquí.
Se contuvo antes de darle las gracias porque, en realidad, no le estaba haciendo ningún favor. Había sido muy generoso, pero no lo había hecho de corazón. Lo mejor sería aceptar lo que le había dado y dejar que se fuera antes de que se le ocurriera pedirle algo a cambio.
Pedro sonrió y a ella se le aceleró el corazón.–¿Qué? –preguntó, retrocediendo ligeramente.
–Crees que voy a agarrar mis cosas y me voy a ir así, sin más ¿no?
Sí, ésa era la esperanza que había tenido.
–Está bien. Lo entiendo –repitió ella–. Todo esto es genial. Mi tía y yo nos encargaremos de empezar el nuevo negocio.
Él sonrió todavía más y Paula sintió miedo.
–Estoy seguro de que lo harán muy bien, pero la inauguración tendrá que esperar a que volvamos.
Paula parpadeó sorprendida e intentó asimilar sus palabras.
–¿A que volvamos?
Pedro asintió.
–Quiero que Benja y tú vengan conmigo. Así, mi familia podrá conocer a mi hijo.
Capítulo 26
–Te juro que con tanto alboroto me están dando ganas de meterme en ese horno.
Paula levantó la cabeza de los pequeños montones de masa que estaba salpicando de pasas para mirar a su tía, que estaba metiendo una bandeja en el horno industrial. Lo cerró con un golpe seco.
No había sido fácil acostumbrarse a los ruidos y al ir y venir de los obreros. Paula se había disculpado muchas veces con los clientes y también había puesto un par de carteles pidiendo perdón por las molestias y los ruidos. Por suerte no estaba entrando polvo en la panadería, pero los clientes ya no podían disfrutar tranquilamente de un té y unas facturas.
–Terminarán pronto –tranquilizó a su tía, repitiendo la frase que el maestro de obras había estado diciéndole a ella toda la semana anterior.
Teniendo en cuenta que la remodelación estaba progresando mucho, tenía la esperanza de que en una o dos semanas más pudiera estar terminada.
–Y tienes que admitir que Pedro se pasó haciendo todo esto por nosotras.
Helena resopló.
–No te engañes, Pau. No lo hace por nosotras. Lo hace por él mismo, y para tenerte dominada, y tú lo sabes.
Paula no respondió, sobre todo, porque pensaba que su tía tenía razón. No le cabía la menor duda de que Pedro no estaría allí si no tuviera algo que ganar.
Quería estar cerca de Benjamín y, de hecho, pasaba casi todas las noches en casa con ellos. Pedro ayudaba a darle de comer a Benja, lo bañaba y lo acostaba. Había insistido en que Paula le enseñara a cambiarle el pañal y lo hacía casi tantas veces como ella. Jugaba con su hijo en una manta en el suelo, lo paseaba, lo llevaba al parque, aunque fuera demasiado chiquito para disfrutarlo realmente.
Era todo tan natural, tan… agradable.
Pero tal y como le acababa de recordar su tía, no debía olvidar que todo lo que Pedro hacía, lo hacía por algo. Quería conocer a su hijo, cosa comprensible e incluso aparentemente inocente.
Pero también era posible que tuviera otros motivos.
En esos momentos, Pedro estaba utilizando la remodelación y la ampliación de la panadería como excusa para estar cerca de su hijo y para ocupar su tiempo mientras Benja dormía siestas frecuentes, pero ¿qué sucedería después?
¿Qué pasaría cuando decidiera que ya conocía a Benjamín lo suficiente y quisiera llevárselo a Pittsburgh para que ocupara el lugar que debía ocupar en el árbol genealógico de la familia Alfonso?
Y la tocaba. No de manera abierta ni sexual, sólo un roce con los dedos de vez en cuando, en el brazo, en el dorso de la mano, en la mejilla al pasarle un mechón de pelo detrás de la oreja.Ella intentaba no darle demasiada importancia a aquellos pequeños gestos, pero no podía evitar que se le acelerara el corazón. Su tía se había quejado más de una vez de que en casa o en la panadería hacía demasiado frío, pero cuando la presencia y las constantes atenciones de Pedro hacían que a Paula le subiera la temperatura, lo único que podía hacer para luchar contra ello era prender el aire acondicionado.
Pedro empujó las puertas de la cocina y ella estuvo a punto de caérsele la cuchara que tenía en la mano. Volvió a subirle la temperatura, notó que se ruborizaba y que empezaba a sudar. Al menos en esa ocasión podría echarle la culpa a los hornos y al trabajo.
–Cuando tengas un minuto –le dijo Pedro–, deberías venir a ver qué opinas. La remodelación está casi terminada y los obreros quieren saber si quieres que hagan algo más antes de irse.
–Ah –dijo ella, levantando la cabeza.
Había pasado a ver la obra un par de veces, pero no había querido molestar. Además, Pedro había estado tan pendiente de todo que, en realidad, su presencia y opiniones no habían sido necesarias.
Pero en esos momentos, con los arreglos casi terminados, se puso nerviosa y tuvo ganas de ver cómo había quedado. Quería empezar a imaginarse trabajando allí, metiendo en cajas las delicias que mandaría a sus clientes, supervisando a los trabajadores que tendría que contratar, si es que su idea tenía tanto éxito como esperaba.
Miró un segundo a su tía, dejó la cuchara en el recipiente que tenía delante y se limpió las manos en un paño limpio.
–¿Te molestaría que vaya? –le preguntó a Helena.–Por supuesto que no. Anda, chiquita –le dijo ésta, acercándose para continuar con las galletas–. Yo terminaré esto y, cuando vuelvas, tal vez sea yo la que vaya a ver cómo va quedando.
Paula sonrió y le dio un beso a su tía en la mejilla, luego se quitó el delantal y siguió a Pedro. Oyó los martillazos antes de llegar a la puerta del local de al lado, pero ya casi se había acostumbrado, lo mismo que sus clientes habituales.
Pedro le abrió la puerta que comunicaba la panadería con el otro local y alejó la lámina de plástico grueso que habían puesto delante de ella para evitar que pasara el polvo.
Pedro entró delante de él y suspiró al mirar a su alrededor. El local estaba precioso. Jamás lo habría imaginado así.
Las paredes estaban llenas de estanterías a varias alturas y de varios tamaños. Habían arreglado también el suelo y el techo y la pintura hacía juego con la de La Cabaña de Azúcar.
–¡Oh! –gritó Paula.
–¿Tiene tu aprobación? –le preguntó Pedro en tono divertido.
Paula levantó la cabeza de los pequeños montones de masa que estaba salpicando de pasas para mirar a su tía, que estaba metiendo una bandeja en el horno industrial. Lo cerró con un golpe seco.
No había sido fácil acostumbrarse a los ruidos y al ir y venir de los obreros. Paula se había disculpado muchas veces con los clientes y también había puesto un par de carteles pidiendo perdón por las molestias y los ruidos. Por suerte no estaba entrando polvo en la panadería, pero los clientes ya no podían disfrutar tranquilamente de un té y unas facturas.
–Terminarán pronto –tranquilizó a su tía, repitiendo la frase que el maestro de obras había estado diciéndole a ella toda la semana anterior.
Teniendo en cuenta que la remodelación estaba progresando mucho, tenía la esperanza de que en una o dos semanas más pudiera estar terminada.
–Y tienes que admitir que Pedro se pasó haciendo todo esto por nosotras.
Helena resopló.
–No te engañes, Pau. No lo hace por nosotras. Lo hace por él mismo, y para tenerte dominada, y tú lo sabes.
Paula no respondió, sobre todo, porque pensaba que su tía tenía razón. No le cabía la menor duda de que Pedro no estaría allí si no tuviera algo que ganar.
Quería estar cerca de Benjamín y, de hecho, pasaba casi todas las noches en casa con ellos. Pedro ayudaba a darle de comer a Benja, lo bañaba y lo acostaba. Había insistido en que Paula le enseñara a cambiarle el pañal y lo hacía casi tantas veces como ella. Jugaba con su hijo en una manta en el suelo, lo paseaba, lo llevaba al parque, aunque fuera demasiado chiquito para disfrutarlo realmente.
Era todo tan natural, tan… agradable.
Pero tal y como le acababa de recordar su tía, no debía olvidar que todo lo que Pedro hacía, lo hacía por algo. Quería conocer a su hijo, cosa comprensible e incluso aparentemente inocente.
Pero también era posible que tuviera otros motivos.
En esos momentos, Pedro estaba utilizando la remodelación y la ampliación de la panadería como excusa para estar cerca de su hijo y para ocupar su tiempo mientras Benja dormía siestas frecuentes, pero ¿qué sucedería después?
¿Qué pasaría cuando decidiera que ya conocía a Benjamín lo suficiente y quisiera llevárselo a Pittsburgh para que ocupara el lugar que debía ocupar en el árbol genealógico de la familia Alfonso?
¿Qué ocurriría cuando se aburriera de la ampliación de La Cabaña de Azúcar y de la vida de Summerville? ¿Y por qué se estaba tomando el tiempo para hacerse esas preguntas cuando ya conocía las respuestas?
Durante las dos últimas semanas, Pedro le había recordado más que nunca al hombre del que se había enamorado. Había sido cariñoso, dulce, generoso, simpático y divertido. Le abría las puertas para que pasara, se ofrecía para recoger la mesa después de las comidas y llevaba a su hijo a dormir.
Durante las dos últimas semanas, Pedro le había recordado más que nunca al hombre del que se había enamorado. Había sido cariñoso, dulce, generoso, simpático y divertido. Le abría las puertas para que pasara, se ofrecía para recoger la mesa después de las comidas y llevaba a su hijo a dormir.
Y la tocaba. No de manera abierta ni sexual, sólo un roce con los dedos de vez en cuando, en el brazo, en el dorso de la mano, en la mejilla al pasarle un mechón de pelo detrás de la oreja.Ella intentaba no darle demasiada importancia a aquellos pequeños gestos, pero no podía evitar que se le acelerara el corazón. Su tía se había quejado más de una vez de que en casa o en la panadería hacía demasiado frío, pero cuando la presencia y las constantes atenciones de Pedro hacían que a Paula le subiera la temperatura, lo único que podía hacer para luchar contra ello era prender el aire acondicionado.
Pedro empujó las puertas de la cocina y ella estuvo a punto de caérsele la cuchara que tenía en la mano. Volvió a subirle la temperatura, notó que se ruborizaba y que empezaba a sudar. Al menos en esa ocasión podría echarle la culpa a los hornos y al trabajo.
–Cuando tengas un minuto –le dijo Pedro–, deberías venir a ver qué opinas. La remodelación está casi terminada y los obreros quieren saber si quieres que hagan algo más antes de irse.
–Ah –dijo ella, levantando la cabeza.
Había pasado a ver la obra un par de veces, pero no había querido molestar. Además, Pedro había estado tan pendiente de todo que, en realidad, su presencia y opiniones no habían sido necesarias.
Pero en esos momentos, con los arreglos casi terminados, se puso nerviosa y tuvo ganas de ver cómo había quedado. Quería empezar a imaginarse trabajando allí, metiendo en cajas las delicias que mandaría a sus clientes, supervisando a los trabajadores que tendría que contratar, si es que su idea tenía tanto éxito como esperaba.
Miró un segundo a su tía, dejó la cuchara en el recipiente que tenía delante y se limpió las manos en un paño limpio.
–¿Te molestaría que vaya? –le preguntó a Helena.–Por supuesto que no. Anda, chiquita –le dijo ésta, acercándose para continuar con las galletas–. Yo terminaré esto y, cuando vuelvas, tal vez sea yo la que vaya a ver cómo va quedando.
Paula sonrió y le dio un beso a su tía en la mejilla, luego se quitó el delantal y siguió a Pedro. Oyó los martillazos antes de llegar a la puerta del local de al lado, pero ya casi se había acostumbrado, lo mismo que sus clientes habituales.
Pedro le abrió la puerta que comunicaba la panadería con el otro local y alejó la lámina de plástico grueso que habían puesto delante de ella para evitar que pasara el polvo.
Pedro entró delante de él y suspiró al mirar a su alrededor. El local estaba precioso. Jamás lo habría imaginado así.
Las paredes estaban llenas de estanterías a varias alturas y de varios tamaños. Habían arreglado también el suelo y el techo y la pintura hacía juego con la de La Cabaña de Azúcar.
–¡Oh! –gritó Paula.
–¿Tiene tu aprobación? –le preguntó Pedro en tono divertido.
Capítulo 25
Paula empezó a entenderlo. Empezó a darse cuenta de cuál era la situación y de que Pedro estaba decidido a quedarse cerca.
–Deja que adivine, el dinero no es un problema –dijo, intentando imitar su voz–. Le has dicho a Brian qué es lo que quieres, sin límite de gastos, y él hará lo que sea necesario para que puedas lograr lo que tienes en mente.
Él le soltó el codo y puso los brazos en la cintura, suspiró con frustración.
–¿Qué hay de malo en eso? –quiso saber.
Y ella deseó poder quedarse callada. Deseó que no le importara que estuviera utilizando su dinero y su apellido para ayudarla a ampliar la panadería. En el pasado, aquel poder y aquella seguridad habían llegado a impresionarla, en ese momento, la ponían nerviosa.
–No quiero estar en deuda contigo, Pedro –le confesó–. No quiero deberte nada, ni saber que La Cabaña de Azúcar ha crecido y tiene éxito porque tu llegaste aquí para ayudarme con tu dinero.
–¿Por qué te importa tanto de dónde venga la ayuda? Lo importante es que vas a tener el espacio suficiente para expandir el negocio.
Ella sacudió la cabeza y se cruzó de brazos, retrocedió un paso.
–Es que no entiendes. Por supuesto que importa, porque si llegas aquí con la chequera en la mano y llevándote por delante a quien se interponga en tu camino, entonces ya no es mi negocio. Es otra insignificante adquisición de la empresa Alfonso.
Pedro se cruzó de brazos también.
–No me digas eso. Le pediste a Brian Blake que te buscara un inversor. Así que acá el problema no es que yo llegue con la chequera en la mano, sino que sea mi chequera.
–Obviamente –admitió ella con frustración–. Ya pasamos por esto antes, Pedro. El dinero, la influencia, que todo el mundo haga lo que dices sólo porque te apellidas Alfonso.
Paula descruzó los brazos y se llevó las manos a la cara un minuto, intentando tranquilizar sus pensamientos y su ira. Cuando las bajó, pudo hablar con más tranquilidad:
–No me malinterpretes. Al comienzo, me gustaba. Disfrutaba del nivel de vida que tenía siendo tu esposa. Las fiestas, la ropa, no tener que preocuparme por llegar a fin de mes–. Sí, después de tener que luchar y trabajar duro para salir adelante, había estado bueno casarse con un hombre con dinero–. Pero no tienes ni idea de lo que significa ser tu esposa y vivir bajo el mismo techo sin ser realmente una Alfonso.
Él frunció el ceño, confundido.
–Paula, no entiendo. ¿De qué estás hablando? Por supuesto que eras una de la familia. Eras mi esposa.
–El problema es que no todo el mundo pensaba igual –le dijo ella, recordando todas las ocasiones en las que la madre de Pedro le había recordado que sólo se apellidaba Alfonso porque se había casado con él.
–Lo siento –contestó Pedro, estirando sus brazos hacia ella, pero bajándolos antes de llegar a tocarla–. Jamás quise que te sintieras una extraña.
Y Paula se sintió culpable al ver dolor en su rostro.
Abrió la boca para decirle que había sido su madre la que la había ofendido, pero un golpe en la ventana hizo que ambos se sobresaltaran. El mismo obrero de hace unos minutos, al parecer, el jefe de la cuadrilla, puso gesto impaciente y golpeó su reloj.
Pedro le pidió con la mano que esperara un segundo y luego se giró para mirarla.
–Voy a necesitar la llave.
Ella se humedeció los labios y tragó saliva. Había estado a punto de tener una conversación adulta y sincera con su ex esposo. Había estado a punto de reunir el valor suficiente para contarle la verdad de por qué lo había dejado. En el pasado, había intentado decirle muchas veces cómo la trataban, que la hacían sentirse como a una extraña en su propia casa, pero jamás había sido capaz.
Una parte de ella pensaba que, si Pedro la hubiese querido lo suficiente, si la hubiera entendido, habría descubierto lo que intentaba decirle sin necesidad de expresarle su creciente infelicidad. En esos momentos se dio cuenta de que no podía esperar que nadie le leyera la mente.
Deseó haber tenido la valentía necesaria para, tiempo atrás, haberle expresado sus sentimientos. Tal vez las cosas hubieran sido de otra manera. Pero todo aquello formaba ya, parte del pasado y su última oportunidad de sincerarse con él acababa de verse arruinada gracias al obrero.
Volvió a humedecerse los labios y asintió.
–Iré a por la llave –le dijo, dándose la vuelta para volver a la panadería.
–Deja que adivine, el dinero no es un problema –dijo, intentando imitar su voz–. Le has dicho a Brian qué es lo que quieres, sin límite de gastos, y él hará lo que sea necesario para que puedas lograr lo que tienes en mente.
Él le soltó el codo y puso los brazos en la cintura, suspiró con frustración.
–¿Qué hay de malo en eso? –quiso saber.
Y ella deseó poder quedarse callada. Deseó que no le importara que estuviera utilizando su dinero y su apellido para ayudarla a ampliar la panadería. En el pasado, aquel poder y aquella seguridad habían llegado a impresionarla, en ese momento, la ponían nerviosa.
–No quiero estar en deuda contigo, Pedro –le confesó–. No quiero deberte nada, ni saber que La Cabaña de Azúcar ha crecido y tiene éxito porque tu llegaste aquí para ayudarme con tu dinero.
–¿Por qué te importa tanto de dónde venga la ayuda? Lo importante es que vas a tener el espacio suficiente para expandir el negocio.
Ella sacudió la cabeza y se cruzó de brazos, retrocedió un paso.
–Es que no entiendes. Por supuesto que importa, porque si llegas aquí con la chequera en la mano y llevándote por delante a quien se interponga en tu camino, entonces ya no es mi negocio. Es otra insignificante adquisición de la empresa Alfonso.
Pedro se cruzó de brazos también.
–No me digas eso. Le pediste a Brian Blake que te buscara un inversor. Así que acá el problema no es que yo llegue con la chequera en la mano, sino que sea mi chequera.
–Obviamente –admitió ella con frustración–. Ya pasamos por esto antes, Pedro. El dinero, la influencia, que todo el mundo haga lo que dices sólo porque te apellidas Alfonso.
Paula descruzó los brazos y se llevó las manos a la cara un minuto, intentando tranquilizar sus pensamientos y su ira. Cuando las bajó, pudo hablar con más tranquilidad:
–No me malinterpretes. Al comienzo, me gustaba. Disfrutaba del nivel de vida que tenía siendo tu esposa. Las fiestas, la ropa, no tener que preocuparme por llegar a fin de mes–. Sí, después de tener que luchar y trabajar duro para salir adelante, había estado bueno casarse con un hombre con dinero–. Pero no tienes ni idea de lo que significa ser tu esposa y vivir bajo el mismo techo sin ser realmente una Alfonso.
Él frunció el ceño, confundido.
–Paula, no entiendo. ¿De qué estás hablando? Por supuesto que eras una de la familia. Eras mi esposa.
–El problema es que no todo el mundo pensaba igual –le dijo ella, recordando todas las ocasiones en las que la madre de Pedro le había recordado que sólo se apellidaba Alfonso porque se había casado con él.
–Lo siento –contestó Pedro, estirando sus brazos hacia ella, pero bajándolos antes de llegar a tocarla–. Jamás quise que te sintieras una extraña.
Y Paula se sintió culpable al ver dolor en su rostro.
Abrió la boca para decirle que había sido su madre la que la había ofendido, pero un golpe en la ventana hizo que ambos se sobresaltaran. El mismo obrero de hace unos minutos, al parecer, el jefe de la cuadrilla, puso gesto impaciente y golpeó su reloj.
Pedro le pidió con la mano que esperara un segundo y luego se giró para mirarla.
–Voy a necesitar la llave.
Ella se humedeció los labios y tragó saliva. Había estado a punto de tener una conversación adulta y sincera con su ex esposo. Había estado a punto de reunir el valor suficiente para contarle la verdad de por qué lo había dejado. En el pasado, había intentado decirle muchas veces cómo la trataban, que la hacían sentirse como a una extraña en su propia casa, pero jamás había sido capaz.
Una parte de ella pensaba que, si Pedro la hubiese querido lo suficiente, si la hubiera entendido, habría descubierto lo que intentaba decirle sin necesidad de expresarle su creciente infelicidad. En esos momentos se dio cuenta de que no podía esperar que nadie le leyera la mente.
Deseó haber tenido la valentía necesaria para, tiempo atrás, haberle expresado sus sentimientos. Tal vez las cosas hubieran sido de otra manera. Pero todo aquello formaba ya, parte del pasado y su última oportunidad de sincerarse con él acababa de verse arruinada gracias al obrero.
Volvió a humedecerse los labios y asintió.
–Iré a por la llave –le dijo, dándose la vuelta para volver a la panadería.
Capítulo 24
–¿Tienes un minuto? –le preguntó él.
Paula calculó el número de clientes que había y asintió. Fue hacia la cocina y asomó la cabeza por la puerta.
–Tía, ¿te importaría atender el mostrador un rato? Tengo que hablar con Pedro.
Helena terminó lo que estaba haciendo y salió, limpiándose las manos en el delantal mientras Paula se quitaba el suyo y lo colgaba de un gancho en la pared.
Helena miró a Pedro con cautela, pero, por suerte, no dijo nada.
Paula no le había contado lo sucedido la noche anterior con Pedro. Le había hecho un breve resumen de la cena, como si hubieran estado hablando de la panadería, de temas profesionales. No le había dicho que había subido a su habitación ni que habían perdido el control.
Sabía que eso sólo habría servido para que aumentara la antipatía que su tía sentía por Pedro. Había habido una época, hacía poco tiempo, que Paula le había agradecido su protección y tener con quien hablar de todo lo sucedido.
Pero las cosas habían cambiado. Y no necesariamente a mejor. Pedro sabía de la existencia de Benjamín, estaba decidido a formar parte de su vida y eso significaba iba a formar parte de la de ella. Para bien o para mal, tenía que encontrar la forma de arreglar las cosas con su ex esposo, aunque sólo fuera para evitar que su vida se convirtiera en un infierno a partir de entonces.
Por eso tenía que evitar hablar mal de él delante de su tía. Probablemente, no debía haberlo hecho nunca, pero se había sentido tan dolida, tan triste, que había tenido que hablar con alguien y su tía Helena había sido el hombro perfecto sobre el cual llorar.
Pedro la siguió, agarrándola por el codo, y ambos atravesaron la puerta que daba al local de al lado.
Paula pensó que iban allí sólo para poder hablar en privado y se le encogió el estómago de pensar en cuál sería la bomba que le lanzaría su ex marido en esa ocasión, pero en vez de pararse en el centro del local, Pedro siguió caminando y la llevó hasta la vitrina, que daba a la calle.
–¿Tienes llave de esta puerta? –le preguntó, señalando la puerta de la calle.
–Sí. El dueño sabe que estoy interesada en alquilarlo y me deja usarlo de vez en cuando como depósito.
Además, se lo enseño a otros posibles arrendatarios cuando él no puede hacerlo.
–Bien –respondió Pedro sin soltarle el codo–. Voy a necesitarla.
–¿Para qué?
–Para dejar entrar a esos tipos –le dijo Pedro, inclinando la cabeza en dirección a la calle–. Salvo que quieras que pasen por tu panadería con toda su suciedad y sus herramientas.
Paula siguió su mirada y parpadeó al ver la vereda llena de hombres en jeans y camisas de trabajo, descargando cajas de herramientas, caballetes para cortar, maderas y varias herramientas para cortar de varios camiones que había estacionados en la curva.
–¿Quiénes son? –preguntó consternada.
–Son de la empresa de construcción.
Paula lo miró confundida y él no tardó en darle una explicación.
–Van a limpiar el local y a empezar a armar las vitrinas y los mostradores.
–¿Qué? ¿Por qué?
La expresión de su ex esposo pasó de la diversión a la irritación.
–Forma parte del plan de ampliación, ¿te acuerdas? Tenemos que reformar este local para que La Cabaña de Azúcar pueda empezar su distribución por correo, como tú habías pensado.
Ella miró a Pedro y después a los trabajadores que había en la calle, otra vez a Pedro, a los trabajadores… Y supo cómo se sentía un animal salvaje cuando iba a cruzar una carretera y, de repente, lo iluminaban los faros de un auto.
–No entiendo –dijo, sacudiendo lentamente la cabeza–. Yo no los he contratado. No pueden empezar a trabajar aquí porque todavía no alquilé el local. No tengo el dinero.
Pedro suspiró.
–¿Por qué crees que estoy aquí, Paula? Además de para pasar tiempo con Benja. ¿Te acuerdas de lo que hablamos anoche?
Paula se acordaba muy bien de todo lo ocurrido la noche anterior. Y se acordaba de que no se habían cuidado, y de que no se estaba tomando la píldora, así que podía volver a estar embarazada. El resto de recuerdos estaban un poco más borrosos, en especial, en esos momentos.
Uno de los obreros se acercó a la puerta. Pedro le hizo un gesto con la mano, indicándole que esperara uno o dos minutos, el hombre asintió y volvió a su camión.
–Ya yo me encargué de eso, ¿ok? –le dijo después a Paula–. Hablé con el dueño del local sobre los arreglos que queremos hacer. Estará alquilado a tu nombre, y el contrato incluirá un permiso para realizar las obras que creamos oportunas para la ampliación de tu negocio. Brian está encargándose de redactarlo y lo tendrá listo hoy mismo. También me va a dar una copia de la llave, pero, por ahora, necesito la tuya.
–Pero… Si Brian todavía no habló con el señor Pardo, ¿cómo sabes que va a acceder a alquilarnos, a alquilarme el local?
–Paula –le dijo él despacio, con firmeza, como si estuviese hablando con un niño chiquito–. Ya me encargué de todo. El local está en alquiler, Brian va a alquilarlo. ¿Qué más necesitas saber?
Paula calculó el número de clientes que había y asintió. Fue hacia la cocina y asomó la cabeza por la puerta.
–Tía, ¿te importaría atender el mostrador un rato? Tengo que hablar con Pedro.
Helena terminó lo que estaba haciendo y salió, limpiándose las manos en el delantal mientras Paula se quitaba el suyo y lo colgaba de un gancho en la pared.
Helena miró a Pedro con cautela, pero, por suerte, no dijo nada.
Paula no le había contado lo sucedido la noche anterior con Pedro. Le había hecho un breve resumen de la cena, como si hubieran estado hablando de la panadería, de temas profesionales. No le había dicho que había subido a su habitación ni que habían perdido el control.
Sabía que eso sólo habría servido para que aumentara la antipatía que su tía sentía por Pedro. Había habido una época, hacía poco tiempo, que Paula le había agradecido su protección y tener con quien hablar de todo lo sucedido.
Pero las cosas habían cambiado. Y no necesariamente a mejor. Pedro sabía de la existencia de Benjamín, estaba decidido a formar parte de su vida y eso significaba iba a formar parte de la de ella. Para bien o para mal, tenía que encontrar la forma de arreglar las cosas con su ex esposo, aunque sólo fuera para evitar que su vida se convirtiera en un infierno a partir de entonces.
Por eso tenía que evitar hablar mal de él delante de su tía. Probablemente, no debía haberlo hecho nunca, pero se había sentido tan dolida, tan triste, que había tenido que hablar con alguien y su tía Helena había sido el hombro perfecto sobre el cual llorar.
Pedro la siguió, agarrándola por el codo, y ambos atravesaron la puerta que daba al local de al lado.
Paula pensó que iban allí sólo para poder hablar en privado y se le encogió el estómago de pensar en cuál sería la bomba que le lanzaría su ex marido en esa ocasión, pero en vez de pararse en el centro del local, Pedro siguió caminando y la llevó hasta la vitrina, que daba a la calle.
–¿Tienes llave de esta puerta? –le preguntó, señalando la puerta de la calle.
–Sí. El dueño sabe que estoy interesada en alquilarlo y me deja usarlo de vez en cuando como depósito.
Además, se lo enseño a otros posibles arrendatarios cuando él no puede hacerlo.
–Bien –respondió Pedro sin soltarle el codo–. Voy a necesitarla.
–¿Para qué?
–Para dejar entrar a esos tipos –le dijo Pedro, inclinando la cabeza en dirección a la calle–. Salvo que quieras que pasen por tu panadería con toda su suciedad y sus herramientas.
Paula siguió su mirada y parpadeó al ver la vereda llena de hombres en jeans y camisas de trabajo, descargando cajas de herramientas, caballetes para cortar, maderas y varias herramientas para cortar de varios camiones que había estacionados en la curva.
–¿Quiénes son? –preguntó consternada.
–Son de la empresa de construcción.
Paula lo miró confundida y él no tardó en darle una explicación.
–Van a limpiar el local y a empezar a armar las vitrinas y los mostradores.
–¿Qué? ¿Por qué?
La expresión de su ex esposo pasó de la diversión a la irritación.
–Forma parte del plan de ampliación, ¿te acuerdas? Tenemos que reformar este local para que La Cabaña de Azúcar pueda empezar su distribución por correo, como tú habías pensado.
Ella miró a Pedro y después a los trabajadores que había en la calle, otra vez a Pedro, a los trabajadores… Y supo cómo se sentía un animal salvaje cuando iba a cruzar una carretera y, de repente, lo iluminaban los faros de un auto.
–No entiendo –dijo, sacudiendo lentamente la cabeza–. Yo no los he contratado. No pueden empezar a trabajar aquí porque todavía no alquilé el local. No tengo el dinero.
Pedro suspiró.
–¿Por qué crees que estoy aquí, Paula? Además de para pasar tiempo con Benja. ¿Te acuerdas de lo que hablamos anoche?
Paula se acordaba muy bien de todo lo ocurrido la noche anterior. Y se acordaba de que no se habían cuidado, y de que no se estaba tomando la píldora, así que podía volver a estar embarazada. El resto de recuerdos estaban un poco más borrosos, en especial, en esos momentos.
Uno de los obreros se acercó a la puerta. Pedro le hizo un gesto con la mano, indicándole que esperara uno o dos minutos, el hombre asintió y volvió a su camión.
–Ya yo me encargué de eso, ¿ok? –le dijo después a Paula–. Hablé con el dueño del local sobre los arreglos que queremos hacer. Estará alquilado a tu nombre, y el contrato incluirá un permiso para realizar las obras que creamos oportunas para la ampliación de tu negocio. Brian está encargándose de redactarlo y lo tendrá listo hoy mismo. También me va a dar una copia de la llave, pero, por ahora, necesito la tuya.
–Pero… Si Brian todavía no habló con el señor Pardo, ¿cómo sabes que va a acceder a alquilarnos, a alquilarme el local?
–Paula –le dijo él despacio, con firmeza, como si estuviese hablando con un niño chiquito–. Ya me encargué de todo. El local está en alquiler, Brian va a alquilarlo. ¿Qué más necesitas saber?
lunes, 26 de agosto de 2013
Capítulo 23
Dios santo.
Paula se quedó sin aliento al oírlo decir eso, se tambaleó.
¿En qué había estado pensando? Ya era malo que se hubiera acostado con su ex esposo, pero que se le hubiera olvidado de cuidarse era mucho peor.
Rezó para no haberse quedado embarazada, porque no podía ni pensar en volver a pasar por otro embarazo inesperado, no planeado, y de su ex esposo.
–No lo estoy –le dijo con toda la seguridad de la que fue capaz.
Pedro arqueó una ceja.
–¿Cómo puedes estar tan segura?
–Porque no lo estoy –insistió, poniéndose el vestido.
No le importaba no poderse subir el cierre de la espalda sola, iría hasta casa agarrándoselo para que no se le cayera antes de pedirle a Pedro que la ayudara.
–¿En qué estabas pensando? –preguntó, golpeando el suelo con un pie–. ¿Cómo pudiste hacer… dejar que lo hiciésemos… sin tomar precauciones? No sabía que fueras tan irresponsable.
Pedro se encogió de hombros. No parecía preocupado.
–¿Qué quieres que te diga? Me dejé llevar por la pasión y por la emoción de estar contigo después de tanto tiempo.
–¡Ay, pero por favor! –dijo ella, mientras se ponía los zapatos.
–¿Tanto te cuesta creerlo? –le preguntó él con rostro inexpresivo.
Paula no tenía ni idea de lo que pensaba. ¿Estaba molesto por no haberse cuidado?
¿Estaba contento? ¿Enojado? ¿Excitado? ¿Confundido?
Ella tenía náuseas. Y estaba fastidiada, enojada y confundida.
Si resultaba estar embarazada… Volvió a rezar porque no fuera así. Si se quedaba embarazada otra vez, ya no podría deshacerse de Pedro nunca más, que sería incluso capaz de mudarse a vivir a Summerville, o de insistir en que volvieran a casarse y en que ella volviera a Pittsburgh.
«No, no, no, no, no». Paula negó con la cabeza mientras miraba a su alrededor para asegurarse de que no se olvidaba nada en aquella habitación. El bolso, el reloj, un arete…
–Creo que subestimas tu atractivo –comentó Pedro, al parecer, ajeno a su estado.
Ella lo miró una vez más antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta.
–Paula –ya tenía la mano en la chapa, pero se detuvo. No se volteó a mirarlo, pero esperó a que Pedro continuara hablando–. Te veré en la panadería mañana por la mañana a primera hora, a las ocho. Quiero que Benja esté contigo.
Ella sintió un escalofrío, no supo si de asco por tener que volver a verlo, o de alivio porque sólo le hubiera pedido aquello.
Asintió con brusquedad, abrió la puerta y salió al pasillo.
–Y quiero saberlo en cuanto tú lo sepas –continuó él, haciendo que se detuviera por segunda vez.
–¿Enterarte? –repitió Paula.
–De si vamos a darle un hermanito a nuestro hijo dentro de unos meses.
La tía Helena y Paula llegaron con Benja a las cinco de la mañana a La Cabaña de Azúcar. Mientras Helena y ella se preparaban para abrir, Paula intentó no pensar en Pedro, aunque no pudo evitar preguntarse cómo había podido meterse en semejante lío.
Su vida parecía haberse convertido de repente en una novela mexicana, y lo peor era que sabía que esas historias eran interminables.
Por desgracia, antes de que pudiera darse cuenta, los vecinos más madrugadores de Summerville estaban entrando en la panadería para desayunar. Incluso antes de que fueran las ocho, pegó la mirada a la puerta, esperando la llegada de Pedro.
Pero dieron las ocho y no apareció. Las ocho y diez, y veinte, las nueve menos cuarto, y no estaba allí.
Tendría que haberse sentido aliviada, pero, en su lugar, empezó a preocuparse. Pedro no solía llegar nunca tarde, y menos después de haberle advertido que iría a las ocho en punto.
Sirvió cuatro cafés y unas facturas con un ojo clavado en el reloj e intentó decidir si subir a disfrutar de unos minutos de tranquilidad en el piso de arriba o llamar al hostal para preguntar por él.
A las nueve y media, no sólo había decidido llamar al hostal, sino incluso ir a buscarlo y llamar a la policía si no estaba allí, pero antes de que pudiera quitarse el delantal y pedirle a su tía Helena que se quedara a cargo de la panadería, oyó la campanilla de la puerta y vio entrar a Pedro con una encantadora sonrisa en el rostro.
Lo cierto era que estaba imponente. En vez de estar vestido con su usual traje, tenía puesto un pantalón de color tostado y una camisa azul con el cuello desabrochado y remangada.
Avanzó entre las mesas como si el local fuera suyo y se acercó a ella.
–Buenos días –la saludó alegremente.
–Buenos días –respondió ella con mucho menos entusiasmo–. Llegas tarde. Me dijiste que vendrías a las ocho.
Pedro se encogió de hombros.
–Tuve que hacer un par de cosas.
Paula arqueó una ceja, pero no preguntó porque no estaba segura de querer conocer la respuesta.
–¿Tienes un minuto? –le preguntó él.
Paula se quedó sin aliento al oírlo decir eso, se tambaleó.
¿En qué había estado pensando? Ya era malo que se hubiera acostado con su ex esposo, pero que se le hubiera olvidado de cuidarse era mucho peor.
Rezó para no haberse quedado embarazada, porque no podía ni pensar en volver a pasar por otro embarazo inesperado, no planeado, y de su ex esposo.
–No lo estoy –le dijo con toda la seguridad de la que fue capaz.
Pedro arqueó una ceja.
–¿Cómo puedes estar tan segura?
–Porque no lo estoy –insistió, poniéndose el vestido.
No le importaba no poderse subir el cierre de la espalda sola, iría hasta casa agarrándoselo para que no se le cayera antes de pedirle a Pedro que la ayudara.
–¿En qué estabas pensando? –preguntó, golpeando el suelo con un pie–. ¿Cómo pudiste hacer… dejar que lo hiciésemos… sin tomar precauciones? No sabía que fueras tan irresponsable.
Pedro se encogió de hombros. No parecía preocupado.
–¿Qué quieres que te diga? Me dejé llevar por la pasión y por la emoción de estar contigo después de tanto tiempo.
–¡Ay, pero por favor! –dijo ella, mientras se ponía los zapatos.
–¿Tanto te cuesta creerlo? –le preguntó él con rostro inexpresivo.
Paula no tenía ni idea de lo que pensaba. ¿Estaba molesto por no haberse cuidado?
¿Estaba contento? ¿Enojado? ¿Excitado? ¿Confundido?
Ella tenía náuseas. Y estaba fastidiada, enojada y confundida.
Si resultaba estar embarazada… Volvió a rezar porque no fuera así. Si se quedaba embarazada otra vez, ya no podría deshacerse de Pedro nunca más, que sería incluso capaz de mudarse a vivir a Summerville, o de insistir en que volvieran a casarse y en que ella volviera a Pittsburgh.
«No, no, no, no, no». Paula negó con la cabeza mientras miraba a su alrededor para asegurarse de que no se olvidaba nada en aquella habitación. El bolso, el reloj, un arete…
–Creo que subestimas tu atractivo –comentó Pedro, al parecer, ajeno a su estado.
Ella lo miró una vez más antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta.
–Paula –ya tenía la mano en la chapa, pero se detuvo. No se volteó a mirarlo, pero esperó a que Pedro continuara hablando–. Te veré en la panadería mañana por la mañana a primera hora, a las ocho. Quiero que Benja esté contigo.
Ella sintió un escalofrío, no supo si de asco por tener que volver a verlo, o de alivio porque sólo le hubiera pedido aquello.
Asintió con brusquedad, abrió la puerta y salió al pasillo.
–Y quiero saberlo en cuanto tú lo sepas –continuó él, haciendo que se detuviera por segunda vez.
–¿Enterarte? –repitió Paula.
–De si vamos a darle un hermanito a nuestro hijo dentro de unos meses.
La tía Helena y Paula llegaron con Benja a las cinco de la mañana a La Cabaña de Azúcar. Mientras Helena y ella se preparaban para abrir, Paula intentó no pensar en Pedro, aunque no pudo evitar preguntarse cómo había podido meterse en semejante lío.
Su vida parecía haberse convertido de repente en una novela mexicana, y lo peor era que sabía que esas historias eran interminables.
Por desgracia, antes de que pudiera darse cuenta, los vecinos más madrugadores de Summerville estaban entrando en la panadería para desayunar. Incluso antes de que fueran las ocho, pegó la mirada a la puerta, esperando la llegada de Pedro.
Pero dieron las ocho y no apareció. Las ocho y diez, y veinte, las nueve menos cuarto, y no estaba allí.
Tendría que haberse sentido aliviada, pero, en su lugar, empezó a preocuparse. Pedro no solía llegar nunca tarde, y menos después de haberle advertido que iría a las ocho en punto.
Sirvió cuatro cafés y unas facturas con un ojo clavado en el reloj e intentó decidir si subir a disfrutar de unos minutos de tranquilidad en el piso de arriba o llamar al hostal para preguntar por él.
A las nueve y media, no sólo había decidido llamar al hostal, sino incluso ir a buscarlo y llamar a la policía si no estaba allí, pero antes de que pudiera quitarse el delantal y pedirle a su tía Helena que se quedara a cargo de la panadería, oyó la campanilla de la puerta y vio entrar a Pedro con una encantadora sonrisa en el rostro.
Lo cierto era que estaba imponente. En vez de estar vestido con su usual traje, tenía puesto un pantalón de color tostado y una camisa azul con el cuello desabrochado y remangada.
Avanzó entre las mesas como si el local fuera suyo y se acercó a ella.
–Buenos días –la saludó alegremente.
–Buenos días –respondió ella con mucho menos entusiasmo–. Llegas tarde. Me dijiste que vendrías a las ocho.
Pedro se encogió de hombros.
–Tuve que hacer un par de cosas.
Paula arqueó una ceja, pero no preguntó porque no estaba segura de querer conocer la respuesta.
–¿Tienes un minuto? –le preguntó él.
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domingo, 25 de agosto de 2013
Capítulo 22
–¿No es verdad? Digo, que me odias y lo sabes. O, al menos, deberías odiarme. No te conté que estaba embarazada. No te conté lo de Benjamín.
Él frunció el ceño y se puso muy serio al recordarlo. Se había esforzado mucho en olvidar que ese era, en parte, el motivo por el que estaba allí.
La observó, envuelta en una sábana como una diosa griega. Era evidente que tenía motivos para odiarla. Y que tenían todavía muchas cosas que aclarar, pero, por alguna razón, en esos momentos, no era capaz de enojarse con ella.
–Te voy a dar un consejo –le dijo en su lugar, tratando de no sonreír–. Cuando alguien se haya olvidado temporalmente de que tiene algún motivo para estar molesto contigo o para odiarte, es mejor no recordárselo.
–Pero es que deberías estar enojado conmigo –insistió Paula, dándole la espalda para seguir vistiéndose.
Pedro vio cómo luchaba para colocarse el sostén y luego dejaba caer la sábana.
Contuvo las ganas de agarrarla y volver a llevársela a la cama. Al parecer, Paula quería que estuviera molesto con ella.
Por una parte, al menos, sabía que no se había acostado con él con la intención de seducirlo y hacerle olvidar que le había intentado ocultar que tenían un hijo. Por otra parte, hasta ese momento, Paula había hecho todo lo posible para estar bien con él. Para evitar asperezas, una posible batalla por la custodia del niño o que él se lo llevara.
Era cierto que, hasta ese día, había estado un año sin hablar con ella. Y el hecho de que hubiera sido ella quien lo dejara, significaba que no la había sabido entender, para empezar, pero el único motivo que se le ocurría para que ella quisiera recordarle que debía estar enojado era porque necesitaba mantener las distancias entre ambos. Un muro. Una barrera.
Si él la odiaba, no querría volver a estar con ella. Si la odiaba, tal vez se hartara e iría por donde vino, solo, sin Benjamín.
Llegarían a un acuerdo con respecto a la custodia.
Insistiría. Y estaba seguro de que Paula no se opondría.
Lo menos que podría hacer sería permitir que viera a Benja con frecuencia, o incluso que se lo llevara a casa unos días para presentárselo a su familia.
Sin embargo, Pedro conocía demasiado el mundo de los negocios como para saber que, cuando alguien cedía con demasiada facilidad, era normalmente porque intentaba mantener o conseguir algo todavía más importante. Y Paula debía de querer mantener las distancias.
Se había mudado a Summerville apenas se divorciaron, se había ido a vivir con su tía y había creado La Cabaña de Azúcar.
Si el destino no hubiera intervenido para llevarlo a él allí, jamás habría sabido dónde estaba Paula, ni que tenía un hijo. Su hijo. Así que, eso era, quería guardar las distancias. Y si lo hacía enojar, era más factible que se fuera, ¿no?
Eso hizo que Pedro deseara aún más estar allí.
Se movió hacia el borde de la cama y se sentó.
–Bueno, lamento decepcionarte, pero no te odio–. Se levantó y se acercó a ella completamente desnudo. Paula retrocedió y lo vio inclinarse y recoger sus pantalones y su ropa interior–. No me gusta lo que hiciste –le aclaró Pedro mientras se vestía muy despacio–, y no puedo decir que no esté algo molesto y disgustado al respecto. Y no puedo asegurarte que ese enojo y ese resentimiento no vayan a salir a la superficie algún día, pero ya hablamos sobre eso. No estuvo bien que me ocultaras a Benja. Es un tiempo que no voy a poder recuperar. Sin embargo, ahora que sé que tengo un hijo, las cosas van a cambiar. Voy a formar parte de su vida y, por lo tanto, también de la tuya.
Ella estaba a sólo medio metro de él, con el vestido pegado al pecho para taparse.
–Deberías ir haciéndote a la idea –añadió–. Cuanto antes, mejor. Y hay otra cosa que deberías tener en cuenta –le dijo, cruzándose de brazos con decisión.
Paula no respondió. En su lugar, inclinó la cabeza y tragó saliva con dificultad mientras esperaba, nerviosa, a que Pedro terminase de hablar.
–Que no nos hemos cuidado, lo que significa que podrías estar embarazada de nuestro segundo hijo.
Él frunció el ceño y se puso muy serio al recordarlo. Se había esforzado mucho en olvidar que ese era, en parte, el motivo por el que estaba allí.
La observó, envuelta en una sábana como una diosa griega. Era evidente que tenía motivos para odiarla. Y que tenían todavía muchas cosas que aclarar, pero, por alguna razón, en esos momentos, no era capaz de enojarse con ella.
–Te voy a dar un consejo –le dijo en su lugar, tratando de no sonreír–. Cuando alguien se haya olvidado temporalmente de que tiene algún motivo para estar molesto contigo o para odiarte, es mejor no recordárselo.
–Pero es que deberías estar enojado conmigo –insistió Paula, dándole la espalda para seguir vistiéndose.
Pedro vio cómo luchaba para colocarse el sostén y luego dejaba caer la sábana.
Contuvo las ganas de agarrarla y volver a llevársela a la cama. Al parecer, Paula quería que estuviera molesto con ella.
Por una parte, al menos, sabía que no se había acostado con él con la intención de seducirlo y hacerle olvidar que le había intentado ocultar que tenían un hijo. Por otra parte, hasta ese momento, Paula había hecho todo lo posible para estar bien con él. Para evitar asperezas, una posible batalla por la custodia del niño o que él se lo llevara.
Era cierto que, hasta ese día, había estado un año sin hablar con ella. Y el hecho de que hubiera sido ella quien lo dejara, significaba que no la había sabido entender, para empezar, pero el único motivo que se le ocurría para que ella quisiera recordarle que debía estar enojado era porque necesitaba mantener las distancias entre ambos. Un muro. Una barrera.
Si él la odiaba, no querría volver a estar con ella. Si la odiaba, tal vez se hartara e iría por donde vino, solo, sin Benjamín.
Llegarían a un acuerdo con respecto a la custodia.
Insistiría. Y estaba seguro de que Paula no se opondría.
Lo menos que podría hacer sería permitir que viera a Benja con frecuencia, o incluso que se lo llevara a casa unos días para presentárselo a su familia.
Sin embargo, Pedro conocía demasiado el mundo de los negocios como para saber que, cuando alguien cedía con demasiada facilidad, era normalmente porque intentaba mantener o conseguir algo todavía más importante. Y Paula debía de querer mantener las distancias.
Se había mudado a Summerville apenas se divorciaron, se había ido a vivir con su tía y había creado La Cabaña de Azúcar.
Si el destino no hubiera intervenido para llevarlo a él allí, jamás habría sabido dónde estaba Paula, ni que tenía un hijo. Su hijo. Así que, eso era, quería guardar las distancias. Y si lo hacía enojar, era más factible que se fuera, ¿no?
Eso hizo que Pedro deseara aún más estar allí.
Se movió hacia el borde de la cama y se sentó.
–Bueno, lamento decepcionarte, pero no te odio–. Se levantó y se acercó a ella completamente desnudo. Paula retrocedió y lo vio inclinarse y recoger sus pantalones y su ropa interior–. No me gusta lo que hiciste –le aclaró Pedro mientras se vestía muy despacio–, y no puedo decir que no esté algo molesto y disgustado al respecto. Y no puedo asegurarte que ese enojo y ese resentimiento no vayan a salir a la superficie algún día, pero ya hablamos sobre eso. No estuvo bien que me ocultaras a Benja. Es un tiempo que no voy a poder recuperar. Sin embargo, ahora que sé que tengo un hijo, las cosas van a cambiar. Voy a formar parte de su vida y, por lo tanto, también de la tuya.
Ella estaba a sólo medio metro de él, con el vestido pegado al pecho para taparse.
–Deberías ir haciéndote a la idea –añadió–. Cuanto antes, mejor. Y hay otra cosa que deberías tener en cuenta –le dijo, cruzándose de brazos con decisión.
Paula no respondió. En su lugar, inclinó la cabeza y tragó saliva con dificultad mientras esperaba, nerviosa, a que Pedro terminase de hablar.
–Que no nos hemos cuidado, lo que significa que podrías estar embarazada de nuestro segundo hijo.
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La semana que viene MARATON!
Comenten! Que terminen lindo la semana, besos :)
sábado, 24 de agosto de 2013
Capítulo 21
–Creo que fue una mala idea –murmuró Paula.
Pedro se había preguntado cuánto tiempo se tardaría en empezar con arrepentimientos.
Estaban echados boca arriba, uno al lado del otro.
Paula se había tapado hasta el cuello con la sábana. Él estaba un poco más relajado, sólo tapando hasta su el abdomen.
Aunque no se arrepentía, no podía no estar de acuerdo con ella sobre el comentario de que había sido mala idea. Jamás podría arrepentirse de hacer el amor con Paula, pero sabía que no había sido la decisión más inteligente de su vida.
Ni siquiera sabía qué lo había poseído para haberla besado en primer lugar.
Tal vez haya sido el haber pasado toda la noche pensando en besarla. O que no había logrado sacársela de la cabeza desde que había vuelto a verla, después de tanto tiempo, después de haber decidido que no volvería a verla jamás.
O que Paula era, sencillamente, irresistible. Para él, siempre lo había sido.
Casi no le sorprendía que tuvieran un hijo juntos mientras su matrimonio se caía abajo. A pesar de sus diferencias y problemas, siempre habían sido compatibles físicamente.
Y era un alivio saber que eso no había cambiado. Ya no estaban casados, ella le había ocultado la verdad sobre su hijo y ninguno de los dos estaba seguro de lo que les iba a deparar el futuro, pero al menos Pedro sabía que seguía habiendo pasión entre ellos. Más que pasión, un deseo y un anhelo irrefrenables.
Pedro le rozó la pierna y notó que su erección volvía a crecer. Ella, por su parte, se alejó.
–Tienes razón –le dijo Pedro–. Tal vez no haya sido lo más cuerdo. Al menos, dadas las circunstancias.
–Me parece que te quedas corto –protestó ella, girándose hacia el borde de la cama y sentándose.
Se quedó así un minuto, sin moverse, y Pedro aprovechó para admirar cómo le caía el pelo sobre los hombros, la suave línea de su espalda. Había engordado un poco con el embarazo, pero eso no le restaba ni una pizca de atractivo. Sino que, en todo caso, hacía que fuera todavía más hermosa y sensual. Él había disfrutado mucho descubriendo sus nuevas curvas con las manos y con los labios.
Sonrió de lado, no sólo por el paisaje, sino por el tono de su voz. Siempre le había gustado la manera que Paula tenía para expresarse.
A ella siempre le había molestando verlo sonreír cuando estaba enojada, resondrándolo. Pero Pedro sonreía no porque no la escuchara o no la tomara en serio, sino porque le encantaba mirarla y escucharla, aunque fuera porque lo estaba gritando.
La manera que tenía de moverse, de ir de un lado a otro y mover los brazos. La forma en que subía y bajaba su pecho, agitado. Lo cierto era… que lo excitaba. Y nueve de cada diez veces, sus peleas terminaban con ambos maravillados en la cama.
Ahora, Pedro se daba cuenta de que tal vez eso podría haber traído otros problemas que los habían llevado a separarse. Él nunca se había burlado de sus sentimientos u opiniones, sólo había creído que su relación estaba tan consolidada que ninguna pelea ni malentendido podría romperla.
Cuan equivocado había estado. Y al momento de darse cuenta, ya había sido demasiado tarde.
–No puede volver a pasar –le dijo Paula, todavía dándole la espalda.
Por un momento, Pedro se quedó en blanco y pensó que estaba hablando de su divorcio, que no podría volver a ocurrir y, que si él pudiera dar marcha atrás, jamás habría sucedido.
Entonces se dio cuenta de que se refería a aquella noche.
–Pedro –agregó Paula al ver que no respondía. Se volteó ligeramente e inclinó la cabeza para poder verlo con el rabillo del ojo–. Esto no puede volver a suceder.
Él se recostó de lado y se apoyó en un codo, dejando que el silencio inundara la habitación mientras la estudiaba.
–¿Qué quieres que te diga, Paula? –murmuró–. ¿Que me arrepiento de que hayamos hecho el amor? ¿Que no espero que vuelva a pasar? Perdón, pero no puedo.
–¿Puedo saber qué te pasa? –preguntó ella.
Se levantó de un salto y se llevó la sábana, dejando a Pedro completamente al descubierto.
Paula terminó de jalar la tela, que se había quedado atrapada debajo del colchón, ignorando la desnudez de su ex esposo. Luego agarró la colcha que estaba a los pies de la cama y se la tiró, tapándole la cabeza y todo. Él rió.
–Estamos divorciados, Pedro –soltó Paula, como si no lo supiera.
Luego recorrió la habitación furiosa, recogiendo su ropa prenda por prenda.
Pedro se había preguntado cuánto tiempo se tardaría en empezar con arrepentimientos.
Estaban echados boca arriba, uno al lado del otro.
Paula se había tapado hasta el cuello con la sábana. Él estaba un poco más relajado, sólo tapando hasta su el abdomen.
Aunque no se arrepentía, no podía no estar de acuerdo con ella sobre el comentario de que había sido mala idea. Jamás podría arrepentirse de hacer el amor con Paula, pero sabía que no había sido la decisión más inteligente de su vida.
Ni siquiera sabía qué lo había poseído para haberla besado en primer lugar.
Tal vez haya sido el haber pasado toda la noche pensando en besarla. O que no había logrado sacársela de la cabeza desde que había vuelto a verla, después de tanto tiempo, después de haber decidido que no volvería a verla jamás.
O que Paula era, sencillamente, irresistible. Para él, siempre lo había sido.
Casi no le sorprendía que tuvieran un hijo juntos mientras su matrimonio se caía abajo. A pesar de sus diferencias y problemas, siempre habían sido compatibles físicamente.
Y era un alivio saber que eso no había cambiado. Ya no estaban casados, ella le había ocultado la verdad sobre su hijo y ninguno de los dos estaba seguro de lo que les iba a deparar el futuro, pero al menos Pedro sabía que seguía habiendo pasión entre ellos. Más que pasión, un deseo y un anhelo irrefrenables.
Pedro le rozó la pierna y notó que su erección volvía a crecer. Ella, por su parte, se alejó.
–Tienes razón –le dijo Pedro–. Tal vez no haya sido lo más cuerdo. Al menos, dadas las circunstancias.
–Me parece que te quedas corto –protestó ella, girándose hacia el borde de la cama y sentándose.
Se quedó así un minuto, sin moverse, y Pedro aprovechó para admirar cómo le caía el pelo sobre los hombros, la suave línea de su espalda. Había engordado un poco con el embarazo, pero eso no le restaba ni una pizca de atractivo. Sino que, en todo caso, hacía que fuera todavía más hermosa y sensual. Él había disfrutado mucho descubriendo sus nuevas curvas con las manos y con los labios.
Sonrió de lado, no sólo por el paisaje, sino por el tono de su voz. Siempre le había gustado la manera que Paula tenía para expresarse.
A ella siempre le había molestando verlo sonreír cuando estaba enojada, resondrándolo. Pero Pedro sonreía no porque no la escuchara o no la tomara en serio, sino porque le encantaba mirarla y escucharla, aunque fuera porque lo estaba gritando.
La manera que tenía de moverse, de ir de un lado a otro y mover los brazos. La forma en que subía y bajaba su pecho, agitado. Lo cierto era… que lo excitaba. Y nueve de cada diez veces, sus peleas terminaban con ambos maravillados en la cama.
Ahora, Pedro se daba cuenta de que tal vez eso podría haber traído otros problemas que los habían llevado a separarse. Él nunca se había burlado de sus sentimientos u opiniones, sólo había creído que su relación estaba tan consolidada que ninguna pelea ni malentendido podría romperla.
Cuan equivocado había estado. Y al momento de darse cuenta, ya había sido demasiado tarde.
–No puede volver a pasar –le dijo Paula, todavía dándole la espalda.
Por un momento, Pedro se quedó en blanco y pensó que estaba hablando de su divorcio, que no podría volver a ocurrir y, que si él pudiera dar marcha atrás, jamás habría sucedido.
Entonces se dio cuenta de que se refería a aquella noche.
–Pedro –agregó Paula al ver que no respondía. Se volteó ligeramente e inclinó la cabeza para poder verlo con el rabillo del ojo–. Esto no puede volver a suceder.
Él se recostó de lado y se apoyó en un codo, dejando que el silencio inundara la habitación mientras la estudiaba.
–¿Qué quieres que te diga, Paula? –murmuró–. ¿Que me arrepiento de que hayamos hecho el amor? ¿Que no espero que vuelva a pasar? Perdón, pero no puedo.
–¿Puedo saber qué te pasa? –preguntó ella.
Se levantó de un salto y se llevó la sábana, dejando a Pedro completamente al descubierto.
Paula terminó de jalar la tela, que se había quedado atrapada debajo del colchón, ignorando la desnudez de su ex esposo. Luego agarró la colcha que estaba a los pies de la cama y se la tiró, tapándole la cabeza y todo. Él rió.
–Estamos divorciados, Pedro –soltó Paula, como si no lo supiera.
Luego recorrió la habitación furiosa, recogiendo su ropa prenda por prenda.
–Se supone que las parejas divorciadas no duermen juntas.
–De repente, pero los dos sabemos que pasa con frecuencia.
–Bueno… no debería –dijo ella mientras intentaba ponerse la ropa interior sin que se le cayera la sábana–. Además, tú me odias.
Había tensión en el ambiente.
–¿Quién te dijo eso?
Paula se quedó inmóvil al oír aquellas palabras y levantó la cara para mirarlo a los ojos.
–De repente, pero los dos sabemos que pasa con frecuencia.
–Bueno… no debería –dijo ella mientras intentaba ponerse la ropa interior sin que se le cayera la sábana–. Además, tú me odias.
Había tensión en el ambiente.
–¿Quién te dijo eso?
Paula se quedó inmóvil al oír aquellas palabras y levantó la cara para mirarlo a los ojos.
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Ahora si, poniéndome al día jajajaja
Que terminen lindo el día :D
Comenten! Besos.
Capítulo 20
–Espera –le dijo, con más confianza de la que sentía en realidad.
Él arqueó una ceja y le advirtió con la mirada que, si intentaba salir huyendo, iría detrás de ella.
Pero Paula no tenía intención de correr, sino sólo de postergar un poco las cosas para no ser la única que helada en aquella habitación de hotel.
–Tienes demasiada ropa –le dijo–.Tú primero.
Pedro arqueó la otra ceja. Luego se sacó los gemelos y se quitó la camisa, dejándola caer detrás de él al suelo.
Paula tragó saliva. Le había parecido buena idea hacer que se desnudara, pero ya no estaba tan segura de que lo fuera. Se le secó la boca sólo de ver aquel cuerpo y notó cómo se le subía el corazón a la garganta.
Sin darle tiempo a recuperarse, Pedro se quitó los zapatos, se bajó los pantalones y se acercó a Paula un paso más.
–¿Así está mejor? –le preguntó, sonriendo divertido.
Y ella pensó que aquello no estaba mejor, sino muchísimo peor. Porque en ese momento, además de estar nerviosa y sentirse desprotegida, también se sentía abrumada.
¿Cómo podía haberse olvidado de aquel hombre desnudo?
La belleza de Pedro la había divertido durante su matrimonio. El hecho de que las mujeres se voltearan a mirarlo y le prestaran tanta atención no le había molestado en lo más mínimo, porque siempre había sabido que era suyo. Otras mujeres podían mirarlo, pero sólo ella podía tocarlo.
Pero, en ese momento, llevaban más de un año divorciados. ¿Cuántas mujeres lo habrían tocado desde entonces? ¿Cuántas lo habrían hecho voltear la cabeza a él?
Como si pudiera leerle el pensamiento, Pedro levantó la mano y le acarició la mejilla.
–¿Tienes frío? –le preguntó en voz baja.
Y ella negó con la cabeza, aunque no fuera verdad.
Había sido ella quien lo había dejado, quien había pedido el divorcio, pero, aun así, no soportaba imaginárselo con otras mujeres. Pedro le acarició los brazos y entrelazó los dedos con los de ella. Como había hecho cuando habían estado casados, haciéndola sentir muy cerca de él, amada.
Le dio un beso en los labios.
–Deja que te caliente.
Volvió a besarla y la hizo retroceder.
Paula sintió la cama con la parte trasera de los muslos y se recostó. Pedro la siguió con cuidado, casi como si fuera una coreografía. El sostén se le cayó por fin con el movimiento.
Él apoyó su pecho en los de ella. Pedro gimió y lo abrazó mientras él la besaba de nuevo. Luego metió los dedos por debajo de la cintura del culote y se lo bajó. Después hizo lo mismo con su ropa interior.
Ambos estaban completamente desnudos, apretados como chicles. Paula volvió a sentirse insegura, recordó que habían pasado meses desde la última vez que habían estado juntos, que había pasado por un embarazo y un parto desde entonces… que había pasado el primer trimestre profundamente deprimida por la ruptura de su matrimonio y la idea de convertirse en madre soltera, ahogando sus penas en helado y galletas.
Además del peso del bebé, había engordado dándose festines de autocompasión y a pesar de haber empezado a ser mucho más disciplinada después de haber dejado de compadecerse de sí misma, todavía no se había deshecho de esos kilos de más. Sus caderas habían ensanchado, su estómago ya no era plano, tenía los muslos más redondeados.
Lo único que le había mejorado era el pecho, que le había aumentado.
Pero fueran buenos o malos esos recientes cambios físicos. De hecho, Pedro no parecía haberlos notado. Y, si lo había hecho, no había dicho nada y estaba disfrutando de ellos.
Eso hizo que Paula se relajara y dejara de obsesionarse. Notó las caricias de Pedro, sus besos por la garganta, en el hombro, en el escote, y sintió la necesidad de tocarlo también. Le acarició la espalda, jugó con su pelo. Le mordisqueó la oreja y frotó la mejilla contra la leve barba que empezaba a salir en su rostro.
Estaba notando su erección y se apretó contra ella.
Pedro la mordió en el cuello y ella dio un grito ahogado.
Él rió y Paula se estremeció al oírlo.
–Deja de jugar –le ordenó casi sin aliento.
–Tu empezaste –respondió él contra su piel mientras buscaba uno de sus pechos.
Paula se quedó inmóvil, sintió cómo el placer la aplastaba contra el colchón. Ni siquiera pudo gritar, los pulmones se le habían quedado desprovistos de oxígeno.
Se aferró a sus hombros mientras Pedro la torturaba, volviéndola loca. Cuando terminó, levantó la cabeza y sonrió. Era una sonrisa perversa, endemoniada.
Paula vio que volvía a inclinarse sobre ella y tuvo miedo. No supo si iba a poder aguantar mucho más, tanto si Pedro continuaba con lo que estaba haciendo como si decidía seguir bajando.
Así que antes de que a Pedro se le ocurriera la idea, ella lo abrazó con las piernas por la cadera y metió la mano entre ambos para agarrar su miembro. Él dejó escapar un soplido y cerró los ojos.
–Ya basta –le dijo Paula.
Él abrió los ojos y la miró.
–¿Quieres que pare? –murmuró.
Sabía que no quería que parara, sólo estaba jugando con ella, torturándola otra vez.
Le dio a probar de su propia medicina apretando los dedos alrededor de su miembro, haciendo que diera un grito ahogado y flexionara las rodillas.
–No quiero que pares –le aclaró Paula–, sólo quiero que te dejes de dar vueltas y vayas directo al grano.
Pedro arqueó una ceja y sonrió de oreja a oreja.
–Así que al grano, ¿no?
Ella notó que se ruborizaba, aunque ya fuera demasiado tarde para eso.
Respiró hondo y levantó la barbilla.
–Lo que escuchaste.
–Bueno –le dijo él con la mirada cargada de lujuria–. Veré qué puedo hacer.
Entonces fue Paula quien arqueó una ceja.
–Eso espero.
Pedro sonrió todavía más antes de besarla con fuerza.
Le alejó la mano despacio para poner la suya y se colocó mejor entre sus piernas para poder penetrarla. Lo hizo lentamente, con cuidado, mientras la besaba y absorbía sus gemidos.
La fue llenando centímetro a centímetro. La sensación fue asombrosa, perfecta.
Como tantas otras veces en el pasado, Paula se maravilló de lo bien que encajaban juntos, incluso a pesar de los cambios que había sufrido su cuerpo durante el último año.
Pedro se apoyó en los hombros y dejó de besarla.
Paula aprovechó la oportunidad para morderse el labio inferior y echar la cabeza hacia atrás, extasiada. Él hizo lo mismo mientras entraba y salía, despacio al principio, y luego cada vez con mayor rapidez.
Paula también levantó las caderas para recibirlo, dejando que el movimiento y las sensaciones la invadieran por completo. Quería, no, necesitaba, lo que sólo Pedro podía darle. Y quería que lo hiciera todavía más intenso.
–Pedro, por favor –le rogó, abrazándolo por el cuello antes de mordisquearle el lóbulo de la oreja.
Luego clavó los dientes con más fuerza en su hombro.
Él se estremeció, la agarró por la cintura y la penetró aún más, con más fuerza, haciéndola gritar y gritando a la vez. Hasta que todo pareció detenerse y el placer invadió a Paula acompañado de una ola de calor.
Dijo su nombre y se aferró a él como si temiera por su vida, absorbiendo el impacto de sus últimos enviones, hasta que notó que dejaba caer todo su peso sobre ella y lo oyó gemir con satisfacción.
Él arqueó una ceja y le advirtió con la mirada que, si intentaba salir huyendo, iría detrás de ella.
Pero Paula no tenía intención de correr, sino sólo de postergar un poco las cosas para no ser la única que helada en aquella habitación de hotel.
–Tienes demasiada ropa –le dijo–.Tú primero.
Pedro arqueó la otra ceja. Luego se sacó los gemelos y se quitó la camisa, dejándola caer detrás de él al suelo.
Paula tragó saliva. Le había parecido buena idea hacer que se desnudara, pero ya no estaba tan segura de que lo fuera. Se le secó la boca sólo de ver aquel cuerpo y notó cómo se le subía el corazón a la garganta.
Sin darle tiempo a recuperarse, Pedro se quitó los zapatos, se bajó los pantalones y se acercó a Paula un paso más.
–¿Así está mejor? –le preguntó, sonriendo divertido.
Y ella pensó que aquello no estaba mejor, sino muchísimo peor. Porque en ese momento, además de estar nerviosa y sentirse desprotegida, también se sentía abrumada.
¿Cómo podía haberse olvidado de aquel hombre desnudo?
La belleza de Pedro la había divertido durante su matrimonio. El hecho de que las mujeres se voltearan a mirarlo y le prestaran tanta atención no le había molestado en lo más mínimo, porque siempre había sabido que era suyo. Otras mujeres podían mirarlo, pero sólo ella podía tocarlo.
Pero, en ese momento, llevaban más de un año divorciados. ¿Cuántas mujeres lo habrían tocado desde entonces? ¿Cuántas lo habrían hecho voltear la cabeza a él?
Como si pudiera leerle el pensamiento, Pedro levantó la mano y le acarició la mejilla.
–¿Tienes frío? –le preguntó en voz baja.
Y ella negó con la cabeza, aunque no fuera verdad.
Había sido ella quien lo había dejado, quien había pedido el divorcio, pero, aun así, no soportaba imaginárselo con otras mujeres. Pedro le acarició los brazos y entrelazó los dedos con los de ella. Como había hecho cuando habían estado casados, haciéndola sentir muy cerca de él, amada.
Le dio un beso en los labios.
–Deja que te caliente.
Volvió a besarla y la hizo retroceder.
Paula sintió la cama con la parte trasera de los muslos y se recostó. Pedro la siguió con cuidado, casi como si fuera una coreografía. El sostén se le cayó por fin con el movimiento.
Él apoyó su pecho en los de ella. Pedro gimió y lo abrazó mientras él la besaba de nuevo. Luego metió los dedos por debajo de la cintura del culote y se lo bajó. Después hizo lo mismo con su ropa interior.
Ambos estaban completamente desnudos, apretados como chicles. Paula volvió a sentirse insegura, recordó que habían pasado meses desde la última vez que habían estado juntos, que había pasado por un embarazo y un parto desde entonces… que había pasado el primer trimestre profundamente deprimida por la ruptura de su matrimonio y la idea de convertirse en madre soltera, ahogando sus penas en helado y galletas.
Además del peso del bebé, había engordado dándose festines de autocompasión y a pesar de haber empezado a ser mucho más disciplinada después de haber dejado de compadecerse de sí misma, todavía no se había deshecho de esos kilos de más. Sus caderas habían ensanchado, su estómago ya no era plano, tenía los muslos más redondeados.
Lo único que le había mejorado era el pecho, que le había aumentado.
Pero fueran buenos o malos esos recientes cambios físicos. De hecho, Pedro no parecía haberlos notado. Y, si lo había hecho, no había dicho nada y estaba disfrutando de ellos.
Eso hizo que Paula se relajara y dejara de obsesionarse. Notó las caricias de Pedro, sus besos por la garganta, en el hombro, en el escote, y sintió la necesidad de tocarlo también. Le acarició la espalda, jugó con su pelo. Le mordisqueó la oreja y frotó la mejilla contra la leve barba que empezaba a salir en su rostro.
Estaba notando su erección y se apretó contra ella.
Pedro la mordió en el cuello y ella dio un grito ahogado.
Él rió y Paula se estremeció al oírlo.
–Deja de jugar –le ordenó casi sin aliento.
–Tu empezaste –respondió él contra su piel mientras buscaba uno de sus pechos.
Paula se quedó inmóvil, sintió cómo el placer la aplastaba contra el colchón. Ni siquiera pudo gritar, los pulmones se le habían quedado desprovistos de oxígeno.
Se aferró a sus hombros mientras Pedro la torturaba, volviéndola loca. Cuando terminó, levantó la cabeza y sonrió. Era una sonrisa perversa, endemoniada.
Paula vio que volvía a inclinarse sobre ella y tuvo miedo. No supo si iba a poder aguantar mucho más, tanto si Pedro continuaba con lo que estaba haciendo como si decidía seguir bajando.
Así que antes de que a Pedro se le ocurriera la idea, ella lo abrazó con las piernas por la cadera y metió la mano entre ambos para agarrar su miembro. Él dejó escapar un soplido y cerró los ojos.
–Ya basta –le dijo Paula.
Él abrió los ojos y la miró.
–¿Quieres que pare? –murmuró.
Sabía que no quería que parara, sólo estaba jugando con ella, torturándola otra vez.
Le dio a probar de su propia medicina apretando los dedos alrededor de su miembro, haciendo que diera un grito ahogado y flexionara las rodillas.
–No quiero que pares –le aclaró Paula–, sólo quiero que te dejes de dar vueltas y vayas directo al grano.
Pedro arqueó una ceja y sonrió de oreja a oreja.
–Así que al grano, ¿no?
Ella notó que se ruborizaba, aunque ya fuera demasiado tarde para eso.
Respiró hondo y levantó la barbilla.
–Lo que escuchaste.
–Bueno –le dijo él con la mirada cargada de lujuria–. Veré qué puedo hacer.
Entonces fue Paula quien arqueó una ceja.
–Eso espero.
Pedro sonrió todavía más antes de besarla con fuerza.
Le alejó la mano despacio para poner la suya y se colocó mejor entre sus piernas para poder penetrarla. Lo hizo lentamente, con cuidado, mientras la besaba y absorbía sus gemidos.
La fue llenando centímetro a centímetro. La sensación fue asombrosa, perfecta.
Como tantas otras veces en el pasado, Paula se maravilló de lo bien que encajaban juntos, incluso a pesar de los cambios que había sufrido su cuerpo durante el último año.
Pedro se apoyó en los hombros y dejó de besarla.
Paula aprovechó la oportunidad para morderse el labio inferior y echar la cabeza hacia atrás, extasiada. Él hizo lo mismo mientras entraba y salía, despacio al principio, y luego cada vez con mayor rapidez.
Paula también levantó las caderas para recibirlo, dejando que el movimiento y las sensaciones la invadieran por completo. Quería, no, necesitaba, lo que sólo Pedro podía darle. Y quería que lo hiciera todavía más intenso.
–Pedro, por favor –le rogó, abrazándolo por el cuello antes de mordisquearle el lóbulo de la oreja.
Luego clavó los dientes con más fuerza en su hombro.
Él se estremeció, la agarró por la cintura y la penetró aún más, con más fuerza, haciéndola gritar y gritando a la vez. Hasta que todo pareció detenerse y el placer invadió a Paula acompañado de una ola de calor.
Dijo su nombre y se aferró a él como si temiera por su vida, absorbiendo el impacto de sus últimos enviones, hasta que notó que dejaba caer todo su peso sobre ella y lo oyó gemir con satisfacción.
viernes, 23 de agosto de 2013
Capítulo 19
–Llevaba toda la noche deseando hacerlo –murmuró Pedro, acariciándole la cara justo al lado del labio inferior.
Ella deseó poder decirle todo lo contrario, pero tuvo que admitir que también había pensado en besarlo varias veces desde su inesperada reunión. En especial, durante la cena, mientras se miraban a los ojos a la luz de las velas.
Pero hacerlo no le parecía buena idea. Y estar a solas con él en su habitación de hotel tampoco lo era.
Debía marcharse. Ponerle una mano en el pecho, empujarlo y salir de allí mientras todavía le respondieran las piernas.
Él levantó la otra mano y la enterró en su pelo.
«Muévete», se dijo Paula.
Pero no se movió. Era como si todo su cuerpo se hubiera quedado paralizado.
–Esto no es buena idea –le dijo, obligándose a actuar–. Debería irme.
Él esbozó una sonrisa.
–O podrías quedarte –le susurró–, y ver juntos cómo convertir una mala idea en una buena.
Ella le dijo que no mentalmente. «No, no, no». Si se quedaba, sólo lograría empeorar las cosas.
Tenía que irse de ahí. Y lo haría en cuanto su cuerpo obedeciera las órdenes de su cerebro. Pero, al parecer, la conexión entre ambos estaba interrumpida, porque no se podía mover.
Se quedó allí parada, viendo cómo Pedro volvía a inclinar la cabeza. Dejó que la besara otra vez, que su lengua la provocara hasta que abrió la boca y la invitó a entrar.
«No es buena idea», pensó mientras lo abrazaba por el cuello y sus dedos empezaban a jugar con su pelo. «Es muy, muy mala idea…».
La lengua de Pedro se entrelazó con la de ella y Paula gimió y dejó de pensar con sensatez. Sea buena o mala idea, ya era demasiado tarde para luchar contra ella. Ni siquiera estaba segura de querer hacerlo.
Pedro la apretó todavía más contra su cuerpo, de manera que sus pechos se aplastaron contra el de él y Paula notó su erección. Ella también estaba excitada, tenía el corazón acelerado y mucho calor, y notó cómo se le endurecían los pezones.
También tenía las rodillas temblorosas y humedad entre los muslos.
Y Pedro no tardaría en darse cuenta. Ya le estaba acariciando las caderas y empezaba a meter las manos por debajo del vestido.
Paula empezó a desabrocharle la camisa. Al llegar al último botón, le desabrochó la correa y el botón del pantalón y le sacó la camisa. Una vez con su torso al descubierto, apoyó las palmas de las manos en su piel caliente y suave.
Él gimió. Ella, también. Ambos sonidos se mezclaron y Paula notó cómo un escalofrío recorría su espalda.Como si él también lo hubiera sentido, Pedro le recorrió la espalda con la mano, hacia arriba, y le masajeó la nuca un segundo antes de bajarle el cierre del vestido.
Paula le clavó las uñas en el pecho, embargada por el deseo.
Era tanto que casi no lo podía soportar, hacía que se sintiera sin fuerzas y casi sin respiración. Si Pedro no hubiera estado agarrándola, estaba segura de que se habría caído al suelo. La dejó de besar y le permitió respirar mientras lograba que el vestido cayera a sus pies. Luego metió los dedos por la cinturilla de las medias y empezó a bajárselas también, arrodillándose delante de ella.
–Levanta –le dijo mientras le ponía una mano en el tobillo.
Paula lo hizo y él le quitó el zapato y la media del pie. Pedro repitió la operación con el otro pie, dejándola en medio de la habitación solamente vestida con la ropa interior.
Por suerte, Paula había escogido la ropa interior con tanto esmero como la exterior, a pesar de no haber tenido intención de desnudarse delante de él. Sin embargo, se alegraba de haberse puesto un conjunto nuevo. Un sostén rojo sin tirantes, con encaje y un culote a juego que le tapaba bastante por delante, pero que por atrás dejaba poco, y nada, a la imaginación.
Pedro debió de ver su ropa interior desde abajo, porque levantó la cabeza.
–Precioso –le dijo sonriente.
Y luego la agarró por las pantorrillas, por las rodillas y subió hacia los muslos.
Ella se humedeció los labios secos con la punta de la lengua.
–Las mamás siempre dicen que hay que tener ropa interior bonita, por si acaso –comentó con voz temblorosa–. Ahora entiendo la razón.
Pedro comenzó a reír.
–Es más que bonita –le contestó, agarrándola del trasero y dándole un beso en el vientre, justo debajo del ombligo–, pero estoy seguro de que con ese «por si acaso» ninguna mamá se refiere a esto.
Ella intentó reír, pero le salió un ruido extraño, ahogado.
–Pero, te gustan, ¿no? ¿Más que algo de algodón blanco?
Él le dio un beso en el centro del vientre y se puso completamente de pie.
–Más que ropa interior de algodón blanco, sin duda –admitió–, aunque en realidad me da igual, porque no voy a demorar en quitártelas.
Le puso las manos en la espalda y le desabrochó el sostén con un rápido movimiento. Ella cruzó los brazos para que no se le cayera del todo.
–Dale, quítate todo.
Aquella orden hizo que a Paula se le encogiera el estómago y se le pusiera la carne de gallina.
A pesar de notar cómo el deseo corría por sus venas, se sintió incómoda y desprotegida. Había llegado hasta ahí, incluso sabiendo que era un error. Ya no era prudente estar a solas con Pedro, ni siquiera vestida, así que lo que estaban haciendo, mucho menos, pero le trajo tantos increíbles recuerdos y tantas sensaciones que había pensado que no volvería a experimentar.
Por un momento, pensó en volver a ponerse el vestido y salir corriendo, pero no pudo. Con los brazos todavía cruzados para que no se le cayera el sostén, retrocedió. Sólo un pequeño paso.
–Espera –le dijo.
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Sisi, no subo hace dos semanas y las dejo con la intriga...no tengo cara jajajajajaja
Perdón por eso, era y es la época en la que los profesores se complotan, nos matan a trabajos y disfrutan viéndote sufrir(?
Pero no... nadie me va a sacar esta felicidad inmensa que tengo al llegar a casa y enterarme que mi ídola fue mamá y mi ídolo papá :3 Nació Oli asdfghjkhgfdsdsfg
Esa fue la razón por la que me esforcé y les subí dos capítulos, se que son pocos y voy a hacer maratón (otra vez jajaja) pero más adelante.
Les prometo ponerme al día y no desaparecer tanto para que no pierdan el hilo de la nove si?
Gracias... y comenten, amo subir esta adaptación pero también sus comentarios.
Disfruten de lo que queda de este hermosísisisisimo día, besos!
Ella deseó poder decirle todo lo contrario, pero tuvo que admitir que también había pensado en besarlo varias veces desde su inesperada reunión. En especial, durante la cena, mientras se miraban a los ojos a la luz de las velas.
Pero hacerlo no le parecía buena idea. Y estar a solas con él en su habitación de hotel tampoco lo era.
Debía marcharse. Ponerle una mano en el pecho, empujarlo y salir de allí mientras todavía le respondieran las piernas.
Él levantó la otra mano y la enterró en su pelo.
«Muévete», se dijo Paula.
Pero no se movió. Era como si todo su cuerpo se hubiera quedado paralizado.
–Esto no es buena idea –le dijo, obligándose a actuar–. Debería irme.
Él esbozó una sonrisa.
–O podrías quedarte –le susurró–, y ver juntos cómo convertir una mala idea en una buena.
Ella le dijo que no mentalmente. «No, no, no». Si se quedaba, sólo lograría empeorar las cosas.
Tenía que irse de ahí. Y lo haría en cuanto su cuerpo obedeciera las órdenes de su cerebro. Pero, al parecer, la conexión entre ambos estaba interrumpida, porque no se podía mover.
Se quedó allí parada, viendo cómo Pedro volvía a inclinar la cabeza. Dejó que la besara otra vez, que su lengua la provocara hasta que abrió la boca y la invitó a entrar.
«No es buena idea», pensó mientras lo abrazaba por el cuello y sus dedos empezaban a jugar con su pelo. «Es muy, muy mala idea…».
La lengua de Pedro se entrelazó con la de ella y Paula gimió y dejó de pensar con sensatez. Sea buena o mala idea, ya era demasiado tarde para luchar contra ella. Ni siquiera estaba segura de querer hacerlo.
Pedro la apretó todavía más contra su cuerpo, de manera que sus pechos se aplastaron contra el de él y Paula notó su erección. Ella también estaba excitada, tenía el corazón acelerado y mucho calor, y notó cómo se le endurecían los pezones.
También tenía las rodillas temblorosas y humedad entre los muslos.
Y Pedro no tardaría en darse cuenta. Ya le estaba acariciando las caderas y empezaba a meter las manos por debajo del vestido.
Paula empezó a desabrocharle la camisa. Al llegar al último botón, le desabrochó la correa y el botón del pantalón y le sacó la camisa. Una vez con su torso al descubierto, apoyó las palmas de las manos en su piel caliente y suave.
Él gimió. Ella, también. Ambos sonidos se mezclaron y Paula notó cómo un escalofrío recorría su espalda.Como si él también lo hubiera sentido, Pedro le recorrió la espalda con la mano, hacia arriba, y le masajeó la nuca un segundo antes de bajarle el cierre del vestido.
Paula le clavó las uñas en el pecho, embargada por el deseo.
Era tanto que casi no lo podía soportar, hacía que se sintiera sin fuerzas y casi sin respiración. Si Pedro no hubiera estado agarrándola, estaba segura de que se habría caído al suelo. La dejó de besar y le permitió respirar mientras lograba que el vestido cayera a sus pies. Luego metió los dedos por la cinturilla de las medias y empezó a bajárselas también, arrodillándose delante de ella.
–Levanta –le dijo mientras le ponía una mano en el tobillo.
Paula lo hizo y él le quitó el zapato y la media del pie. Pedro repitió la operación con el otro pie, dejándola en medio de la habitación solamente vestida con la ropa interior.
Por suerte, Paula había escogido la ropa interior con tanto esmero como la exterior, a pesar de no haber tenido intención de desnudarse delante de él. Sin embargo, se alegraba de haberse puesto un conjunto nuevo. Un sostén rojo sin tirantes, con encaje y un culote a juego que le tapaba bastante por delante, pero que por atrás dejaba poco, y nada, a la imaginación.
Pedro debió de ver su ropa interior desde abajo, porque levantó la cabeza.
–Precioso –le dijo sonriente.
Y luego la agarró por las pantorrillas, por las rodillas y subió hacia los muslos.
Ella se humedeció los labios secos con la punta de la lengua.
–Las mamás siempre dicen que hay que tener ropa interior bonita, por si acaso –comentó con voz temblorosa–. Ahora entiendo la razón.
Pedro comenzó a reír.
–Es más que bonita –le contestó, agarrándola del trasero y dándole un beso en el vientre, justo debajo del ombligo–, pero estoy seguro de que con ese «por si acaso» ninguna mamá se refiere a esto.
Ella intentó reír, pero le salió un ruido extraño, ahogado.
–Pero, te gustan, ¿no? ¿Más que algo de algodón blanco?
Él le dio un beso en el centro del vientre y se puso completamente de pie.
–Más que ropa interior de algodón blanco, sin duda –admitió–, aunque en realidad me da igual, porque no voy a demorar en quitártelas.
Le puso las manos en la espalda y le desabrochó el sostén con un rápido movimiento. Ella cruzó los brazos para que no se le cayera del todo.
–Dale, quítate todo.
Aquella orden hizo que a Paula se le encogiera el estómago y se le pusiera la carne de gallina.
A pesar de notar cómo el deseo corría por sus venas, se sintió incómoda y desprotegida. Había llegado hasta ahí, incluso sabiendo que era un error. Ya no era prudente estar a solas con Pedro, ni siquiera vestida, así que lo que estaban haciendo, mucho menos, pero le trajo tantos increíbles recuerdos y tantas sensaciones que había pensado que no volvería a experimentar.
Por un momento, pensó en volver a ponerse el vestido y salir corriendo, pero no pudo. Con los brazos todavía cruzados para que no se le cayera el sostén, retrocedió. Sólo un pequeño paso.
–Espera –le dijo.
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Sisi, no subo hace dos semanas y las dejo con la intriga...no tengo cara jajajajajaja
Perdón por eso, era y es la época en la que los profesores se complotan, nos matan a trabajos y disfrutan viéndote sufrir(?
Pero no... nadie me va a sacar esta felicidad inmensa que tengo al llegar a casa y enterarme que mi ídola fue mamá y mi ídolo papá :3 Nació Oli asdfghjkhgfdsdsfg
Esa fue la razón por la que me esforcé y les subí dos capítulos, se que son pocos y voy a hacer maratón (otra vez jajaja) pero más adelante.
Les prometo ponerme al día y no desaparecer tanto para que no pierdan el hilo de la nove si?
Gracias... y comenten, amo subir esta adaptación pero también sus comentarios.
Disfruten de lo que queda de este hermosísisisisimo día, besos!
Capítulo 18
No había intentado hacerle daño, no había utilizado su influencia ni el dinero de su familia para dejarla en la indigencia.
Gracias al acuerdo prematrimonial que la familia de Pedro, o, más bien, su madre, le había hecho firmar, Paula había finalizado aquel matrimonio con poco más de lo que había tenido al principio, pero era consciente de que podía haber sido todavía peor.
Tenía amigas que habían pasado por divorcios mucho más desagradables, que habían estado casadas con hombres muy ricos que, en un arranque de locura, las habían echado a la calle prácticamente con lo puesto, a veces, acompañadas por sus hijos.
Pedro no había sido nunca ese tipo de hombre. Siempre había sido discreto y había preferido enojarse en silencio antes de explotar.
Incluso durante el matrimonio, tal vez no hubiera sido todo lo atento que a ella le habría gustado, ni se hubiera tomado en serio las quejas acerca de su familia, o de su distanciamiento, pero jamás habían discutido por tonterías ni la había insultado. Paula había deseado que lo hiciera en varias ocasiones, sólo para que le demostrara que le importaba lo suficiente como para discutir.
Pero la respuesta de Pedro al conflicto matrimonial siempre había consistido en bajar la cabeza, guardar silencio y meterse en su escritorio a trabajar todavía más.
Pedro también era uno de los hombres más honrados que conocía.
Todo lo relativo a Benjamín se quedaría en la esfera personal. Mientras que lo relacionado con la panadería sería estrictamente profesional, y lo trataría como tal.
Si no invertía en La Cabaña de Azúcar, sólo retiraría su dinero y sus vínculos profesionales, no su amor por Benja ni su determinación por formar parte de la vida de su hijo.
Y, por otro lado, si estaba en desacuerdo con algo relativo a su hijo, jamás retiraría su inversión en la panadería sólo para hacerle daño a ella.
Por desgracia, a ella nunca se le había hecho tan fácil separar su vida personal de la laboral. Adoraba La Cabaña de Azúcar. Formaba parte de ella, había sido construida con su sangre, su sudor y sus lágrimas y, sobre todo, con su corazón. Si fracasaba, si tenía que cerrar la panadería, una parte de ella moriría también.
Pero todavía más importante que la panadería, quien tenía la mayor parte de su alma y su corazón, era Benjamín.
Sería capaz de prenderle fuego a la panadería si eso significaba mantener la felicidad y la seguridad de su hijo. Y, para bien o para mal, Pedro era el padre de Benja, una parte de él. También era probable que fuera el único interesado en invertir tanto dinero en una panadería, y que pensara que sus ideas tenían mérito de verdad.
Cualquiera habría aceptado la oferta sin pensarlo, pero para Paula había demasiadas cosas en juego, lo mismo que para Beja y para su tía Helena.
Al final, no hizo caso a su cabeza ni a su corazón. Siguió su instinto.
–Está bien –le dijo haciendo un esfuerzo–, pero no quiero tu caridad. Si vamos a hacer esto, quiero que sea por todas las de la ley. Haremos que Brian redacte los documentos y que deje constancia de que te devolveré el dinero.
Pedro le dedico una sonrisa paternal.
–Bueno, está bien. Lo llamaré por la mañana para ponernos a trabajar en todos los papeles.
Ella asintió despacio, todavía a regañadientes, todavía insegura.
–Ahora, que ya terminamos con la parte profesional. Mañana repasaremos los detalles –le dijo él, bajando las manos hasta sus codos antes de añadir–: Nos toca la parte personal.
Paula pensó que quería volver a hablar sobre Benja y se le hizo un nudo en el estómago. Contuvo la respiración y esperó a que le dijera que iba a pedir su custodia, o que quería llevárselo con él.
En su lugar, Pedro la abrazó e inclinó la cabeza para besarla.
Paula se quedó completamente inmóvil por unos segundos, con los ojos abiertos como platos, pero después, el calor de Pedro, su pasión, hicieron que empezara a inclinarse hacia él y que cerrara los ojos.
Pedro la abrazó por la cintura y la apretó todavía más contra su cuerpo. Sus labios estaban calientes y se movían con decisión.
Sabía a café y a crema, estaba delicioso. Tal y como Paula recordaba.
Siempre le había resultado un verdadero placer besar a Pedro, como un vaso de agua fresca en un caluroso día de verano o un baño con burbujas después de un duro día de trabajo.
Pedro le acarició la mejilla y se alejó sólo lo justo para dejarla respirar y que lo mirara a los ojos. Él tenía la mirada oscura de deseo y Paula imaginó que la suya era igual. Lo aceptara o no, le gustara o no, no podía negar la pasión que había entre ambos. Incluso en esos momentos, un año después de su separación, después de que su matrimonio se hubiera terminado.
Gracias al acuerdo prematrimonial que la familia de Pedro, o, más bien, su madre, le había hecho firmar, Paula había finalizado aquel matrimonio con poco más de lo que había tenido al principio, pero era consciente de que podía haber sido todavía peor.
Tenía amigas que habían pasado por divorcios mucho más desagradables, que habían estado casadas con hombres muy ricos que, en un arranque de locura, las habían echado a la calle prácticamente con lo puesto, a veces, acompañadas por sus hijos.
Pedro no había sido nunca ese tipo de hombre. Siempre había sido discreto y había preferido enojarse en silencio antes de explotar.
Incluso durante el matrimonio, tal vez no hubiera sido todo lo atento que a ella le habría gustado, ni se hubiera tomado en serio las quejas acerca de su familia, o de su distanciamiento, pero jamás habían discutido por tonterías ni la había insultado. Paula había deseado que lo hiciera en varias ocasiones, sólo para que le demostrara que le importaba lo suficiente como para discutir.
Pero la respuesta de Pedro al conflicto matrimonial siempre había consistido en bajar la cabeza, guardar silencio y meterse en su escritorio a trabajar todavía más.
Pedro también era uno de los hombres más honrados que conocía.
Todo lo relativo a Benjamín se quedaría en la esfera personal. Mientras que lo relacionado con la panadería sería estrictamente profesional, y lo trataría como tal.
Si no invertía en La Cabaña de Azúcar, sólo retiraría su dinero y sus vínculos profesionales, no su amor por Benja ni su determinación por formar parte de la vida de su hijo.
Y, por otro lado, si estaba en desacuerdo con algo relativo a su hijo, jamás retiraría su inversión en la panadería sólo para hacerle daño a ella.
Por desgracia, a ella nunca se le había hecho tan fácil separar su vida personal de la laboral. Adoraba La Cabaña de Azúcar. Formaba parte de ella, había sido construida con su sangre, su sudor y sus lágrimas y, sobre todo, con su corazón. Si fracasaba, si tenía que cerrar la panadería, una parte de ella moriría también.
Pero todavía más importante que la panadería, quien tenía la mayor parte de su alma y su corazón, era Benjamín.
Sería capaz de prenderle fuego a la panadería si eso significaba mantener la felicidad y la seguridad de su hijo. Y, para bien o para mal, Pedro era el padre de Benja, una parte de él. También era probable que fuera el único interesado en invertir tanto dinero en una panadería, y que pensara que sus ideas tenían mérito de verdad.
Cualquiera habría aceptado la oferta sin pensarlo, pero para Paula había demasiadas cosas en juego, lo mismo que para Beja y para su tía Helena.
Al final, no hizo caso a su cabeza ni a su corazón. Siguió su instinto.
–Está bien –le dijo haciendo un esfuerzo–, pero no quiero tu caridad. Si vamos a hacer esto, quiero que sea por todas las de la ley. Haremos que Brian redacte los documentos y que deje constancia de que te devolveré el dinero.
Pedro le dedico una sonrisa paternal.
–Bueno, está bien. Lo llamaré por la mañana para ponernos a trabajar en todos los papeles.
Ella asintió despacio, todavía a regañadientes, todavía insegura.
–Ahora, que ya terminamos con la parte profesional. Mañana repasaremos los detalles –le dijo él, bajando las manos hasta sus codos antes de añadir–: Nos toca la parte personal.
Paula pensó que quería volver a hablar sobre Benja y se le hizo un nudo en el estómago. Contuvo la respiración y esperó a que le dijera que iba a pedir su custodia, o que quería llevárselo con él.
En su lugar, Pedro la abrazó e inclinó la cabeza para besarla.
Paula se quedó completamente inmóvil por unos segundos, con los ojos abiertos como platos, pero después, el calor de Pedro, su pasión, hicieron que empezara a inclinarse hacia él y que cerrara los ojos.
Pedro la abrazó por la cintura y la apretó todavía más contra su cuerpo. Sus labios estaban calientes y se movían con decisión.
Sabía a café y a crema, estaba delicioso. Tal y como Paula recordaba.
Siempre le había resultado un verdadero placer besar a Pedro, como un vaso de agua fresca en un caluroso día de verano o un baño con burbujas después de un duro día de trabajo.
Pedro le acarició la mejilla y se alejó sólo lo justo para dejarla respirar y que lo mirara a los ojos. Él tenía la mirada oscura de deseo y Paula imaginó que la suya era igual. Lo aceptara o no, le gustara o no, no podía negar la pasión que había entre ambos. Incluso en esos momentos, un año después de su separación, después de que su matrimonio se hubiera terminado.
sábado, 10 de agosto de 2013
Capítulo 17
–No hay nada escrito en piedra –murmuró él, dejando a un lado el cuaderno y volviendo a girar la computadora hacia él–. Y no va a ser barato, créeme, pero la ampliación es una buena idea. Creo que es inteligente y que generará rendimientos a largo plazo. En especial, si te va bien con los pedidos.
A ella le volvió a dar un vuelco el corazón, se le humedecieron las palmas de las manos de sudor, se le hizo un nudo en la garganta. Era tan agradable ver que alguien compartía su entusiasmo y apoyara sus ideas.
Pero, en aquel caso, había demasiadas condiciones.
–Eso no responde a mi pregunta –insistió en voz baja. Y luego volvió a hacerle la pregunta a Pedro, aunque una parte de ella tuviese miedo de su respuesta–. ¿Por qué hiciste todo esto?
Él cerró la computadora y la dejó en la mesita de noche junto con el cuaderno.
–Necesitas un socio para hacerlo, Paula. Lo sabes, si no, no habrías ido a Blake and Fetzer.
A ella se le aflojó el pulso y sintió como si la temperatura bajara diez grados de repente.
–Ya te dije, Pedro, que no quiero tu dinero.
Él tiró los hombros hacia atrás y puso la espalda recta, apretó la mandíbula, indicación de que iba a ponerse terco como el solo e iba a querer imponer su ley.
–Y yo ya te dije, Paula, que no voy a irme a ninguna parte. Al menos, por un tiempo. Y, mientras esté aquí, será mejor que aprovechemos nuestro tiempo con sensatez. ¿Por qué no empezar con la ampliación, para que estés un paso más cerca de tu objetivo?
De repente, Pedro volvía a parecer relajado y sensato. Paula siempre había odiado aquello, porque solía darle la razón. Porque, normalmente, Pedro tenía razón, al menos, en lo relativo a los negocios. Y él lo sabía.
–No quiero tu ayuda, Pedro.
Paula se levantó, se abrazó por la cintura y empezó a caminar. Al llegar a la puerta se dio la media vuelta y volvió, con la mirada fija en la desgastada alfombra que había a sus pies.
–No quiero estar atada a ti, no quiero deberte nada.
–Ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? – dijo e hizo que Paula se detuviera y levante la cabeza para mirarlo a los ojos. Pedro tenía una ceja arqueada y sonreía de medio lado–. Tenemos un hijo juntos. Y eso nos ata mucho más que cualquier acuerdo empresarial.
Ella parpadeó. Se maldijo. Pedro volvía a tener razón.
Para bien o para mal, estaban atados hasta el final de los días por su hijo. Tendrían que verse en los cumpleaños, en las fiestas del colegio, en las actividades extraescolares, cuando estuviera enfermo, durante la pubertad, cuando tuviese novia, cuando se hiciera el primer piercing o el primer tatuaje…
Se estremeció y deseó que no se hiciera piercings ni tatuajes. Ése sería un tema en el que no le importaría que Pedro se hiciera cargo.
Pero teniendo en cuenta lo horrible y dolorosa que había sido su separación, al menos para ella, era normal que no tuviera ganas de compartir nada más con él. E incluso que hubiera intentado ocultarle la existencia de Benjamín, para empezar. Tal vez no hubiera sido lo correcto, pero su vida había sido mucho menos complicada así.
–Eso es diferente –admitió en voz baja.
Él inclinó la cabeza, aunque Paula no supo si lo hacía porque estaba de acuerdo con ella o no.
–Te sientas como te sientas al respecto –le dijo Pedro–, eso no cambia las cosas. Voy a quedarme en Summerville a conocer a mi hijo y a recuperar el tiempo perdido, varias semanas, por lo menos. Y creo que deberías aprovecharte de la situación, y de que esté dispuesto a invertir en tu panadería.
Se levantó de la cama y fue hasta donde estaba ella, le puso las manos en los hombros desnudos.
–Piénsalo, Pau –murmuró, clavando sus ojos en los de ella–. Usa la cabeza en vez de aferrarte a tu orgullo. La mujer de negocios inteligente que hay en ti sabe que tengo razón, sabe que sería una locura desperdiciar esta oportunidad. Aunque te la esté dando tu despreciable exmarido.
Dijo lo último con una rápida y sensual sonrisa y haciéndole un guiño.
Y fue aquel guiño, y el hecho de que supiera lo poco que le gustaba tenerlo allí, lo que hizo que Paula decidiera parar a pensar, tal y como él le había sugerido.
Pensó en su oferta. Barajó sus opciones. Sopesó su deseo de ampliar la panadería frente al deseo de que Benja fuera sólo suyo y de mantenerlo alejado de Pedro, lo mismo que el control de su negocio.
Pensó que era posible que Pedro se estuviera portando de manera amable, considerada y generosa para engañarla. Y que, en cuanto ella aceptara su dinero y le permitiera formar parte de su panadería y de la vida de Benjamín, él podría quitárselo todo.
Su negocio, su seguridad, a su hijo.
¿De verdad creía eso? A pesar de lo duro que había sido el divorcio, Pedro jamás había sido cruel a propósito.
A ella le volvió a dar un vuelco el corazón, se le humedecieron las palmas de las manos de sudor, se le hizo un nudo en la garganta. Era tan agradable ver que alguien compartía su entusiasmo y apoyara sus ideas.
Pero, en aquel caso, había demasiadas condiciones.
–Eso no responde a mi pregunta –insistió en voz baja. Y luego volvió a hacerle la pregunta a Pedro, aunque una parte de ella tuviese miedo de su respuesta–. ¿Por qué hiciste todo esto?
Él cerró la computadora y la dejó en la mesita de noche junto con el cuaderno.
–Necesitas un socio para hacerlo, Paula. Lo sabes, si no, no habrías ido a Blake and Fetzer.
A ella se le aflojó el pulso y sintió como si la temperatura bajara diez grados de repente.
–Ya te dije, Pedro, que no quiero tu dinero.
Él tiró los hombros hacia atrás y puso la espalda recta, apretó la mandíbula, indicación de que iba a ponerse terco como el solo e iba a querer imponer su ley.
–Y yo ya te dije, Paula, que no voy a irme a ninguna parte. Al menos, por un tiempo. Y, mientras esté aquí, será mejor que aprovechemos nuestro tiempo con sensatez. ¿Por qué no empezar con la ampliación, para que estés un paso más cerca de tu objetivo?
De repente, Pedro volvía a parecer relajado y sensato. Paula siempre había odiado aquello, porque solía darle la razón. Porque, normalmente, Pedro tenía razón, al menos, en lo relativo a los negocios. Y él lo sabía.
–No quiero tu ayuda, Pedro.
Paula se levantó, se abrazó por la cintura y empezó a caminar. Al llegar a la puerta se dio la media vuelta y volvió, con la mirada fija en la desgastada alfombra que había a sus pies.
–No quiero estar atada a ti, no quiero deberte nada.
–Ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? – dijo e hizo que Paula se detuviera y levante la cabeza para mirarlo a los ojos. Pedro tenía una ceja arqueada y sonreía de medio lado–. Tenemos un hijo juntos. Y eso nos ata mucho más que cualquier acuerdo empresarial.
Ella parpadeó. Se maldijo. Pedro volvía a tener razón.
Para bien o para mal, estaban atados hasta el final de los días por su hijo. Tendrían que verse en los cumpleaños, en las fiestas del colegio, en las actividades extraescolares, cuando estuviera enfermo, durante la pubertad, cuando tuviese novia, cuando se hiciera el primer piercing o el primer tatuaje…
Se estremeció y deseó que no se hiciera piercings ni tatuajes. Ése sería un tema en el que no le importaría que Pedro se hiciera cargo.
Pero teniendo en cuenta lo horrible y dolorosa que había sido su separación, al menos para ella, era normal que no tuviera ganas de compartir nada más con él. E incluso que hubiera intentado ocultarle la existencia de Benjamín, para empezar. Tal vez no hubiera sido lo correcto, pero su vida había sido mucho menos complicada así.
–Eso es diferente –admitió en voz baja.
Él inclinó la cabeza, aunque Paula no supo si lo hacía porque estaba de acuerdo con ella o no.
–Te sientas como te sientas al respecto –le dijo Pedro–, eso no cambia las cosas. Voy a quedarme en Summerville a conocer a mi hijo y a recuperar el tiempo perdido, varias semanas, por lo menos. Y creo que deberías aprovecharte de la situación, y de que esté dispuesto a invertir en tu panadería.
Se levantó de la cama y fue hasta donde estaba ella, le puso las manos en los hombros desnudos.
–Piénsalo, Pau –murmuró, clavando sus ojos en los de ella–. Usa la cabeza en vez de aferrarte a tu orgullo. La mujer de negocios inteligente que hay en ti sabe que tengo razón, sabe que sería una locura desperdiciar esta oportunidad. Aunque te la esté dando tu despreciable exmarido.
Dijo lo último con una rápida y sensual sonrisa y haciéndole un guiño.
Y fue aquel guiño, y el hecho de que supiera lo poco que le gustaba tenerlo allí, lo que hizo que Paula decidiera parar a pensar, tal y como él le había sugerido.
Pensó en su oferta. Barajó sus opciones. Sopesó su deseo de ampliar la panadería frente al deseo de que Benja fuera sólo suyo y de mantenerlo alejado de Pedro, lo mismo que el control de su negocio.
Pensó que era posible que Pedro se estuviera portando de manera amable, considerada y generosa para engañarla. Y que, en cuanto ella aceptara su dinero y le permitiera formar parte de su panadería y de la vida de Benjamín, él podría quitárselo todo.
Su negocio, su seguridad, a su hijo.
¿De verdad creía eso? A pesar de lo duro que había sido el divorcio, Pedro jamás había sido cruel a propósito.
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Espero que les haya gustado la maratón :)
Comenten!
Gracias.
Capítulo 16
Era evidente que la pelota estaba en el campo de Pedro, la pelota, y todo lo demás, así que, en esos momentos, lo único que podía hacer era ser simpática y esperar que él continuara siéndolo también.
Pedro la agarró del codo para salir del restaurante, guiándola por un corredor alfombrado que guiaba a la entrada.
–Sube a mi habitación –le susurró al oído.
Paula miró a Pedro sorprendida, con incredulidad.
Él comenzó a reír al ver su reacción.
–No es una proposición –le aseguró–, aunque no me negaría a ningún tipo de seducción después de la comida.
Al llegar a la entrada, la hizo girar a la izquierda, en dirección a las escaleras que llevaban a las habitaciones.
–Quiero enseñarte algo –continuó diciéndole mientras subían despacio.
–Eso sí que suena a proposición indecente –comentó ella.
Pedro sonrió y se metió la mano en el bolsillo para sacar la llave de su habitación. No era una tarjeta, sino una llave de las de verdad, con un enorme llavero de plástico con forma de faro.
–Me conoces demasiado bien, nunca necesité frases seductoras cuando nos conocimos, ni las necesito ahora.
Eso era verdad. Había sido demasiado lindo y caballeroso como para intentar seducirla de la forma en que lo hacían el noventa por ciento de los chicos. Ésa era una de las cosas que habían hecho que le resultara todavía más atractivo, que hubiera destacado entre los demás.
Al llegar a la puerta de la habitación, Pedro la abrió y se alejó para dejarla entrar. Paula había estado antes en el hostal, pero no en las habitaciones, así que se quedó unos segundos mirando a su alrededor.
Pedro se quitó el saco y lo dejó sobre el respaldo de una mecedora antes de ir hacia el escritorio que había en la pared de enfrente. Mientras abría su computadora y la prendía, Paula retrocedió y disfrutó de la vista. Sabía que era algo inadecuado, y que no tenía sentido, teniendo en cuenta que le había dicho a todo el mundo que se alegraba de haberse divorciado y que ya no estaba enamorada de él, que lo había superado por completo.
Pero que fuera su exmujer no significaba que no fuera una mujer de carne y hueso.
La cara camisa blanca se pegaba a sus anchos hombros.
El pantalón, que debía de haberle costado más de lo que ganaba ella en una semana en la panadería, se ajustaba a sus caderas y, sobre todo, a su trasero. Un trasero redondeado, bonito, que no parecía haber cambiado mucho desde que se habían separado.
Paula se llevó la mano a la cara, se tapó los ojos y se regañó en silencio por ser tan débil. ¿Qué le estaba pasando? ¿Estaba loca? ¿O tendría un virus? ¿O era que las hormonas del embarazo todavía estaban haciendo de las suyas?
Separó los dedos un poco, miró por la rendija y supo cuál era su problema.
Para empezar, que sabía lo que había debajo de aquella camisa y aquel pantalón. Conocía muy bien la fuerza de sus músculos, la suavidad de su piel. Sabía cómo se movía, cómo olía y cómo era tener su cuerpo apretado contra el de él.
Continuando, sus hormonas debían de seguir locas. Y no sólo las del embarazo, sino todas en general. Eso no la sorprendía. Siempre se había derretido en manos de Pedro. Le bastaba una mirada provocadora para ponerse como un flan. Con que le rozara la mejilla con los dedos o los labios con los suyos, perdía el control.
Pedro la agarró del codo para salir del restaurante, guiándola por un corredor alfombrado que guiaba a la entrada.
–Sube a mi habitación –le susurró al oído.
Paula miró a Pedro sorprendida, con incredulidad.
Él comenzó a reír al ver su reacción.
–No es una proposición –le aseguró–, aunque no me negaría a ningún tipo de seducción después de la comida.
Al llegar a la entrada, la hizo girar a la izquierda, en dirección a las escaleras que llevaban a las habitaciones.
–Quiero enseñarte algo –continuó diciéndole mientras subían despacio.
–Eso sí que suena a proposición indecente –comentó ella.
Pedro sonrió y se metió la mano en el bolsillo para sacar la llave de su habitación. No era una tarjeta, sino una llave de las de verdad, con un enorme llavero de plástico con forma de faro.
–Me conoces demasiado bien, nunca necesité frases seductoras cuando nos conocimos, ni las necesito ahora.
Eso era verdad. Había sido demasiado lindo y caballeroso como para intentar seducirla de la forma en que lo hacían el noventa por ciento de los chicos. Ésa era una de las cosas que habían hecho que le resultara todavía más atractivo, que hubiera destacado entre los demás.
Al llegar a la puerta de la habitación, Pedro la abrió y se alejó para dejarla entrar. Paula había estado antes en el hostal, pero no en las habitaciones, así que se quedó unos segundos mirando a su alrededor.
Pedro se quitó el saco y lo dejó sobre el respaldo de una mecedora antes de ir hacia el escritorio que había en la pared de enfrente. Mientras abría su computadora y la prendía, Paula retrocedió y disfrutó de la vista. Sabía que era algo inadecuado, y que no tenía sentido, teniendo en cuenta que le había dicho a todo el mundo que se alegraba de haberse divorciado y que ya no estaba enamorada de él, que lo había superado por completo.
Pero que fuera su exmujer no significaba que no fuera una mujer de carne y hueso.
La cara camisa blanca se pegaba a sus anchos hombros.
El pantalón, que debía de haberle costado más de lo que ganaba ella en una semana en la panadería, se ajustaba a sus caderas y, sobre todo, a su trasero. Un trasero redondeado, bonito, que no parecía haber cambiado mucho desde que se habían separado.
Paula se llevó la mano a la cara, se tapó los ojos y se regañó en silencio por ser tan débil. ¿Qué le estaba pasando? ¿Estaba loca? ¿O tendría un virus? ¿O era que las hormonas del embarazo todavía estaban haciendo de las suyas?
Separó los dedos un poco, miró por la rendija y supo cuál era su problema.
Para empezar, que sabía lo que había debajo de aquella camisa y aquel pantalón. Conocía muy bien la fuerza de sus músculos, la suavidad de su piel. Sabía cómo se movía, cómo olía y cómo era tener su cuerpo apretado contra el de él.
Continuando, sus hormonas debían de seguir locas. Y no sólo las del embarazo, sino todas en general. Eso no la sorprendía. Siempre se había derretido en manos de Pedro. Le bastaba una mirada provocadora para ponerse como un flan. Con que le rozara la mejilla con los dedos o los labios con los suyos, perdía el control.
Teniendo en cuenta el tiempo que hacía que no estaban juntos, el tiempo que hacía que Paula era sólo una incubadora humana y una mamá a tiempo completo, no era de extrañar que su mente le estuviera jugando una mala pasada.
Y no le cabía la menor duda de que, si Pedro se daba cuenta, aprovecharía su vulnerabilidad y su alteración interior, así que lo más sensato sería no decir ni hacer nada que la delatara.
Por entre los dedos, Paula lo vio desabrocharse los primeros botones de la camisa y aflojarse el cuello. Era una costumbre que tenía. Recordó habérselo visto hacer casi todas las noches al llegar del trabajo. Casi siempre pasaba un par de horas más trabajando en su escritorio, pero el primer paso para relajarse había sido siempre quitarse el saco y la corbata, desabrocharse la camisa y remangársela.
Paula se quitó las manos de los ojos justo antes de que Pedro agarrara la computadora y se volteara. Atravesó la habitación, se sentó a un lado de la cama, dejó la computadora y golpeó el espacio que había a su lado invitándola a que se le una.
–Siéntate un rato –le dijo a Paula–. Quiero enseñarte algo–. Ella arqueó una ceja–. Ven, quiero enseñarte lo que tengo pensado para La Cabaña de Azúcar.
Eso llamó su atención y eliminó sus sospechas y miedos, dando lugar a otros nuevos. Se acercó a la cama, se sentó y se bajó el vestido para no enseñar las piernas.
Él le dio a un par de teclas y giró la computadora para que Paula la viera mejor.
–Dijiste que querías ampliar el negocio al local de al lado, ¿no? Y utilizarlo para hacer pedidos por correo.
–Sí.
–Bueno, ésta sería una primera descripción del proyecto que he hecho antes de la cena. Es lo que creo que costaría arreglar el local, cuáles serían tus gastos generales, etc. Por supuesto, hay muchos aspectos del negocio que todavía desconozco, así que habrá que ajustarlo, pero esto nos da una idea aproximada de lo que hace falta y de por dónde empezar.
Pedro se levantó un momento y fue hacia el escritorio para agarrar una libreta grande y amarilla. Luego volvió a la cama, haciendo que el colchón se moviera suavemente.
–Y éste es un boceto inicial de la ampliación. Con los mostradores, las estanterías y todo eso.
Paula alejó la mirada de la pantalla y estudió el dibujo que Pedro tenía en la mano durante un minuto, imaginándose cómo quedaría todo en el local que había al lado de La Cabaña de Azúcar.
Era bueno. Incluso alentador. Y la idea de que algo tan simple pudiera ser realidad algún día, muy pronto, hizo que se emocionara.
Sólo había un problema.
Levantó la cabeza y miró a Pedro a los ojos.
–¿Por qué hiciste todo esto? –le preguntó.
Y no le cabía la menor duda de que, si Pedro se daba cuenta, aprovecharía su vulnerabilidad y su alteración interior, así que lo más sensato sería no decir ni hacer nada que la delatara.
Por entre los dedos, Paula lo vio desabrocharse los primeros botones de la camisa y aflojarse el cuello. Era una costumbre que tenía. Recordó habérselo visto hacer casi todas las noches al llegar del trabajo. Casi siempre pasaba un par de horas más trabajando en su escritorio, pero el primer paso para relajarse había sido siempre quitarse el saco y la corbata, desabrocharse la camisa y remangársela.
Paula se quitó las manos de los ojos justo antes de que Pedro agarrara la computadora y se volteara. Atravesó la habitación, se sentó a un lado de la cama, dejó la computadora y golpeó el espacio que había a su lado invitándola a que se le una.
–Siéntate un rato –le dijo a Paula–. Quiero enseñarte algo–. Ella arqueó una ceja–. Ven, quiero enseñarte lo que tengo pensado para La Cabaña de Azúcar.
Eso llamó su atención y eliminó sus sospechas y miedos, dando lugar a otros nuevos. Se acercó a la cama, se sentó y se bajó el vestido para no enseñar las piernas.
Él le dio a un par de teclas y giró la computadora para que Paula la viera mejor.
–Dijiste que querías ampliar el negocio al local de al lado, ¿no? Y utilizarlo para hacer pedidos por correo.
–Sí.
–Bueno, ésta sería una primera descripción del proyecto que he hecho antes de la cena. Es lo que creo que costaría arreglar el local, cuáles serían tus gastos generales, etc. Por supuesto, hay muchos aspectos del negocio que todavía desconozco, así que habrá que ajustarlo, pero esto nos da una idea aproximada de lo que hace falta y de por dónde empezar.
Pedro se levantó un momento y fue hacia el escritorio para agarrar una libreta grande y amarilla. Luego volvió a la cama, haciendo que el colchón se moviera suavemente.
–Y éste es un boceto inicial de la ampliación. Con los mostradores, las estanterías y todo eso.
Paula alejó la mirada de la pantalla y estudió el dibujo que Pedro tenía en la mano durante un minuto, imaginándose cómo quedaría todo en el local que había al lado de La Cabaña de Azúcar.
Era bueno. Incluso alentador. Y la idea de que algo tan simple pudiera ser realidad algún día, muy pronto, hizo que se emocionara.
Sólo había un problema.
Levantó la cabeza y miró a Pedro a los ojos.
–¿Por qué hiciste todo esto? –le preguntó.
Capítulo 15
–Pedro –le dijo ella, sacudiendo la cabeza e intentando no sonreír–. Sé que todo esto es nuevo para ti. Sé que descubrir la existencia de Benja ha sido una sorpresa, pero no tienes por qué sentirte culpable. Es un bebé. Siempre y cuando todas sus necesidades estén cubiertas, le da igual quién le dé de comer, quién lo cargue, quién le cambie el pañal.
Pedro frunció el ceño todavía más.
–Eso no es verdad. Los niños diferencian a sus padres de una niñera, diferencian a su padre de su madre.
–Está bien, pero no te preocupes, que también hay muchas veces que yo no lo cargo para que no me ensucie. O, lo que es peor, para que no me vomite encima.
Sin pensarlo, Paula alargó la mano y le dio una palmadita en el muslo.
–Si vas a estar unos días aquí para pasar tiempo con él, cómprate varios pantalones y polos baratos, y ve haciéndote la idea de que se te van a manchar con frecuencia. Pero no te preocupes por lo de esta noche, yo tampoco lo cargué esta mañana antes de ir a la reunión. Por eso es una suerte tener a mi tía ayudándome. Yo no puedo hacerlo todo sola y ella es una gran ayuda.
Pedro le agarró la mano para que no la alejara.
–Debería ser yo quien estuviera ayudándote con Benja, no tu tía, pero no te preocupes, que vamos a hablar de eso esta noche, entre otras cosas.
Paula disfrutó de la cena. Pedro la llevó al restaurante del hostal e intentó inflarla a punta de vino y a enrollados de cangrejo. Dado que todavía le daba de lactar a Benja, no podía tomar vino, pero los enrollados de cangrejo estaban deliciosos.
Sin embargo, en cuanto el mozo llegó con los cafés y decidieron el postre, Paula supo que su tiempo de tolerancia se había terminado. Pedro agarró la taza de cerámica con ambas manos y se inclinó hacia delante, haciendo que ella se pusiera tensa.
–¿Cómo fue el embarazo? –le preguntó, yendo directo al grano, como de costumbre.
–Creo que fue bastante normal –le contestó–. Teniendo en cuenta que era la primera vez que estaba embarazada y que no sabía qué era lo que debía esperar, pero no hubo complicaciones y las náuseas matutinas no fueron demasiado fuertes. A veces las náuseas se tienen también en otros momentos del día y eso hizo que abrir la panadería y trabajar doce horas al día fuera toda una aventura –añadió riendo–. Aunque no tan horrible como esperaba.
Después, Pedro quiso saber hasta el último detalle sobre del nacimiento de Benjamín. La fecha, la hora, cuánto había pesado, cuánto tiempo había durado el parto. Y Paula pensó que, si ella hubiera estado en su lugar, también habría estado desesperada por saber y memorizar todos aquellos datos.
–Tendría que haber estado allí –comentó Pedro en voz baja, con la mirada clavada en la mesa. Luego la miró–. Me merecía haber estado allí. Por todo.
A Paula se le encogió el corazón y se preparó para el ataque, para que Pedro lanzara contra ella toda la rabia y el resentimiento que debía de sentir… y era probable que se lo mereciera. No obstante, Pedro continuó hablando en el mismo tono.
–Por mucho que me moleste, no podemos volver el tiempo atrás, sólo podemos seguir adelante. Así que éste es el trato, Paula–. La miró como debía de mirar a sus rivales en los negocios y le dijo: –Ahora que sé de la existencia de Benja, quiero formar parte de todo. Me quedaré aquí un tiempo, hasta que te hagas a la idea. Hasta que yo me acostumbre a ser padre y él empiece a reconocerme como tal. Pero, después, voy a querer llevármelo a casa.
Al oír aquellas palabras, Paula se quedó inmóvil y agarró con fuerza la taza de café.
–No es una amenaza –añadió Pedro enseguida–. No estoy diciendo que me lo quiera llevar para siempre. Sinceramente, todavía no sé cómo vamos a hacer, pero ya hablaremos de eso después. Sólo me refería a llevarlo de visita, para poder presentárselo a mi familia, para que mi madre sepa que tiene otro nieto.
Paula pensó que Ana estaría feliz de la vida. Otro nieto, sobre todo, otro nieto hombre que pudiera llevar el apellido Alfonso, pero la madre del bebé era otro tema. Y la madre de Pedro sólo estaría contenta con Paula fuera de juego.
–¿Y si yo no estoy de acuerdo? Con nada.
Él arqueó una ceja.
–Entonces, supongo que me vería obligado a amenazarte, pero ¿estás segura de que eso es lo que quieres? Creo que he sido bastante comprensivo con toda esta situación, aunque ambos sepamos que tengo motivos para estar enojado con todo esto.
Pedro dio un sorbo a su café e inclinó la cabeza. Parecía estar mucho más tranquilo que ella.
–Si quieres que me enoje y que te amenace, también puedo hacerlo, sólo tienes que decírmelo, pero si prefieres que actuemos como dos adultos maduros, decididos a crear el mejor ambiente posible para su hijo, entonces te sugiero que aceptes mi plan.
–¿Tengo acaso otra elección? –protestó ella, entendiendo mejor que nunca lo que significaba estar entre la espada y la pared.
Pedro sonrió de manera arrogante y confiada.
–Pudiste haber elegido entre contarme o no que estabas embarazada, para comenzar, y decidiste no hacerlo, así que no. Ahora la pelota está en mi cancha.
Pedro frunció el ceño todavía más.
–Eso no es verdad. Los niños diferencian a sus padres de una niñera, diferencian a su padre de su madre.
–Está bien, pero no te preocupes, que también hay muchas veces que yo no lo cargo para que no me ensucie. O, lo que es peor, para que no me vomite encima.
Sin pensarlo, Paula alargó la mano y le dio una palmadita en el muslo.
–Si vas a estar unos días aquí para pasar tiempo con él, cómprate varios pantalones y polos baratos, y ve haciéndote la idea de que se te van a manchar con frecuencia. Pero no te preocupes por lo de esta noche, yo tampoco lo cargué esta mañana antes de ir a la reunión. Por eso es una suerte tener a mi tía ayudándome. Yo no puedo hacerlo todo sola y ella es una gran ayuda.
Pedro le agarró la mano para que no la alejara.
–Debería ser yo quien estuviera ayudándote con Benja, no tu tía, pero no te preocupes, que vamos a hablar de eso esta noche, entre otras cosas.
Paula disfrutó de la cena. Pedro la llevó al restaurante del hostal e intentó inflarla a punta de vino y a enrollados de cangrejo. Dado que todavía le daba de lactar a Benja, no podía tomar vino, pero los enrollados de cangrejo estaban deliciosos.
Sin embargo, en cuanto el mozo llegó con los cafés y decidieron el postre, Paula supo que su tiempo de tolerancia se había terminado. Pedro agarró la taza de cerámica con ambas manos y se inclinó hacia delante, haciendo que ella se pusiera tensa.
–¿Cómo fue el embarazo? –le preguntó, yendo directo al grano, como de costumbre.
–Creo que fue bastante normal –le contestó–. Teniendo en cuenta que era la primera vez que estaba embarazada y que no sabía qué era lo que debía esperar, pero no hubo complicaciones y las náuseas matutinas no fueron demasiado fuertes. A veces las náuseas se tienen también en otros momentos del día y eso hizo que abrir la panadería y trabajar doce horas al día fuera toda una aventura –añadió riendo–. Aunque no tan horrible como esperaba.
Después, Pedro quiso saber hasta el último detalle sobre del nacimiento de Benjamín. La fecha, la hora, cuánto había pesado, cuánto tiempo había durado el parto. Y Paula pensó que, si ella hubiera estado en su lugar, también habría estado desesperada por saber y memorizar todos aquellos datos.
–Tendría que haber estado allí –comentó Pedro en voz baja, con la mirada clavada en la mesa. Luego la miró–. Me merecía haber estado allí. Por todo.
A Paula se le encogió el corazón y se preparó para el ataque, para que Pedro lanzara contra ella toda la rabia y el resentimiento que debía de sentir… y era probable que se lo mereciera. No obstante, Pedro continuó hablando en el mismo tono.
–Por mucho que me moleste, no podemos volver el tiempo atrás, sólo podemos seguir adelante. Así que éste es el trato, Paula–. La miró como debía de mirar a sus rivales en los negocios y le dijo: –Ahora que sé de la existencia de Benja, quiero formar parte de todo. Me quedaré aquí un tiempo, hasta que te hagas a la idea. Hasta que yo me acostumbre a ser padre y él empiece a reconocerme como tal. Pero, después, voy a querer llevármelo a casa.
Al oír aquellas palabras, Paula se quedó inmóvil y agarró con fuerza la taza de café.
–No es una amenaza –añadió Pedro enseguida–. No estoy diciendo que me lo quiera llevar para siempre. Sinceramente, todavía no sé cómo vamos a hacer, pero ya hablaremos de eso después. Sólo me refería a llevarlo de visita, para poder presentárselo a mi familia, para que mi madre sepa que tiene otro nieto.
Paula pensó que Ana estaría feliz de la vida. Otro nieto, sobre todo, otro nieto hombre que pudiera llevar el apellido Alfonso, pero la madre del bebé era otro tema. Y la madre de Pedro sólo estaría contenta con Paula fuera de juego.
–¿Y si yo no estoy de acuerdo? Con nada.
Él arqueó una ceja.
–Entonces, supongo que me vería obligado a amenazarte, pero ¿estás segura de que eso es lo que quieres? Creo que he sido bastante comprensivo con toda esta situación, aunque ambos sepamos que tengo motivos para estar enojado con todo esto.
Pedro dio un sorbo a su café e inclinó la cabeza. Parecía estar mucho más tranquilo que ella.
–Si quieres que me enoje y que te amenace, también puedo hacerlo, sólo tienes que decírmelo, pero si prefieres que actuemos como dos adultos maduros, decididos a crear el mejor ambiente posible para su hijo, entonces te sugiero que aceptes mi plan.
–¿Tengo acaso otra elección? –protestó ella, entendiendo mejor que nunca lo que significaba estar entre la espada y la pared.
Pedro sonrió de manera arrogante y confiada.
–Pudiste haber elegido entre contarme o no que estabas embarazada, para comenzar, y decidiste no hacerlo, así que no. Ahora la pelota está en mi cancha.
Capítulo 14
Escuchó el timbre antes de sentirse preparada para ello y se le aceleró el corazón. Se repasó el pintalabios y se aseguró de que tenía todo lo que iba a necesitar en la pequeña cartera de mano roja que había encontrado en el fondo del closet.
Estaba bajando las escaleras cuando oyó voces y supo que su tía Helena había abierto la puerta. Y no sabía si se lo agradecía o si eso la ponía todavía más nerviosa, todo dependía de la actitud de su tía.
Al llegar abajo vio a Helena delante de la puerta, con una mano apoyada en el marco. En la otra no tenía ni pistola ni una sartén, lo que era una buena señal.
Pedro estaba al otro lado de la puerta, todavía en la entrada. Iba vestido con el mismo traje de un rato antes.
Tenía las manos detrás de la espalda y estaba sonriéndole a Helena con todo el encanto de un vendedor experimentado. Al verla, Pedro le dedicó a ella la misma sonrisa.
–Hola –la saludó–. Estás hermosa.
Paula resistió el impulso de pasar la mano por la parte delantera del vestido, o de revisar que no se le había deshecho el moño.
–Gracias.
–Le estaba diciendo a tu tía que la casa está linda. Al menos, por fuera –añadió, guiñando un ojo.
Era evidente que Helena no lo había invitado a pasar.
–¿Quieres pasar? –le preguntó Paula, haciendo caso omiso del ceño fruncido de su tía.
–Sí, gracias –respondió Pedro, pasando a la entrada.
Miró a su alrededor y Paula se preguntó si estaría comparando aquello con su lujosa casa y si pensaría que era un lugar inadecuado para que creciera su hijo, pero al mirarlo sólo vio curiosidad en sus ojos.
–¿Dónde está Benja? –preguntó.
–En la cocina –respondió Helena, cerrando la puerta principal y caminando en esa dirección–. Estaba dándole de comer.
Pedro miró a Paula antes de seguir a Helena hacia la parte trasera de la casa.
–Pensé que todavía le dabas el pecho.
Ella se ruborizó.
–Sí, pero también toma jugos y come cereales entre otras comidas para bebés.
–Bien –murmuró él al llegar a la cocina–. Aunque cuanto más pecho tome, mejor. Aumenta su inmunidad, lo hace sentirse más seguro y ayuda a crear un vínculo entre la madre y el bebé.
–¿Y cómo sabes todo eso? –le preguntó Paula sorprendida.
Benja estaba sentado en una sillita de Winnie Pooh, con la cara y el babero cubiertos de papilla de brócoli y zanahoria, dando patadas y golpes con las manos.
Pedro no esperó a que lo invitaran para sentarse en la silla que había al frente de la de la tía Helena y alargó la mano para acariciar la cabeza de Benja. El niño rió y Pedro sonrió.
–Muy al contrario de lo que piensa la gente –murmuró, sin molestarse en mirarla– no me convertí en el director general de Alfonso Corporation sólo por privilegio. Da la casualidad de que tengo bastantes recursos.
–Déjame adivinar… sacaste la computadora e hiciste una búsqueda en google.
–No te lo voy a decir –respondió él en tono de broma.
–¿Puedo? – le preguntó a Helena señalando el puré, luego de haberse dado la vuelta.
Ella lo miró como diciéndole que no lo creía capaz.
–Por favor.
Pedro tomó la minúscula cuchara de plástico con un dibujo animado en el mango y empezó a darle de comer a Benja poco a poco, despacio.
Paula lo observó… y deseó. Deseó no haber aceptado salir a comer con él esa noche. Deseó no haberlo invitado a entrar y que él no hubiera querido ver a Benja antes de irse. Deseó que aquella escena no le pareciera tan hogareña, tan agridulce, que no le hiciera pensar en lo que podía haber sido.
Pedro estaba demasiado cómodo dándole de comer a su hijo, aunque estuviera vestido con traje. Y lo estaba haciendo demasiado bien, cosa que Paula no habría esperado de un hombre que casi no había interactuado con niños.
Cuando Benja se negó a comer más, Pedro dejó la cuchara y se frotó las manos.
–Me gustaría cargarlo un momento –dijo, mirando a su hijo y luego su ropa–, pero…
–No, no es buena idea –dijo Paula, tomando un trapo húmedo para limpiarle la boca y la barbilla a su hijo–. Mi tía irá a cambiarlo y a limpiarlo y tal vez puedas cargarlo un rato cuando volvamos, si todavía está despierto.
A Pedro no pareció gustarle mucho la idea, pero dado que la alternativa era arruinar un traje muy caro, no dijo nada.
–¿Nos vamos? –le preguntó ella al ver que se levantaba.
Pedro asintió a regañadientes y la siguió hacia la puerta.
Tenía el auto estacionado delante de la casa y la ayudó a entrar.
–¿Qué haces cuando se mancha tanto? –le preguntó una vez que ambos estuvieron dentro.
Ella se giró a mirarlo.
–¿Qué quieres decir?
–¿Cómo haces para no tener a tu hijo en brazos?
Aquella pregunta sorprendió a Paula. No las palabras, sino el tono, que parecía de culpabilidad. ¿Era posible que Pedro se sintiera culpable?
Estaba bajando las escaleras cuando oyó voces y supo que su tía Helena había abierto la puerta. Y no sabía si se lo agradecía o si eso la ponía todavía más nerviosa, todo dependía de la actitud de su tía.
Al llegar abajo vio a Helena delante de la puerta, con una mano apoyada en el marco. En la otra no tenía ni pistola ni una sartén, lo que era una buena señal.
Pedro estaba al otro lado de la puerta, todavía en la entrada. Iba vestido con el mismo traje de un rato antes.
Tenía las manos detrás de la espalda y estaba sonriéndole a Helena con todo el encanto de un vendedor experimentado. Al verla, Pedro le dedicó a ella la misma sonrisa.
–Hola –la saludó–. Estás hermosa.
Paula resistió el impulso de pasar la mano por la parte delantera del vestido, o de revisar que no se le había deshecho el moño.
–Gracias.
–Le estaba diciendo a tu tía que la casa está linda. Al menos, por fuera –añadió, guiñando un ojo.
Era evidente que Helena no lo había invitado a pasar.
–¿Quieres pasar? –le preguntó Paula, haciendo caso omiso del ceño fruncido de su tía.
–Sí, gracias –respondió Pedro, pasando a la entrada.
Miró a su alrededor y Paula se preguntó si estaría comparando aquello con su lujosa casa y si pensaría que era un lugar inadecuado para que creciera su hijo, pero al mirarlo sólo vio curiosidad en sus ojos.
–¿Dónde está Benja? –preguntó.
–En la cocina –respondió Helena, cerrando la puerta principal y caminando en esa dirección–. Estaba dándole de comer.
Pedro miró a Paula antes de seguir a Helena hacia la parte trasera de la casa.
–Pensé que todavía le dabas el pecho.
Ella se ruborizó.
–Sí, pero también toma jugos y come cereales entre otras comidas para bebés.
–Bien –murmuró él al llegar a la cocina–. Aunque cuanto más pecho tome, mejor. Aumenta su inmunidad, lo hace sentirse más seguro y ayuda a crear un vínculo entre la madre y el bebé.
–¿Y cómo sabes todo eso? –le preguntó Paula sorprendida.
Benja estaba sentado en una sillita de Winnie Pooh, con la cara y el babero cubiertos de papilla de brócoli y zanahoria, dando patadas y golpes con las manos.
Pedro no esperó a que lo invitaran para sentarse en la silla que había al frente de la de la tía Helena y alargó la mano para acariciar la cabeza de Benja. El niño rió y Pedro sonrió.
–Muy al contrario de lo que piensa la gente –murmuró, sin molestarse en mirarla– no me convertí en el director general de Alfonso Corporation sólo por privilegio. Da la casualidad de que tengo bastantes recursos.
–Déjame adivinar… sacaste la computadora e hiciste una búsqueda en google.
–No te lo voy a decir –respondió él en tono de broma.
–¿Puedo? – le preguntó a Helena señalando el puré, luego de haberse dado la vuelta.
Ella lo miró como diciéndole que no lo creía capaz.
–Por favor.
Pedro tomó la minúscula cuchara de plástico con un dibujo animado en el mango y empezó a darle de comer a Benja poco a poco, despacio.
Paula lo observó… y deseó. Deseó no haber aceptado salir a comer con él esa noche. Deseó no haberlo invitado a entrar y que él no hubiera querido ver a Benja antes de irse. Deseó que aquella escena no le pareciera tan hogareña, tan agridulce, que no le hiciera pensar en lo que podía haber sido.
Pedro estaba demasiado cómodo dándole de comer a su hijo, aunque estuviera vestido con traje. Y lo estaba haciendo demasiado bien, cosa que Paula no habría esperado de un hombre que casi no había interactuado con niños.
Cuando Benja se negó a comer más, Pedro dejó la cuchara y se frotó las manos.
–Me gustaría cargarlo un momento –dijo, mirando a su hijo y luego su ropa–, pero…
–No, no es buena idea –dijo Paula, tomando un trapo húmedo para limpiarle la boca y la barbilla a su hijo–. Mi tía irá a cambiarlo y a limpiarlo y tal vez puedas cargarlo un rato cuando volvamos, si todavía está despierto.
A Pedro no pareció gustarle mucho la idea, pero dado que la alternativa era arruinar un traje muy caro, no dijo nada.
–¿Nos vamos? –le preguntó ella al ver que se levantaba.
Pedro asintió a regañadientes y la siguió hacia la puerta.
Tenía el auto estacionado delante de la casa y la ayudó a entrar.
–¿Qué haces cuando se mancha tanto? –le preguntó una vez que ambos estuvieron dentro.
Ella se giró a mirarlo.
–¿Qué quieres decir?
–¿Cómo haces para no tener a tu hijo en brazos?
Aquella pregunta sorprendió a Paula. No las palabras, sino el tono, que parecía de culpabilidad. ¿Era posible que Pedro se sintiera culpable?
Capítulo 13
Ella se estremeció y se puso tensa. ¿Acaso ya no había hecho suficiente? ¿No estaba haciendo bastante al permitir que se quedara allí cuando lo que deseaba era tomar a su hijo y salir corriendo?
Además, no pudo evitar recordar las numerosas veces en las que había estado a solas con él en un auto. Sus primeras citas, en las que habían empañado las ventanas con su pasión. Y una vez casados, las caricias que habían compartido de camino a algún restaurante.
Estaba segura de que él también se acordaba, lo que hizo que se pusiese todavía más nerviosa.
–¿Cuál? –consiguió preguntarle, conteniendo la respiración para oír la respuesta.
–Enséñame el lugar. Dame una vuelta corta. No sé cuánto tiempo voy a estar aquí, pero no puedo dejar que me acompañes a todas partes.
Paula parpadeó asombrada y soltó el aire que había estado conteniendo. Como se le había quedado la boca seca, al principio sólo pudo humedecerse los labios con la lengua y asentir.
–¿Hacia dónde voy? –le preguntó Pedro.
Ella tardó un momento en pensar por dónde empezar, y qué enseñarle, aunque Summerville no era tan grande, así que decidió enseñárselo todo.
–Hacia la izquierda –le dijo–. Recorremos la avenida principal, luego te enseño los alrededores. Llegaremos al hostal El Puerto sin tener que retroceder mucho.
Pedro reconoció casi todos los negocios solo: la cafetería, la farmacia, la florería. Un poco alejados del centro había dos restaurantes, grifos y una lavandería. Entre ellos, varias casas, terrenos y parques.
Paula le contó un poco de lo que sabía sobre los vecinos.
Le habló, por ejemplo, de Patricia, dueña del Ramillete de Pato, que todas las mañanas repartía de manera gratuita una flor para cada negocio. A Paula le había dado un florero que estaba en el centro del mostrador, al lado de la caja registradora, y a pesar de que nunca sabía qué flor le llevaría Pato, tenía que admitir que siempre daba un toque de color a las tiendas.
O de Sharon, la farmacéutica, que la había aconsejado muy bien antes de que diera a luz y hasta le había recomendado al que era el pediatra de Benjamín.
Paula tenía una relación cercana con muchas personas en Summerville. Cosa que nunca había tenido en Pittsburgh con Pedro. En la ciudad, al ir a la verdulería, a la farmacia o a la lavandería, se había considerado afortunada con cruzar la mirada con la persona que había detrás del mostrador.
En Summerville era imposible hacer algo con rapidez. Había que parar a saludar y a conversar con la gente.
–Y eso es más o menos todo –le dijo a Pedro veinte minutos después, señalando el hostal en el que iba a alojarse–. No hay mucho más que ver.
Él sonrió.
–Creo que se te olvidaste de algo.
Ella frunció el ceño. No le había enseñado la estación de bomberos ni una fábrica, que estaba a varios kilómetros, porque no había pensado que fueran a interesarle.
–No me enseñaste dónde vives tú –añadió Pedro en voz baja.
–¿De verdad necesitas saberlo? –preguntó ella, sintiendo calor de repente.
–Por supuesto. Necesito saberlo para poder ir a recogerte para invitarte a cenar.
Paula condujo a la casa donde vivía con su tía Helena.
Era una casa pequeña de dos pisos. No era mucho en comparación con la casa en la que él había crecido, con empleados, jardines y un camino bordeado de árboles de casi un kilómetro antes de llegar a la puerta principal.
Helena le había dado la habitación de invitados y la había ayudado a transformar el cuarto de servicio en una habitación para Benjamín. Habían utilizado su cocina para hacer pruebas con las recetas de su familia hasta que se habían sentido con fuerza suficiente para abrir la panadería.
A cambio, Paula la había ayudado con el mantenimiento general de la casa, había plantado plantas en las jardineras de la entrada y en el camino, y le había enseñado a Helena a usar la computadora para comunicarse con sus amigas del colegio, con las que jamás había pensado que volvería a estar en contacto.
Aunque Paula pensaba que nunca podría recompensar a su tía por todo lo que había hecho por ella cuando más lo había necesitado, Helena insistía en que disfrutaba de su compañía y se alegraba de volver a tener tanta juventud y actividad en su casa.
Respiró hondo y se miró en el espejo del baño por última vez, aunque no sabía por qué se molestaba. Era cierto que hacía tiempo que no tenía ningún motivo para arreglarse, sobre todo, dos veces en un mismo día.
No pretendía impresionar a Pedro esa noche. No, sólo quería tranquilizarlo.
Después de haberlo llevado hasta el hostal y haber permitido que después la dejara en La Cabaña de Azúcar, Paula había terminado su jornada en la panadería, había cerrado y se había ido a casa con Benjamín y con su tía.
Mientras que Helena había preparado la cena y había entretenido a Benja, Paula había corrido escaleras arriba para cambiarse de ropa y retocarse el maquillaje.
Le dijo a su reflejo que no se estaba arreglando para Pedro. No. Sólo estaba aprovechando la invitación a cenar para parecer una mujer, para variar, en vez de una madre trabajadora.
Ése era el único motivo por el que se había puesto su vestido preferido, rojo y de tirantes, y los aretes con imitación de rubíes. Iba demasiado arreglada hasta para el mejor restaurante de la zona, pero no le importaba.
Tal vez no tuviera otra oportunidad para volver a ponerse aquel vestido… o de recordarle a Pedro lo que se había perdido al dejarla ir.
Además, no pudo evitar recordar las numerosas veces en las que había estado a solas con él en un auto. Sus primeras citas, en las que habían empañado las ventanas con su pasión. Y una vez casados, las caricias que habían compartido de camino a algún restaurante.
Estaba segura de que él también se acordaba, lo que hizo que se pusiese todavía más nerviosa.
–¿Cuál? –consiguió preguntarle, conteniendo la respiración para oír la respuesta.
–Enséñame el lugar. Dame una vuelta corta. No sé cuánto tiempo voy a estar aquí, pero no puedo dejar que me acompañes a todas partes.
Paula parpadeó asombrada y soltó el aire que había estado conteniendo. Como se le había quedado la boca seca, al principio sólo pudo humedecerse los labios con la lengua y asentir.
–¿Hacia dónde voy? –le preguntó Pedro.
Ella tardó un momento en pensar por dónde empezar, y qué enseñarle, aunque Summerville no era tan grande, así que decidió enseñárselo todo.
–Hacia la izquierda –le dijo–. Recorremos la avenida principal, luego te enseño los alrededores. Llegaremos al hostal El Puerto sin tener que retroceder mucho.
Pedro reconoció casi todos los negocios solo: la cafetería, la farmacia, la florería. Un poco alejados del centro había dos restaurantes, grifos y una lavandería. Entre ellos, varias casas, terrenos y parques.
Paula le contó un poco de lo que sabía sobre los vecinos.
Le habló, por ejemplo, de Patricia, dueña del Ramillete de Pato, que todas las mañanas repartía de manera gratuita una flor para cada negocio. A Paula le había dado un florero que estaba en el centro del mostrador, al lado de la caja registradora, y a pesar de que nunca sabía qué flor le llevaría Pato, tenía que admitir que siempre daba un toque de color a las tiendas.
O de Sharon, la farmacéutica, que la había aconsejado muy bien antes de que diera a luz y hasta le había recomendado al que era el pediatra de Benjamín.
Paula tenía una relación cercana con muchas personas en Summerville. Cosa que nunca había tenido en Pittsburgh con Pedro. En la ciudad, al ir a la verdulería, a la farmacia o a la lavandería, se había considerado afortunada con cruzar la mirada con la persona que había detrás del mostrador.
En Summerville era imposible hacer algo con rapidez. Había que parar a saludar y a conversar con la gente.
–Y eso es más o menos todo –le dijo a Pedro veinte minutos después, señalando el hostal en el que iba a alojarse–. No hay mucho más que ver.
Él sonrió.
–Creo que se te olvidaste de algo.
Ella frunció el ceño. No le había enseñado la estación de bomberos ni una fábrica, que estaba a varios kilómetros, porque no había pensado que fueran a interesarle.
–No me enseñaste dónde vives tú –añadió Pedro en voz baja.
–¿De verdad necesitas saberlo? –preguntó ella, sintiendo calor de repente.
–Por supuesto. Necesito saberlo para poder ir a recogerte para invitarte a cenar.
Paula condujo a la casa donde vivía con su tía Helena.
Era una casa pequeña de dos pisos. No era mucho en comparación con la casa en la que él había crecido, con empleados, jardines y un camino bordeado de árboles de casi un kilómetro antes de llegar a la puerta principal.
Helena le había dado la habitación de invitados y la había ayudado a transformar el cuarto de servicio en una habitación para Benjamín. Habían utilizado su cocina para hacer pruebas con las recetas de su familia hasta que se habían sentido con fuerza suficiente para abrir la panadería.
A cambio, Paula la había ayudado con el mantenimiento general de la casa, había plantado plantas en las jardineras de la entrada y en el camino, y le había enseñado a Helena a usar la computadora para comunicarse con sus amigas del colegio, con las que jamás había pensado que volvería a estar en contacto.
Aunque Paula pensaba que nunca podría recompensar a su tía por todo lo que había hecho por ella cuando más lo había necesitado, Helena insistía en que disfrutaba de su compañía y se alegraba de volver a tener tanta juventud y actividad en su casa.
Respiró hondo y se miró en el espejo del baño por última vez, aunque no sabía por qué se molestaba. Era cierto que hacía tiempo que no tenía ningún motivo para arreglarse, sobre todo, dos veces en un mismo día.
No pretendía impresionar a Pedro esa noche. No, sólo quería tranquilizarlo.
Después de haberlo llevado hasta el hostal y haber permitido que después la dejara en La Cabaña de Azúcar, Paula había terminado su jornada en la panadería, había cerrado y se había ido a casa con Benjamín y con su tía.
Mientras que Helena había preparado la cena y había entretenido a Benja, Paula había corrido escaleras arriba para cambiarse de ropa y retocarse el maquillaje.
Le dijo a su reflejo que no se estaba arreglando para Pedro. No. Sólo estaba aprovechando la invitación a cenar para parecer una mujer, para variar, en vez de una madre trabajadora.
Ése era el único motivo por el que se había puesto su vestido preferido, rojo y de tirantes, y los aretes con imitación de rubíes. Iba demasiado arreglada hasta para el mejor restaurante de la zona, pero no le importaba.
Tal vez no tuviera otra oportunidad para volver a ponerse aquel vestido… o de recordarle a Pedro lo que se había perdido al dejarla ir.
miércoles, 7 de agosto de 2013
Capítulo 12
Era típico de él, tomarse aquella grosería de Helena con tanta calma. Aquéllas eran cosas que nunca le habían afectado, sobre todo, porque Pedro sabía quién era, de dónde venía y qué podía hacer.
Además, Helena siempre lo había odiado. Y eso, en parte, era culpa de Paula, que se había presentado en casa de su tía dolida, enojada, destrozada y embarazada de su exmarido.
Después de haberle contado la historia de su complicado matrimonio, el posterior divorcio, el inesperado embarazado y la necesidad de encontrar un lugar donde vivir, en la que Pedro había desempañado el papel de malo de la película, la opinión que su tía tenía de él había caído en picada. Desde entonces, el único objetivo de tía Helena había sido no volver a ver sufrir a su sobrina.
–Había pensado que me podrían recomendar algún hotel agradable.
Paula y Helena se miraron.
–Supongo que va a tener que ser el hostal El Puerto –le dijo Helena–. No es nada del otro mundo, pero la otra opción es el motel que está en la carretera.
–Hostal El Puerto –murmuró Pedro, frunciendo el ceño–. No sabía que hubiera una extensión de agua por aquí como para necesitar un puerto.
–No la hay –le contestó Paula–. Es una de esas rarezas de la gente que nadie puede explicar. No hay ningún puerto cerca. Ni siquiera un arroyo ni un río que puedan ser mencionados, pero el Hostal El Puerto es uno de los hoteles más antiguos de Summerville y está todo decorado con faros, gaviotas, redes de pescador, estrellas de mar…
Sacudió la cabeza y tuvo la esperanza de que Pedro no pensara mal ni del lugar ni de sus habitantes. Aunque en algunos aspectos estaba un poco atrasado, en esos momentos era su hogar y sentía la necesidad de protegerlo.
–En cualquier caso, es un sitio divertido –agregó, tratando de explicar.
Pedro no parecía muy convencido, pero no dijo nada. En su lugar, se apartó del moisés y empezó a quitarse los gemelos para remangarse la camisa.
–Mientras tenga una habitación y un baño, estará bien. De todas formas, pasaré casi todo el tiempo aquí contigo.
Paula abrió mucho los ojos.
–¿Si?
Él sonrió de medio lado.
–Por supuesto. Aquí es donde está mi hijo. Además, si tu meta es ampliar la panadería y empezar con los pedidos por correo, tenemos mucho de lo que hablar y mucho que hacer.
–Espera un momento –dijo ella, dejando caer la espátula que tenía en la mano sobre la encimera–. Yo no he accedido a que tengas nada que ver con La Cabaña de Azúcar.
Él le lanzo una encantadora y confiada sonrisa.
–Por eso tenemos tanto de lo que hablar. Ahora, ¿vas a acompañarme al hostal o prefieres decirme cómo llegar y quedarte aquí con tu tía hablando sobre mí?
Paula prefería quedarse y hablar de él, pero el problema era que Pedro lo sabía, así que no tenía elección. Tenía que acompañarlo.
Se desató el delantal y se lo sacó por la cabeza.
–Te llevaré –dijo. Luego se giró hacia su tía–. ¿Puedes arreglártelas sola?
Era una pregunta retórica, porque había muchas veces en las que Paula dejaba a Helena a cargo de la panadería mientras ella iba a hacer algunas compras o llevaba a Benjamín al pediatra. No obstante, su tía la miró tan mal que Paula estuvo a punto de comenzar a reír.
–No tardaré –añadió.
Y luego fue hacia la puerta.
–Sólo tengo que tomar mi bolso –le dijo a Pedro. Éste la siguió fuera de la cocina y esperó delante de las escaleras mientras Paula subía corriendo por su cartera y los lentes de sol.
–¿Y el bebé? –le preguntó él cuando regresó.
–Estará bien.
–¿Estás segura de que tu tía puede ocuparse de él y de la panadería al mismo tiempo? –insistió mientras iban hacia la salida.
Paula sonrió y saludó a varios clientes al pasar. Una vez fuera, se puso los lentes de sol antes de girarse para mirarlo.
–Que no te escuche la tía Helena preguntar algo así. Podría tirarte una bandeja de horno a la cabeza.
Él no rió. De hecho, no le hacía ninguna gracia. En su lugar, la miró muy preocupado.
–Relájate, Pedro. Mi tía es muy competente. Se encarga de la panadería sola bastante seguido.
–Pero…
–Y cuida de Benja al mismo tiempo. Ambas lo hacemos. La verdad es que no sé qué haría sin ella –admitió Paula.
Ni lo que habría hecho sin ella después de quedarse sin trabajo, sin marido y embarazada.
–¿Vamos en tu auto o en el mío? –preguntó después para intentar evitar que Pedro siguiera preocupándose por Bejamín.
–En el mío –respondió él.
Paula anduvo a su lado en dirección a Blake and Fetzer, donde había estacionado su auto. Todavía iba vestida con la falda y la blusa que se había puesto para la desastrosa reunión de esa mañana. En ese momento deseó haberse cambiado y llevar puesto algo más cómodo.
Sobre todo, deseó haber sustituido los tacos por unos zapatos planos.
Pedro, por su parte, parecía cómodo y seguro de sí mismo con el traje y los zapatos de vestir.
Cuando llegaron al auto, le sujetó la puerta para que Paula se sentara en el asiento del copiloto, luego dio la vuelta y se subió tras el volante. Metió la llave en el contacto y la miró.
–¿Te importaría hacerme un favor antes de ir al hotel? –le preguntó.
Ella se estremeció y se puso tensa. ¿Acaso ya no había hecho suficiente? ¿No estaba haciendo bastante al permitir que se quedara allí cuando lo que deseaba era tomar a su hijo y salir corriendo?
Después de haberle contado la historia de su complicado matrimonio, el posterior divorcio, el inesperado embarazado y la necesidad de encontrar un lugar donde vivir, en la que Pedro había desempañado el papel de malo de la película, la opinión que su tía tenía de él había caído en picada. Desde entonces, el único objetivo de tía Helena había sido no volver a ver sufrir a su sobrina.
–Había pensado que me podrían recomendar algún hotel agradable.
Paula y Helena se miraron.
–Supongo que va a tener que ser el hostal El Puerto –le dijo Helena–. No es nada del otro mundo, pero la otra opción es el motel que está en la carretera.
–Hostal El Puerto –murmuró Pedro, frunciendo el ceño–. No sabía que hubiera una extensión de agua por aquí como para necesitar un puerto.
–No la hay –le contestó Paula–. Es una de esas rarezas de la gente que nadie puede explicar. No hay ningún puerto cerca. Ni siquiera un arroyo ni un río que puedan ser mencionados, pero el Hostal El Puerto es uno de los hoteles más antiguos de Summerville y está todo decorado con faros, gaviotas, redes de pescador, estrellas de mar…
Sacudió la cabeza y tuvo la esperanza de que Pedro no pensara mal ni del lugar ni de sus habitantes. Aunque en algunos aspectos estaba un poco atrasado, en esos momentos era su hogar y sentía la necesidad de protegerlo.
–En cualquier caso, es un sitio divertido –agregó, tratando de explicar.
Pedro no parecía muy convencido, pero no dijo nada. En su lugar, se apartó del moisés y empezó a quitarse los gemelos para remangarse la camisa.
–Mientras tenga una habitación y un baño, estará bien. De todas formas, pasaré casi todo el tiempo aquí contigo.
Paula abrió mucho los ojos.
–¿Si?
Él sonrió de medio lado.
–Por supuesto. Aquí es donde está mi hijo. Además, si tu meta es ampliar la panadería y empezar con los pedidos por correo, tenemos mucho de lo que hablar y mucho que hacer.
–Espera un momento –dijo ella, dejando caer la espátula que tenía en la mano sobre la encimera–. Yo no he accedido a que tengas nada que ver con La Cabaña de Azúcar.
Él le lanzo una encantadora y confiada sonrisa.
–Por eso tenemos tanto de lo que hablar. Ahora, ¿vas a acompañarme al hostal o prefieres decirme cómo llegar y quedarte aquí con tu tía hablando sobre mí?
Paula prefería quedarse y hablar de él, pero el problema era que Pedro lo sabía, así que no tenía elección. Tenía que acompañarlo.
Se desató el delantal y se lo sacó por la cabeza.
–Te llevaré –dijo. Luego se giró hacia su tía–. ¿Puedes arreglártelas sola?
Era una pregunta retórica, porque había muchas veces en las que Paula dejaba a Helena a cargo de la panadería mientras ella iba a hacer algunas compras o llevaba a Benjamín al pediatra. No obstante, su tía la miró tan mal que Paula estuvo a punto de comenzar a reír.
–No tardaré –añadió.
Y luego fue hacia la puerta.
–Sólo tengo que tomar mi bolso –le dijo a Pedro. Éste la siguió fuera de la cocina y esperó delante de las escaleras mientras Paula subía corriendo por su cartera y los lentes de sol.
–¿Y el bebé? –le preguntó él cuando regresó.
–Estará bien.
–¿Estás segura de que tu tía puede ocuparse de él y de la panadería al mismo tiempo? –insistió mientras iban hacia la salida.
Paula sonrió y saludó a varios clientes al pasar. Una vez fuera, se puso los lentes de sol antes de girarse para mirarlo.
–Que no te escuche la tía Helena preguntar algo así. Podría tirarte una bandeja de horno a la cabeza.
Él no rió. De hecho, no le hacía ninguna gracia. En su lugar, la miró muy preocupado.
–Relájate, Pedro. Mi tía es muy competente. Se encarga de la panadería sola bastante seguido.
–Pero…
–Y cuida de Benja al mismo tiempo. Ambas lo hacemos. La verdad es que no sé qué haría sin ella –admitió Paula.
Ni lo que habría hecho sin ella después de quedarse sin trabajo, sin marido y embarazada.
–¿Vamos en tu auto o en el mío? –preguntó después para intentar evitar que Pedro siguiera preocupándose por Bejamín.
–En el mío –respondió él.
Paula anduvo a su lado en dirección a Blake and Fetzer, donde había estacionado su auto. Todavía iba vestida con la falda y la blusa que se había puesto para la desastrosa reunión de esa mañana. En ese momento deseó haberse cambiado y llevar puesto algo más cómodo.
Sobre todo, deseó haber sustituido los tacos por unos zapatos planos.
Pedro, por su parte, parecía cómodo y seguro de sí mismo con el traje y los zapatos de vestir.
Cuando llegaron al auto, le sujetó la puerta para que Paula se sentara en el asiento del copiloto, luego dio la vuelta y se subió tras el volante. Metió la llave en el contacto y la miró.
–¿Te importaría hacerme un favor antes de ir al hotel? –le preguntó.
Ella se estremeció y se puso tensa. ¿Acaso ya no había hecho suficiente? ¿No estaba haciendo bastante al permitir que se quedara allí cuando lo que deseaba era tomar a su hijo y salir corriendo?
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Pronto pronto viene la maratón...
Que no decaigan los comentarios, gracias!
martes, 6 de agosto de 2013
Capítulo 11
Para Paula, la «mudanza» de Pedro a Summerville fue como cuando se habían conocido.
Ella había trabajado atendiendo mesas en una cafetería cerca de la universidad mientras estudiaba. A él le había pagado la carrera su padre y se había pasado todo el tiempo libre jugando rugby y yendo a fiestas.
Una noche, Pedro había entrado a la cafetería con un grupo de amigos. Paula se había fijado en él, y en todos, pero no le había dado más vueltas al tema. Era un grupo más de clientes, de los que entraban y salían de la cafetería sin ninguna preocupación, mientras ella dejaba hasta la última gota de sudor trabajando para poder seguir estudiando.
Pero Pedro había vuelto. Unas veces con amigos, otras, solo. Le había sonreído. Le había dejado generosas propinas y había conversado con ella de cosas sin importancia. Y Paula no se había dado cuenta, hasta bastante tiempo después, que le había ido contando su vida por capítulos en cuestión de un par de semanas.
Al fin, le había pedido que saliera con él y ella ya había estado demasiado enamorada como para decirle que no.
En esos momentos tenía las mismas sensaciones que entonces: sorpresa, confusión, emoción… Pedro era como una catástrofe natural: un tornado, un terremoto, un tsunami que ponía toda su vida patas arriba.
En una hora, había hablado con todo el mundo con quien tenía que hablar y había dejado claro que estaría en Summerville hasta nuevo aviso. Hasta donde Paula sabía, no le había contado a nadie el motivo. Lo había oído hablar con su hermano y decirle que el negocio en el que había pensado invertir le había parecido prometedor y que tenía que quedarse para estudiar mejor el negocio.
Tal vez fuese lo más inteligente. Sin duda, si Ana Alfonso se enteraba de que su querido hijo tenía un bebé con su malvada exmujer, se volvería loca y se pondría inmediatamente a complotar para conseguir que Pedro y Benjamín estuviesen con ella.
–Ya está.
–Me van a mandar algo de ropa. Y seguro que todo lo demás puedo comprarlo por aquí.Colgó su saco en un perchero al lado de la puerta, donde la tía Helena y ella dejaban los delantales cuando no los estaban usando, luego fue hasta el moisés que había vuelto a sacar del depósito. Benjamín dormía dentro.
–Lo único que queda por decidir –comentó Pedro, mirando a su hijo y alargando la mano para acariciarle la mejilla con un dedo–, es dónde voy a quedarme.
Pedro abrió la boca, a pesar de no saber lo que iba a decir, pero Helena la interrumpió.
–Es evidente que no vas a quedarte en mi casa –anunció directamente.
La clara antipatía de su tía hacia Pedro hizo que Paula se sintiera culpable y que quisiera disculparse, pero en el fondo agradeció que Helena hubiera dicho lo que ella no era capaz de expresar.
–Gracias por la invitación –respondió Pedro divertido, haciendo una mueca–, pero no podría abusar de su amabilidad.
Era típico de él, tomarse aquella grosería de Helena con tanta calma. Aquéllas eran cosas que nunca le habían afectado, sobre todo, porque Pedro sabía quién era, de dónde venía y qué podía hacer.
Ella había trabajado atendiendo mesas en una cafetería cerca de la universidad mientras estudiaba. A él le había pagado la carrera su padre y se había pasado todo el tiempo libre jugando rugby y yendo a fiestas.
Una noche, Pedro había entrado a la cafetería con un grupo de amigos. Paula se había fijado en él, y en todos, pero no le había dado más vueltas al tema. Era un grupo más de clientes, de los que entraban y salían de la cafetería sin ninguna preocupación, mientras ella dejaba hasta la última gota de sudor trabajando para poder seguir estudiando.
Pero Pedro había vuelto. Unas veces con amigos, otras, solo. Le había sonreído. Le había dejado generosas propinas y había conversado con ella de cosas sin importancia. Y Paula no se había dado cuenta, hasta bastante tiempo después, que le había ido contando su vida por capítulos en cuestión de un par de semanas.
Al fin, le había pedido que saliera con él y ella ya había estado demasiado enamorada como para decirle que no.
En esos momentos tenía las mismas sensaciones que entonces: sorpresa, confusión, emoción… Pedro era como una catástrofe natural: un tornado, un terremoto, un tsunami que ponía toda su vida patas arriba.
En una hora, había hablado con todo el mundo con quien tenía que hablar y había dejado claro que estaría en Summerville hasta nuevo aviso. Hasta donde Paula sabía, no le había contado a nadie el motivo. Lo había oído hablar con su hermano y decirle que el negocio en el que había pensado invertir le había parecido prometedor y que tenía que quedarse para estudiar mejor el negocio.
Tal vez fuese lo más inteligente. Sin duda, si Ana Alfonso se enteraba de que su querido hijo tenía un bebé con su malvada exmujer, se volvería loca y se pondría inmediatamente a complotar para conseguir que Pedro y Benjamín estuviesen con ella.
–Ya está.
Pedro empujó la puerta de la cocina, donde Helena y ella estaban trabajando, se guardó el celular en el bolsillo y luego se quitó el saco.
–Así tendré un par de semanas de libertad antes de que manden a un equipo de rescate a buscarme.
Tía Helena estaba embadurnada de harina hasta los codos, pero el brillo de sus ojos y la fuerza con la que trabajaba la masa que tenía entre las manos bastaron para dejar claro lo que pensaba de que Pedro fuera a quedarse allí.
No le hacía ninguna gracia, pero tal y como Paula le había dicho mientras Pedro hacía las llamadas, no tenían elección. O Pedro se quedaba allí unos días, o intentaría llevárselos a Benjamín y a ella de vuelta con él.
Había una tercera posibilidad: que Pedro se fuera solo, pero sabía que si se lo planteaba sólo conseguiría iniciar una discusión. Si se negaba a que Pedro pasara tiempo con su hijo, fuera donde fuera, lo único que conseguiría sería enojarlo y provocar que utilizara su poder y el dinero de su familia.
¿Y qué significaba eso? Una dura batalla por la custodia de su hijo.
Ella era una buena madre y sabía que Pedro no podría quitarle a su hijo diciendo lo contrario, pero tampoco quería engañarse, sabía lo influyente que era la familia Alfonso. Y Ana era capaz de cualquier cosa.
Así que tenía que intentar evitar un enfrentamiento por la custodia y hacer lo posible para que Pedro estuviera contento y Benjamín, con ella. Aunque eso significara permitir que su ex volviera a entrar en su vida, en su negocio y, posiblemente, hasta en su casa.
Se limpió las manos con un paño.
–¿Y tus cosas? ¿No necesitas ir a casa a por ellas? –le preguntó.Pedro se encogió de hombros.
–Así tendré un par de semanas de libertad antes de que manden a un equipo de rescate a buscarme.
Tía Helena estaba embadurnada de harina hasta los codos, pero el brillo de sus ojos y la fuerza con la que trabajaba la masa que tenía entre las manos bastaron para dejar claro lo que pensaba de que Pedro fuera a quedarse allí.
No le hacía ninguna gracia, pero tal y como Paula le había dicho mientras Pedro hacía las llamadas, no tenían elección. O Pedro se quedaba allí unos días, o intentaría llevárselos a Benjamín y a ella de vuelta con él.
Había una tercera posibilidad: que Pedro se fuera solo, pero sabía que si se lo planteaba sólo conseguiría iniciar una discusión. Si se negaba a que Pedro pasara tiempo con su hijo, fuera donde fuera, lo único que conseguiría sería enojarlo y provocar que utilizara su poder y el dinero de su familia.
¿Y qué significaba eso? Una dura batalla por la custodia de su hijo.
Ella era una buena madre y sabía que Pedro no podría quitarle a su hijo diciendo lo contrario, pero tampoco quería engañarse, sabía lo influyente que era la familia Alfonso. Y Ana era capaz de cualquier cosa.
Así que tenía que intentar evitar un enfrentamiento por la custodia y hacer lo posible para que Pedro estuviera contento y Benjamín, con ella. Aunque eso significara permitir que su ex volviera a entrar en su vida, en su negocio y, posiblemente, hasta en su casa.
Se limpió las manos con un paño.
–¿Y tus cosas? ¿No necesitas ir a casa a por ellas? –le preguntó.Pedro se encogió de hombros.
–Me van a mandar algo de ropa. Y seguro que todo lo demás puedo comprarlo por aquí.Colgó su saco en un perchero al lado de la puerta, donde la tía Helena y ella dejaban los delantales cuando no los estaban usando, luego fue hasta el moisés que había vuelto a sacar del depósito. Benjamín dormía dentro.
–Lo único que queda por decidir –comentó Pedro, mirando a su hijo y alargando la mano para acariciarle la mejilla con un dedo–, es dónde voy a quedarme.
Pedro abrió la boca, a pesar de no saber lo que iba a decir, pero Helena la interrumpió.
–Es evidente que no vas a quedarte en mi casa –anunció directamente.
La clara antipatía de su tía hacia Pedro hizo que Paula se sintiera culpable y que quisiera disculparse, pero en el fondo agradeció que Helena hubiera dicho lo que ella no era capaz de expresar.
–Gracias por la invitación –respondió Pedro divertido, haciendo una mueca–, pero no podría abusar de su amabilidad.
Era típico de él, tomarse aquella grosería de Helena con tanta calma. Aquéllas eran cosas que nunca le habían afectado, sobre todo, porque Pedro sabía quién era, de dónde venía y qué podía hacer.
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Perdón por subir poco, en estos días estoy a mil y no tengo tiempo de nada. Apenas pueda voy a hacer maratón. GRACIAS!
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