Poco antes del amanecer del día siguiente, Paula salió de puntillas de su habitación con una bolsa.
—¿Adónde vas tan temprano, Paula?
Ésta por poco se desmaya del sobresalto.
-Paula: Cielo santo, tía Julia, me has asustado —Le sonrió a la mujer que le había abierto sin reservas su corazón y su hogar— Pensaba dar un paseo por los jardines y hacer algunos bosquejos. ¿Quieres acompañarme?
Una expresión de horror asomó al rostro rechoncho de su tía.
-Julia: No, gracias, querida. El rocío de la madrugada me arrugaría las plumas —Y acarició tiernamente las plumas de avestruz que sobresalían de su turbante de color verde pálido— Me iré a leer a la biblioteca hasta la hora del desayuno —Tía Julia ladeó la cabeza y Paula se inclinó hacia atrás para evitar el roce de las plumas— ¿Te encuentras mejor?
-Paula: ¿Cómo dices?
-Julia: Su excelencia me informó anoche de que te habías retirado debido a un dolor de cabeza.
Paula notó que se ruborizaba.
-Paula: ¡Ah, sí! Me siento mucho mejor.
Su tía la observó con franca curiosidad.
-Julia: Obviamente tuviste oportunidad de hablar con el duque. ¿Qué impresión te causó?
«Que es arrebatadoramente atractivo. Y solitario. Y cree que soy una mentirosa.»
-Paula: Me pareció... encantador. ¿Te divertiste en la fiesta, tía Julia?
Un resoplido impropio de una dama brotó de los labios de su tía.
-Julia: Estaba pasándolo bien hasta que lady Digby y sus espantosas hijas me rodearon y no me dejaron escapar. Nunca en la vida me había topado con semejante hatajo de atolondradas cotorras. Me sorprendería mucho que lograse casar a una sola de esas pécoras aduladoras —Alargó el brazo y acarició la mejilla de Paula— Está verde de envidia porque mi sobrina es tan guapa. No nos costará mucho conseguirte un marido.
-Paula: Por si no lo has notado, tía Julia, apenas podemos encontrar algún caballero dispuesto a bailar conmigo.
-Julia: ¡Pamplinas! —exclamó, quitándole importancia con un ademán— Lo que ocurre es que casi no te conocen. Sin duda el hecho de que seas americana provoca cierta reacción de rechazo, así que ahora sólo es cuestión de tiempo.
-Paula: ¿Qué es cuestión de tiempo?
-Julia: Mujer, pues que algún joven se fije en ti...
-Paula: He preparado una merienda —dijo, levantando la bolsa en alto— así que te veré después del desayuno.
Su tía frunció el entrecejo.
-Julia: Tal vez deba pedirle a un criado que te acompañe —Antes de que Paula pudiera protestar, su tía se apresuró a añadir— Bueno, supongo que no será necesario. Ve, querida, y diviértete. Después de todo, nadie más está despierto. ¿Con quién podrías encontrarte a estas horas intempestivas?
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Paula caminaba plácidamente, disfrutando de un silencio que sólo se veía interrumpido por el susurro del viento entre las hojas y los graznidos de los cuervos. Elegía los senderos al azar, sin importarle adónde la condujesen, contenta de estar al aire libre. Un poco más adelante, el bosque se hacía menos denso hasta acabar en un extenso claro donde las abejas zumbaban en torno a fragantes madreselvas. Mariposas de colores vivos revoloteaban alrededor de flores silvestres rojas y amarillas.
Pronto llegó a la orilla de un lago pintoresco. Pálidos rayos de luz trémula y dorada se colaban por entre las frondosas ramas de unos árboles que formaban un refugio umbrío acariciado por el resplandor del alba. Sacó su cuaderno de dibujo y se sentó en la mullida hierba, con la espalda apoyada en el tronco de un enorme roble.
Una ardilla juguetona la miraba desde una rama cercana, y Paula trazó un rápido bosquejo de ella. Una familia de tímidos conejos le sirvió de modelo antes de alejarse brincando para refugiarse entre las hierbas altas. Hizo un dibujo detallado de Parche, su querido perro, con el corazón encogido al pensar en él. Había deseado desesperadamente llevárselo a Inglaterra consigo, pero era viejo y enfermizo, y ella sabía que no sobreviviría a la rigurosa travesía del océano. Lo había dejado atrás, junto con un pedazo de su corazón, a cargo de personas que lo querían casi tanto como ella.
Apartó los pensamientos melancólicos que le evocaba el recuerdo de Parche y trazó un retrato de Diantre. Sin embargo, cuando hubo terminado, se apresuró a borrar al gatito de su mente. Si pensaba en el peludo animalillo se acordaría de lo que ocurrió en el jardín... y del hombre al que había conocido allí. El hombre cuya tristeza y soledad ocultas la habían conmovido, un hombre que guardaba secretos que le corroían el alma.
Ella se había ofrecido a ayudarlo, pero luego había pasado media noche preguntándose si no se habría precipitado. El duque de Bradford obviamente no creía en su don de clarividencia. ¿Habría algún modo de convencerlo? Después de lo sucedido la noche anterior parecía que no, pero ella quería, ansiaba ayudarlo. Deseaba ahuyentar las sombras que ella había notado que empañaban su felicidad. Y Paula necesitaba, por su propio bien, resarcirse del lío que había armado en Estados Unidos. Sin duda su sentimiento de culpabilidad remitiría si conseguía de alguna manera volver a unir al duque con el hermano al que creía muerto.
No, no se había precipitado al ofrecerle su ayuda. De hecho, estaba resuelta a brindársela, tanto si él la quería como si no. Todo lo que ella tenía que hacer era conseguir alguna prueba concluyente de que su hermano estaba vivo en realidad. Para eso, no obstante, debería tocarlo de nuevo.
Notó que la recorría una ola de calor. Apenas había podido dormir pensando en él, en su hermoso rostro, su mirada intensa, su cuerpo musculoso. Por unos breves instantes ella había deseado inútilmente presentar un aspecto elegante y atractivo, a fin de que un hombre como él pudiera sentir interés por ella durante más de un momento fugaz.
Y, de hecho, él se había sentido interesado, como Paula descubrió cuando le tocó la mano. Había deseado besarla. Ella había leído sus pensamientos con tanta claridad y de forma tan inesperada... Se le cortó el aliento al imaginar sus labios en contacto con los de ella, sus fuertes brazos atrayéndola hacia sí, apretándola contra su cuerpo. ¿Qué sentiría si un hombre semejante la besara? ¿Si la tocara y la estrechase en sus brazos? Sería... como estar en el cielo.
Se le escapó un suspiro, el tipo de suspiro femenino que nunca se habría creído capaz de exhalar. Se removió para colocarse en una postura más cómoda y se dejó llevar por su fantasía. Con los ojos cerrados, se imaginó cómo sería la sensación de besarlo.
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Peter vio una falda amarilla agitada por la brisa y tiró de las riendas de Myst para frenarlo. Maldita sea, ¿es que nunca lo dejarían estar a solas? Habría dado media vuelta, pero había estado galopando sobre Myst durante una hora y el caballo necesitaba descansar y beber agua. Resignado a entablar una conversación superficial y breve con una de las invitadas de su madre, se acercó al lago. Rodeó el grueso roble y se paró en seco.
Era ella. La mujer que había perturbado su sueño e invadido su mente desde que despertó. La mujer sobre la que necesitaba informarse. Estaba sentada bajo el umbroso árbol con los ojos cerrados y una media sonrisa en los labios.
Desmontó y se acercó silenciosamente, sin apartar la vista de ella. Unas ondas despeinados por el viento, le enmarcaban el rostro. La observó sin prisas, admirando su piel de porcelana, sus largas pestañas y sus labios extraordinarios y tentadores. Su mirada descendió atraída por su esbelto cuello y la nívea piel que asomaba de su recatado corpiño.
Otra onda, movida por el viento, se soltó de su moño desarreglado y le rozó la boca. Sus labios se contrajeron varias veces y sus ojos se entreabrieron mientras se apartaba el molesto mechón de la cara. Peter supo exactamente en qué momento ella vio las botas de montar negras que tenía delante. Se puso tensa y parpadeó. Luego alzó la vista y reprimió un grito de sorpresa.
-Paula: ¡Excelencia!
Se levantó de un salto y ejecutó una reverencia que muchos habrían considerado poco elegante, pero que a Peter le pareció encantadora.
-Peter: Buenos días, señorita Chaves. Por lo visto tenía usted razón cuando predijo que no me costaría demasiado encontrarla. Me tropiezo con usted por todas partes.
Las mejillas de Paula enrojecieron. Cuán desconcertante resultaba fantasear con que un hombre la besaba y abrir los ojos para descubrir que ese mismo hombre estaba ahí delante, mirándola. Un hombre de lo más atractivo, por cierto.
La luz matinal que se filtraba por entre las hojas hacía brillar su cabello castaño. Un solitario mechón, agitado por el viento, le caía sobre la frente, confiriéndole un atractivo casi juvenil que contrastaba de manera chocante con la imponente intensidad de sus ojos color miel. Su figura alta y robusta, de porte aristocrático, destilaba fuerza masculina.
Una camisa blanca y lisa le cubría el ancho torso. Ella supuso que las calles de Londres debían de estar repletas de damiselas con el corazón roto por su causa. Desde luego, él sería un modelo maravilloso para un dibujo.
-Peter: ¿Y bien? ¿He pasado la inspección? —preguntó divertido.
-Paula: ¿La inspección?
-Peter: Sí —Esbozó una sonrisa— Es una palabra inglesa que significa «examinar a fondo».
Aunque saltaba a la vista que estaba tomándole el pelo, Paula se sintió abochornada. Cielo santo, había estado contemplándolo como una muerta de hambre ante un banquete. Pero al menos él ya no parecía disgustado con ella.
-Paula: Perdone, excelencia. Es sólo que me ha sorprendido verlo aquí —Achicó los ojos al fijarse en una marca de su mejilla— ¿Se hizo daño?
Él se tocó la marca con cuidado.
-Peter: Un arañazo de una rama. No es más que un rasguño.
Un suave relincho llamó la atención de Paula, que se volvió para observar el magnífico corcel negro que abrevaba en el lago.
-Paula: ¿Está disfrutando su paseo a caballo? —preguntó
-Peter: Sí, mucho —Él se dio la vuelta— ¿Dónde está su montura?
-Paula: He venido a pie. Es una mañana estupen...
Una imagen le vino a la mente e interrumpió sus palabras.
Era la imagen de un caballo encabritado, un caballo negro muy parecido al que bebía junto al lago.
-Peter: ¿Se encuentra bien, señorita Chaves?
La imagen se desvaneció y ella desechó aquella vaga impresión.
-Paula: Sí, estoy bien. De hecho, estoy...
-Peter: Como un roble.
-Paula: Bueno, sí, lo estoy —contestó ella con una sonrisa— pero lo que iba a decir es que estoy hambrienta. ¿Le gustaría compartir conmigo mi almuerzo? He traído más que suficiente.
Se arrodilló y empezó a sacar comida de su bolsa.
-Peter: ¿Se ha traído el desayuno?
-Paula: Bueno, no exactamente. Sólo unas zanahorias crudas, manzanas, pan y queso.
Peter la observaba, intrigado. Nunca lo habían invitado a un picnic tan informal. Era una oportunidad ideal para pasar algo de tiempo con ella. ¿Qué mejor manera de sonsacarle sus secretos y averiguar lo que sabía de Federico y de la carta de chantaje? Se acomodó en el suelo a su lado, y aceptó una rebanada de pan y un trozo de queso.
-Peter: ¿Quién le a preparado la bolsa?
-Paula: Yo misma. Ayer por la mañana, antes de salir de Londres, ayudé a la cocinera de tía Julia, que había tenido un percance. En señal de gratitud, me invitó a servirme lo que quisiera.
Le sacó brillo a una manzana frotándola contra su falda. Peter hincó el diente en el queso, y le sorprendió que algo tan sencillo supiese tan bien. Nada de salsas elaboradas, ni del entrechocar de los cubiertos de plata, ni de sirvientes revoloteando alrededor.
-Peter: ¿Cómo fue que ayudó usted a la cocinera?
-Paula: Se había hecho una herida en el dedo que necesitaba varios puntos. Yo estaba en la cocina buscando algo de sidra cuando ocurrió el accidente. Naturalmente, le ofrecí mi ayuda.
-Peter: ¿Mandó llamar a un médico?
Ella arqueó las cejas, con un brillo de diversión en los ojos.
-Paula: Le curé la herida y se la suturé yo misma.
Peter por poco se atraganta con el queso.
-Peter: ¿Usted le suturó la herida?
-Paula: Sí. No había por qué molestar a un médico cuando yo era perfectamente capaz de ocuparme de ella. Creo haber mencionado anoche que mi padre era médico. A menudo me pedía que lo ayudara.
-Peter: ¿Y usted llegó a realizar tareas... propias de un médico?
-Paula: Pues sí. Papá era muy buen profesor. Le aseguro que la cocinera estuvo bien atendida.
Le dedicó una sonrisa y acto seguido dio un mordisco a la manzana.
La mirada de Peter se posó en los labios de ella, brillantes de jugo de manzana. Su boca tenía un aspecto húmedo y dulce. E increíblemente tentador. Él no creía en realidad que ella pudiera leerle el pensamiento, pero, en vista de su extraña perspicacia, decidió apartar su atención de aquellos labios.
-Paula: Qué mañana tan hermosa. Me encantaría ser capaz de reproducir esos colores, pero no tengo talento para las acuarelas. Sólo se me da bien el carboncillo, y me temo que viene en un único color.
Peter señalo con un movimiento de la cabeza el cuaderno de dibujo que estaba junto a ella.
-Peter: ¿Me permite?
-Paula: Por supuesto —respondió ella, alargándole el cuaderno.
Peter examinó cada uno de los esbozos y comprobó enseguida que ella tenía mucho talento. Sus trazos vigorosos componían imágenes tan vívidas, tan llamativas, que parecían salirse del papel.
-Paula: ¿Reconoció a Diantre? —preguntó ella, mirando por encima de su hombro.
El suave aroma a lilas lo envolvió de repente.
-Peter: Sí, es un retrato muy fiel de la bestezuela.
Levantó la vista del dibujo, y los curiosos destellos dorados en los ojos de Paula captaron su atención. Eran unos ojos hermosos, de color verde. Sus miradas se encontraron, y él quedó cautivo durante un rato largo. Una chispa le recorrió el cuerpo, acelerándole el pulso. Aunque estaba sentado en el suelo, de pronto se sintió como si hubiese corrido un kilómetro. Esta mujer producía un efecto de lo más extraño en sus sentidos. Y en su respiración.
Se aclaró la garganta.
-Peter: ¿Ha tenido la oportunidad de conocer a la familia de Diantre?
-Paula: Sólo a su madre, George.
-Peter: Entonces debe pasarse por los establos para conocer a Recórcholis, Caramba, Por Júpiter y a todos los demás.
Ella prorrumpió en carcajadas.
-Paula: Se está inventando esos nombres, excelencia.
-Peter: No, son auténticos. Mortlin iba bautizando a las bestias conforme nacían... y nacían... y nacían. Fue una camada de diez gatitos en total, y Mortlin les ponía nombres cada vez más... eh, floridos a medida que su madre los paría. La decencia me impide mencionar algunos de ellos —Haciendo un gran esfuerzo, logró bajar de nuevo la vista hacia el cuaderno de dibujo— ¿De quién es este perro?
La alegría desapareció del rostro de Paula.
-Paula: Es mi perro, Parche.
La profunda melancolía con que ella miraba el bosquejo lo impulsó a preguntar:
-Peter: ¿Y dónde está Parche?
-Paula: Es demasiado viejo para hacer la travesía hasta Inglaterra, así que lo dejé en manos de personas que lo quieren —Alargó el brazo y pasó cariñosamente el dedo sobre el dibujo— Yo tenía cinco años cuando mis padres me lo regalaron. Parche era muy pequeñito, pero al cabo de pocos meses había crecido y ya era más grande que yo —Apartó la mano lentamente y agregó— Lo echo mucho de menos. Aunque es totalmente irremplazable, espero tener otro perro algún día.
-Peter: Dibuja usted muy bien, señorita Chaves—le aseguró devolviéndole el cuaderno.
-Paula: Gracias —Ladeó la cabeza— Usted sería un buen modelo.
-Peter: ¿Yo?
-Paula: Sin duda alguna. Su rostro es...
Hizo una pausa para estudiarlo durante un largo rato, inclinando la cabeza a un lado y al otro.
-Peter: Horrendo, ¿verdad?
-Paula: No! Claro que no. —replicó ella— Tiene un rostro de lo más interesante. Lleno de carácter. ¿Le importaría que lo dibujara?
-Peter: En absoluto.
¿«Interesante»? ¿«Lleno de carácter»? No sabía muy bien si eso era bueno o malo, pero de una cosa estaba seguro: ésos no eran los piropos que le lanzaban habitualmente las mujeres de buen tono. Parecía que, al menos en lo tocante a los hombres, la señorita Chaves actuaba sin malicia ni intenciones ocultas. «Es difícil de creer —pensó— Y sumamente improbable. Pero pronto descubriré a qué está jugando.»
Hermosoooo♥.. subi mas..
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