lunes, 3 de junio de 2013

Capítulo 7

-Paula: ¿Le parece bien posar sentado debajo del árbol? —preguntó ella, escudriñando la zona circundante— Apoye la espalda en el tronco y póngase cómodo.
Juntó sus enseres, y Peter, sintiéndose un poco tonto, hizo lo que le pedía.
-Peter: ¿Así está bien? —preguntó cuando encontró un sitio cómodo.
-Paula: Parece un poco tenso, excelencia —observó ella, arrodillándose enfrente de él— Procure relajarse. Esto no le dolerá, se lo prometo.
Peter cambió de posición e inspiró a fondo.
-Paula: Eso está mucho mejor —Ella recorrió su rostro con la mirada— Y ahora quiero que recuerde algo.
-Peter: ¿Que recuerde algo?
-Paula: Sí. —Un brillo travieso asomó por sus ojos— Recordar es una palabra americana que significa «evocar sucesos del pasado».

Lo asaltó la súbita sospecha de que ella quizás intentara extraerle información. Esforzándose por mantener el semblante inexpresivo, preguntó:
-Peter: ¿Qué es lo que quiere saber?
-Paula: Oh, nada, excelencia. Me basta con que piense en uno de vuestros recuerdos más gratos mientras lo dibujo. Me ayudará a captar su expresión correctamente.
-Peter: Ah, entiendo.

Pero no entendía en absoluto. ¿Un recuerdo grato? ¿De qué? Había posado para varios retratos, todos los cuales estaban ahora expuestos en la galería de Bradford Hall, y no había tenido que hacer nada excepto permanecer sentado e inmóvil durante horas interminables. Rebuscó en su mente, pero se quedó totalmente en blanco.
-Paula: Sin duda guarda algún recuerdo grato en algún rincón de su cerebro, excelencia.
Muy improbable. Pero Peter no estaba dispuesto a dejar que ella lo supiera. Decidido a desenterrar algún pensamiento alegre, se concentró mientras la joven no le quitaba ojo.
-Paula: Deje vagar su mente... y relájese —le indicó ella en voz baja.

Peter dirigió su mirada más allá de ella y la posó en Myst, que pacía no muy lejos de allí. Una imagen de Federico le vino a la memoria de repente... Federico, a los trece años, corriendo hacia las cuadras en pos de Peter, mientras Martín seguía de cerca a sus hermanos mayores...

-Paula: Observo una sonrisa de lo más intrigante —dijo ella— ¿Compartiría sus pensamientos conmigo?
Consideró la posibilidad de negarse, pero decidió que no perdería nada contándoselo.
-Peter: Estoy pensando en una gran aventura que viví con mis hermanos —Una sensación cálida se apoderó de él conforme evocaba aquel día con todo detalle— Tuvimos que huir y refugiarnos en las cuadras después de confabularnos para conseguir que la avinagrada institutriz de Luciana renunciase a su puesto. Habíamos colocado un barril de harina y un cubo de agua sobre la puerta de su dormitorio. Cuando la abrió, sus chillidos de indignación hicieron temblar las vigas del techo. Nos escondimos en el pajar, carcajeándonos hasta quedarnos sin respiración.
-Paula: ¿Qué edad tenía?
-Peter: Yo, catorce. Federico, trece, y Martín, diez.
El recuerdo se desvaneció lentamente, como una voluta de humo a merced de una leve brisa.
-Paula: ¿Qué otras travesuras hicieron?
Otra imagen acudió de inmediato a su mente y su garganta dejó escapar una risita.
-Peter: Un día, ese mismo verano, los tres caminábamos junto al lago cuando Martín, que ha sido un diablo desde el día en que nació, desafió a Federico a que se quitara la ropa y se diese un chapuzón, actividad que nuestro padre nos había prohibido terminantemente. Para no ser menos, yo a mi vez lo desafié a que hiciese lo mismo. Poco después estábamos los tres desnudos como vinimos al mundo, chapoteando y zambulléndonos, divirtiéndonos como nunca. Pero de pronto nos percatamos de que no estábamos solos.
-Paula: ¡Huy! ¿Acaso los sorprendió su padre?
-Peter: No, eso habría sido mejor. Fue nuestro amigo Hernán, hoy conde de Eddington. Estaba de pie en la orilla, con toda nuestra ropa entre las manos y una expresión inconfundible en los ojos. Arrancamos a correr detrás de él, pero Nan era demasiado rápido para nosotros. Nos vimos obligados a colarnos en la casa, en cueros, por la puerta de la cocina —Sacudió la cabeza y se echó a reír— Logramos eludir a nuestro padre, pero dimos mucho que hablar al personal de la cocina durante varios meses.

Su risa se apagó mientras una rápida sucesión de recuerdos desfilaba por su mente: Federico y él nadando juntos, pescando juntos; el día en que le explicó a Federico las complejidades de cómo se hacen los niños para luego estallar en carcajadas al ver su expresión horrorizada. Luego, ya mayores, las ocasiones en que comían juntos en el club, jugaban al faraón o echaban una carrera a caballo. Habían compartido tantos momentos... momentos que se habían marchado para siempre. «Dios, cómo te hecho de menos, Federico.»
-Paula: He terminado.
La dulce voz arrancó a Peter de su ensueño.
-Peter: ¿Cómo dice?
-Paula: He dicho que he terminado con el dibujo —Le alargó el cuaderno— ¿Le gustaría verlo?

Peter tomó el bosquejo y lo estudió con detenimiento. El retrato lo mostraba muy diferente de cómo él estaba acostumbrado a verse. El hombre del dibujo parecía del todo relajado, con la espalda reclinada en el tronco del árbol, una pierna doblada y los dedos enlazados con naturalidad sobre la rodilla levantada. Sus ojos despedían un brillo juguetón y una leve sonrisa se insinuaba en las comisuras de sus labios, como si estuviese pensando en algo divertido y alegre.
-Paula: ¿Le gusta? —preguntó ella, inclinándose sobre su hombro para examinar su obra.
Su tenue fragancia a lilas invadió de nuevo los sentidos de Peter. El cabello brillante y desmelenado de Paula enmarcaba su hermoso rostro. Un largo rizo castaño rozó el brazo de Peter y él se quedó mirándolo, un borrón oscuro sobre su manga blanca, luchando contra el impulso de alargar la mano para tocarlo.
-Peter: Sí —respondió con un carraspeo— Me gusta mucho. Plasmó perfectamente mi estado de ánimo.
-Paula: Mencionó a un hermano menor llamado Martín.
-Peter: Sí. Ahora está de viaje por el continente.
Ella lo escrutó con la mirada.
-Paula: Y a Federico... lo quiere mucho.
-Peter: Sí —contestó él con un nudo en la garganta.
No hizo ningún comentario sobre el hecho de que ella empleara el presente del verbo «querer». Dios, sí, había querido mucho a Federico. Incluso al final, cuando había asegurado que él no... cuando había sido testigo, con sus propios ojos y sus propios oídos, de la impensable traición de su hermano.
-Peter: Sí, lo quería —Le devolvió el cuaderno.
Paula posó la vista sobre su mejilla.
-Paula: ¿Le duele mucho la herida?
-Peter: Escuece un poco.
-Paula: En ese caso, insisto en preparar un bálsamo —Extrajo una bolsa de su saco.
-Peter: ¿Qué es eso?
-Paula: Mi bolsa de medicinas.
-Peter: ¿Lleva usted consigo su bolsa de medicinas incluso cuando va de paseo?
Ella asintió con la cabeza.
-Paula: A pie o a caballo. De niña, siempre me despellejaba los codos y las rodillas —Sus ojos centellearon con socarronería— Como ya conocéis mi afición a arrastrarme entre las matas, estoy segura de que esto no le sorprenderá. Al final, papá preparó una bolsa para que la llevase siempre que saliese de casa. Prácticamente he agotado las reservas, de modo que la bolsa no pesa mucho.
-Peter: ¿Cómo lo hacía para despellejarse las rodillas? ¿No la protegían sus faldas?
Las mejillas de Paula se sonrojaron.
-Paula: Me temo que solía..., bueno, levantarme un poco las faldas —Ante la evidente estupefacción de Peter, se apresuró a añadir— Pero sólo para trepar a los árboles.
-Peter: ¿Trepar a los árboles?
Se la imaginó con la falda levantada y sus hermosas piernas al aire, riendo, y notó que le subía la temperatura corporal.
-Paula: No tema, excelencia —le dijo ella con una sonrisa burlona— Dejé de trepar hace ya varias semanas. Pero aún llevo conmigo la bolsa de medicinas. Nunca se sabe cuándo puede una toparse con un apuesto caballero que necesite cuidados médicos. Más vale estar siempre preparada.
-Peter: Supongo que tiene razón —murmuró, complacido en cierto modo de que lo considerase apuesto, pero sorprendido de que sus palabras no le sonasen insinuantes, sino sencillamente amistosas.

La observó con interés mientras ella extraía varios saquitos y pequeños cuencos de madera de la bolsa. Luego la joven se disculpó y se dirigió hacia el lago, para volver con una vasija llena de agua. Después de disponer estos objetos en torno a sí, se puso manos a la obra, con una inequívoca expresión de concentración en el rostro.
-Peter: ¿Qué está mezclando? —preguntó, fascinado por su insólita actividad.
-Paula: Nada más que hierbas secas, raíces y agua.
Aunque él no entendía cómo unas cuantas hierbas con agua podrían aliviar el dolor de su mejilla, guardó silencio y se limitó mirarla, consciente de que cuanto más la observara más averiguaría sobre ella.
Cuando ella terminó, se arrodilló frente a él y mojó los dedos el cuenco de bálsamo.
-Paula: Quizás esto le duela un poco al principio, pero sólo será un momento.
Peter ojeó el mejunje cremoso con desconfianza.
-Peter: ¿Está segura de que eso me hará algún bien?
-Paula: Ya lo vera. ¿Puedo proceder?
Al ver que él vacilaba, ella arqueó las cejas con un brillo travieso en los ojos.
-Paula: ¿No tendrá miedo de un poco de bálsamo, o sí?
-Peter: Por supuesto que no —refunfuñó, irritado por el hecho de que ella aventurase cosa semejante, incluso en broma— Aplique el bálsamo, sin más demora.

Ella se inclinó hacia delante y frotó suavemente la mejilla herida con la crema. Escocía como el demonio, y él tuvo que contenerse para no recular y quitarse aquel ridículo remedio de la cara. En un intento de distraerse del picor de su piel, centró su atención en Paula. Ella frunció el entrecejo con preocupación mientras le ponía un poco más de bálsamo. Haces de luz matinal se colaban por entre los árboles, arrancando destellos dorados a su cabello.

-Paula: Sólo un poquito más, excelencia, y habré terminado.
Él notó su cálido aliento en la cara. Bajó la mirada hacia su boca, y la garganta se le oprimió todavía más. Maldita sea, ella poseía la boca más increíble que hubiese visto. De pronto se percató no sólo de que la mejilla ya no le dolía, sino también de que el suave contacto de la mano de la joven le provocaba oleadas de placer que lo recorrían de la cabeza a los pies.

Su cuerpo entero palpitaba, lleno de vida. El deseo de besarla, de sentir aquellos labios extraordinarios contra los suyos, de tocarle la lengua con la suya, se apoderó de él de manera incontenible. Si se inclinaba hacia adelante sólo un poquito... Ella se echó para atrás de repente.
-Paula: ¿Escuece todavía?
Peter parpadeó varias veces. Se había quedado aturdido. Pero sin beso.
-Peter: Hum, no. ¿Por qué lo pregunta?
-Paula: Lo oí gemir. O quizá fuera más bien un gruñido.

Lo invadió una gran irritación, hacia ella y hacia sí mismo. Allí estaba él, fantaseando con besarla, con una incomodidad creciente en los pantalones, gimiendo —¿o gruñendo?— y ella salía con esa pregunta sobre si se encontraba bien. Prácticamente lo estaba matando.

Estaba perdiendo el juicio. Necesitaba concentrarse en los asuntos que se traía entre manos, pero eso resultaba de lo más difícil teniendo aquella tentación tan cerca. «Concéntrate en Federico—se dijo— En la nota de chantaje. En lo que ella pueda saber sobre eso.»
-Peter: Gracias, señorita Chaves. Me siento mucho mejor. ¿Ha terminado?
Ella frunció el ceño y luego asintió con la cabeza, limpiándose los dedos con un trapo. Peter se preguntó en qué estaría pensando. El silencio y la expresión preocupada de Paula despertaron su curiosidad.
-Peter: ¿Ocurre algo malo, señorita Chaves?
-Paula: No estoy segura. ¿Me permite... tocar su mano?

Esta petición hizo que una sensación de calor le recorriese la columna vertebral. Sin una palabra, levantó la mano. Ella la apretó ligeramente entre las suyas y cerró los párpados. Después de lo que pareció una eternidad, sus ojos se abrieron lentamente. Peter leyó en ellos un temor y una inquietud ostensibles.
-Peter: ¿Hay algún problema?
-Paula: Eso me temo, excelencia.
-Peter: ¿Ha vuelto a ver a Federico?
-Paula: No. Lo vi... a usted.
-Peter: ¿A mí?
Ella asintió con la cabeza, consternada.
-Paula: Lo vi. Lo he percibido.
-Peter: ¿Qué ha percibido?
-Paula: El peligro, excelencia. Me temo que corre un grave peligro.

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