Martín, Luciana, Hernán y la duquesa viuda se encontraban en el vestíbulo de la casa de Peter en Londres, entregando sus chales, abrigos y sombreros a Jasper.
-Lu: ¿Dónde están el duque y la duquesa? —le preguntó al mayordomo una vez que él se hizo cargo de sus prendas exteriores.
-Jasper: En la biblioteca, lady Luciana. Los anunciaré ahora mismo.
Martín miró a Jasper alejarse a paso rápido por el pasillo. Éste se detuvo frente a la puerta de la biblioteca y llamó discretamente. Casi un minuto después, volvió a llamar.
Cuando otro minuto entero hubo transcurrido sin que le contestaran, a Martín se le encogió el estómago a causa de la inquietud. Primero aparecía muerto un alguacil de Bow Street, y ahora Peter no abría la puerta... ¡Maldición! Se volvió hacia Hernán y le preguntó en voz baja:
-Martín: ¿Crees que algo va mal?
-Nan: No lo sé —respondió arrugando el entrecejo con preocupación— pero a juzgar por los sucesos recientes, diría que es posible.
-Martín: Bueno, no pienso quedarme en el vestíbulo con los brazos cruzados —susurró.
Avanzó por el pasillo, seguido de cerca por Nan. Oían pisadas a sus espaldas, lo que significaba que las mujeres los seguían también.
-Martín: ¿Ocurre algo malo, Jasper? —preguntó. Jasper se irguió, recto como un palo.
-Jasper: Desde luego que no. Sólo espero a que su excelencia me dé permiso para entrar.
-Nan: ¿Y estás seguro de que está en la biblioteca?
-Jasper: Completamente seguro.
Jasper golpeó una vez más con los nudillos y no recibió respuesta. Martín y Hernán intercambiaron una mirada.
-Martín: Al diablo —farfulló, alargando el brazo por detrás de Jasper para abrir la puerta, haciendo caso omiso de las protestas indignadas del mayordomo.
Martín cruzó el umbral y se detuvo tan bruscamente que Hernán chocó contra su espalda y casi lo tumbó al suelo.
Martín exhaló un suspiro de alivio. Saltaba a la vista que su preocupación por el bienestar de su hermano carecía de fundamento, pues Peter estaba a todas luces en plena forma e indudablemente... sano.
Estaba abrazando con fuerza a Paula, besándola apasionadamente. Martín sospechaba que la ancha espalda de Peter ocultaba de la vista otros detalles de lo que estaba haciendo. Aun así, todos oyeron el inconfundible suspiro de placer de Paula.
-Martín: Ejem —carraspeó.
Peter y Paula no dieron señales de haberlo oído.
-Martín: ¡Ejem! —lo intentó de nuevo, más alto.
Peter alzó la cabeza.
-Peter: Ahora no, Jasper —gruñó sin molestarse en volverse.
-Martín: Siento mucho decepcionarte, hermano, pero no soy Jasper.
Peter se quedó petrificado. La inoportuna voz de su hermano estuvo a punto de arrancarle una palabrota, pero logró ahogarla a tiempo. Con un gritito de sorpresa, Paula trató de soltarse de sus brazos, pero él la sujetó con firmeza sacando de mala gana las manos de su corpiño. Al mirarla reprimió un gemido de deseo: sus mejillas teñidas de rojo, sus labios húmedos e hinchados de tanto besarlos y su peinado, bastante menos ordenado de como lo llevaba diez minutos antes, le daban un aspecto arrebatador.
Peter soltó entre dientes una maldición soez. Tenía que hacer algo respecto a su hermano. Le pasó por la cabeza la posibilidad de arrojarlo al Támesis. Sí, era una idea que definitivamente tenía sus ventajas. Se volvió para recibir a su invitado inesperado y descubrió que Martín no estaba solo. Hernán, Luciana, su madre y Jasper se aglomeraban en la puerta.
Jasper entró en la habitación, con una expresión de angustia en su semblante habitualmente inexpresivo.
-Jasper: Perdonadme, excelencia, he llamado varias veces, pero...
Peter lo interrumpió con un gesto.
-Peter: No tiene importancia, Jasper. —Diablos, lo cierto era que el hombre hubiera podido aporrear la puerta con un mazo sin que Peter lo oyese— Puedes volver a tus quehaceres.
-Jasper: Sí, excelencia.
Jasper se recompuso la levita, giró sobre sus talones y salió de la biblioteca, no sin antes manifestarle su desaprobación a Martín con un resoplido.
La madre de Peter dio unos pasos al frente tendiéndole las manos.
-Anna: Hola, cariño; hola, Paula. ¿Cómo están?
Parecía tan contenta de verlos que parte de la irritación de Peter se evaporó. Mientras Paula saludaba a los demás, él se inclinó y le dio un beso a su madre en la mejilla.
-Peter: Estoy muy bien, madre.
-Anna: Sí, ya lo veo —respondió ella arqueando una ceja, divertida. Se inclinó hacia delante y añadió en voz baja— No te preocupes, querido. Nos quedaremos en casa de Hernán.
Peter esperaba que su alivio no se notara demasiado. Después de saludar a Luciana, le dirigió una breve cabezada a Hernán y luego fulminó a Martín con la mirada.
-Peter: ¿Qué los trae a todos por aquí?
-Anna: Martín y Hernán iban a venir a la ciudad —explicó su madre— y nos invitaron a Lu y a mí a acompañarlos.
-Paula: Qué maravillosa sorpresa —dijo— Estamos encantados de veros.
Martín tuvo la clara impresión de que Paula sólo hablaba por ella, pues Peter no parecía encantado en absoluto. Pero al constatar que Peter y Paula estaban bien, respiró aliviado y la tensión que le atenazaba los hombros se relajó.
Había asuntos muy serios que tratar, pero Martín no podía abordarlos delante de las mujeres, y si le pedía a Peter de inmediato que se reuniese con él fuera de la habitación sabía que su madre, Lu y seguramente Paula se morirían de curiosidad y querrían saber de qué se trataba. No tenía ningunas ganas de explicarles la auténtica razón de esa visita.
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