Paula bajó las escaleras con un ejemplar de Sentido y sensibilidad en la mano, uno de los numerosos libros que Peter le había comprado la víspera. No tenía ganas de leer, pero anhelaba distraerse para librarse del nudo que se le había formado en el estómago de tanto preocuparse por él.
En medio del vestíbulo recubierto de mármol, miró con indecisión a derecha e izquierda. Tal vez intentaría encontrar la cocina para hurtar un vaso de sidra.
-Jasper: ¿Puedo ayudarla, excelencia? —preguntó una voz profunda.
-Paula: ¡Ah! —Se llevó la mano al pecho— ¡Jasper! Me asustaste.
-Jasper: Le ruego que me perdone, excelencia.
Hizo una reverencia y luego se irguió con la espalda tan recta que ella se preguntó si alguien le habría metido una tabla por la parte de atrás de los pantalones.
-Paula: No se preocupe, Jasper —dijo con una sonrisa que no fue correspondida— ¿Podría indicarme por dónde queda la cocina?
Jasper se quedó mirándola con el rostro desprovisto de toda expresión.
- Jasper: ¿La cocina, excelencia?
El desaliento se apoderó de ella al oír el tono intimidatorio del mayordomo. Ella se puso recta también y le sonrió de nuevo.
-Paula: Sí. Quisiera un poco de sidra.
-Jasper: No hay necesidad de que entre jamás en la cocina, excelencia. Me encargaré enseguida de que un criado le traiga algo de sidra.
Giró sobre sus talones y echó a andar, presumiblemente para llamar a un criado. Ella reparó de inmediato en su cojera.
Estaba segura de que no lo había visto cojear cuando Peter se lo presentó. Durante un momento lo observó alejarse con su andar irregular.
-Paula: Jasper.
El mayordomo se detuvo y se volvió hacia ella.
-Jasper: ¿Sí, excelencia?
-Paula: No quiero que me tome por grosera, pero no he podido evitar fijarme en su cojera.
Por un segundo él se quedó estupefacto. Después recuperó su máscara inexpresiva.
-Jasper: No es nada, excelencia.
-Paula: Tonterías. Obviamente sí es algo. ¿Ha sufrido un accidente de algún tipo?
-Jasper: No, excelencia. Se trata sólo de mi calzado. El cuero está demasiado rígido y no he conseguido domarlo todavía.
-Paula: Entiendo —Bajó la vista hacia sus lustrosos zapatos negros y asintió con la cabeza, comprensiva— ¿Se le han levantado ampollas?
-Jasper: Sí, excelencia. Varias —Alzó la barbilla— Pero no impedirán que cumpla con mis obligaciones.
-Paula: Cielo santo, esa posibilidad ni siquiera me ha pasado por la cabeza. Salta a la vista que es usted la eficiencia personificada. Sólo me preocupa que esté sufriendo —Le sonrió a aquel hombre de semblante adusto— ¿Le ha examinado alguien esas ampollas? ¿Un médico, quizá?
-Jasper: Desde luego que no, excelencia —replicó enfurruñado, y echó los hombros hacia atrás de tal manera que Paula se maravilló de que no se cayera de espaldas.
-Paula: Ya veo. ¿Dónde está la biblioteca, Jasper?
-Jasper: Es la tercera puerta a la izquierda por este pasillo, excelencia —señaló el mayordomo.
-Paula: Muy bien. Quiero verle ahí dentro de cinco minutos, por favor.
Se dio la vuelta para encaminarse a las escaleras.
-Jasper: ¿En la biblioteca, excelencia?
-Paula: Sí. Dentro de cinco minutos.
Dicho esto, subió a toda prisa.
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-Peter: ¿Sabes qué ha sido de la duquesa? —preguntó al ayudante del mayordomo cuando salió al vestíbulo dando grandes zancadas. Había regresado del barrio ribereño y llevaba un cuarto de hora buscando a Paula, sin éxito.
—Está en la biblioteca, excelencia.
Peter recorrió con la mirada el recibidor, que estaba vacío salvo por ellos dos.
-Peter: ¿Dónde está Jasper?
—Creo que en la biblioteca con la duquesa, excelencia.
Poco después Peter irrumpió en la biblioteca y se detuvo en seco. Su esposa estaba arrodillada frente al mayordomo, que se encontraba sentado en su sillón favorito. Estaba descalzo, y tenía las perneras enrolladas y las pantorrillas delgadas y velludas al descubierto.
Peter, estupefacto, observó con incredulidad desde la puerta cómo Paula se ponía hábilmente el pie descalzo de Jasper sobre el regazo y le friccionaba el talón y la planta con una especie de crema. Justo cuando Peter creía que había llegado al límite de su asombro, ocurrió algo que lo dejó boquiabierto.
Vio a Jasper sonreír. ¡Sonreír!
No había en toda Inglaterra un mayordomo más retraído, adusto y glacialmente correcto que Jasper. Durante todos los años en que Jasper había servido a su familia, Peter nunca había visto al hombre esbozar una media sonrisa. Jamás le habían temblado siquiera los labios. Hasta ahora.
Pero lo que sucedió a continuación dejó a Peter aún más pasmado. Una carcajada brotó de la garganta de Jasper. El hombre se estaba riendo, ¡por el amor de Dios! Peter sacudió la cabeza para despejársela. De no ser porque no había bebido, habría jurado que la escena que tenía ante sí era producto de un exceso de brandy. Pero estaba totalmente sobrio, de modo que debía de ser real. ¿O no? Intentando poner sus confusas ideas en orden, atravesó la habitación.
-Peter: ¿Qué está pasando aquí? —preguntó, acercándose a su mujer, que no dejaba de sorprenderlo, y a su mayordomo, a quien al parecer no conocía en absoluto.
Paula le dirigió una mirada inquisitiva, con los ojos llenos de preocupación. Jasper parecía terriblemente apurado. Peter saludó con un beso en la cabeza a Paula y la miró con una expresión tranquilizadora que alivió la tensión de su rostro.
-Jasper: ¡Excelencia! —exclamó el mayordomo, sonrojado. Intentó ponerse en pie, pero Paula se lo impidió con un gesto.
-Paula: Quédese sentado, Jasper —le ordenó con firmeza— Ya casi he terminado.
Jasper tosió y se hundió de nuevo en el sillón. Ella le puso el pie en el suelo y le levantó el otro para aplicarle con delicadeza una ligera capa de bálsamo que sacaba de un cuenco de madera. Tenía la bolsa de medicinas en el suelo, abierta, a su lado.
-Peter: ¿Qué demonios le estás haciendo a Jasper, Paula? —preguntó, con los ojos clavados en el extraordinario espectáculo que ofrecía su esposa al curar con ternura los pies de su temible mayordomo.
-Paula: El pobre Jasper tiene unas ampollas espantosas que le han producido sus zapatos nuevos —explicó ella— Le sangraban y era muy probable que se le infectaran, así que le he limpiado las heridas y preparado un ungüento para aliviar su incomodidad —Acabó de colocar la venda y le desenrolló a Jasper las perneras del pantalón— ¡Listo! Ya está. Ya puede volver a ponerse los calcetines y zapatos, Jasper.
El mayordomo obedeció con presteza.
-Paula: ¿Cómo siente los pies?
Jasper se puso de pie, botó varias veces sobre los talones y dio unos pasos de ensayo. El asombro se dibujó en su enjuta cara.
-Jasper: Caramba, no me duelen nada, excelencia.
Caminó adelante y atrás varias veces delante de ella.
-Paula: Estupendo —le alargó el cuenco a Jasper— Llévese esto a su habitación y tápelo con un pañuelo mojado para mantenerlo húmedo. Aplíquese la crema antes de irse a dormir y luego otra vez por la mañana. Sus ampollas desaparecerán enseguida.
Jasper tomó el cuenco de manos de Paula y miró de reojo a Peter, vacilante.
-Jasper: Gracias, excelencia. Habéis sido en extremo amable.
-Paula: Ha sido un placer, Jasper. Si necesita ayuda para ponerse la venda, no dude en pedírmela. Y mañana tendré preparado ese cataplasma para su madre.
Paula le dedicó una sonrisa angelical y Jasper le sonrió como un colegial enamoradizo.
-Peter: Eso será todo, Jasper —lo despidió Peter, señalando la puerta con un movimiento de la cabeza.
Al oír la voz de su patrón, Jasper recordó de pronto cuál era su sitio. Se irguió, se alisó la levita de un tirón y borró toda expresión de su semblante. Giró elegantemente sobre sus talones y salió de la habitación con la cojera apenas perceptible.
En cuanto la puerta se hubo cerrado tras él, Paula se levantó de un salto.
-Paula: ¿Has descubierto algo? —preguntó.
-Peter: No. He podido confirmar que Gaspard ha estado en esa zona, en efecto, pero no lo he encontrado.
-Paula: Lo siento —Lo observó detenidamente— ¿Estás bien?
-Peter: Sí. Frustrado, pero bien. —Sintió la necesidad de tocarla, deslizó las manos en torno a su cintura y la atrajo hacia sí. Era de lo más agradable tenerla entre los brazos, de modo que desterró de su mente los recuerdos de toda la inmundicia que había visto esa tarde— Estoy asombrado. Nunca había visto a Jasper sonreír, y tú has logrado que se riera —Le plantó un beso rápido en la nariz— Increíble.
-Paula: No es ni de lejos tan temible como lo imaginaba —comentó ella, posándole las manos sobre las solapas— De hecho, es un hombre bastante afable.
-Peter: ¿Jasper afable? Dios santo, lo que me faltaba por oír. —Volvió los ojos al cielo y ella se rió— Debo decir que verte arrodillada ante mi mayordomo, curándole los pies, me ha sorprendido.
-Paula: ¿Y eso por qué?
-Peter: No es algo que suelan hacer las duquesas, Paula. No deberías tratar a los sirvientes con tanta familiaridad. Y, desde luego, no deberías ponerte sus pies descalzos sobre el regazo.
Sonrió para quitar algo de hierro a su reprimenda, pero ella se ofendió de inmediato.
-Paula: Jasper estaba sufriendo, Peter. No puedes esperar que deje que alguien lo pase mal sólo porque soy una duquesa y resulta inapropiado que le ayude —Alzó la barbilla, desafiante, con los ojos echando chispas— Me temo que estoy profundamente convencida de esto.
Peter sintió una mezcla de respeto e irritación. No estaba acostumbrado a la derrota, pero era evidente que desde el momento en que se conocieron, a Paula no le había importado un pimiento su rango elevado ni su posición social. El hecho de que se encarase a él con los ojos centelleantes, sin pestañear ni amedrentarse ante su posible ira, lo llenó de orgullo y respeto hacia ella. Su esposa sabía curar a la gente y estaba decidida a hacerlo, con o sin su aprobación.
¿Y quién diablos se creía él que era para tachar de indecoroso el comportamiento de ella? Dios sabía que él había vulnerado las conveniencias sociales en muchas ocasiones, últimamente al convertir a una americana en su duquesa. Maldita sea, tenía ganas de abrazarla, aunque por supuesto no era preciso que ella lo supiese. Por el contrario, adoptó una expresión seria, que era lo adecuado.
-Peter: Bueno, supongo que si ayudar a los que sufren es tan importante para ti...
-Paula: Te aseguro que lo es.
-Peter: ¿Y te gustaría contar con mi aprobación?
-Paula: Sí, mucho.
-Peter: ¿Y si me niego a dártela?
Ella no vaciló ni por un instante.
-Paula: Entonces me veré obligada a ayudar a la gente sin tu aprobación.
-Peter: Entiendo —Le parecía tan generosa que quería aplaudirla por su valor y su temple a pesar de su actitud desafiante.
-Paula: Por favor, compréndeme, Peter —dijo ella, poniéndole la mano en el rostro con suavidad— No tengo el menor deseo de desafiarte o hacerte enfadar, pero no soporto ver sufrir a la gente. Tú tampoco, ¿sabes? Eres demasiado bondadoso y noble para permitir que otros sufran.
Peter la estrechó con más fuerza, tremendamente complacido de que su esposa lo considerase bondadoso y noble.
-Paula: Me alegro tanto de que estés en casa —le susurró ella al oído. Su aliento cálido le hizo cosquillas y una oleada de escalofríos deliciosos le recorrió la espalda— Estaba tan preocupada...
El «efecto Paula» lo inundó como si alguien hubiese abierto las compuertas. Ella se preocupaba por él. Y si esa mujer tan extraordinaria se preocupaba por él, quizá no fuese tan malo después de todo.
La emoción le hizo un nudo en la garganta. Se inclinó hacia atrás, tomó el rostro de ella entre sus manos y le acarició las tersas mejillas con los pulgares.
-Peter: Estoy bien, cariño —Una sonrisa traviesa le curvó los labios— Quizá no sea tan fuerte como tú, pero estoy bien. Y te doy mi aprobación y mi bendición para que cures a quien te plazca. Con una sola condición.
-Paula: ¿A saber?
Peter bajó la cara hasta que su boca se encontró justo encima de la de ella.
-Peter: Quiero ser el principal objeto de tus atenciones.
Ella le echó los brazos al cuello.
-Paula: Por supuesto, excelencia —Se arrimó más a él, apretándose contra su evidente miembro— Oh, cielos —musitó— Al parecer necesitas esas atenciones ahora mismo. Creo que deberíamos empezar. En el acto.
-Peter: Excelente sugerencia —convino él con voz ronca mientras fundía sus labios con los de ella.
Paula pronunció su nombre en un suspiro, y el sentimiento de culpa lo estrujó como una soga anudada.
Sabía que ella no se pondría muy contenta cuando le dijese que se veía obligado a regresar al barrio de la ribera esa noche.
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