Mientras Paula ofrecía asiento a sus invitados y mandaba preparar té y un refrigerio para ellos, Martín se acercó a su hermano, que no se había movido de su sitio al otro lado de la estancia. Peter lo acogió con una mirada gélida.
-Peter: Estoy recién casado, Martín. ¿Lo has olvidado, tal vez?
-Martín: Por supuesto que no lo he olvidado.
-Peter: Entonces ¿cómo diablos se te ha ocurrido venir aquí sin que te invitara, y traerlos a ellos contigo? —señaló a los demás con un movimiento de cabeza, sin apartar los ojos acerados del rostro de Martín. Antes de que éste pudiera contestar, Peter prosiguió— Bueno, y ¿cuándo se marchan?
-Martín: ¿Marcharnos? Pero si acabamos de llegar —Un impulso perverso le hizo preguntar— ¿Es que no te alegras de vernos?
-Peter: No.
-Martín: Qué pena. Y yo que pensaba que vendría a salvarte del aburrimiento que sin duda empezabas a sentir después de tres interminables días de matrimonio. Es evidente que la gratitud te ha dejado sin habla.
-Peter: ¡Largo de aquí!
Martín hizo chascar la lengua.
-Martín: Qué descortés te has vuelto desde que te has casado.
Peter apoyó la cadera en el enorme escritorio de caoba, dobló los brazos sobre el pecho y cruzó los tobillos.
-Peter: Te doy exactamente dos minutos para que me digas todo lo que quieras, y después, lamentablemente, tendrás que marcharte. Madre dice que te alojarás en casa de Nan. Sin duda necesitas tiempo para instalarte en tu habitación.
Martín echó un vistazo subrepticio a su alrededor y comprobó que las mujeres estaban ocupadas charlando. Enarcó las cejas mirando a Nan, quien de inmediato se disculpó ante ellas y se reunió con Peter y Martín al otro lado de la biblioteca.
Martín: De hecho, Hernán y yo estamos aquí por una razón muy concreta —dijo en voz baja, acercándose a Peter.
-Peter: ¿Te refieres a otra razón aparte de la de incordiarme?
-Martín: Sí, pero es algo que debemos tratar en privado.
Peter: observó a su hermano con los ojos entornados. A veces le costaba distinguir si Martín estaba tomándole o no el pelo, pero su expresión grave parecía auténtica. Peter advirtió que Nan también estaba muy serio.
-Nn: ¿Podríamos ir a tu estudio? —sugirió éste.
Peter miró alternativamente sus semblantes circunspectos.
-Peter: De acuerdo.
Lo asaltó la sospecha de que lo que Martín y Nan iban a contarle no le gustaría en absoluto...
Definitivamente, no le gustó lo que le contaron.
Un cadáver en su finca. El cadáver de un alguacil de Bow Street.
Una vez que se hubo quedado a solas en su estudio, Peter caminó de un lado a otro de la alfombra de Axminster. Mil pensamientos se arremolinaban en su cabeza, y se le contraía el estómago a causa de la tensión. No le cabía la menor duda de que el muerto era James Kinney. Maldita sea, con razón Kinney no se había presentado a su cita. El pobre estaba tumbado boca abajo entre los arbustos, con media cabeza destrozada.
Las palabras de Martín resonaron en sus oídos: «Juzgamos conveniente alejar a Lu y a madre de la finca, por si acaso hay un lunático rondando por ahí, aunque según el magistrado el móvil fue el robo». ¿El robo? Peter sacudió la cabeza. No, Kinney iba a darle información sobre Gaspard. Y ahora estaba muerto.
¿Qué había descubierto? Fuera lo que fuese, era lo bastante importante para que lo mataran. Y él no tenía ninguna duda de quién lo había matado.
Se pasó una mano temblorosa por el pelo. Estaba claro que Gaspard no sólo era un chantajista, sino también un asesino. Un asesino que aseguraba estar en posesión de la prueba de que Federico era un traidor. Un asesino que, en cualquier momento, podía sacar a la luz esa información y deshonrar a la familia de Peter.
«No permitiré que eso ocurra», se dijo. ¿Qué sería de su madre y de Lu? ¿Y de Martín? ¿Y de Paula? ¡Maldición! Qué lío. Seguramente Kinney murió la noche, en que debían reunirse..., de un disparo en la cabeza, pobre diablo. Probablemente había sido el disparo lo que había asustado a Myst...
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