miércoles, 5 de junio de 2013

Capítulo 8

Peter se quedó mirándola. Evidentemente la joven sufría alucinaciones, pero su mirada de horror le heló la sangre en las venas. «Demonios —se dijo— si no voy con cuidado, acabará por convencerme de que hay duendes acechando detrás de todos los árboles.» Trató de retirar la mano delicadamente de entre las suyas, pero ella la apretó con fuerza.

-Paula: Pronto —susurró— Veo árboles, la luna. Va a caballo, por un bosque. Está a punto de llover. Ojalá supiese más, pero eso es todo lo que he visto. No puedo decirle qué forma adoptará ese peligro, pero le juro que es una amenaza auténtica. E inminente. —Su voz sonaba desesperada, implorante— No debe cabalgar en el bosque por la noche, bajo la lluvia.

Enfadado consigo mismo por haberse puesto un poco nervioso, Peter se soltó bruscamente.
-Peter: Soy perfectamente capaz de cuidar de mí mismo, señorita Chaves. No se preocupe.
La mirada de ella expresó frustración.
-Paula: Pues estoy preocupada, excelencia, y usted debería estarlo también. Aunque comprendo su escepticismo, le aseguro que lo que digo es cierto. ¿Qué motivos podría tener para mentir?
-Peter: Ya me he hecho esa misma pregunta, señorita Chaves. Y me interesa mucho conocer la respuesta.
-Paula: No hay respuesta. No estoy mintiendo. Cielo santo, ¿siempre es tan testarudo? —Achicó los ojos, sin apartados de los suyos— ¿O es que quizás está sahumado?
¿Lo había llamado testarudo? ¿Y qué demonios significaba «sahumado»?
-Peter: ¿Cómo?
-Paula: Sí. ¿Se excedido en el consumo de bebidas alcohólicas?
La fulminó con la mirada.
-Peter: Achispado. Quiere usted decir achispado. Pues no, desde luego que no lo estoy. ¡Por Dios, son sólo las siete de la mañana! —Se inclinó hacia ella, y su irritación alcanzó su punto culminante cuando vio que ella se mantenía firme y le sostenía la mirada— Tampoco soy testarudo.
Un resoplido impropio de una dama escapó de los labios de Paula.
-Paula: Estoy convencida de que le encanta creer que no lo es —Reunió sus enseres y se puso en pie— Debo marcharme. Tía Julia se estará preguntando qué ha sido de mí.

Sin una palabra más, dio media vuelta y enfiló a paso ligero el sendero que conducía a la casa.
Peter la siguió con la mirada hasta que desapareció; reprimió su enfado. «Qué mujer tan impertinente —pensó— Que Dios ayude al pobre idiota que acabe encadenándose a esa americana maleducada.» Sin embargo, una vez que su ira remitió, una palabra comenzó a rondarle por la cabeza: peligro. Lo asaltó cierta inquietud, pero él se la sacudió de encima resueltamente. Estaba en su propia finca, a millas de distancia de cualquier lugar poblado. ¿Qué podría pasarle allí? ¿Que una ardilla hambrienta le mordiese la pierna? ¿Que una cabra le propinase un topetazo en el trasero? Se rió para sus adentros ni imaginar a unos animalitos peludos persiguiéndolo por la finca.

Su diversión se cortó súbitamente cuando pensó en la carta de chantaje. ¿Tendría el chantajista la intención de hacerle daño? Sacudió la cabeza, desechando la idea. El chantajista quería dinero, y no lo conseguiría si hacía daño a su fuente de ingresos. Por otro lado, ¿con qué objeto le habría advertido ella del peligro? ¿Estaría conchabada con el chantajista? ¿Estaba intentando meterle miedo para que pagase al desgraciado del chantajista? ¿O acaso era otra de las víctimas del chantajista y simplemente quería ayudarlo? ¿O es que, sencillamente, estaba chiflada?
No lo sabía, pero no concedió el menor crédito a esas tonterías sobre visiones.
No, no estaba en peligro.
En absoluto.
Y tampoco era testarudo.

Dos horas después, Peter entró en el comedor con la intención de tomarse una taza de café en paz, y tuvo que reprimir un gruñido. Dos docenas de pares de ojos lo contemplaban. Maldición. Se había olvidado del resto de las visitas de su madre que, en rigor, eran también invitados suyos.

—Buenos días, Pedro —lo saludó Anna, su madre en un tono que conocía muy bien y que equivalía a: «Gracias a Dios que has aparecido, porque alguien está aburriéndonos a muerte»— Lord Digby estaba explicándonos con todo detalle las virtudes de los nuevos sistemas de riego. Si no recuerdo mal, ése es uno de tus temas predilectos. A Peter casi se le escapó una carcajada al ver la mirada de desesperación que ella le dirigía, una mirada que ni siquiera el hombre más despiadado podría pasar por alto. Adivinó que su madre quería que acaparase la atención de lord Digby, por lo que se sentó a la cabecera de la mesa y dedicó al caballero un gesto alentador.
-Peter: ¿Sistemas de riego? Fascinante.
La conversación prosiguió, y, después de que un criado le sirviese café, Peter fingió escuchar a lord Digby mientras su mirada vagaba por la mesa.

Lu le sonrió y, tras echar con disimulo un vistazo a derecha e izquierda, puso los ojos en blanco. Él respondió con un guiño, complacido de que ella estuviese tan alegre y de que se las hubiese ingeniado para conservar el sentido del humor a lo largo de lo que prometía convertirse en un desayuno mortalmente aburrido.

Paseó la vista por los otros invitados, asintiendo distraídamente con la cabeza en respuesta al discurso de lord Digby. Lady Digby estaba sentada en medio de sus numerosas hijas. Dios santo, ¿cuántas eran? Hizo un cálculo rápido y contó cinco. Todas ellas lo miraban pestañeando con coquetería. Apenas logró reprimir un escalofrío. ¿Cómo había llamado Hernán esas mocosas? Ah, sí: cabezas de chorlito bastante tontas. Tomó nota mentalmente de que debía hacer caso de las recomendaciones de Nan y permanecer lo más alejado posible de las hermanas Digby. Si les prestaba la menor atención, sin duda lady Digby correría a llamar a un sacerdote.

La condesa de Penbroke estaba sentada junto a la madre de Peter, y ambas conversaban animadamente sobre algo que él no alcanzó a oír. Lady Penbroke lucía otra muestra de su inacabable reserva de tocados extravagantes. Diego observó fascinado cómo un criado esquivaba ágilmente las largas plumas de avestruz que sobresalían de su turbante de color verde pálido y amenazaban con sacarle el ojo a alguien cada vez que ella movía la cabeza.

Se reclinó en su silla y continuó con su examen de los comensales. Advirtió que su madre parecía bastante contenta, serena y sorprendentemente fresca, pese a que probablemente se había ido a dormir al alba. Llevaba la dorada cabellera recogida en un moño que la favorecía mucho, y su vestido azul oscuro hacía juego con sus ojos. Lu se le parecía tanto que Peter sabía exactamente qué aspecto tendría su hermana veinticinco años después: sería absolutamente hermosa.

La mirada de Peter continuó recorriendo a los invitados. Arqueó las cejas cuando vio a Hernán hacerle una señal con la cabeza por encima de su taza de café. ¿Acaso el hecho de que su amigo no hubiese partido todavía a Londres significaba que ya tenía algún informe que comunicarle respecto de la señorita Chaves?
Frunció el entrecejo y de nuevo repasó con la vista a los comensales. ¿Dónde estaba la señorita Chaves? Había una silla a todas luces desocupada en la mesa. En realidad no estaba ansioso por ver a aquella jovencita impertinente. En absoluto. De hecho, de no ser porque necesitaba averiguar qué conexión tenía con Federico, la habría borrado de su mente por completo.

Sí; se olvidaría de aquellos ojos que podían cambiar de alegres a serios en un santiamén, y de su espesa y ondulada cabellera de color castaño, que parecía invitarlo a acariciarla con los dedos. No volvería a pensar en su boca. Hmm... su boca. Esos encantadores, carnosos y enfurruñados labios...

-Lord Digby: Caracoles, excelencia, ¿Se encuentra bien? —esa voz devolvió a Peter a la realidad.
-Peter: Perdón, ¿cómo dice?
-Lord Digby: Le he preguntado por su salud.  Soltó un quejido.
-Peter: ¿Ah sí?
«¡Maldita sea! Esa mujer representaba un engorro, incluso cuando no estaba presente.»
-Lod Digby: Sí. Los arenques ahumados también me producen ese efecto. Y las cebollas —Lord Digby se inclinó hacia él y añadió en voz baja— Lady Digby siempre se da cuenta cuando me permito algún capricho a la hora de la comida. La condenada sabe exactamente qué me he llevado a la boca y cierra con llave su alcoba si pruebo a escondidas un solo bocado de cebolla. Quizás os interese tener eso en consideración cuando esté preparado para elegir esposa.

Cielo santo. La mera idea de estar encadenado a una de las hermanas Digby le quitó el poco apetito que le quedaba. Lanzando una mirada significativa a Nan, Peter se disculpó con lord Digby y se puso en pie.
-Anna: ¿Adónde vas? —le preguntó su madre.
Peter se le acercó, se colocó tras el respaldo de su silla y le plantó un beso en la sien.
-Peter: Tengo unos asuntos que tratar con Hernán.
Ella se volvió, escrutándole el rostro con una mirada de inquietud, sin duda buscando los signos de fatiga que a menudo percibía en sus ojos. Consciente de que ella se preocupaba por él, su hijo le sonrió forzadamente y le dedicó una reverencia formal.
-Peter: Tienes un aspecto maravilloso esta mañana, madre. Como siempre.
-Anna: Gracias. Tú tienes un aspecto... —bajó la voz hasta un tono confidencial— distraído. ¿Ocurre algo malo?
-Peter: En absoluto. De hecho, me propongo tomar el té contigo esta tarde.
Una expresión de sorpresa se reflejó en el semblante de su madre.
-Anna: Ahora estoy convencida de que algo va mal.
Con una risita, Peter se excusó y se encaminó a su estudio privado para esperar a Nan.

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