sábado, 22 de junio de 2013

Capítulo 23

Peter despertó poco a poco, y se percató de que unas manos le acariciaban el pecho. Abrió un ojo soñoliento y se vio recompensado con la visión de un seno perfectamente redondeado coronado por un pezón rosado y turgente. Decidió que aquello requería una investigación más a fondo, de modo que abrió el otro ojo y se deleitó con la imagen y el tacto de su esposa desnuda que, sentada a horcajadas sobre su cintura, le deslizaba las manos por el torso.

Su magnífica cabellera la rodeaba como una nube de color castaño, cayéndole en cascada sobre los hombros hasta tocarle los generosos pechos y acariciarle las caderas. Las rizadas puntas descendían por su espalda hasta descansar sobre las piernas de Peter. El hecho de estar excitado no lo sorprendió en absoluto, considerando que había pasado los últimos tres días en un estado de excitación constante.

Pero hoy todo cambiaría. Había enviado un mensaje a Bow Street y le habían informado de que al menos hasta la víspera nadie había recibido noticias de James Kinney.

Y ya bien entrada la noche había recibido otra carta de chantaje que le exigía que reuniese la desorbitada suma de cinco mil libras y esperara nuevas instrucciones. Al interrogar al muchacho que le había dado la misiva, había averiguado que el gabacho frecuentaba varios establecimientos del barrio de la ribera. La descripción que el chico había hecho del hombre no le había dejado lugar a dudas de que se trataba de Gaspard. Peter planeaba visitar esos lugares esa tarde con la esperanza de encontrarse cara a cara con aquel bastardo.

Así pues, pese a que ese breve interludio con su mujer le había resultado de lo más placentero, había llegado la hora de centrar su atención en otros asuntos.
-Paula: Buenos días, excelencia —lo saludó ella. Se inclinó y lo besó en los labios— ¿O debería decir «buenas tardes»?
Sus dedos se deslizaron por su pecho y le hicieron cosquillas en el ombligo. Él contraía los músculos con espasmos de placer allí donde ella lo tocaba. Sí, era una pena que ese interludio tuviese que terminar.
Ella le toco la mejilla y la acarició suavemente.
-Paula: ¿Vas a volver a dormirte?
Por toda respuesta, él la aferró por la cintura, la levantó y la sentó encima.
-Peter: Estoy totalmente despierto y tienes toda mi atención —le aseguró.

Peter alzó el brazo, enredó los dedos en su cabello y atrajo hacia sí su cabeza para besarla. Le introdujo la lengua en la boca mientras le ponía la otra mano entre los muslos. Cuando sus dedos la acariciaron, ella emitió un gemido profundo. Su clímax llegó rápidamente, consumiéndola por completo. Con la cara contra el hombro de Peter, gritó su nombre una y otra vez mientras se contraía espasmódicamente en torno a él y se derretía entre sus brazos. En cuanto su mujer se relajó, él rodó con ella sobre la cama hasta que la tuvo debajo. Se acomodó entre sus muslos separados y se movió muy despacio dentro de ella, saliendo casi por completo sólo para sumergirse hasta el fondo.

Apoyándose sobre las manos, admiró su bello rostro mientras la acariciaba por dentro, lenta y rítmicamente, hasta que ella empezó a retorcerse debajo de él. Las reacciones de Paula no eran en absoluto contenidas. Esa mujer no tenía nada de tímida ni retraída en la cama. La visión de Paula poseída por la pasión, con su larga cabellera desparramada alrededor, era una de las más eróticas que Peter había tenido delante de los ojos. Un quejido le salió de lo más hondo cuando ella lo rodeó con sus largas piernas y aferró sus tensos bíceps con los dedos.
-Paula: Peter —gimió ella, arqueándose debajo de él.
Cuando alcanzó la cima, apretó con fuerza a Peter, que la penetró una última vez.
Estrechándola en sus brazos, rodó con ella hasta que quedaron de costado, y hundió la cara en su fragante cabello.
-Peter: Ha sido un despertar muy bonito —murmuró cuando recuperó el habla.
Le acarició la región baja de la espalda y las redondas nalgas con un movimiento suave y circular.
-Paula: Para mí ha sido muy bonito también —dijo ella con un guiño que lo hizo sonreír.

En efecto, los tres últimos días habían sido los más felices que Peter había vivido. Habían salido de la casa sólo una vez, para dar un paseo en carruaje por Hyde Park, y después para curiosear por las tiendas de Bond Street. Peter se había prendado de unos pendientes de diamantes y perlas en una joyería de moda y se los había comprado a su esposa a pesar de sus protestas. Después Paula descubrió una librería pequeña en una callejuela adoquinada y lo había arrastrado al interior.
-Peter: Creía que habías dicho que no te gustaba ir de compras —había bromeado él mientras ella examinaba los volúmenes de las estanterías.
-Paula: No me interesa ir a comprar cosas, pero esto son libros.

Él no estaba muy seguro de haber entendido la distinción, pero le encantó poder complacerla. Le compró más de una docena de libros y se percató, divertido, de que ella se mostraba mucho más entusiasmada con ellos que con los pendientes de precio exorbitante que acababa de regalarle.

Aparte de esta salida, hecha el día anterior, habían pasado casi todo el tiempo en la alcoba de Peter, desnudos, tocándose, aprendiendo, disfrutando el uno del otro, compartiendo sus cuerpos. Incluso les servían la mayor parte de las comidas allí, y sólo salían de la habitación para cenar en el comedor formal. Pero en cuanto terminaban huían de nuevo a su mundo íntimo, donde él le enseñaba a su esposa el significado de la pasión, descubriendo de paso que, aunque había tenido muchas amantes, nunca había experimentado la honda ternura que Paula le hacía sentir.

En su segunda noche, juntos habían hecho una escapada de medianoche al estudio privado de Peter. Él le había asegurado que tenía una sorpresa para ella y le había pedido que cerrase los ojos y se dejase conducir de la mano al estudio. El fuego de la chimenea bañaba la habitación en un brillo cálido y tenue. Ella paseó la mirada por todo el estudio y avistó el bosquejo que le había regalado, colgado en un lugar destacado de la pared situada frente al escritorio.

Él se acercó a ella por detrás y le rodeó la cintura con los brazos.
-Peter: Cada vez que alzo la vista hacia ese retrato, pienso en ti —le dijo en voz baja.
Después había dedicado una hora a enseñarle los pasos del vals y descubrió que ese baile era mucho más sensual de lo que nunca había imaginado. Quizás Paula no fuese la pareja de baile más diestra que había tenido, pero nunca lo había pasado tan bien. Acabaron haciendo el amor muy despacio y sin prisas sobre la gruesa alfombra al calor del fuego, y Peter supo que nunca volvería a entrar en su estudio sin ver en su mente a Paula acostada sobre el tapiz, con los ojos brillantes de deseo y los brazos extendidos hacia él.

Ahora, ella le rozó el cuello con los labios. Dios, esa mujer lo hacía feliz, cosa que lo inquietaba, lo desconcertaba y lo ponía eufórico al mismo tiempo. Aunque en los últimos días ambos habían pasado muchos momentos románticos juntos, riendo y charlando, ella no le había revelado los motivos secretos que la habían impulsado a marcharse de América. Él había tocado el tema una vez, pero ella había desviado inmediatamente la conversación. Para su sorpresa, la renuencia de Paula a contarle cosas de su pasado le molestó, pues él deseaba que ella le hablara de eso.

-Peter: ¿Qué te gustaría hacer hoy? —le preguntó, acariciándole con delicadeza su tersa piel.
-Paula: Mmmm... Lo estoy haciendo ahora mismo.
-Peter: ¿Ah sí? ¿Y qué es?
-Paula: Abrazarte. Sentirte cerca de mí. Sentirte dentro de mí —Echó la cabeza hacia atrás y lo miró con ojos sombríos y cargados de emoción. Le posó con ternura la mano en la cara— Tocarte. Amarte.
¿Estaba diciendo que lo quería? ¿O se refería sólo a hacer el amor con él? Peter no lo sabía, y aunque nunca antes había solicitado el amor de una mujer, de pronto deseaba oír palabras amorosas de boca de Paula.

No podía negar que ese matrimonio de conveniencia estaba dando un vuelco inesperado. Además, la sensación de vulnerabilidad y confusión que lo embargaba era algo que no le gustaba demasiado.
Ella le pasó la punta de los dedos por las cejas.
-Paula: ¿Y a ti? ¿Qué te gustaría hacer hoy?
-Peter: Me gustaría quedarme aquí contigo y hacer el amor durante toda la tarde, pero hay unos asuntos que reclaman mi atención.
-Paula: ¿Puedo hacer algo para ayudarte?
Él sonrió al percibir el ansia en su voz.

-Peter: Me temo que no. Tengo que hacer varias diligencias y ocuparme de un enorme montón de correspondencia aburrida.
-Paula: ¿Podría acompañarte mientras haces tus diligencias?
-Peter: Me temo que debo encargarme de ellas solo —No le hacía gracia llevarla consigo al barrio de la ribera— Me distraerías demasiado. Estaría concentrado en ti, no en el trabajo.
Ella se quedó quieta y le puso las manos a los lados de la cara.
-Paula: Me ocultas algo. Vas a algún sitio adonde no quieres que yo vaya —Soltó un suspiro— Deja que te ayude, Peter.
Maldición, ¿es que esa mujer podía leerle el alma? Era, cuando menos, una pregunta perturbadora. ¿Podía ella ver el afecto creciente que le estaba tomando?

¿Afecto? Casi hizo un gesto de disgusto ante la insulsez de esa palabra, que no describía ni remotamente lo que sentía por ella. La idea de que ella pudiera ver o percibir cosas que él aún no estaba preparado para compartir lo desconcertaba, aunque Paula no había vuelto a mencionar sus visiones ni a afirmar que le hubiese leído el pensamiento.

Deslizó el dedo por el tabique nasal de ella. En cuanto a llevarla consigo a los sitios a los que tenía que ir, eso quedaba terminantemente descartado. No estaba dispuesto a exponerla al peligro o a...
-Paula: No quieres exponerme al peligro. Lo entiendo. Pero estaré contigo. Estaré perfectamente a salvo.
-Peter: No puedo llevarte a esos lugares, cariño. Son sórdidos, en el mejor de los casos. No son la clase de sitios que frecuentan las damas.
-Paula: ¿Qué te traes entre manos exactamente?
Contempló la posibilidad de no decírselo, pero descubrió que no tenía las menores ganas de mentirle.
-Peter: ¿Recuerdas que en las ruinas te dije que había contratado a un alguacil de Bow Street para que investigase a un francés que vi con Federico antes de su muerte?
-Paula: Sí. Habías quedado en encontrarte con ese alguacil esa noche.
-Peter: Exacto. Bueno, pues he recibido informes de que el francés que busco, al que conozco por el nombre de Gaspard, ha sido visto hace poco en una taberna y antro de juego situado cerca del barrio ribereño. Iré a ver si lo encuentro.
-Paula: ¿Por qué?
«Porque ese bastardo amenaza con destruir todo lo que me importa —pensó— Podría acarrear la ruina a mi familia... de la que ahora formas parte.» Pese a su renuencia a mentir, sabía que tendría que hacerlo.
-Peter: Tengo motivos para creer que le robó varias cosas a Federico, y quiero recuperarlas.
-Paula: ¿Por qué no dejas que tu investigador lo encuentre?
-Peter: Deseo seguir su rastro mientras aún esté caliente.
Ella clavó la mirada en sus ojos, que estaban muy serios.
-Paula: Quiero acompañarte.
-Peter: De eso ni hablar.
-Paula: ¿No entiendes que podría ayudarte? ¿Por qué no intentas al menos creer en esa posibilidad? Podría percibir algo que te facilitase esa búsqueda. Si toco algo que él haya tocado o a alguna persona con quien haya hablado, tal vez podría adivinar su paradero.
-Peter: Diablos, ya sé que quieres ayudarme, y aunque no puedo negar que posees una intuición muy aguda, no eres maga. Sencillamente no hay manera de que puedas ayudarme en esto. Además, por nada del mundo voy a llevarte a los barrios bajos de Londres. Agradezco tu interés, pero...
-Paula: Pero no permitirás que vaya contigo.
-Peter: No. El barrio de la ribera es peligroso. Si sufrieras algún daño nunca me lo perdonaría.
-Paula: Y sin embargo pones tu propia vida en peligro.
-Peter: El riesgo es mucho menor para un hombre.
Una expresión de frustración asomó a los ojos de Paula.
-Paula: ¿Qué debo hacer para probarte que puedo ayudarte?

¿Probar que sus supuestas visiones podrían conducirlo hasta Gaspard, un hombre a quien el mejor alguacil de Bow Street no había sido capaz de localizar? Deseaba con toda su alma poder creer eso, pero había dejado de creer en cuentos de hadas hacía mucho tiempo.
-Peter: No hay nada que puedas hacer —respondió en voz baja, y se sintió mal al ver el dolor que denotaba la mirada de ella, pero no tenía alternativa.
Paula no iba a ayudarlo. De eso estaba seguro.

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Estos dos no paran jajajaja. Les dejé dos capítulos porque uno era solo de Luciana y Hernán y no les iba a dejar ese solo. Bueno ya cumplí hoy, COMENTEN por favor! 
Gracias!

6 comentarios:

  1. me encanta me encantaaaaaaaaaaa.. la verdad q no parar ajajajajaja...

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  2. Subí porfaaaaaaa!!!! Amo esta historia!

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  3. Podrías hacer un maratón de caps noo??? No aguanto leer uno solo!!! Jajaja

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  4. Subiiiiiii dale por favor!!!!!!

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  5. Es una crueldad tanta espera... (se había despertado exagerada la mina Jajaja).

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