Peter fijó la vista en su cara, que estaba muy seria. Ahora la creía sin el menor asomo de duda. Podía ayudarlo. Pero él no quería que con este fin pusiese en peligro su propia seguridad.
-Paula: Deja que haga esto por ti —le pidió ella en voz baja— Al menos deja que lo intente. Sólo una vez.
Él exhaló un lento suspiro, disgustado consigo mismo por tener en cuenta su proposición, y ser incapaz de pasarla por alto. ¿Cómo iba a rechazar una oportunidad de encontrar a Federico con vida y frustrar los planes de Gaspard?
La miró fijamente.
-Peter: Supongo que podríamos intentarlo...
-Paula: Por supuesto que podemos.
-Peter: Permanecerás a mi lado...
-Paula: En todo momento. Te lo juro.
-Peter: Creo que no me has dejado terminar una sola frase en los últimos cinco minutos.
-Paula: Mmm. Tal vez tengas razón. Por otro lado, fíjate en el tiempo que con ello nos hemos ahorrado.
Peter retiró las manos de las de ella y le enmarcó el rostro.
-Peter: No permitiré que te pase nada. Lo juro.
Una sonrisa que irradiaba ternura se dibujó en los labios de ella.
-Paula: Lo sé, Peter. Me siento totalmente a salvo contigo.
El corazón se le llenó de afecto hacia ella al oír esa frase sencilla. Su fe y su confianza en él le daban una lección de humildad. Y le producían un sentimiento de culpa. Maldición, la estaba utilizando, aprovechándose de su don para sus propios fines, pero tenía que encontrar a Gaspard. Y a Federico. Dios bendito, a Federico...
-Paula: ¿A qué hora quieres que nos marchemos esta noche? —preguntó ella, devolviendo la atención de Peter al asunto que los ocupaba.
-Peter: Mi familia y Hernán vendrán a cenar, aunque no sé muy bien cómo se decidió eso, y después se irán todos al teatro. Saldremos para realizar nuestra misión cuando se hayan marchado.
-Paula: ¿No se preguntarán por qué no vamos con ellos al teatro?
-Peter: Lo dudo. Estamos recién casados. Estoy seguro de que darán por sentado que preferimos quedarnos en casa a solas.
-Paula: Quieres decir que pensarán que estamos... —dijo ella con las mejillas encendidas, y su voz se extinguió para dar lugar a un silencio incómodo.
Él se le acercó, la estrechó entre sus brazos y le posó los labios en la zona de piel sensible situada debajo de la oreja.
-Peter: Sí, pensarán que estamos haciendo el amor.
-Paula: Qué escándalo. ¿Qué demonios pensará tu madre de mí?
-Peter: Estará encantada de que nos llevemos tan bien —Él observó su rostro sonrojado— ¿Estás segura de que quieres venir conmigo esta noche?
-Paula: Por supuesto. Ya sabes que soy de complexión fuerte.
-Peter: En efecto —Le plantó un beso en la frente y se apartó— Ahora debo ir a Bow Street para notificarles todo lo que sé sobre James Kinney. Nos veremos en el salón a las siete.
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Peter pasó toda la cena deseando que su familia se retirase. Tenía mucho en qué pensar, en especial acerca del hecho de que Federico probablemente estaba vivo. Y acerca del peligro.
¿Cómo diablos habían podido equivocarse las autoridades militares respecto a la muerte de su hermano? ¿Dónde estaba? ¿Estaría implicado todavía en actividades desleales? «Ah, Federico... —pensó—. ¿En qué te fallé?» Pero le resultaba imposible poner en orden sus pensamientos delante de su familia. Su madre, por lo general moderada, casi estaba dando botes en su silla en el otro extremo de la mesa mientras conversaba con Paula, llena de entusiasmo. Luciana y Martín discutían animadamente haciendo gestos y, cuando su madre no los miraba, se sacaban la lengua, como les gustaba hacer desde pequeños. Peter se percató de que Hernán era el único comensal callado, sin duda porque los demás no le dejaban decir palabra.
En cuanto hubo finalizado la cena, Peter se puso en pie y se dirigió a la otra punta de la mesa, donde se encontraba Paula.
-Peter: Si nos disculpan, creo que Paula y yo nos retiramos. Disfruten del resto de la velada.
Tendió la mano y la ayudó a levantarse.
-Lu: ¿Se retiran? —exclamó con los ojos desorbitados— ¿A esta hora?
-Peter: Sí —respondió con serenidad, haciendo caso omiso de las sonrisitas que Hernán y Martín no se molestaron en disimular.
-Lu: ¡Pero si es muy temprano! ¿No quieren...? —se interrumpió bruscamente y fulminó con la mirada a Martín, que estaba sentado enfrente de ella— ¿Has sido tú quien acaba de darme una patada?
-Martín: Sí. Pero sólo porque estoy demasiado lejos para meterte la servilleta en la boca —Agitó los dedos para despedir a Peter y guiñó un ojo a Paula— Buenas noches, Paula. Dulces sueños, Peter.
Sin más preámbulos, Peter condujo a Paula hacia la puerta del comedor y subió con ella las escaleras. No se detuvo hasta que hubo cerrado la puerta de su alcoba tras sí. Apoyado en ella, estudió el rostro sonrojado de su esposa.
-Paula: Por todos los cielos, ya nunca seré capaz de mirarlos a la cara —se lamentó ella, caminando impaciente sobre la alfombra— Todos piensan que estamos haciendo eso.
El deseo irresistible de hacer «eso» golpeó a Peter con la fuerza de un puñetazo. Estaba nervioso, tenso, y sólo con pensar en tocarla se inflamó por dentro. Se dio impulso para apartarse de la puerta y acercarse a ella. La agarró por el brazo para detener sus idas y venidas y la atrajo hacia sí.
-Peter: Bueno, pues ya que todos lo piensan, no deberíamos decepcionarlos —dijo fijando los ojos en los de ella, que lo miraban con sorpresa.
-Paula: Pensaba que querías que nos marcháramos en cuanto ellos salieran para el teatro.
Él llevó las manos a la espalda de su mujer y empezó a desabotonarle el corpiño.
-Peter: Eso quiero, pero tardarán una media hora en estar listos. Además, tienes que ponerte tu disfraz, y puesto que para ello debes quitarte este vestido, te sugiero que aprovechemos la oportunidad.
Le desabrochó el último botón, le deslizó el vestido hacia abajo y lo soltó. La prenda cayó arrugada a sus pies.
-Paula: Sin duda debería sufrir un desvanecimiento ante una proposición tan escandalosa.
El le pasó los dedos por los pechos.
-Peter: ¿Un desvanecimiento? ¿Debo pedir que te traigan amoniaco?
-Paula: No será necesario. Por fortuna, poseo una...
-Peter: Una complexión de lo más fuerte. Sí, es una suerte.
-Paula: Vaya, por tu tono deduzco que necesitas algo de ejercicio. ¿Qué tienes en mente? ¿Una carrera?
-Peter: Bueno, me gustaría que nos marcháramos dentro de media hora.
La camisa interior de Paula se desplomó alrededor de sus tobillos, junto con su vestido. Al verla desnuda, increíblemente bella, con una sonrisa a la vez tímida y traviesa que le iluminaba el rostro, a Peter se le hizo un nudo en la garganta. Ninguna otra mujer producía en él un efecto semejante. El sentimiento que le inspiraba lo confundía y desconcertaba. Era algo más que deseo. Era una necesidad. Una necesidad desgarradora de tocarla, de sentirla.
La estrechó entre sus brazos y la besó profunda y largamente, con los músculos tensos por el esfuerzo de apretarla contra sí, de abrazarla más estrechamente. La inmovilizó contra la pared para devorar su boca y deslizar las manos por sus costados. Ella respondió a sus movimientos echándole los brazos al cuello y apretándose contra él hasta sentir los latidos de su corazón, pegado al suyo. Paula Bajó las manos y prácticamente se desgarró los pantalones. Luego Peter la levantó en vilo.
-Peter: Rodéame con las piernas —gimió, con una voz que ella no reconoció.
Con los ojos muy abiertos, ella obedeció y él la penetró. Su calidez lo envolvió, apretándolo como un puño aterciopelado. Él la sujetó por las caderas y se movió dentro de ella, con acometidas bruscas y rápidas. Tenía la frente cubierta de sudor, y su respiración entrecortada le quemaba los pulmones. Con una última embestida, llegó a un clímax demoledor. Apoyando la cabeza en el hombro de ella, le apretó las caderas con los dedos y, por un momento interminable, palpitó en su interior, derramando su simiente y parte de su alma en su intimidad.
Tardó un rato en recuperar la cordura. Después levantó la cabeza y la miró. Paula tenía los ojos cerrados y el rostro pálido. De pronto Peter se sintió culpable. ¿Acaso estaba mal de la cabeza? Acababa de poseer a su esposa contra la pared, como a una prostituta del puerto. Sin pensar por un instante en sus sentimientos o su placer. Probablemente le había hecho daño.
Con la máxima delicadeza, se apartó de Paula, que habría resbalado hasta el suelo si él no la hubiese sujetado. ¡Maldición! ¡Ni siquiera podía mantenerse en pie! ¿Tanto daño le había hecho? Sosteniéndola con un brazo por el talle, le apartó un rizo castaño de la frente.
-Peter: Paula, Dios mío, lo siento. ¿Te encuentras bien?
Ella agitó los párpados y los abrió muy despacio. Él se dispuso a encajar el reproche que sabía que iba a ver en sus ojos, las palabras de recriminación que merecía. Los ojos de color verde de Paula se posaron en los suyos.
-Paula: Estoy de maravilla. ¿Quién ha ganado?
-Peter: ¿Ganado?
Una sonrisa jugueteó en los labios de ella.
-Paula: La carrera. Creo que he ganado yo, pero estoy dispuesta a reconocer mi derrota.
-Peter: ¿No te... te he hecho daño?
-Paula: Por supuesto que no. Claro que siento las rodillas como si fueran gelatina, pero ésa es una afección que sufro siempre que me tocas —Lo miró con expresión preocupada— ¿No te habré hecho daño yo a ti?
A Peter lo invadió tal sensación de alivio que sus propias rodillas estuvieron a punto de ceder. Tuvo que hacer un esfuerzo para articular la respuesta a pesar del nudo que se le había formado en la garganta.
-Peter: No.
Tenía que darle explicaciones y pedirle disculpas, pero ¿cómo explicar lo que él mismo era incapaz de entender? Nunca había perdido el control de ese modo. Le faltaban palabras, pero desde luego le debía a ella un intento de explicación.
Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, ella le rozó los labios con los suyos.
-Paula: Creo que aún nos quedan diez minutos —susurró junto a su boca— No querrás desperdiciarlos hablando, ¿verdad?
Peter emitió un sonido, en parte carcajada, en parte gruñido. Tendría que haber esperado una reacción sorprendente por parte de ella. Se agachó, la levantó en vilo y se encaminó al lecho.
Siempre y cuando ella diese su consentimiento, había por lo menos media docena de cosas que él quería hacer en esos diez minutos.
Y, desde luego, hablar no era una de ellas.
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Volví!
Tuve serios problemas con el internet, muchos días sin conectarme a Twitter, Facebook, subir esta nove, un bossta... y recién hoy vinieron a arreglar el Wi-Fi.
Obvio que esperaban maratón y acá la tienen, aunque estuve como 70 años para subir los capítulos, los publicaba pero quedaban en borrador y... nada. Una tras otra jajajaja
Comenten!!! por favor, ahora en los próximos capítulos de la nove van a pasar muchisimas cosas de todo tipo, aviso.
Ya esta por hoy...
Gracias :)
ya extrañaba la nove!!! no te pido mas capitulos por hoy porque ya hiciste maraton! jajjajajaja me encanta la nove!!!!!! :)
ResponderEliminar♥♥♥♥.. estuvieron geniaaaales los caps!!!!
ResponderEliminarGeniales los 4 capítulos!!!!!!!!!!!!!!! Me encantaron!!!!!!
ResponderEliminarME ENCANATA TU NOVELA!!! MUY ORIGINAL @CARMEBARILOCHE
ResponderEliminarMuy.buenaaaaaaa!!!!!
ResponderEliminarmaldita perra que no termine nunca tv novela muy buena
ResponderEliminarBue ni si mo. Este último ufffffff!!! Jaja esperamos el próximo!
ResponderEliminarMuy buena tu novela!! Me encanta porque tiene amor,suspenso,intriga!!
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