Aunque él había propuesto que jugasen a las cartas para mantener la mente y las manos apartadas de su esposa, las cosas no marchaban tal como las había planeado. Jugó bastante bien hasta que ella se quitó la chaqueta corta de su conjunto de viaje. Era imposible no fijarse en el modo en que sus generosos pechos se apretaban contra la suave muselina color melocotón de su vestido mientras estudiaba sus cartas, frunciendo el ceño con gran concentración.
Luego, para colmo, Paula tuvo calor y se quitó la pañoleta, dejando al descubierto su nívea piel y mostrándole ocasional y tentadoramente una parte de los pechos a través del escote. Él se quedó mirándolos, incapaz de concentrarse; en un abrir y cerrar de ojos perdió por dos puntos.
-Paula: ¿Estás bien, Peter? ¿Te duele la cabeza?
Él alzó la mirada hasta posarla en su rostro.
-Peter: En realidad me siento un poco, eh, acalorado —Descorrió la cortina y respiró con alivio el aire fresco— Pararemos dentro de unos minutos para cambiar de caballos.
«Gracias a Dios. Necesito aire.»
Mientras el cochero reemplazaba el tiro, Peter salió a estirar las piernas con placer. Pero no le quitó ojo a Paula, que estaba a cierta distancia, inclinada sobre unas plantas.
Cuando ella volvió a su lado, la ayudó a subir al carruaje y prosiguieron su camino.
-Paula: Adivina lo que he encontrado —dijo su esposa, acomodándose la falda alrededor.
-Peter: A juzgar por tu sonrisa resplandeciente, supongo que has encontrado diamantes.
Ella negó con la cabeza y le tendió su sombrero. Estaba lleno de fresas de color rojo subido.
-Paula: Había docenas de ellas. El cochero me ha invitado a recoger todas las que quisiera.
Metió la mano en el sombrero, tomó una fresa y se la dio.
-Paula: ¿Alguna vez has oído hablar del origen de las fresas? —preguntó ella, llevándose una a la boca y masticando con delectación.
-Peter: No. ¿Es una historia americana?
-Paula: En cierta forma, sí. Es un mito de los indios cherokee. Papá me lo contó. ¿Te gustaría oído?
-Peter: Por supuesto —respondió él, recostándose sobre los almohadones de terciopelo.
-Paula: Hace mucho, mucho tiempo, había una pareja que vivía muy feliz. Pero, después de un tiempo, empezaron a discutir. La mujer abandonó al marido y se dirigió a la tierra del Sol, situada muy lejos, al este. Él la siguió, pero la mujer nunca volvió la vista atrás. »El Sol se compadeció del hombre y le preguntó si aún estaba enfadado con su esposa. El hombre contestó que no y que quería recuperarla —Hizo una pausa para llevarse otra fresa a la boca.
-Peter: ¿Y qué pasó entonces? —preguntó fascinado por su insólito relato.
-Paula: El Sol hizo crecer un arbusto de arándanos suculentos justo delante de la mujer, pero ella no les prestó la menor atención. Más tarde hizo brotar unas zarzamoras, pero ella volvió a pasar de largo. El Sol interpuso otras frutas en su camino para tentarla, pero ella seguía adelante. Entonces ella vio unas fresas, fresas hermosas, maduras, jugosas. Las primeras en el mundo. Después de comer una, volvió a desear a su esposo. Recogió las fresas y emprendió el regreso para dárselas a él. Se encontraron en el camino, se sonrieron y regresaron juntos a casa —Le dirigió una sonrisa y le ofreció otra— Ya conoces el origen de las fresas.
-Peter: Una historia muy interesante —comentó él, con los ojos clavados en sus labios, húmedos y teñidos de rosa por el jugo de las frutas.
El recuerdo del sabor a fresas de su dulce boca se adueñó de él, y de inmediato se obligó a pensar en otra cosa. Maldita sea, ¿por qué resultaba tan difícil? Mientras saboreaban las fresas que quedaban, se preguntó qué haría para mantener las manos apartadas de ella durante el resto del viaje. Sin embargo, su esposa resolvió el problema poco después de comerse la última fresa.
-Paula: Cielos —dijo, ahogando un bostezo— Tengo mucho sueño.
Le pesaban los párpados, y él exhaló un suspiro de alivio. No le costaría resistir la tentación si ella se quedaba dormida. La atrajo hacia sí y dejó que apoyara la cabeza sobre su hombro.
-Peter: Ven aquí, señorita complexión fuerte —bromeó— antes de que te caigas al suelo, inconsciente.
-Paula: Supongo que eso sería poco digno —dijo ella con voz soñolienta, acurrucándose contra él.
-Peter: Un comportamiento por demás impropio de una duquesa —convino él, pero ella ya no lo oyó. Se había quedado dormida.
Moviéndose con cuidado para no despertarla, Peter se desperezó y la sostuvo contra su pecho. Embriagado por su aroma a lilas y la sensación de su cuerpo contra el suyo, todos sus sentidos se despertaron. Por lo visto resistir la tentación no resultaría tan sencillo como él creía.
Mientras a él le palpitaba la entrepierna, ella dormía. Se sentía excitado y ardoroso, pero ella estaba relajada y sumida en un lánguido sopor. Paula suspiró entre sueños y lo abrazó con más fuerza.
Demonios, iba a ser un viaje insoportablemente largo.
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