viernes, 31 de mayo de 2013

Capítulo 5

Ella lo miró con fijeza durante varios segundos. Su tono duro y amenazador no dejaba lugar a dudas.
-Paula: Si eso es lo que quiere. Como sabe, mi tía y yo seremos sus invitadas durante unas semanas. Si cambia de opinión y acepta mi ayuda, no le costará encontrarme. Ahora estoy muy cansada y desearía retirarme. Buenas noches, excelencia.

Él la siguió con la vista mientras ella subía las escaleras hacia las habitaciones de los invitados. «Desde luego que me ayudará, señorita Chaves. Si de verdad sabe algo de Federico, no tendrá elección.»

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Peter tardó varios minutos en localizar a Hernán Paz en la atestada sala de baile. Cuando finalmente avistó a su amigo, no le sorprendió que el gallardo conde estuviese rodeado de mujeres. Maldita sea, esperaba no tener que arrastrar a Hernán de los pelos para apartarlo de ese grupo que a todas luces lo admiraba. Sin embargo, pudo ahorrarse esa tarea tan desagradable, pues Nan advirtió que Peter se aproximaba. Éste dirigió una mirada significativa a su amigo y señaló con un movimiento de la cabeza el pasillo que conducía a su estudio; acto seguido se encaminó hacia allí, seguro de que Henán llegaría poco después que él. Tras más de dos décadas de amistad, se entendían bien.

Apenas había terminado de servir dos copas de brandy cuando oyó que alguien llamaba discretamente a la puerta.
-Peter: Adelante.
Nan entró en el estudio y cerró la puerta a su espalda. Sonreía de un modo algo forzado.
-Nan: Ya era hora de que reaparecieras. He estado buscándote por todas partes. ¿Dónde te ocultabas?
-Peter: He dado un paseo por el jardín.
-Nan: ¿Ah sí? ¿Has estado admirando las flores? —Los ojos de Nan  estellaron con malicia— ¿O quizá disfrutabas de las delicias de la naturaleza de un modo más... sensual, por así decirlo?
-Peter: Ninguna de las dos cosas. Simplemente he salido en busca de algo de paz y tranquilidad.
-Nan: ¿Y has tenido éxito en tu búsqueda?
La imagen de la señorita Chaves le vino a Peter a la mente.
-Peter: Me temo que no. ¿Por qué querías verme?
El brillo burlón en los ojos de Nan se intensificó.
-Nan: Para decirte ¿Qué clase de amigo sos que me has abandonado así, sin más? Casi nunca asistes a las fiestas ni sufres el acoso de vírgenes sedientas de matrimonio, e incluso cuando el baile se celebra en tu casa te pierdes de vista. Lady Digby y su pelotón de hijas me han arrinconado detrás de una maceta con una palmera. Aprovechándose de tu ausencia, lady Digby me ha endilgado a las mocosas, unas cabezas de chorlito bastante tontas que encima bailaban pésimamente. Mis pobres y machacados dedos de los pies no volverán a ser lo que eran —Con el semblante impasible, Hernán prosiguió— Por otra parte, ese grupo del que me acabas de arrancar parecía mucho más prometedor. Las señoritas estaban pendientes de mis palabras.
Peter lo observó por encima del borde de su copa.
-Peter: No logro comprender por qué te divierte tanto la falsa adoración de unas cabezas huecas. ¿Nunca llega a hartarte?
-Nan: Por supuesto. Sabes cuánto detesto que unas féminas núbiles de cuerpos lozanos y curvas sinuosas se abalancen sobre mí. Me estremezco de horror sólo con pensar en ello —Nan se disponía a beber un sorbo de su brandy, pero detuvo su mano a medio camino— Oye, Peter, ¿te encontrás bien? Tenes un aspecto un tanto paliducho.
-Peter: Gracias, Nan.  Tus halagos siempre suponen un gran consuelo para mí —Tomó un trago largo de brandy, intentando encontrar las palabras adecuadas— En respuesta a tu pregunta, estoy un poco nervioso. Ha ocurrido algo y necesito que me hagas un favor.
La expresión humorística se borró al instante del rostro de Hernán.
-Nan: Sabes que no tienes más que pedírmelo.

A Peter se le escapó un suspiro que había estado reprimiendo sin darse cuenta. Desde luego que podría contar con Nan,  como siempre. El hecho de ocultarle secretos a ese hombre que había sido su mejor amigo desde la infancia lo hacía sentir culpable. «Es por su propio bien por lo que no le he contado las circunstancias en que se desarrollaban las actividades de Federico durante la guerra», se dijo.
-Peter: Necesito que hagas unas indagaciones discretas.
Un brillo de interés se encendió en los claros ojos de Nan.
-Nan: ¿Sobre qué?
-Peter: Sobre cierta dama.
-Nan: Ah, entiendo. ¿Ansioso por atarte al yugo matrimonial? —Antes de que Peter pudiese contradecirlo, Nan  ontinuó, imparable— La verdad es que no te envidio. No hay una sola mujer en el mundo con la que yo quiera compartir la mesa a diario. Sólo de oír las palabras «hasta que la muerte os separe» me dan escalofríos de espanto. Pero supongo que debes atender a las obligaciones inherentes a tu título, y ya no eres un jovencito. Cada día doy gracias a Dios por el hecho de que mi primo Gerald pueda heredar mi título. Por supuesto, Martín puede heredar el tuyo, pero ambos sabemos que tu hermano pequeño tiene tantas ganas de ser duque como de contraer la viruela. De hecho...
-Peter: Hernán. —Esa única palabra, pronunciada con brusquedad, interrumpió el flujo de palabras.
-Nan: ¿Sí?
-Peter: No me refiero a ese tipo de dama.
Una sonrisa de complicidad se dibujó en los labios de Nan.
-Nan: Ajá. No digas más. Necesitas información sobre alguien que no es precisamente... una candidata virtuosa apropiada para ti. Entiendo —Le guiñó el ojo a Peter— Ésas son las más divertidas.
La frustración comenzó a apoderarse de Peter, pero hizo un esfuerzo por mantener la compostura.
-Peter: La dama a quien quiero que investigues es la señorita Paula Chaves.
Hernán arqueó las cejas.
-Nan: ¿La sobrina americana de lady Julia Penbroke?
Peter intentó mostrar una indiferencia que no sentía.
-Peter: ¿La conoces?
-Nan: Coincidí con ella en varias ocasiones. A diferencia de algunos insociales que todos conocemos, yo he asistido a varios bailes esta temporada... bailes a los que también asistieron lady Penbroke y la señorita Chaves. ¿Quieres que te la presente?
-Peter: Nos hemos conocido hace un rato, en el jardín.
-Nan: Ah —Aunque una docena de interrogantes brillaron en los ojos de Hernán, se limitó a preguntar— ¿Qué quieres saber sobre ella?
Peter quería saberlo todo sobre ella.
-Peter: Puesto que ya la conoces, dime qué impresión te causó.

Nan se tomó tiempo para contestar, arrellanándose en un mullido sillón de orejas al calor del fuego y removiendo su copa de brandy con tal parsimonia que a Peter le rechinaban los dientes de impaciencia.
-Nan: Opino —dijo finalmente— que es una joven encantadora, inteligente e ingeniosa. Por desgracia, no se desenvuelve del todo bien en los actos sociales; tan pronto se muestra cohibida y tímida como parlanchina y descarada. A decir verdad, me pareció un soplo de aire fresco pero, a juzgar por los chismes que he oído, nadie comparte mi opinión.
-Peter: ¿Qué chismes? ¿Algo escandaloso?
Nan agitó la mano como para restar importancia al asunto.
-Nan: No, nada por el estilo. De hecho, no logro imaginar cómo podría esa buena muchacha enredarse en un escándalo, teniendo en cuenta que todo el mundo la rehúye.
A Peter le vino a la mente la imagen de una joven desmelenada y sonriente.
-Peter: ¿Por qué la rehúyen?
Nan se encogió de hombros.
-Nan: ¿Quién sabe cómo empiezan esas cosas? Las mujeres cuchichean tras sus abanicos comentando su torpeza en la pista de baile y sus escasas dotes para la conversación. Algunos la tacharon de sabelotodo después de que se enzarzara en una discusión con un grupo de lores acerca de las propiedades curativas de las hierbas. Basta con que una sola persona la juzgue inaceptable para que todos los demás opinen lo mismo.
-Peter: ¿Y lady Penbroke no apoya a su sobrina?
-Nan: No he prestado demasiada atención al tema, pero sin duda los peores desaires se le hacen lejos de la aguda vista de la condesa. Sin embargo, ni siquiera el inapreciable apoyo de su tía es suficiente para asegurarle el favor de la gente de buen tono.
-Peter: ¿Sabes si lleva mucho tiempo en Inglaterra?
Nan se acarició la barbilla.
-Nan: Creo que llegó poco después del día de Navidad, así que debe de llevar unos seis meses.
-Peter: Quiero que averigües exactamente cuándo llegó y en qué barco. También me interesa saber si se trata de su primer viaje a Inglaterra.
-Nan: ¿Por qué no se lo preguntas tú mismo?
-Peter: Se lo he preguntado. Asegura que llegó hace seis meses y que es su primera visita a las islas.
Nan achicó los ojos, intrigado.
-Nan: ¿Y tú no la crees? ¿Puedo preguntarte por qué?
-Peter: Es posible que haya tenido tratos con Federico —contestó en tono despreocupado— Quiero saberlo con certeza. Si se conocieron, quiero saber cómo, cuándo y dónde.
-Nan: Tal vez deberías contratar a un alguacil de Bow Street. Ellos...
-Peter: No. —La palabra, cortante como navaja de afeitar, truncó la sugerencia de Nan.  Hacía quince días ya le había encargado a un agente que localizara al francés llamado Gaspard, el hombre al que había visto con Federico aquella última vez... el hombre que Peter sospechaba que sabía algo de la carta que ahora estaba guardada bajo llave en un cajón de su escritorio. No tenía el menor deseo de implicar a Bow Street en ese asunto— Necesito discreción total por parte de alguien en quien pueda confiar. Bueno, ¿harás las indagaciones que te pido? Con toda seguridad tendrás que viajar a Londres.

Nan lo escrutó durante largo rato.
-Nan: Veo que esto es importante para ti.
Una imagen de Federico acudió a la mente de Peter.
-Peter: Sí.
En silencio intercambiaron una larga mirada que reflejaba los años de amistad que los unían.

-Nan: Me marcharé por la mañana. Mientras tanto, me pondré a investigar inmediatamente tanteando a algunos de los invitados a la fiesta respecto a la dama en cuestión.
-Peter: Excelente idea. Quiero que me transmitas cuanto antes toda la información que logres recabar.
-Nan: Entendido. —Nan apuró la copa de brandy y se puso de pie— Supongo que sabes que la señorita Chaves y lady Penbroke se alojarán aquí durante las siguientes semanas en calidad de invitadas de tu madre.
-Peter: Sí. Enviarte a ti a Londres me deja las manos libres para quedarme aquí y no quitarle el ojo de encima a la señorita Chaves.
Nan enarcó una ceja.
-Nan: ¿Es eso lo único que quieres ponerle encima? ¿El ojo?
Peter endureció más aún su gélido semblante y le preguntó con severidad:
-Peter: ¿Has terminado?
Hernán, sabiamente, tomó nota de los aires árticos que empezaban a soplar.
-Nan: He terminado del todo —Su expresión se serenó y, en un gesto amigable, puso una mano sobre el hombro de Peter— No te preocupes, amigo mío. Entre los dos lo averiguaremos todo sobre la señorita Paula Chaves.

Una vez que la puerta se hubo cerrado a la espalda de Hernán, Peter sacó una llave plateada del bolsillo del chaleco y abrió con ella el cajón inferior de su escritorio. Extrajo la carta que había recibido hacía dos semanas y releyó las palabras que ya tenía grabadas a fuego en el cerebro:

Su hermano Federico fue un traidor a Inglaterra. Tengo en mi poder la prueba, firmada de su puño y letra. Guardaré silencio, pero eso les costará dinero. Debe viajar a Londres el día primero de julio. Allí recibirá nuevas instrucciones.

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