miércoles, 29 de mayo de 2013

Capítulo 3

Mientras caminaban hacia la mansión, Paula preguntó:
-Paula: Detesto abusar más aún de su bondad, excelencia, pero ¿no le importaría disculpar mi ausencia ante mi tía cuando vuelva a la sala de baile?
-Peter: Pierda cuidado; así lo haré.
-Paula: Eh... —Se aclaró la garganta— ¿Y qué excusa piensa darle?
-Peter: ¿Excusa? Ah, supongo que le diré que ha sufrido usted un leve mareo.
-Paula: ¡Mareo! —exclamó indignada— ¡Qué tontería! Yo jamás caería víctima de algo tan frívolo. Además, tía Julia no se lo creería. Sabe que soy de constitución fuerte. Deberá pensar en otra cosa.
-Peter: De acuerdo. ¿Y qué me dice de una jaqueca?
-Paula: Jamás sufro de eso.
-Peter: ¿Y la dispepsia?
-Paula: Mi estómago funciona sin problemas.
Peter reprimió un gesto de desesperación.
-Peter: ¿Acaso nunca está usted indispuesta?
Paula negó con la cabeza.
-Paula: Se olvida de que soy...
-Peter: De constitución fuerte, sí, ya lo veo. Sin embargo, me temo que cualquier otra excusa, como la de un ataque de fiebre, causaría una preocupación innecesaria a su tía.
-Paula: Hum. Supongo que tiene razón. No quisiera asustarla. De hecho, lo de la jaqueca no está tan lejos de la realidad. La mera idea de regresar al salón de baile hace que me palpiten las sienes. Muy bien —dijo, asintiendo con la cabeza— puede comunicarle que he sucumbido a la jaqueca.
Peter reprimió una sonrisa.
-Peter: Gracias.
-Paula: De nada —le respondió ella con una sonrisa radiante.

Unos minutos después llegaron a la mansión, y Peter la guió entre las sombras hasta una puerta lateral prácticamente oculta por la hiedra. Buscó el pomo a tientas y abrió la puerta.
-Peter: Ahí tiene. Los habitaciones están en lo alto de las escaleras. Tenga cuidado con los escalones.
-Paula: Lo tendré. Gracias de nuevo.
-Peter: Ha sido un placer.

La mirada de Peter se posó en su rostro, débilmente iluminado. Incluso despeinada como estaba le parecía preciosa. Y divertida. No podía recordar la última vez que se había sentido de tan buen humor. Aunque le esperaban asuntos serios en casa, no podía resistirse a prolongar aquel agradable paréntesis un poco más. Con suma delicadeza, le tomó la mano y se la llevó a los labios. Notó que tenía la mano caliente y suave, y los dedos finos. De pronto, el aroma a lilas lo asaltó de nuevo.
Sus miradas se encontraron, y Peter se quedó sin aliento. Maldición, ella tenía un aspecto tan deliciosamente desarreglado..., como si las manos de un hombre le hubiesen desordenado el cabello y la ropa. Bajó la vista hacia su boca..., una boca incitante, increíblemente tentadora, y se preguntó a qué sabría. Imaginó que se inclinaba hacia delante, que le rozaba los labios con los suyos una vez y luego otra, antes de profundizar el beso, deslizando la lengua dentro de la seductora calidez de su boca. Tendría un sabor delicioso, como el de...
-Paula: Oh, Dios mío...

Los dedos de ella se cerraron con fuerza en torno a los suyos mientras lo contemplaba con los ojos muy abiertos. Mantuvo la mirada fija en los labios de él durante varios segundos y luego la apartó, visiblemente turbada. Peter se sorprendió al advertir que una sensación de calor le recorría el cuerpo. De no haber sido imposible, creería que ella le había leído el pensamiento. Se disponía a soltarle la mano cuando la joven profirió un grito ahogado. Se miraron a los ojos y Peter se percató de que ella había palidecido de repente. Intentó apartar su mano de la de Paula, pero ella se la apretó con más fuerza.

-Peter: ¿Qué ocurre? —preguntó nervioso por la concentración con que lo observaba— Parece que vio un fantasma.
-Paula: Federico.
Peter se quedó paralizado.
-Peter: ¿Cómo ha dicho?
Los ojos de ella buscaron desesperadamente los suyos.
-Paula: ¿Conoce a alguien llamado Federico?
Todos los músculos del cuerpo de Peter se tensaron.
-Peter: ¿A qué cree que está jugando?
Por toda respuesta, ella le estrujó la mano entre las suyas y cerró los párpados.
-Paula: Es su hermano —musitó— Le dijeron que murió sirviendo a su país —Abrió los ojos, y su expresión produjo en él la espeluznante sensación de que podía verle el alma— No es verdad.

A Peter se le heló la sangre. Retiró la mano bruscamente y retrocedió un paso, conmocionado por sus palabras. ¿Acaso conocía esa mujer su secreto más oscuro? Y en caso afirmativo, ¿cómo lo sabía?

Todas las imágenes que había intentado borrar de su mente durante un año lo asaltaron de golpe. Un callejón lóbrego. El encuentro de Federico con un francés llamado Benjamín. Cajas llenas de armas. Dinero que cambia de manos. Preguntas insistentes. Un amargo enfrentamiento entre hermanos. Y después, sólo unas semanas después, la noticia de que Federico había muerto en Waterloo, convertido en héroe de guerra.

El corazón le latía con fuerza mientras intentaba conservar la calma. ¿Había algo más en esa mujer de lo que parecía? ¿Sabría algo de la carta que había recibido hacía poco o de los tratos de Federico con el francés? ¿Sería ella la clave que él había pasado un año buscando? Entornó los ojos sin apartarlos de la cara pálida de ella, y repitió la mentira que había dicho en incontables ocasiones:
-Peter: Federico murió luchando por su país. Es un héroe.
-Paula: No, excelencia.
-Peter: ¿Me está diciendo que mi hermano no era un héroe?
-Paula: No. Le estoy diciendo que no murió. Su hermano Federico está vivo.

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