Con los párpados bien apretados Paula se aferraba a la barra mientras trataba de asimilar el aluvión de imágenes que se agolpaban en su mente. El hombre que Peter buscaba había estado en ese preciso lugar, unas horas antes. Estaba convencida de ello. Una escena nítida apareció en su imaginación.
-Paula: Lleva una pistola —Sintió que le flaqueaban las rodillas— Está acostumbrado a matar. Lo ha hecho más de una vez.
Él la tomó de la mano, y de inmediato tras los ojos cerrados de Paula se materializaron más imágenes, que destellaron como relámpagos. El corazón se le aceleró y el pulso le latió con fuerza mientras las impresiones inconexas cobraban forma poco a poco. Una visión bien definida acudió a su cerebro, y aparecieron gotas de sudor en su frente. Notó que se mareaba y que le entraba una gran debilidad.
-Peter: Paula, ¿qué ocurre?
A ella le pareció que el susurro angustiado de Peter le llegaba de muy lejos. Se esforzó por abrir los ojos, pero las imágenes que la asaltaban absorbían toda su energía. Se percató vagamente de un alboroto, de que alguien la levantaba en brazos y se la llevaba, pero estaba demasiado débil para protestar. La negrura la envolvió y se sumió en la inconsciencia.
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Peter nunca había estado tan asustado. Paula había perdido el conocimiento. Tenía el rostro pálido como la cera y la piel húmeda, y respiraba trabajosamente. Sin hacer caso de las miradas de curiosidad que les dirigían varios clientes del garito, la levantó en vilo y salió a toda prisa del edificio. Una vez fuera, le gritó al cochero que los llevara a casa a toda velocidad. Subió con ella al coche, cerró la portezuela y la acostó con toda delicadeza en el asiento, con la cabeza sobre su regazo.
-Peter: Paula —le dijo ansioso, con el cuerpo tenso de miedo— Háblame, cariño. Por favor, dime algo.
Le dio unas palmaditas en las mejillas y se alarmó al notar que tenía la piel fría y sudada. Sin duda la atmósfera inquietante y los vapores tóxicos la habían afectado, pero, demonios, ¿por qué no se despertaba ahora que ya habían salido? No debería haberla traído. Si le ocurría algo... La joven entreabrió los párpados y lo miró directamente a los ojos. El alivio que sintió Peter fue inmenso. Acariciándole la pálida mejilla, intentó sonreírle, pero sus músculos faciales se negaron a cooperar. Peter se sentía tan débil como un recién nacido.
Ella trató de incorporarse, pero él se lo impidió posándole con suavidad una mano sobre el hombro.
-Peter: Relájate —logró decirle.
Ella miró en torno a sí.
-Paula: ¿Dónde estamos?
-Peter: En el coche, camino de casa.
-Paula: ¿Camino de casa? —Frunció el entrecejo— ¿Por qué?
-Peter: Me temo que has sufrido un vahído.
-Paula: ¿Un vahído? Tonterías.
De nuevo intentó incorporarse, y de nuevo él la sujetó.
-Peter: Un vahído —repitió, deslizando los dedos por su mejilla, incapaz de contener sus ganas de tocarla— Para ser una chica de complexión fuerte, has caído redonda.
Ella sacudió la cabeza.
-Paula: No, no ha sido un vahído. He tenido una visión. Lo he visto, Peter. Lo he visto todo claro. A Federico, a Gaspard el francés...
El recuerdo de aquella espantosa noche, aquella escena obsesionante que había quedado grabada a fuego en la mente de Peter, irrumpió con ímpetu en su memoria, dejándolo trastornado. Ella le apretó la mano y abrió mucho los ojos.
Antes de que él pudiese pronunciar palabra, Paula susurró:
-Paula: Dios santo, tú estabas allí. Los viste juntos, cargando cajas llenas de armas en un barco —Peter intentó en vano apartar sus pensamientos de lo sucedido aquella noche. Apretándole la mano con más fuerza, ella añadió— Federico te vio en las sombras. Se te acercó y discutieron acaloradamente. Intentaste detenerlo, pero tu hermano no te hizo caso. Entonces le viste partir en ese barco... junto con un enemigo de tu país.
Un gran dolor y un sentimiento de culpa embargaron a Peter.
-Peter: Él les estaba entregando las armas —musitó, apenas consciente de lo que decía— Al verme desembarcó. Me llevó a un callejón, donde Gaspard no pudiese vernos. Le pregunté cómo era capaz de hacer eso, le estaba estregando armas al enemigo, pero se negó a contestarme. Me dijo que me ocupara de mis asuntos y que me fuera. Discutimos. Lo amenacé con entregarlo... Le dije que ya no era mi hermano.
-Paula: ¿Se lo has contado a alguien?
-Peter: No —Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos— Si alguna vez saliese a la luz la traición de Federico, esa ignominia destrozaría a mi familia. Tenía que proteger a Luciana y a Martín. A mi madre. Aunque no puedo creer que Federico traicionase a Inglaterra, estoy seguro de lo que vi, y él no lo negó. La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué lo hizo?
Sabía que debía mirarla, observar su reacción, pero temía levantar la vista hacia sus ojos. ¿Qué haría si viese en ellos una expresión condenatoria? Había muchas probabilidades de que ella lo rechazara, a él y a su familia, ahora que sabía la verdad. Y, puesto que era su esposa, ella también estaría expuesta a la deshonra.
Preparándose para lo peor, abrió los ojos y la miró. Se le cortó la respiración. La mirada de Paula expresaba una mezcla de emociones, pero no condena. Sólo afecto, cariño y preocupación. Paula alzó las manos para sujetarle la cara con suavidad.
-Paula: Dios santo, Peter, cuánto debes de haber sufrido al guardar este secreto para intentar proteger a tu familia. Me apena mucho tu dolor. Pero ya no estás solo.
La compasión sincera que irradiaban sus ojos, el suave y balsámico tacto de sus manos, y sus palabras pronunciadas a media voz se combinaron con la avalancha de emociones que lo asaltaba para hacer pedazos la desolación en que estaba sumido. «Ya no estás solo.»
La atrajo hacia sí y apoyó la cara en la cálida curva de su hombro. Un largo escalofrío recorrió su cuerpo, y la abrazó con más fuerza, tanta que a su esposa debieron de dolerle los huesos, pero ni una queja salió de sus labios. Ella lo estrechó contra sí, acariciándole el pelo y la espalda para calmarlo, mientras el sentimiento de culpa que llevaba tiempo pudriéndose en la conciencia de Peter estallaba en un torrente incontenible.
Transcurrió un largo rato antes de que sus temblores cesaran. Después permaneció entre los brazos de Paula e intentó poner en orden sus pensamientos. Los últimos momentos que pasó con Federico siempre pesarían sobre su conciencia, pero ahora existía la esperanza de que surgiese una segunda oportunidad. Federico estaba vivo. Tenía que encontrarlo, hablar con él y descubrir los motivos de lo que había hecho.
Paula aseguraba que Federico corría peligro. ¿Por qué? ¿Acaso alguien pretendía tomar represalias contra él por las actividades que había desarrollado durante la guerra? ¿O alguna otra amenaza se cernía sobre su hermano y lo mantenía cautivo? ¿Estaría Federico intentando escapar del mal que lo había impulsado a traicionar a su país? Si Federico necesitaba su ayuda, él se la daría sin importarle el pasado.
Peter tomó una resolución firme. Encontraría a Federico y a Gaspard. Costara lo que costase.
Por primera vez desde aquella horrible noche de hacía más de un año, respiró con tranquilidad. El alivio que experimentó al liberar su alma de aquella pesada carga lo dejó casi aturdido. Había pasado tanto tiempo solo, encerrado con su secreto... Pero ya no lo estaba. Ahora tenía a alguien con quien compartirlo. Paula. Ella conocía su secreto más oscuro. Esa hermosa mujer que ahora lo abrazaba contra su corazón, absorbiendo su dolor y reemplazándolo por su propia bondad, lo había liberado y le había devuelto la vida. Además, le había dado esperanza en el futuro.
Dios, cuánto la necesitaba.
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Ay me dio tremenda ternura la parte final de este capíulo :3
Mañana subo, graciass!!!
ME ENCANTOOOOO!!!!!! @CARMEBARILOCHE
ResponderEliminarMe encanto!!! El amor lo cura todo dicen...
ResponderEliminarDivinooooooo!!!! Me encanta esta adaptación es lo más!!!!! Espero el otro
ResponderEliminarque amorrr!! subi mas
ResponderEliminarse va poniendo muy buena la historia.
ResponderEliminarque genia por hacerte la adaptacion!
me encanta!
quedo siempre con ganas de mas!