martes, 2 de julio de 2013

Capítulo 32

Alzó la cabeza y la miró a los ojos. Tenía tantas cosas que decirle, que quería que supiese, pero la emoción le impedía emitir sonido alguno. El coche se detuvo con una sacudida. Peter se obligó a apartar la mirada de ella y vio que habían llegado a su casa. Sin una palabra, la ayudó a apearse y pagó al cochero.

Sujetándola firmemente del brazo abrió la puerta de roble. El vestíbulo estaba vacío, pues Jasper se había retirado hacía varias horas. Sin siquiera detenerse a quitarse el abrigo, la condujo escaleras arriba y a continuación a sus aposentos. Una vez dentro, cerró la puerta con llave.

Sentía una necesidad intensa, como nunca antes la había experimentado. Tenía que tocarla, abrazarla. Piel con piel. Corazón con corazón. Una afirmación de la vida, después de haber pasado tanto tiempo sintiéndose muerto por dentro.
Anhelaba expresarle sus sentimientos, pero no sabía de qué modo, ya que esa clase de palabras estaba fuera de su alcance. Necesitaba sentirla pegada a él, alrededor de él, debajo de él. Mostrarle de otra manera lo que las palabras no alcanzaban a expresar.

Sin despegar la vista de su rostro, empezó a desvestirse. Dejó caer descuidadamente el abrigo y después la chaqueta. El fular, el chaleco y la camisa se añadieron al montón de ropa en el suelo. Con el torso desnudo, se acercó a ella, incapaz de esperar un instante más para sentir sus manos sobre su cuerpo.

Ella hizo ademán de quitarse el abrigo, pero él le sujetó las manos y se encargó él mismo de hacerlo. Capa a capa fue desvistiéndola, y después acabó de despojarse de las últimas prendas que le quedaban, hasta que por fin estuvieron ambos frente a frente, desnudos.

Nunca en la vida se había sentido tan necesitado, tan vulnerable. Alargó los brazos y tomó la cara de ella entre sus manos, rozándole las mejillas con los pulgares. Tenía tantas cosas que decirle, tantas cosas que contarle, pero le faltaba la voz.
-Peter: Paula —susurró en tono bajo.
Fue la única palabra que consiguió pronunciar. Pero le mostraría lo que no lograba decirle. La estrechó entre sus brazos y posó los labios sobre los de ella, lleno de una ternura que contrastaba con la fiebre que ardía en su interior.
Ella susurró su nombre y lo rodeó con los brazos.

Y el dique estalló. Peter la apretó contra su cuerpo, poseído por la necesidad de tocarla por todas partes al mismo tiempo. Sus labios se fundieron con los de Paula en un beso cada vez más ardiente y apasionado. Su lengua exploraba el suave interior de su boca, entrando y saliendo una y otra vez. Pero no le bastaba con besarla. Se apartó ligeramente y estudió su rostro. El corazón, que ya le latía a un ritmo frenético, se aceleró todavía más al ver la pasión y el deseo que brillaban en sus ojos.
-Peter: No sé qué es lo que me haces... —gimió con voz ronca e irregular. La levantó en brazos, la llevó a su lecho y la depositó cuidadosamente sobre el cubrecama. Se colocó entre sus muslos y contempló su bello rostro, sonrojado de pasión.

Paula abrió los ojos y él la penetró con una acometida larga y enérgica, incrustándose en su húmedo calor. Ella soltó un gemido gutural, deslizando las manos por la espalda de Peter. Sin dejar de moverse muy despacio en su interior, él observó toda la gama de emociones que desfilaron por su expresivo rostro, mientras sus embestidas se volvían más largas, vigorosas y rápidas. Ella respondió moviendo las caderas al mismo ritmo que él, hasta que Peter notó que el placer se apoderaba de su mujer una vez más.
En el instante en que ella lo apretó en su interior, él perdió todo asomo de control. Todo su mundo quedó reducido al punto en que su cuerpo se unía al de Paula. Nada le importaba excepto ella. Estar dentro de ella. Tenerla alrededor de él. La acometió una y otra vez, incapaz de detenerse, ciego de pasión. Con una última embestida, se se dejó ir dentro de ella y, por un momento interminable, susurró su nombre una y otra vez, como una oración.

Cuando la tierra se enderezó, él se desplomó y rodó hasta quedar de costado, arrastrando a Paula consigo. Quería acariciarle la espalda, pero no podía moverse. Ni siquiera podía cerrar los puños. A decir verdad, apenas podía respirar. Nunca había hecho el amor de un modo tan intenso, y un calor interior, más maravilloso que cualquier sensación que hubiese tenido nunca, se extendió por todo su cuerpo.

La amaba. Por Dios, la amaba.

Se quedó inmóvil. Pero ¿y si ella no correspondía a sus sentimientos? ¿Y si...?

Desechó esta idea sin contemplaciones. Paula sencillamente tenía que amarlo, y no había que darle más vueltas. Y si no lo amaba ahora él encontraría el modo de conseguir que acabase amándolo. Tanto como él la amaba a ella.

Las palabras que nunca le había dicho a nadie pugnaron por salir. Tenía que decírselas. Tenía que hacerlo. Se preguntó si ella ya lo sabría. ¿Le habría leído el pensamiento y captado sus sentimientos? Quizá, pero en todo caso no se lo había comentado. De todos modos, aunque hubiese adivinado lo que sentía por ella, Paula merecía oír esas palabras.

Volvió la cabeza y le rozó la sien con los labios. Después se echó hacia atrás, decidido a mirarla a los ojos al tiempo que le decía que la amaba. Con el corazón desbocado, abrió la boca para hablar, y acto seguido la cerró.

Su esposa, su fuerte esposa, siempre llena de energía, se había quedado dormida.
-Peter: ¿Paula?
Por toda respuesta, ella soltó un suave ronquido.
Vaya, maldita sea.
Enseguida se sintió muy avergonzado. Qué egoísta de su parte, atender a sus propias necesidades cuando ella había pasado un día agotador. Incluso se había desmayado en sus brazos hacía una hora. Si quería ganarse el amor de una mujer tenía que mandar al infierno su egoísmo. No podría comprar a su Paula con baratijas, títulos ni joyas. Pero podía ganársela con cariño. Y amor.

Amor. Su boca se torció en una sonrisa. Por fin había encontrado un nombre para el «efecto Paula».

Procurando no despertarla, tiró del cubrecama para taparse los dos y la acurrucó cómodamente junto a sí. Después de escuchar su respiración regular durante varios minutos, le dio un beso en la frente.
-Peter: Te amo —susurró— Te amo.

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