En cuanto Martín hubo cerrado la puerta del estudio, Peter le espetó:
-Peter: ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
-Martín: Cumplir tus órdenes, querido hermano. Has dicho que querías hablar conmigo ahora, así que aquí estoy. Desembucha.
Peter hizo un esfuerzo por mantener una postura despreocupada: la cadera apoyada en el escritorio, las piernas estiradas, los brazos cruzados sobre el pecho. De lo contrario, habría cruzado la habitación en dos zancadas y habría levantado a Martín por el cuello.
-Peter: ¿Por qué las has traído?
-Martín: ¿Yo? —preguntó con un gesto de inocencia— Yo no las he traído. Ya sabes cómo les gusta a las mujeres ir de compras. Yo...
-Peter: Paula detesta ir de compras.
La expresión desconcertada de Martín indicaba que ignoraba ese rasgo de su cuñada. Peter escrutó a su hermano a través de los párpados entrecerrados como dos rendijas, intentando contener su ira.
-Peter: ¿Podrías explicarme por qué Paula me creía en Surrey? Tal vez podrías aclararme también qué es esa «inspección anual de las cosechas».
-Martín: ¿Surrey? ¿Cosechas? Yo...
-Peter: Basta, Martín. Te lo preguntaré una sola vez más: ¿por qué has traído a Paula? No me mientas.
Convencido al parecer por la amenaza que estaba implícita en la furia glacial del tono de Peter, Martín decidió no seguir fingiendo inocencia.
-Martín: La he traído porque cuando te vi ayer me resultó dolorosamente obvio que lo pasas fatal sin ella. Y hasta un ciego se daría cuenta de que ella lo pasa igual de mal sin ti.
-Peter: Si quisiera tenerla aquí, la habría hecho venir yo mismo.
Los ojos negros de Martín centellearon con enfado.
-Martín: Pues entonces no acierto a entender por qué no lo has hecho, cuando es evidente que quieres tenerla aquí, y más evidente todavía que la necesitas. Lo que ocurre es que eres demasiado testarudo para reconocerlo. No sé qué problemas tienen, pero no podrán resolverlos separados.
-Peter: ¿Ah no? —preguntó en un tono de total serenidad— ¿Y desde cuándo eres un experto en relaciones maritales, y sobre todo en la mía?
-Martín: No lo soy. Pero te conozco. Aunque no quieras admitirlo, ella es muy importante para ti. Vamos, reconócelo. La amas. Y cuando no estás con ella se te ve malhumorado, eres desdichado y te vuelves prácticamente inaguantable.
El dolor y la ira invadieron a Peter, pero logró mostrarse inexpresivo.
-Peter: Está claro que te has equivocado respecto a mis sentimientos y mi estado de ánimo, Martín. No soy desdichado. Lo que ocurre es que estoy ocupado. Soy responsable de seis fincas y tengo que atender un montón de asuntos.
Martín soltó un resoplido.
-Martín: Entonces es evidente que no sabes distinguir entre estar ocupado y ser desdichado.
Peter dirigió una mirada glacial a su hermano.
-Peter: Sí sé distinguir. —«Créeme, lo sé», pensó— No pienso tolerar más intromisiones en mi matrimonio, ¿está claro?
-Martín: Perfectamente —Sin embargo, como si Peter no hubiera dicho nada, prosiguió— ¿Qué ha hecho Paula para ponerte tan furioso? Seguro que, sea lo que fuere, puedes perdonarla. No la creo capaz de hacerte daño a propósito.
«Ella me arrancó el corazón a propósito y se reveló como una intrigante calculadora.» Peter se apartó de su escritorio y dijo en un tono engañosamente moderado:
-Peter: Creo que lo mejor, y lo más inteligente por tu parte, sería que dejaras de expresar tu opinión sobre temas que desconoces por completo.
-Martín: Paula es tremendamente infeliz.
Peter sintió una punzada en sus entrañas, pero se forzó a rechazar su sentimiento de compasión.
-Peter: Pues no me explico por qué. Después de todo, es una duquesa. No le falta nada —dijo.
-Martín: Excepto una relación con su esposo.
-Peter: Olvidas que nos casamos por conveniencia.
-Martín: Tal vez el matrimonio empezó así, pero acabaste enamorándote de ella. Y ella de ti.
«Ojalá fuera verdad», pensó Peter, pero añadió:
-Peter: Basta. Deja de preocuparte por Paula y por mí y encauza tus energías hacia tareas más productivas. ¿Por qué no te buscas una amante? Concéntrate en tu propia vida en vez de incordiarme.
Martín enarcó las cejas.
-Martín: ¿Es eso lo que has hecho tú? ¿Te has buscado una amante?— Peter apenas logró reprimir la carcajada de amargura que pugnaba por brotar de su garganta. No podía concebir la idea de tocar a otra mujer. Antes de que pudiese replicar, Martín continuó —Porque si es eso lo que has hecho, entonces eres más necio de lo que pensaba. No me cabe en la cabeza que puedas preferir a otra mujer.
-Peter: ¿No se te ha ocurrido que quizá sea Paula quien quiere prescindir de mis atenciones?
Una risotada de incredulidad escapó de los labios de Martín.
-Martín: ¿Así que ésa es la causa de todo? ¿Crees que Paula no te quiere? Por todos los cielos, Peter, o eres un completo idiota o has perdido el juicio. Esa mujer te adora. Hasta un ciego lo vería.
-Peter: Te equivocas.
La expresión de Martín reflejó su preocupación.
-Martín: Estás dando al traste con tu felicidad, Peter. Detesto verte hacer eso.
-Peter: Tomo nota de tu inquietud, pero esta conversación ha terminado —Al ver que Martín se disponía a objetar, Peter agregó— Ha terminado definitivamente. ¿Entendido?
Martín resopló de nuevo, con frustración.
-Martín: Sí.
-Peter: Bien. No puedo pedirles que se marchen ahora, pero confío en que tú y tu numerosa compañía se hayan ido mañana por la tarde. Hasta entonces las mantendrás ocupadas y fuera de mi vista.
Sin una palabra más, Peter salió de la habitación, conteniendo el impulso casi irresistible de dar un portazo. Ella estaba allí. En su casa. No quería tenerla allí; no quería verla. Que Dios lo ayudara; ¿cómo conseguiría evitarla durante las siguientes veinticuatro horas?
--
Esa tarde, Peter se encontraba a solas en su estudio, frente a la ventana, con la mirada perdida. Cuando alguien llamó a la puerta, apretó los puños. Si era ella... Desechó ese pensamiento enseguida.
-Peter: Adelante.
Luciana entró en el estudio.
-Lu: ¿Puedo hablar contigo?
Él le sonrió forzadamente.
-Peter: Por supuesto. Siéntate, por favor.
-Lu: Prefiero quedarme de pie.
Él alzó las cejas con un gesto inquisitivo ante el tono de su hermana.
-Peter: Muy bien. ¿De qué quieres hablar?
Ella enlazó las manos y aspiró a fondo.
-Lu: Quiero empezar diciendo que, como hermano, te tengo en gran estima.
-Peter: Gracias, Lu —respondió sonriendo— Yo...
-Lu: Pero eres tonto importante.
La irritación le borró la sonrisa de la cara.
-Peter: ¿Cómo dices?
-Lu: ¿Es que no me has oído? He dicho que eres...
-Peter: Te he oído.
-Lu: Excelente. ¿Quieres saber por qué eres tonto importante?
-Peter: En realidad, no, pero estoy seguro de que me lo dirás de todas maneras.
-Lu: Tienes razón. Me refiero a esta situación con Paula.
-Peter: ¿Situación? —preguntó con los dientes apretados.
-Lu; No disimules —soltó ella, echando chispas por los ojos— Sabes perfectamente de qué hablo. ¿Qué le has hecho?
-Peter: ¿Qué te hace pensar que le he hecho algo?
-Lu: Es muy desdichada.
-Peter: Eso es lo que todo el mundo se empeña en decirme.
Ella le dirigió una mirada escrutadora.
-Lu: No logro entender esta indiferencia glacial. Pensaba que estaban hechos el uno para el otro, pero es evidente que ella no está contenta y que tú merodeas por la casa como un oso con una espina clavada en la pata. Siempre te he visto tratar a las mujeres, incluso a las más irritantes, con absoluto respeto. Y sin embargo, tratas a tu propia esposa como si no existiese.
«Es que no existe —se dijo Peter— La mujer de quien me enamoré no existe en realidad.»
-Lu: Peter —le posó la palma de la mano en la mejilla y la ternura sustituyó al enfado en sus ojos— No puedes permitir que esta infelicidad acabe con ustedes. Es evidente para mí que la amas con toda tu alma y que ella te ama. Por favor, examina tus sentimientos y busca una manera de resolver el problema que tienes con ella, sea cual fuere. Y hazlo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Deseo que seas feliz, y el dolor que percibo en tus ojos me dice que no lo eres. Pero lo fuiste alguna vez. Y gracias a Paula.
Esas palabras cariñosas le envolvieron el corazón atenazándoselo como un tornillo de carpintero. Sí, había sido feliz durante muy poco tiempo. Pero esa felicidad estaba basada en una ilusión. Y aunque agradecía a Lu su preocupación, estaba harto de que primero Martín y ahora ella se entrometiesen en su vida.
No estaban al corriente de las circunstancias, pero no tenía ninguna intención de contarles a ellos, o a cualquier otra persona, que su esposa quería disolver su matrimonio. Guardaría el secreto, al menos hasta que fuera absolutamente necesario revelarlo. Si Paula resultaba estar embarazada, tendrían que soportar como fuera su matrimonio.
--
Alguien llamó a la puerta.
-Peter: Adelante.
Era su madre.
-Anna: ¿Interrumpo algo?
-Peter: En absoluto —fijó la vista en la puerta y se apoyó en su escritorio y clavó los ojos en su madre. Primero Martín, luego Luciana, ahora su madre. Genial.
-Peter: ¿También tú has venido a ponerme verde?
-Anna: ¿Ponerte verde? —preguntó ella, con los ojos como platos.
-Peter: Mis hermanos han tenido a bien llamarme necio, idiota y, mi insulto favorito, tonto importante.
-Anna: Entiendo.
-Peter: Celebro que al menos mi madre no se rebaje a insultar.
-Anna: Desde luego. Claro que, si no te hubieran dejado hecho un trapo, quizá tendría la tentación de llamarte imbécil cabeza de chorlito, pero dadas las circunstancias me limitaré a decirte que me duele verlos tan tristes a ti y a Paula —Le tomó la mano entre las suyas y le dio un apretón— ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
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