A la mañana siguiente, Peter entró en su estudio y se detuvo ante la inoportuna visión de Hernán arrellanado en un sillón. Maldición, si Nan se proponía retomar el tema donde lo había dejado su familia el día anterior, Peter le propinaría un guantazo. Sentía un fuerte impulso de golpear algo, y a la mínima provocación sin duda ese algo sería Hernán.
Su amigo lo miró de arriba abajo y luego dirigió una mirada significativa al reloj que descansaba sobre la repisa de la chimenea.
-Nan: Son las diez de la mañana. ¿No es un poco temprano para ir vestido con ropa formal? ¿O es que no estoy al tanto de la última moda?
-Peter: No voy a salir —dijo, refrenando apenas su impaciencia.
-Nan: Ah, entonces seguro que acabas de llegar de algún sitio. ¿De dónde, me pregunto? Pareces un poco bajo de forma.
-Peter: Si insistes en saberlo, he estado en mi club —paseó la mirada por la habitación con interés exagerado— ¿Dónde está el resto de mi bienamada familia? ¿Escondida detrás de las cortinas?
-Nan: Tu madre y Lu hace un rato se fueron a la joyería. Martín y Paula han salido también, pero no tengo idea de dónde han ido.
Peter cruzó a paso rápido el estudio, se detuvo por unos instantes ante la mesita de las licoreras y siguió adelante. Ya había bebido más que suficiente brandy en White's esa noche, y en lugar de encontrar el consuelo que buscaba sólo había conseguido un agudo y persistente dolor de cabeza... además de perder varios cientos de libras en la mesa de juego.
-Nan: Te noto nervioso —observó desde su sillón. Peter se detuvo y se dio cuenta con gran irritación de que estaba yendo y viniendo por la estancia.
-Peter: No estoy nervioso.
-Nan: ¿De veras? He visto caballeros que, ante su inminente paternidad, se mostraban más tranquilos que tú.
Inminente paternidad. Este comentario, hecho con toda naturalidad, le escoció como la sal en una herida. Reprimiendo una palabrota, Peter se acercó a la ventana y apartó la cortina. Con la vista fija en el cristal, pero sin mirar nada en realidad, se esforzó por erradicar de su mente las imágenes dolorosas que evocaban las palabras «inminente paternidad». Casi lo había conseguido cuando un coche de alquiler llamó su atención al detenerse delante de su casa. La portezuela se abrió y Martín salió del interior, con los labios apretados en un gesto hosco. Le tendió la mano a alguien y Paula se apeó del carruaje. Estaba pálida y se la veía abatida.
Los dedos de Peter se cerraron en torno a las cortinas de terciopelo. ¿Adónde diablos habían ido? ¿Y por qué demonios habían tomado un coche de alquiler? A continuación, Martín ayudó a salir a otra mujer. Era menuda y delgada, y una bufanda de color terroso le cubría el cabello. Cuando se volvió, Peter le vio la cara. Unos moratones negros le rodeaban los ojos y tenía el labio inferior hinchado y partido. De pronto la reconoció.
Era Molly, la camarera, la prostituta de El Cerdo Roñoso. Dios santo, ¿qué demonios estaba pasando? ¿Tenía información sobre Gaspard? ¿Por qué estaban Paula y Martín con ella?
Peter soltó la cortina y salió como una exhalación del estudio sin hacer el menor caso de la mirada inquisitiva de Nan. Llegó al vestíbulo justo cuando el trío entraba por la puerta. Paula y Martín sostenían a Molly, uno a cada lado. La andrajosa mujer parecía a punto de caer al suelo.
-Paula: No te preocupes, Molly —le decía— Unos pasos más y tendrás una cómoda cama sólo para ti. Después les echaremos un vistazo a tus heridas.
-Peter: ¿Qué diablos pasa aquí? —preguntó mirando por turno a cada uno de los tres.
Molly retrocedió, visiblemente asustada por su tono áspero, y se encogió, arrimándose a Paula.
-Paula: Tranquila, Molly, no pasa nada —le aseguró. Luego, le pidió a Martín— ¿Quieres acompañar a Molly a la habitación de invitados amarilla y pedirle a Katie que le prepare un baño? Enseguida estoy con ustedes.
-Martín: Por supuesto.
Soportando sin esfuerzo el peso de la frágil mujer, Martín la condujo escaleras arriba.
Paula se volvió hacia Peter.
-Paula: ¿Puedo hablar contigo en privado?
-Peter: Iba a proponerte exactamente lo mismo —dijo con voz tensa. Se encaminó a la biblioteca y cerró la puerta cuando los dos estuvieron dentro. Observó a Paula dirigirse al centro de la estancia y luego volverse hacia él. Tenía el rostro blanco como la cera y los ojos rodeados de profundas ojeras que denotaban su pesar. Peter sintió la imperiosa necesidad de estrecharla entre sus brazos, y se desesperó al constatar cuánto la amaba.
Se le acercó lentamente. Temía que ella retrocediese, pero Paula permaneció donde estaba, con las manos enlazadas delante de sí y los ojos clavados en los de él. Cuando ya estaban muy cerca el uno del otro, Peter se detuvo. Dios, cómo la echaba de menos. Extrañaba su afecto y su sonrisa. El sonido de sus carcajadas. «Olvida todo eso —se dijo— Se ha acabado. Para siempre. Ella no te quiere.»
El dolor y la rabia se apoderaron de él, pero adoptó una expresión de pura frialdad y aguardó a que ella hablara.
Paula contempló el rostro distante de su esposo y el nudo que tenía en el estómago se tensó aún más. El semblante glacial de Peter indicaba que se avecinaba un enfrentamiento, y ella estaba resuelta a salir vencedora de él.
Levantó la barbilla, desafiante, y dijo:
-Paula: Supongo que te preguntarás por qué hemos traído a Molly.
-Peter: Qué perspicaz. —enarcó una ceja— En efecto, quiero que me expliques, no sólo la razón de que una prostituta se encuentre en mi casa, sino por qué medios ha podido llegar hasta aquí.
Paula estalló.
-Paula: No quiero que la llames de ese modo.
-Peter: ¿Por qué? Eso es lo que es.
-Paula: Ya no.
-Peter: ¿Ah no? ¿Y qué es ahora?
Paula tenía tantas cosas que decirle y tan poco tiempo... Debía examinar a Molly, y luego prepararse para emprender un viaje. Sencillamente, no podía perder el tiempo en explicaciones detalladas. Buscó una respuesta apropiada a la pregunta de su marido y una le vino de pronto a la cabeza.
-Paula: Ahora será una doncella. Mi doncella.
Si la situación hubiese sido más relajada, Paula habría soltado carcajadas al ver la cara de estupefacción de su esposo.
-Peter: ¿Cómo dices?
-Paula: He contratado a Molly para que ayude a Katie con, eh, con mi enorme guardarropa.
La mano de Peter salió disparada hacia delante y la asió por el brazo.
-Peter: ¿Qué significa esta tontería?
Ella intentó soltarse, pero él la apretó más, avivando la cólera de Paula, que se apresuró a decir:
-Paula: Esta mañana he tocado accidentalmente la chaqueta que yo llevaba puesta la noche que fuimos a El Cerdo Roñoso, y he tenido una visión. En ella alguien le pegaba una paliza a Molly, así que he decidido impedirlo. He convencido a Martín de que me condujese al muelle...
-Peter: ¿Martín te ha llevado al muelle?
-Paula: Sí —Al ver el destello de furia que brillaba en sus ojos, añadió rápidamente— Por favor, no te enfades con él. Después de rogarle y explicarle la gravedad de la situación, una amiga mía corría peligro, ha accedido a ayudarme, pero no sin antes hacerme prometer que permanecería a salvo dentro del coche. Cuando llegamos frente al local, descubrimos a Molly acurrucada en un callejón. La habían apaleado y le habían robado —Respiró hondo— La misma noche en que la conocimos salió del bar y alquiló una habitación pequeña encima de un almacén. Los hombres que le robaron se llevaron de allí todo lo que ella había conseguido ahorrar con la esperanza de iniciar una nueva vida —Un escalofrío la estremeció— Por Dios, Peter, lo que los incitó a asaltarla fueron las monedas que nosotros le dimos esa noche —Se irguió al máximo y concluyó— Tengo la intención de ayudarla.
-Peter: Sí, eso está bastante claro —le apretó el brazo con dedos como tenazas. La frialdad de su mirada había cedido el paso a la ira— Pero ¿pensaste siquiera por un instante en el peligro al que te exponías yendo a ese lugar?
-Paula: No he ido sola.
-Peter: ¿Crees sinceramente que con eso estabas completamente a salvo? Podrías haber sido víctima de una paliza y un robo, como ella. O de algo peor.
En otras circunstancias, el enfado de Peter, el fuego de su mirada, le habrían hecho creer a Paula que le preocupaba su destino.
Aunque, por supuesto, si él no quería que sufriese daño alguno era porque tal vez llevara a un hijo suyo en su vientre.
-Peter: No sólo has puesto en peligro tu integridad y la del idiota de mi hermano —gruñó él— sino que obviamente has pasado por alto el escándalo que ibas a provocar al ir a buscarla al muelle para traerla aquí.
-Paula: ¿Escándalo ayudar a una mujer maltratada? Pues no me importa. Y si es su antigua ocupación lo que te preocupa, no tengo intención de compartir esa información con nadie. Naturalmente, Molly no va a presumir de ello por ahí, y confío en que Martín sabrá guardar el secreto —Alzó las cejas— ¿Piensas contárselo a alguien?
-Peter: No. —Le soltó el brazo y se pasó los dedos por el cabello— Pero los sirvientes chismorrean. Seguro que se propagarán rumores.
-Paula: Pues yo lo negaré todo. Al parecer piensas que soy una embustera consumada, así que tal vez deba serlo. ¿Quién osaría poner en duda la palabra de la duquesa de Bradford?
Peter soltó una carcajada sardónica.
-Peter: Pues sólo yo.
Estas palabras la impactaron como una bofetada, y se mordió el labio para contener una exclamación de angustia. Estudió los verdes ojos de Peter durante un buen rato, lamentando la pérdida del afecto que había visto en ellos en otro tiempo.
-Paula: Comprendo que la situación te parezca escandalosa, pero por Dios, Peter, piensa en esa pobre mujer. No he tenido la oportunidad de examinarla a fondo, pero estoy segura de que tiene varias costillas rotas y no oye con el oído izquierdo —Aunque se exponía a un rechazo cruel, alargó el brazo y le tocó la mano— Sé que estás enfadado conmigo, pero tienes buen corazón. No te considero capaz de echar a la calle a esa mujer indefensa que no tiene nada.
Peter apretó las mandíbulas.
-Peter: Le encontraremos un trabajo en una de las fincas —dijo— Pero debes comprender que no puede quedarse contigo. Aunque creas que las habladurías no te afectarían, piensa en los sentimientos de mi madre y mi hermana.
Ella asintió con la cabeza, aliviada.
-Paula: De acuerdo. Si al final resulta que no estoy embarazada, no tendrás que preocuparte por Molly de todas maneras.
El hielo volvió a la mirada de Peter.
-Peter: ¿Ah no? ¿Y por qué?
-Paula: Porque, si no estoy embarazada, pienso regresar a América tan pronto como nos concedan la anulación. Molly podrá venir conmigo, si quiere. Las dos seremos libres para empezar de nuevo.
-Peter: Entiendo.
La tensión que flotaba en el ambiente le dificultaba la respiración a Paula. Necesitaba ver a Molly, y deseaba escapar de la atmósfera sofocante que la rodeaba, pero todavía no podía abandonar esa habitación. Se aclaró la garganta y dijo:
-Paula: Hay algo más que debes saber.
Peter se llevó la mano a la cara, cansado.
-Peter: Espero que no hayas vuelto a la casa de juego y rescatado a media docena de borrachos endeudados hasta las cejas.
Pese al tono sombrío de su esposo, una ligera sonrisa jugueteó en los labios de Paula.
-Paula: No, aunque es una idea que merece tenerse en cuenta.
-Peter: No —repuso reprimiendo una carcajada— ésa es una idea que no merece tenerse en cuenta en absoluto.
Aliviada por haber ganado la primera batalla con relativa facilidad, ella le dio la razón.
-Paula: De acuerdo. Pero ahora debo comunicarte otra noticia. Tiene que ver con tu hermano.
-Peter: ¿Ah sí? —Sus ojos brillaron amenazadoramente— Por supuesto, tendré que decirle a Martín dos palabras sobre esta visita a los barrios bajos de Londres.
-Paula: No me refiero a Martín. La noticia tiene que ver con Federico.
Peter se quedó totalmente inmóvil.
-Peter: ¿De qué se trata?
-Paula: Sé dónde podemos encontrar a Gaspard.
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Un acercamiento... bueno, mas o menos, pero algo es algo. Capítulo bastante largo :) Comenten! Y gracias. @Love_Pauliter
quiero mas!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarMe atrapa esta novela... No puedo esperar al dia siguiente para seguir leyendo!!
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