miércoles, 31 de julio de 2013

Capítulo 5

Pedro abrió los brazos para agarrar a Paula, que había salido rápidamente por las puertas de la cocina y había ido a aterrizar a su pecho. No fue un golpe fuerte, pero lo tomó desprevenido. Cuando la tuvo agarrada, con su cuerpo pegado al de él, no quiso dejarla ir.

Estaba más rellena de lo que él recordaba, pero seguía oliendo a fresas y a vainilla, así que debía de seguir usando su shampoo favorito. Y a pesar de haberse cortado el pelo a la altura de los hombros, seguía teniendo el pelo suave como la seda.

Estuvo a punto de levantar la mano para acariciarlo, con los ojos clavados en los de ella, pero se contuvo. La soltó e inmediatamente extrañó su calor.

–Te dije he dicho que esperases afuera –comentó ella, humedeciéndose los labios con la punta de la lengua. Y acomodándose la ajustada camisa.

Pedro pensó que, tratándose de su exmujer, no debería fijarse en esas cosas. Aunque, al fin y al cabo, estaba divorciado, no muerto.

–Has tardado mucho. Además, es un establecimiento público. El cartel de la puerta dice que está abierto. Así que, si tanto te molesto, considérame un cliente.
Pedro se metió una mano en el bolsillo y sacó un par de billetes.

–Quiero un café solo y algo dulce. Lo que tú elijas.
Ella frunció el ceño y lo miró con desdén.

–Te he dicho que no quería tu dinero –le advirtió.

–Como quieras –respondió él, metiéndose el dinero otra vez en el bolsillo–. ¿Por qué no me muestras la panadería? Que me haga una idea de lo que haces aquí, de cómo empezaste y cómo están tus cuentas.
Paula resopló.

–¿Dónde está Brian? –le preguntó, mirando hacia la puerta del establecimiento.

–Le dije que vuelva a su despacho –respondió Pedro–. Dado que ya conoce tu negocio, no creo que necesite estar aquí. Pasaré a verlo, o lo llamaré, cuando hayamos terminado.
Paula frunció el ceño otra vez y lo miró, aunque no a los ojos.
–¿Qué pasa? –le preguntó él en tono de broma–. ¿Te da miedo estar a solas conmigo, Pau?
Ella frunció el ceño todavía más.

–Por supuesto que no –respondió, cruzándose de brazos, lo que hizo que se le marcara el pecho todavía más–, pero no te emociones, porque no vamos a estar solos. Nunca.

Y Pedro, por mucho que lo intentó, no pudo evitar sonreír. Se había olvidado del carácter que tenía su mujer, y lo había extrañado. Si fuera por él, estarían a solas muy pronto, pero no se molestó en decírselo, ya que no quería verla explotar delante de sus clientes.

–¿Por dónde quieres que empecemos? –le preguntó Paula con resignación.

–Por donde tú prefieras –respondió él.

No tardó mucho en enseñarle la parte delantera de la panadería, que era pequeña, pero le explicó a cuántos clientes servían allí y cuántos se llevaban cosas para consumirlas fuera de la panadería. Y cuando él le preguntó qué había en cada vitrina, Paula le describió cada uno de los productos que trabajaban.

A pesar de estar incómoda con él allí, Pedro nunca la había visto hablar de algo con tanta pasión. Durante su matrimonio, había sido apasionada con él, en lo que respectaba a la intimidad, pero fuera del dormitorio, había estado mucho más contenida. Se había dedicado a pasar tiempo en el club de campo con su madre, o trabajando en alguna obra social, también con la madre de Pedro.

Se habían conocido en la universidad y Pedro tenía que admitir que él había sido el motivo por el que Paula no se había graduado. Había tenido demasiado apuro en casarse con ella, por que fuese suya en cuerpo y alma.

Pedro siempre había esperado que algún día volviera a estudiar, y la habría apoyado, pero Paula se había conformado con ser su mujer, estar guapa y ayudar a recaudar fondos para causas importantes. En esos momentos, Pedro se preguntó si era eso lo que ella había querido, o si había tenido otras aspiraciones.
Porque nunca la había escuchado hablar con tanto entusiasmo de las obras benéficas.

También se preguntó si conocía de verdad a su exmujer, porque nunca había sabido que fuese tan buena cocinera. No obstante, después de haber probado un par de sus creaciones, decidió que aquel negocio podía tener éxito, que podía ser incluso una mina de oro.
Terminó el último trozo de magdalena de plátano que Paula le había dado a probar y se chupó los dedos.

–Delicioso –admitió–. ¿Por qué nunca preparabas cosas así cuando estábamos casados?

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Uhhh... que palo jajajaja
Gracias a todas y cada una que lee esta nove, de verdad. 
Que terminen lindo el miércoles.
COMENTEN. Besos!

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