martes, 9 de julio de 2013

Capítulo 41

Para Peter el mundo quedó reducido a esas palabras que resonaban en sus oídos. «Sé dónde podemos encontrar a Gaspard»

La sujetó por los hombros.
-Peter: ¿Dónde está?
-Paula: No estoy segura... pero he descubierto a alguien que lo sabe.
-Peter: ¿Cómo? ¿Dónde?

-Paula: En el muelle. Mientras Martín ayudaba a Molly a subir al coche, he visto a un hombre entrar en un bar. Aunque no lo he tocado, he percibido con mucha intensidad que tiene un vínculo con Gaspard.
Peter la apretó con más fuerza sin darse cuenta. Dios santo, si Martín la había dejado entrar en ese antro en pos de ese hombre se lo haría pagar muy caro.
-Peter: No habrás intentado hablar con él, ¿verdad?
-Paula: No. Nos hemos marchado inmediatamente —Le posó las manos sobre los antebrazos— Pero sigue allí, Peter, lo percibo. Es un hombre corpulento y calvo que va vestido de marinero. Cojeaba ostensiblemente y llevaba un arete de oro en la oreja derecha.
A continuación le indicó el emplazamiento del edificio.
-Peter: Lo encontraré —declaró.

Le soltó los hombros y apartó las manos de ella de sus antebrazos. Durante un rato permanecieron mirándose. A él le pareció vislumbrar en sus ojos un destello de la Paula afectuosa y efusiva que creía haber conocido, y luchó contra el torrente de sentimientos que lo inundó. Maldición, esos ojos  verdes con matices dorados lo desarmaban. Pero luego fue como si un velo descendiese entre ambos, y su férrea determinación desterró cualquier rastro de cariño.
Pero esa expresión que había brillado por una fracción de segundo en los ojos de su esposa... Diablos, de no ser porque él era consciente de la realidad, habría jurado que ella lo quería. ¿Por qué estaba ayudándolo? Sin duda no era porque se lo hubiese prometido. Peter había averiguado del modo más doloroso posible que ella no cumplía sus promesas.
Bueno, tal vez ella sí que lo quisiera un poquito. Pero no lo suficiente para que encontraran la manera de compartir la vida.

Y él no debía olvidarse de eso.
-Peter: Debo irme —dijo, retrocediendo un paso.
-Paula: Lo sé, Peter... Ten cuidado.
El ligero tono de súplica en su voz hizo que a Peter se le formara un nudo en la garganta que lo dejó sin habla. Se despidió con un movimiento de cabeza y salió de la habitación.

Paula lo observó marcharse y se quedó mirando la puerta por la que acababa de salir. Sabía que Peter no tardaría en encontrar las respuestas que buscaba. Rezó porque no le ocurriese nada malo. Y porque algún día pudiera perdonarla.

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Peter entró en la ruinosa taberna del barrio ribereño y esperó a que los ojos se le adaptaran a la penumbra del interior. Su mirada recorrió a la media docena de clientes del local y se detuvo en un hombre sentado solo en un rincón, con las anchas espaldas encorvadas de forma protectora en torno a su copa. Era calvo, y Peter vislumbró un destello dorado en su oreja derecha. Era la única persona que encajaba con la descripción que le había hecho Paula.

Peter se acercó a la mesa y se sentó enfrente del hombre. El marinero lo miró con fijeza achicando los ojos castaño oscuro.
—¿Quién diablos eres tú?
Por toda respuesta, Peter colocó el puño sobre la mesa, entre los dos. Al abrir la mano reveló un saquito de cuero.
-Peter: Aquí hay cincuenta libras de oro. Tienes información que me interesa. Si me la das, el dinero será tuyo.
El hombre echó una ojeada a la bolsita, y una sonrisa desagradable se dibujó en su huesudo rostro, dejando al descubierto varios dientes podridos. Con un movimiento rápido de la muñeca, se sacó de la manga una navaja de aspecto letal. Se inclinó hacia delante y dijo:
—Tal vez me quede con las monedas y también con la información.
-Peter: Puedes intentarlo —respondió en tono amenazador— pero no te lo recomiendo.
El marinero soltó una risotada estruendosa.
—¿Ah sí? ¿Y por qué?
-Peter: Porque hay una pistola apuntándote a la barriga por debajo de la mesa.
Observó al marinero bajar la mirada hacia la otra mano de Peter, que estaba oculta bajo la mesa.
La duda asomó a los ojos del marinero, pero rápidamente la disimuló con una actitud burlona.
—¿Esperas que me crea que un encopetado como tú se atrevería a pegarme un tiro delante de un montón de gente? Te colgarían.
-Peter: Al contrario, el magistrado sin duda me recompensaría por librar a la ciudad de un rufián como tú. Además, no me costaría mucho comprar el silencio de tus supuestos testigos —Se reclinó en la silla y retiró la mano de debajo de la mesa durante un momento para que su compañero pudiese ver su pistola— Puedes salir de aquí convertido en un hombre rico o con los pies por delante. Tú decides.

El marinero lo estudió durante unos segundos. Peter le sostuvo la mirada, empuñando la pistola con firmeza, pero convencido de que la avaricia acabaría por imponerse.
Un brillo codicioso apareció en los ojos vidriosos del marinero.
—Prefiero ser rico. Más rico de lo que me harían cincuenta libras.
-Peter: Si considero que tu información lo vale, te daré cincuenta más.
—¿Y si no?
Una sonrisa glacial se desplegó en los labios de Peter.
-Peter: Entonces dejarás de resultarme útil. Y no creo que te recuperes del agujero que te haré en la panza.
El miedo asomó a la mirada del marinero, pero rápidamente lo disimuló encogiéndose de hombros.
—¿Qué quieres saber?
-Peter: Conoces a un francés llamado Gaspard. Quiero saber dónde puedo encontrarlo —Agitó deliberadamente el saquito lleno de monedas— Dímelo y el dinero será tuyo.
El marinero tomó un gran trago de whisky y luego se enjugó la boca con el dorso de una de sus manazas.
—¿Gaspard Bertrand?
Peter pugnó por conservar la calma. Gaspard Bertrand  Finalmente oía el nombre completo del hombre que estaba buscando.
-Peter: ¿Dónde está?
El marinero volvió a encogerse de hombros.
—Estuvo un tiempo aquí en Londres, pero luego regresó precipitadamente a su tierra, en Francia.
-Peter: ¿Dónde vive?
—En un pueblo cerca de Calais.
Peter se inclinó hacia delante.
-Peter: ¿Qué pueblo?
El marinero lo ojeó con aprensión.
—No recuerdo el nombre exacto. Es como si fuera el nombre de un tío.
Peter reflexionó por unos instantes.
-Peter: ¿Marck?
El marinero abrió mucho los ojos, en señal de reconocimiento.
—Eso es —respondió.
-Peter: ¿Por qué estaba en Londres?
—Dijo que se traía un negocio entre manos. Buscaba a alguien. No sé a quién. Se jactaba todo el rato de que iba a conseguir mucho dinero —Miró a Peter achicando los ojos— Es todo lo que sé. He cumplido con mi parte del trato. Ahora suelta el dinero.

Peter depositó dos bolsitas sobre la rayada mesa y se guardó la pistola en el bolsillo. El marinero abrió los saquitos para verificar su contenido, y Peter aprovechó su distracción para escabullirse por la puerta. Resguardándose en las sombras, avanzó a paso rápido por el laberinto de callejuelas hasta el coche que lo esperaba. Una euforia amarga se apoderó de él.

Gaspard Bertrand.

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Uhh lo que se viene... 
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Gracias c:

3 comentarios:

  1. Son muchos capítulos en los que van a estar distanciados? Ya duele un poquito la espera!! Reconciliación, reconciliación, reconciliación!!! Muy buenooo!!!

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  2. Ojala pronto paula se de cuenta de q es una locura estar separados cuando el la necesita tanto

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  3. ayyyyyy nooooooooooo!
    yo necesito mas!!!!
    cuanta intriga!

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