jueves, 11 de julio de 2013

Capítulo 43

Era imposible hacer caso omiso de esa mujer.

No habría podido dejar de fijarse en ella aunque estuviesen en una gigantesca sala de baile, pero en la estrechez del carruaje lo perturbaba aún más. Todos sus sentidos estaban pendientes de ella. Cada vez que respiraba, el suave aroma a lilas inundaba su olfato.

Desesperado, cerró los ojos con la esperanza de poder dormir, pero fue en vano. En cambio, imágenes de ella se arremolinaban en su mente. Imágenes que nada en el mundo podría borrar. ¿Qué necesitaría para erradicarla de su cerebro, de su corazón, de su alma?

Abrió ligeramente un ojo. Ella estaba sentada frente a él, leyendo un libro con aire tranquilo, cosa que le dolió. Saltaba a la vista que él era el único que estaba sufriendo.

Cerró el párpado y reprimió un gruñido. Por todos los diablos del infierno, estaba resuelto a sufrir en silencio.
Aunque muriese en el intento.

--

El viaje en coche la había dejado baldada.

Paula bajó del carruaje en Dover y estiró los músculos entumecidos. Había soportado una tortura atroz. Cinco horas fingiendo leer un libro cuyo título ni siquiera recordaba. Y Peter sentado enfrente, durmiendo todo el tiempo. Con gusto habría conciliado el sueño ella también, pero apenas podía estarse quieta, así que cerrar los ojos resultaba impensable. Pasó todo el viaje mirando el libro, mientras su corazón intentaba desesperadamente convencer a su mente de que aceptara la oferta que Peter le había hecho hacía unas semanas: llevar adelante su vida conyugal buscando la manera de que ella no quedase embarazada.

Pero por más que su corazón se lo rogaba, su mente se negaba a escucharlo. «Bastaría con un pequeño descuido —y no sería raro que yo cometiese un descuido cuando Peter me tomara entre sus brazos— para que me quedara encinta. Y sé muy bien cuál sería el destino de la criatura», pensó. Un escalofrío bajó por su espalda. Por mucho que le doliese su decisión, no podía exponer a Peter al sufrimiento que le causaría la muerte de su hija.

Peter se quedó mirando al posadero. 
-Peter: Perdone, ¿cómo dice?
—Sólo queda una habitación, excelencia —repitió el anciano.
Peter tuvo que contener el impulso de golpear las paredes con los puños. Maldición, ¿qué otra cosa podía salir mal? Pero se apresuró a desechar ese pensamiento. Más valía no hacerse esa pregunta. Y no tenía sentido desahogar sus frustraciones en el posadero. No era culpa suya que el hostal estuviese completo. Después de indicarle al criado que llevase el equipaje a la habitación disponible, él y Paula siguieron al posadero escaleras arriba.

La habitación era pequeña pero alegre, y prácticamente todo el espacio estaba ocupado por una cama de aspecto confortable con un cobertor primorosamente bordado.
—Hay agua fresca en la jarra, excelencia —señaló el hospedero— ¿Necesitaréis alguna cosa más?
Peter desvió su atención de la cama y de la miríada de pensamientos que le inspiraba.
-Peter: Nada más, gracias.
El posadero se marchó y cerró la puerta a su espalda. Peter observó a Paula, que jugueteaba con los lazos de su sombrero. Ella lo miró y esbozó una sonrisa vacilante.
-Paula: Esto resulta... un tanto violento —dijo.
Él se le acercó, sin despegar los ojos de ella.
-Peter: ¿Violento? ¿Por qué? Somos marido y mujer.
Las mejillas de Paula se tiñeron de carmesí.
-Paula: No puedo acostarme en la misma cama que tú.
-Peter: Ya lo has dicho antes. Pero, por desgracia, sólo hay una cama, y nosotros somos dos.
-Paula: Dormiré en el suelo —dijo ella, intentando parecer segura de sí misma, pero el ligero temblor de su voz delataba su nerviosismo.
Bien. No estaba tan serena como quería aparentar. Él acababa de pasar cinco horas angustiosas, de modo que la idea de que quizás ella también estuviese angustiada lo animaba considerablemente.

Avanzó otro paso hacia ella. Los ojos de Paula reflejaron cierta sorpresa, pero consiguió mantenerse firme. Un paso más, y él detectó su respiración bastante agitada. Dos zancadas más lo colocaron justo enfrente de ella. Sus ojos color verde parpadearon con evidente aprensión, y él, muy a su pesar, tuvo que admirar en su fuero interno la gran valentía que demostraba al no retroceder ante él. Pero deseaba hacerle perder la calma, maldita sea. Del mismo modo que ella le había hecho perder la suya.
-Peter: No es necesario que duermas en el suelo, Paula —susurró, bajando la vista hacia su boca.
-Paula: Me temo que sí.
-Peter: ¿Lo dices porque no confías en mí y crees que intentaré seducirte?
-Paula: Confío en ti —musitó ella— En quien no confío es en mí misma.
El dolor en su voz hizo que él la mirase con más intensidad. Escrutó su rostro, el brillo de vulnerabilidad en sus ojos, el deseo que oscurecía sus iris dorados, y se le cortó la respiración. Intuía que ella intentaba ocultarlo desesperadamente, pero su mirada la delataba: le deseaba. Irradiaba deseo, como el sol irradia calor; una señal para él.

Peter levantó la mano para tocarla, pero los dedos se le crisparon y resistió el fuerte impulso. Los ojos de Paula le decían que podía seducirla, pero él no soportaría la aflicción de dejarla marchar de nuevo, de oírle decir de nuevo que planeaba abandonarlo. Aunque la deseaba con toda su alma, su traición todavía le dolía demasiado.

Le dio la espalda, se acercó a la ventana y se llevó las manos a la cara. Se le ocurrió que las visiones de Paula eran una espada de doble filo. Por un lado, lo habían ayudado a seguir el rastro de Gaspard, quien a su vez, con un poco de suerte, lo conduciría hasta Federico. Pero por el otro, las premoniciones de Paula le habían arrebatado su matrimonio, su esposa, la esperanza en un futuro feliz. La posibilidad de tener hijos. No le habían dejado más que rabia, dolor, resentimiento y una pena tan profunda que no sabía si algún día se recuperaría.

La oyó cruzar la habitación y se volvió. Se quedó petrificado al ver que ella se encontraba a un palmo de él. Paula se sobresaltó también al tomar conciencia de su súbita cercanía. Peter no tenía más que alargar la mano para tocarla... dar un paso al frente para estrecharla entre sus brazos. El cerebro le ordenó que se alejara, pero sus pies permanecieron inmóviles, como si alguien le hubiese clavado los zapatos al suelo.

Peter veía con claridad su hermoso rostro, las pestañas negras como el carbón que le rodeaban los bellos ojos... ojos que no quería mirar, pues ya lo habían engañado demasiadas veces. Bajó la mirada hacia su boca y de inmediato le vino a la memoria la sensación de sus suaves labios contra los suyos, entreabiertos para recibir su lengua. Se sintió lleno de deseo y apretó los puños, obligándolos a quedarse quietos a sus costados. Maldición, tenía que salir de esa habitación.

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