martes, 30 de julio de 2013

Capítulo 3


Se maldijo por no haber hecho más preguntas y por no haber insistido en que le diesen más detalles acerca de aquella reunión. Lo cierto era que no le había importado quién iba a ser el inversor, sólo le había importado que fuese rico y quisiese ayudarla con su negocio.

Se había convencido a sí misma de que estaba desesperada y necesitaba una rápida inyección de efectivo si quería mantener abierta La Cabaña de Azúcar, pero no tan desesperada como para aceptar la caridad del hombre que le había roto el corazón y le había dado la espalda cuando más lo había necesitado.

No se molestó en contestar a Pedro, miró directamente a Brian

–Lo siento, pero esto no va a funcionar –le dijo, antes de darse la vuelta y volver a salir del edificio.

Estaba bajando las escaleras cuando oyó que la llamaban:

–¡Paula! ¡Paula, espera!

Pero ella sólo quería alejarse lo antes posible de Pedro, de sus ojos brillantes y de la arrogante inclinación de su barbilla. Le daba igual que la estuviese llamando y que estuviese corriendo tras de ella.

–¡Paula!

Giró la esquina que daba casi a La Cabaña de Azúcar y notó cómo le temblaban las piernas. Tenía el corazón a punto de salírsele del pecho.

Se había enfadado tanto, había deseado tanto alejarse de su exmarido, escapar y refugiarse en la panadería, que se le había olvidado que allí estaba Benjamín. Y si había algo que tenía que proteger todavía más que su salud mental, era a su hijo.

De repente, no pudo seguir andando y se detuvo a tan sólo unos pasos de la puerta de la panadería. Pedro giró la esquina en ese momento y se detuvo también al verla allí parada como un maniquí.

Respiraba con dificultad y eso alegró a Paula.

Pedro siempre estaba tranquilo, frío y controlado.

–Por fin –murmuró él–. ¿Por qué has salido corriendo? 
Que estemos divorciados no significa que no podamos sentarnos y mantener una conversación civilizada.

–No tengo nada que decirte –replicó ella.

Recordó lo importante que era mantenerlo alejado de su hijo.

–¿Y tu negocio? –le preguntó él, pasándose una mano por el pelo antes de alisarse y abrocharse la chaqueta del traje–. Te vendría bien el capital y yo siempre estoy dispuesto a hacer una buena inversión.

–No quiero tu dinero.

Él inclinó la cabeza, reconociendo la sinceridad de sus palabras.

–Pero, ¿lo necesitas?

Hizo la pregunta en voz baja, sin rastro de condescendencia, sólo parecía querer ayudarla.

Y Paula necesitaba ayuda, claro que sí, pero no de su frío e insensible marido.

Contuvo las ganas de aceptar el dinero. Se recordó que le estaba yendo bien sola. No necesitaba que ningún hombre la rescatase.

–La panadería va bastante bien, gracias –le respondió–. Y aunque no fuese así, no necesitaría nada de de ti.

Pedro abrió la boca, posiblemente para contestarle e intentar convencerla, y entonces fue cuando Brian Blake dobló la esquina. Se paró en seco al verlos y se quedó allí, respirando con dificultad, mirándolos a los dos. Sacudió la cabeza, confundido.

–Señor Alfonso… Paula…

Respiró hondo antes de continuar.

–La reunión no ha salido como había planeado –se disculpó–. ¿Por qué no volvemos a mi despacho? Vamos a sentarnos, a ver si podemos llegar a un acuerdo.

Paula se sintió culpable. Brian era un buen tipo. No se merecía estar en aquella situación tan incómoda.

–Lo siento, Brian –le dijo–. Te agradezco todo lo que has hecho por mí, pero esto no va a funcionar.

Brian la miró como si fuese a contradecirla, pero luego asintió y dijo en tono resignado:

–Lo comprendo.

–Lo cierto es que yo sigo interesado en saber más acerca de la panadería 
intervino Pedro.

Brian abrió mucho los ojos, aliviado, pero Paula se puso tensa al instante.

–Podría ser una buena inversión, Pau –añadió Pedro, llamándola como lo llamaba cuando estuvieron casados, y desequilibrándola–. He conducido tres horas para llegar aquí y no me gustaría tener que marcharme con las manos vacías. Al menos, enséñame la panadería.

«Oh, no», pensó ella.

No podía dejarlo entrar, era todavía más peligroso que tenerlo en el pueblo.

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