viernes, 21 de junio de 2013

Capítulo 21

Su excelencia, efectivamente, se mostró encantado cuando abrió la puerta de sus aposentos en respuesta a sus golpecitos. De hecho, se quedó sin aliento.

Ante él se alzaba una visión envuelta en seda de un color azul muy pálido. Una visión de cabello castaño, cuya nívea piel brillaba bajo un tentador salto de cama que apenas la cubría. Su mirada comenzó a descender desde el rostro arrebolado de ella por su escote atrevido y la prenda que se adhería provocativamente a su figura. Inmediatamente sintió una presión en la entrepierna.
-Peter: Estás deslumbrante —comentó en voz baja, llevándose una mano de Paula a los labios.
Ella carraspeó.
-Paula: Me siento bastante... desnuda. No logro entender qué pretendía mi tía al regalarme semejante conjunto.
Peter se esforzó por no reír y la condujo a su espaciosa alcoba. Sabía exactamente qué pretendía lady Penbroke y se lo agradeció para sus adentros.
-Peter: Deslumbrante —le aseguró de nuevo.
-Paula: De modo que ¿está contento el duque?
-Peter: El duque está muy contento.
-Paula: Entonces supongo que estoy cumpliendo con mi deber de duquesa.
-Peter: ¿Lo ves? Te dije que sería sencillo —Le señaló una mesa pequeña y dispuesta con esmero junto a la chimenea—¿Tienes hambre?
-Paula: No.
-Peter: ¿Sed?
-Paula: No.
-Peter: ¿Estás nerviosa?
-Paula: Hum... —Una sonrisa compungida se dibujó en sus labios— Sí. Pero estaba haciendo un gran esfuerzo por disimularlo.
-Peter: Me temo que la expresividad de tus ojos te delata... como también el rubor que tiñe tus mejillas y el hecho de que estás retorciéndote los dedos.
Paula bajó la vista hacia sus manos y desenlazó los dedos.
-Peter: ¿Sabes qué es lo que va a ocurrir entre nosotros, Paula? —preguntó él, deslizándole la punta del dedo por la tersa mejilla.
Ella alzó los ojos para mirarlo a la cara.
-Paula: Claro —respondió, sorprendiéndolo con su naturalidad— Estoy familiarizada con el estudio de la cría de animales y la anatomía humana.
-Peter: Ah..., entiendo —Se acercó a ella y le posó las manos sobre los hombros— Bueno, no sé si te servirá de consuelo, pero yo también estoy nervioso.
Ella abrió los ojos como platos.
-Paula: ¿Quieres decir que tampoco has hecho esto nunca?
Peter ahogó una carcajada.
-Peter: No, no es eso lo que quiero decir.
-Paula: Mi aprensión deriva del miedo a lo desconocido. Si no es éste tu caso, ¿por qué estás nervioso?
«Porque quiero que esta noche sea perfecta para ti, en todos los sentidos. Nunca imaginé que sería tan importante para mí que tú quedaras satisfecha», pensó él. Además, se sentía inseguro ante la idea de seducir a una inocente. Siempre había evitado a las vírgenes como a la peste, pero ahora debía afrontar la inquietante tarea de desflorar a su esposa.
-Peter: La primera vez que dos personas hacen el amor siempre resulta un poco incómoda —dijo— No quiero hacerte daño.
-Paula: Y yo no quiero decepcionarte.

La miró de arriba abajo. Eso no era muy probable. Ofrecía un aspecto maravilloso e increíblemente dulce. Y tan inocente... y atractiva. Además, su atuendo era de lo más provocativo. Su mirada se perdió en su pronunciado escote y vio la rosada parte superior de sus pezones que asomaban por el borde. Su sexo se hinchó inmediatamente, y él tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no soltar un quejido.
-Paula: Tienes el ceño fruncido —observó ella, apartándose intranquila— ¿Te preocupa algo? Con gusto hablaré contigo de tus problemas.
-Peter: ¿En serio?
-Paula: Por supuesto. Es obligación de una esposa aliviar las preocupaciones de su marido, ¿no es cierto?
Se moría de ganas de que ella aliviase sus preocupaciones.
-Peter: En ese caso, te diré en qué estoy pensando— La atrajo delicadamente hacia sí hasta que sólo los separaban unos centímetros. Ella alzó la barbilla y lo miró con ojos inquisitivos —Estaba pensando —empezó a decir él— que me gustaría que te soltaras el pelo.

Alargó el brazo y le desabrochó el prendedor incrustado de perlas que le sujetaba el cabello en lo alto de la cabeza. Cientos de ondas largas y suaves se desparramaron cayéndole a Paula por la espalda, hasta que las puntas le rozaron las caderas.
-Peter: Tienes un cabello increíble —susurró, aspirando la fragancia floral de sus bucles— He deseado tocarlo, deslizar las manos por él, desde la primera vez que te vi— Ella lo miraba fijamente, inmóvil, con los ojos muy abiertos —También estaba pensando en el aspecto tan suave que tiene tu piel —prosiguió él, siguiendo con los dedos la línea que descendía desde las mejillas hasta el cuello, y de ahí hasta el hoyuelo situado entre las clavículas. Un débil gemido escapó de los labios de ella cuando sus dedos descendieron aún más y rozaron la turgencia de sus senos casi desnudos.

Peter colocó las manos sobre los hombros de ella y deslizó con suavidad la bata hacia abajo a lo largo de sus brazos caídos, hasta que la prenda se arrebujó a sus pies. Peter se quedó sin palabras, incapaz de apartar la vista de su sobria belleza, del brillo de deseo que empezaba a asomar en sus ojos.
-Paula: ¿En qué estás pensando ahora? —preguntó ella en un susurro al ver que él continuaba contemplándola en silencio.
-Peter: Prefiero enseñártelo.

Le tomó el rostro entre las manos y notó que a Paula el pulso le latía a gran velocidad en la base de la garganta, casi tan deprisa como a él. Bajó la cabeza y la besó, moviendo los labios con delicadeza al principio, y después con presión creciente. Cuando su lengua buscó el camino al interior de su boca, ella la recibió con la suya. Él soltó un gemido y la abrazó con fuerza, deslizando las manos por la espalda que el atrevido camisón dejaba al descubierto.

Bajó las manos hasta sus glúteos y la levantó, apretando el muslo de ella con su miembro excitado. Ella emitió un jadeo que se convirtió en un gruñido gutural cuando él se frotó suavemente contra ella.
-Peter: Dios, tocarte es delicioso —le susurró al oído. Ella se estremeció entre sus brazos... Era un estremecimiento de placer que la recorrió de la cabeza a los pies—. Tan increíblemente delicioso...

Sus manos se apartaron de las tentadoras nalgas y subieron, explorando sus curvas, su tronco, hasta apretar entre sus palmas los lados de sus generosos pechos. Ella pronunció su nombre con un suspiro cuando él comenzó a mover lentamente los pulgares en círculo en torno a sus pezones cubiertos de seda. Tomó los pechos en sus manos, acariciando suavemente sus puntas excitadas a través de la vaporosa tela de su vestido, sin apartar la mirada de su rostro. A Paula la sangre le subió a las mejillas y los ojos se le cerraron cuando él introdujo los dedos en el escote de su camisón y le tocó la sensible piel.

Ella levantó despacio los párpados y clavó en él una mirada vidriosa y soñadora. Él deslizó los dedos bajo los tirantes de su camisón y lo hizo bajar muy despacio por su cuerpo. Centímetro a centímetro, ella se reveló ante él, en una tortura lenta y sensual que aumentaba junto con su deseo. Sus pechos turgentes y voluptuosos, con los pezones erectos, parecían suplicarle que los tocara. Su estrecha cintura daba paso a unas caderas sutilmente redondeadas. El camisón resbaló de entre los dedos de Peter y cayó a los pies de Paula, dejando al descubierto una tentadora mata de rizos castaños entre sus muslos y unas piernas largas y esbeltas. De inmediato él se imaginó esas piernas alrededor de su cintura y sintió una explosión de deseo en su interior.
-Peter: Paula... eres preciosa..., perfecta.

Sabía que desnuda sería muy bella, pero literalmente lo dejaba sin aliento. Se agachó, la levantó en brazos, la llevó a la cama y la depositó con cuidado sobre la colcha. Se quitó la ropa tan rápidamente como se lo permitieron sus manos trémulas y se acostó a su lado. Ella se acomodó de inmediato sobre el lecho, recorriendo el cuerpo de Peter ávidamente con la mirada. Él se obligó a permanecer quieto, dejando que ella lo contemplara hasta hartarse.
-Paula: Nunca antes había visto a un hombre desnudo —reconoció ella, posando la vista en todos los rincones de su cuerpo, abrasándole la piel.
-Peter: Me alegro de oírlo.
Paula se quedó observando su miembro, tan erecto que incluso la mirada de ella le dolía.
-Paula: Dime una cosa: ¿son todos los hombres tan... impresionantes como tú?
-Peter: Me temo que no lo sé —soltó él, aunque no creía que ningún otro hombre hubiera estado nunca tan excitado como él en ese momento. Y ella ni siquiera lo había tocado aún.
Necesitaba sentirla, saborearla. Entre sus brazos, en su boca, ahora mismo.

Empujándole suavemente la parte superior del cuerpo para que la apoyara de nuevo en la cama, bajó la cabeza y rodeó uno de sus pezones con sus labios. Ella profirió un quejido y enredó sus dedos en su pelo, arqueando la espalda, ofreciéndose más todavía a su boca. Él atendió a su ruego silencioso, dedicando generosamente su atención a un pecho y luego al otro, con sus labios y su lengua.
-Paula: Me siento tan... —Su voz se perdió en un suspiro etéreo.
Él alzó la cabeza.
-Peter: Tan... ¿qué?
La visión de ella, con su magnífica cabellera dispersa alrededor, los pezones húmedos y erectos por la acción de su lengua, sus ojos llenos de pasión, casi lo dejó sin sentido.
-Paula: Tan temblorosa. Y... llena de deseo.
Comenzó a moverse sin parar, y Peter apretó los dientes cuando su suave vientre le rozó la virilidad. Dios, sí, entendía perfectamente esas sensaciones, pero él estaba quemándose vivo. Estremecido. Desesperado. Nunca había deseado tanto a una mujer, hasta el extremo de que le temblasen las manos, de que no pudiese pensar con claridad. Le acarició el abdomen y ella exhaló un suspiro largo.
-Peter: Abre las piernas para mí —le susurró al oído. Ella obedeció, separando los muslos para darle acceso a la parte más íntima de su cuerpo.

En el instante en que la tocó, los dos gimieron. Con infinito cuidado, la estimuló con un movimiento suave y circular hasta que las caderas de ella empezaron a moverse en círculos bajo su mano. Peter se sentía tan inflamado de deseo que estaba a punto de abandonar su determinación de avanzar poco a poco.

Le introdujo un dedo con suma delicadeza, y de inmediato sintió una presión cálida y aterciopelada. Estaba tan apretada... tan caliente y tan húmeda... Su miembro excitado se tensó, y una fina capa de sudor apareció en su frente.
Sus miradas se encontraron. Ella alzó la mano y le tocó la cara con ternura.
-Paula: Peter...
Él había imaginado que oírla pronunciar su nombre con una voz susurrante y llena de pasión aumentaría su deseo, pero la realidad le hizo perder el control por completo. Se colocó entre sus muslos y, despacio y con reverencia, la penetró. Intentó traspasar la barrera sin causarle dolor, pero era imposible. Consciente de lo que había que hacer e incapaz de esperar un segundo más, aferró sus caderas con las manos y empujó con ímpetu, hundiéndose en ella hasta lo más hondo.
El gemido de ella le atravesó el corazón.
-Peter: Lo siento mucho, cariño —musitó él, reuniendo las fuerzas suficientes para permanecer totalmente quieto— ¿Te he hecho daño?
-Paula: Sólo por un instante. Más que nada, me has sorprendido —Una sonrisa jugueteó en sus labios— Me has sorprendido de un modo maravilloso. Por favor, no pares.

No hizo falta que se lo pidiera dos veces. Apoyando el peso de su tronco en las manos, se deslizó lentamente adentro y afuera de su sexo húmedo y caliente. Se retiraba hasta casi abandonarla, sólo para sumergirse profundamente en su calor. Paula lo miraba fijamente, y él observó en la profundidad dorada de sus ojos verdes todos los matices del placer. Ambos movían las caderas rítmicamente, y él apretó los dientes, pugnando por recuperar el control, decidido a darle placer antes de liberar el suyo propio. Pero por primera vez en su vida este propósito le pareció imposible de cumplir. El sudor le cubría la piel, y los hombros le dolían a causa del esfuerzo de retrasar su clímax.

Cuando el sexo de ella se apretó en torno al suyo él la miró, como hipnotizado. Paula arqueó la espalda y se entregó por completo a la pasión. Su reacción desinhibida era una visión tan increíble, tan erótica, que él perdió todo control. Incapaz de contenerse más, la embistió y palpitó durante un momento interminable en el que casi perdió el sentido, y se dejó ir en su cálido interior.

Cuando la hinchazón remitió por fin, la abrazó y rodó de manera que los dos quedaron de costado. Sus cuerpos encajaban perfectamente el uno en el otro. Ella lo estrechó con fuerza y colocó la cabeza bajo su barbilla, con los labios pegados a su garganta.

Su dulce beso lo deleitó como una caricia, y el «efecto Paula» se apoderó de él. Todavía respiraba de forma irregular, por lo que se obligó a hacer inspiraciones profundas y pausadas. Ella posó la mano sobre su corazón desbocado y se acurrucó contra él, como para sentirse más segura. Dios. Ella era tan deliciosa... Y era suya. Toda suya. Sus labios se curvaron en una sonrisa de satisfacción. Le acarició la espalda y esperó a que su pulso se normalizara.

Su ritmo cardíaco tardó un buen rato en volver a la normalidad, y como Paula guardaba un silencio insólito en ella, Peter pensó que se había quedado dormida. Se recostó ligeramente para contemplarla y se sorprendió al ver que alzaba la barbilla y lo miraba a los ojos, con expresión seria e inmutable.

-Paula: Debo decirte, que mis estudios de anatomía no me habían preparado en absoluto para las maravillosas sensaciones que acabamos de compartir.
«Mis experiencias previas tampoco me prepararon en absoluto», pensó Peter. Le apartó con delicadeza un rizo rebelde de la frente, sin saber qué decir. Lo cierto es que su esposa lo había dejado sin habla.
Ella le atrapó la mano, se la llevó a la mejilla y luego le dio un beso.
-Paula: Ha sido como si hubieras encendido una cerilla y me hubieras prendido fuego. Como si cayese desde un precipicio y flotara suavemente hasta el suelo rodeada de nubes de algodón. Como si nuestras almas se fundiesen en una —Sacudió la cabeza y arrugó la frente— ¿Tiene algún sentido todo eso?
Él nunca había sentido nada remotamente parecido a lo que acababa de experimentar al hacerle el amor a esa mujer. Nunca antes lo había consumido un impulso tan posesivo, una increíble sensación de ternura.
-Peter: Tiene todo el sentido del mundo —aseguró— Y es algo que mejora con el tiempo.
Paula puso cara de pasmo al oír esas palabras.
-Paula: ¿Mejora? Cielo santo, ¿cuánto puede llegar a mejorar?
-Peter: Estaré encantado de mostrártelo.

Paula soltó un gritito ahogado, sobresaltada, cuando él se colocó boca arriba y ella de pronto se encontró sentada a horcajadas sobre sus musculosos muslos. Al bajar la vista hacia él, el corazón le dejó de latir por unos instantes. Era el hombre más apuesto que hubiese visto jamás.
-Peter: Al parecer me tienes bajo tu poder, esposa —dijo él con una media sonrisa traviesa— Me pregunto qué piensas hacer al respecto —Entrelazó las manos bajo la cabeza y la observó con sus ojos negros y centelleantes.

Ella bajó la mirada lentamente, estudiando el fascinante cuerpo masculino. Los remolinos de vello negro que le cubrían el pecho se estrechaban en su abdomen hasta formar una delgada línea que volvía a ensancharse hacia la entrepierna.
Al contemplar esa parte de él, a Paula se le cortó el aliento. Ansiaba tocarlo... tocar esa parte de su cuerpo... tocarlo por todas partes. Poco a poco, volvió a fijar la vista en sus ojos ardientes.
-Peter: Estoy totalmente a tu disposición. Explora todo lo que desees.
Sin esperar a que la incitase más, ella se inclinó hacia delante, le colocó las manos en las axilas, bajo sus brazos, y deslizó los dedos muy despacio por su cuerpo. Fascinada, observó cómo se le estremecían los músculos a su contacto. Él gimió y la miró a través de los párpados entornados con sus ojos oscuros y tormentosos.
-Paula: ¿Te gusta? —susurró ella.
-Peter: Hum...

Animada por su muestra de asentimiento, Paula se dejó llevar por la curiosidad. Le pasó los dedos por el crespo vello del pecho, maravillándose de la combinación de texturas: la flexibilidad del vello sobre la piel cálida que cubría sus duros músculos. Cada contracción de esos músculos y cada gemido que él emitía aumentaban la confianza de Paula.

Peter apretó las mandíbulas y rogó al cielo que le diera fuerzas. Cuando había invitado a Paula a explorar su cuerpo, no era consciente de la dulce tortura a la que lo sometería. Su miembro, dolorosamente estimulado, ansiaba hundirse en ella, imploraba desahogo, pero si él sucumbía a su irrefrenable impulso, sin duda la asustaría. Además, interrumpiría la minuciosa exploración que ella llevaba a cabo, a todas luces una espada de doble filo. No sabía cuánto más podría soportar, pero de ninguna manera quería que su esposa se detuviese.

Se las arregló de algún modo para mantener las manos enlazadas tras la cabeza, pero se le habían entumecido los dedos de apretarlos tan fuerte. Hasta esa noche había creído poseer un gran control de sí mismo; su mente dominaba a su cuerpo y no viceversa. Siempre había sido capaz de aplazar su clímax tanto como quisiera.

Pero esa noche no.

No mientras las dulces manos de Paula recorriesen su cuerpo, mientras su suave lengua lo acariciara, mientras su miembro se tensara, duro como una piedra y a punto de estallar. No mientras... Ella le rozó el miembro con las puntas de los dedos, y Peter sintió una fulminante oleada de deseo.

Apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza mientras las manos de ella lo acariciaban, a lo largo de esa parte de él que ardía y palpitaba por ella. El deseo lo acometió en sucesivos embates, ahogándolo en un mar de sensaciones. Si ella no se detenía pronto, él explotaría en sus manos. Segundos después ella lo apretó ligeramente y él supo que estaba perdido. Ningún hombre podía aguantar tanto.

No podía contenerse más.
Con un gemido de agonía, tendió a Paula boca arriba y se hundió en ella con una acometida profunda y potente. No podía creer que la hubiese embestido con la falta de delicadeza de un jovencito atolondrado. Y todo porque no había podido evitarlo no había logrado controlarse. Había perdido el dominio de sí mismo. Sin embargo, comprendió con irritación que si hubiera esperado un poco más antes de penetrarla habría eyaculado como no lo había vuelto a hacer desde que era un muchacho. Una fuerza que no podía dominar ni entender lo tenía en su poder. Apoyó la frente en la de Paula y luchó por controlar lo incontrolable.

Ella le tomó la cara entre sus delicadas manos.

-Peter: ¿Te he... molestado de alguna manera?
Su tono denotaba confusión e inquietud, y Peter se habría reído de su ridícula pregunta si hubiera tenido el aliento suficiente.
-Paula: No. Me has causado mucho placer. Demasiado —musitó con una voz ronca que no reconoció. Empezó a moverse con ella, con un vaivén largo y enérgico— Paula... rodéame con las piernas.

Ella alzó sus piernas y, entrecruzando los tobillos tras la espalda de Peter, se balanceó al compás de cada uno de sus movimientos al tiempo que él la acometía, cada vez más deprisa y con más ímpetu. Peter, sumido en una vorágine de sensaciones, la oyó murmurar su nombre una y otra vez, la sintió latir alrededor de él, apretándolo con su sexo aterciopelado y caliente.

Abandonándose por completo, se hundió en ella repetidamente, con el corazón golpeándole el pecho. Su clímax lo asaltó con tanta fuerza que su última embestida estuvo a punto de lanzar a Paula contra la cabecera. Se desplomó sobre ella, agotado, y dejó caer la cabeza en su hombro. Tenía la piel empapada en sudor, y su respiración entrecortada le quemaba los pulmones. No habría podido moverse aunque le fuera la vida en ello.

Al cabo de un rato ella se removió debajo de él y logró levantarle la cabeza. Él miró sus bellos ojos, que irradiaban una ternura que le llegó a lo más hondo.
Ella le pasó las puntas de los dedos por los labios.
-Paula: Eres maravilloso —susurró.

Sus palabras fluyeron sobre él, lo envolvieron, y el corazón le brincó en el pecho. «Eres maravilloso.» Había oído esas palabras antes, de boca de alguna amante satisfecha, pero esta vez sabía que era distinto. Porque la persona que las pronunciaba también era distinta. Y porque intuía que no se refería a sus dotes amatorias. Ninguna otra mujer se lo había dicho refiriéndose en realidad a él, a que él era maravilloso. Diablos, sabía que no lo era, pero el placer lo invadió de todas maneras.

Una sensación de... ¿de qué?... lo rodeaba. ¿De bienestar? Sí, pero había algo más. Otro sentimiento que no acertaba a identificar y que lo llenaba de satisfacción y calidez. Tardó un momento en descubrir de qué sentimiento se trataba.

Hacía tanto que no lo experimentaba que al principio no lo había reconocido.

Era la felicidad. Ella lo hacía feliz.

Pero se recordó que todavía había preguntas sin respuesta sobre su esposa. Paula guardaba secretos de su pasado que no había compartido con él. Y su matrimonio era de conveniencia.

Aunque resultaría tan fácil persuadirse de lo contrario...


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Son mas zarpados estos dos(? Estuve a punto de sacar algunas cosas en este capítulo que me parecieron como muy fuertes pero es una adaptación muy linda, y preferí dejarla como estaba porque no dejaba de ser tierna :3 No se sorprendan si hay más capítulos como estos jajajajaja. COMENTEN! Si quieren que les avise cuando subo dejen su cuenta de twitter acá o me avisan (@Love_Pauliter) Gracias!

2 comentarios:

  1. MUY BUENA TU NOVELA.MUY ORIGINAL Y ME ENCANTARIAS QUE PASES LOS CAPITULOS. @carmebariloche

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  2. Muy lindo! Son muy tiernos!!! Subí otro porfaaaaa

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