La boda se celebró en el salón.
Las superficies de todos los muebles estaban adornadas con flores frescas, que impregnaban el aire con su fragancia embriagadora. Los treinta y tantos invitados estaban sentados en hileras de sillas colocadas en medio de la estancia, de cara a la chimenea.
Peter se hallaba de pie entre Martín y el párroco local, a quien habían pedido que oficiara la ceremonia. Cuando Paula apareció en la puerta, todas las miradas se volvieron hacia ella y se levantó un murmullo entre los invitados. A Peter se le cortó la respiración. Paula era el ser más exquisito que jamás hubiese visto. Su vestido de satén color marfil descendía desde un corpiño con escote en U hasta sus pies formando una columna estrecha y lisa. La suave tela se ensanchaba por abajo y terminaba en una breve cola por detrás. Unos guantes blancos y largos, bordados con hilo de oro y perlas, le cubrían los brazos hasta las mangas cortas y abombadas del vestido.
Llevaba el cabello recogido en un moño sencillo, con cientos de ondas sedosas que le caían por la espalda y le rozaban la cintura. No lucía otra joya que su anillo de pedida y las sartas de diamantes que le centelleaban en el pelo. Eran un regalo de bodas de Anna.
Avanzó lentamente hacia él, con sus luminosos ojos verdes de tonos dorados fijos en los suyos. Le dedicó una sonrisa tímida y temblorosa, produciéndole el «efecto Paula».
-Martín: Dios mío, Peter —susurró con evidente admiración— Es fabulosa.
Peter, con la atención puesta en Paula, no contestó. Martín le dio un leve codazo en las costillas.
-Martín: ¿Sabes? No es demasiado tarde para que cambies de opinión —musitó— Estoy seguro de que podríamos encontrar a alguien dispuesto a ocupar tu lugar para librarte de los horrores del matrimonio y todo eso. Quizá yo mismo contemplaría la posibilidad de ofrecerme voluntario.
Peter no despegó por un momento los ojos del rostro de Paula.
-Peter: Otro comentario como ése, hermanito, y acabarás metido de cabeza en los rosales.
Martín soltó una risita y guardó silencio.
La ceremonia duró menos de quince minutos. Después de pronunciar los votos matrimoniales que los unían para toda la vida, Peter rozó ligeramente la boca de Paul con los labios, y el corazón estuvo a punto de estallarle en el pecho. «Ella es mía» No acertaba a abarcar los límites de su euforia. Mientras todo el mundo les daba la enhorabuena y les deseaba lo mejor, él no pudo borrar la sonrisa de satisfacción de su cara.
Un banquete de boda siguió a la ceremonia, y Peter se irritó por el retraso que eso suponía para su partida a Londres. Mientras cenaba unas finas rebanadas de cordero asado y rodaballo cocido a fuego lento, tuvo que repetirse varias veces que el motivo por el que estaba tan ansioso por llegar a Londres era porque esperaba recibir noticias del chantajista. El día siguiente sería el primero de julio y, como aún no sabía nada de James Kinney, se imponía una visita a Bow Street. Sí, ésos eran los motivos.
Pero entonces posaba la vista en su esposa... su hermosa, enigmática, fascinante esposa, y todos sus pensamientos sobre investigaciones se escurrían de su mente como las gotas de lluvia de los árboles. Cuando el largo banquete finalizó por fin, los recién casados se cambiaron los trajes nupciales por ropa de viaje y, entre gestos y palabras de despedida, se pusieron en camino hacia Londres.
Sentado en el carruaje ducal, Peter observó a Paula agitar la mano hasta que todos los familiares e invitados quedaron reducidos a puntos diminutos. Cuando ella se acomodó, al fin, en el lujoso asiento de terciopelo color burdeos, enfrente de él, le sonrió.
-Paula: Qué carruaje tan espléndido, Peter. Es de lo más confortable. Vaya, casi no se sienten sacudidas.
-Peter: Me alegra que le des tu aprobación.
-Paula: Ha sido una ceremonia preciosa, ¿no crees?
-Peter: Preciosa —Reparó en un paquete envuelto que ella llevaba sobre el regazo— ¿Qué es eso?
-Paula: Es un regalo.
-Peter: ¿Un regalo?
-Paula: Sí, es una palabra que usamos en América para referimos a algo con que una persona obsequia a otra —Le tendió el paquete— Es para ti.
-Peter: ¿Para mí? ¿Me has comprado un regalo?
-Paula: No exactamente. Pero lo entenderás cuando lo abras.
Lleno de curiosidad, Peter deshizo el lazo y retiró con todo cuidado el envoltorio. Descubrió el retrato de él que ella había bosquejado junto al arroyo, cuando le había pedido que rememorase su pasado. Aunque la familia de Peter acostumbraba a intercambiar regalos en ocasiones especiales como los cumpleaños, Peter había olvidado cuándo había sido la última vez que alguien le había hecho un regalo sorpresa.
Tardó un minuto entero en recuperar la voz.
-Peter: No tengo palabras, Paula.
-Paula: Oh, cielos. No tienes que decir nada —aseguró ella con un hilillo de voz.
-Peter: Pero quiero hacerlo —Levantó la vista del retrato hacia ella y se extrañó al ver su expresión inquieta— Supongo que debería decir «gracias», pero me parece de todo punto insuficiente para un regalo como éste —Le sonrió— Gracias.
-Paula: ¡Ah! No hay de qué. Como no decías nada, pensaba que...
-Peter: ¿Qué pensabas?
-Paula: Que era ridículo regalarle mi burdo bosquejo a un hombre que lo tiene todo, incluidas muchas obras de arte de valor incalculable.
-Peter: Mi silencio no se debía a nada parecido, te lo aseguro. Es sólo que no recuerdo haber recibido nunca un regalo tan bonito. Por unos instantes me he quedado sin palabras —Su propia franqueza lo sorprendió— ¿Dónde conseguiste el marco?
-Paula: Tu madre tuvo la gentileza de invitarme a rebuscar en el trastero de Bradford Hall, y fue allí donde lo encontré —Torció la boca en una sonrisa irónica— No te creerías lo que me costó librarme de las garras de la costurera por unos minutos. A pesar del tiempo que pasé alejada del alfiletero, consiguió confeccionar un vestido de boda magnífico.
-Peter: Estoy de acuerdo —Volvió a envolver con delicadeza el dibujo y lo depositó al lado de ella, en el asiento— ¿Te importaría sentarte junto a mí? —le sugirió, dando unas palmaditas al almohadón que tenía junto al muslo.
Ella se instaló a su lado sin dudarlo. En cuanto se hubo acomodado, él se inclinó y le dio un beso rápido en los labios.
-Peter: Gracias, Paula.
-Paula: De nada.
Le dedicó una sonrisa y él tuvo que luchar contra el impulso de tumbarla sobre sus rodillas y besarla hasta que perdiese el sentido. Decidido a no ceder a tentaciones que pudieran dejarlo dolorido para el resto del trayecto, extrajo una baraja de su bolsillo.
-Peter: Tardaremos unas cinco horas en llegar a Londres —dijo, barajando las cartas— ¿Juegas al piquet?
-Paula: No, pero me encantaría aprender.
Peter descubrió enseguida que a su flamante esposa se le daban excepcionalmente bien los juegos de naipes. Apenas le había explicado las reglas y ya lo estaba derrotando. Estrepitosamente.
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Mas tarde subo el capítulo 19, como lo prometí ayer. COMENTEN :) Capaz mañana subo dos capítulo también. Gracias!
Buenísimo!!!!
ResponderEliminarMe encanta la novela! Espero el 19 (: Besos
ResponderEliminarsubi subiiii.. quiero masss *-*
ResponderEliminarGENIAL,ME ENCANTO!
ResponderEliminar¡ANSIEDAAAAAAAAAAD! Necesito saber qué sigue.
ResponderEliminarMe encantaaaaaaa! Quiero qe Pepe admita y declare su amor hacia Paulaaaa!
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