Cuando llegaron a su estudio privado, abrió la puerta. El fuego crepitaba en la chimenea, proyectando un brillo suave sobre toda la habitación. Cerró la puerta tras de sí, apoyó la espalda contra ella y miró a Paula. Estaba en medio del estudio, con las manos entrelazadas delante de sí, más hermosa que ninguna mujer que él hubiese visto jamás. Lo invadió una gran ternura, junto con el impulso irrefrenable (no, la necesidad) de besarla. Sin embargo, antes de que pudiera ceder a ese impulso, ella habló.
-Paula: Puedo preguntarte algo?
-Peter: Por supuesto.
-Paula: Lo que me ha pasado a la hora de la cena... ¿te pasó a ti también? —preguntó con el entrecejo fruncido.
-Peter: ¿Cómo dices?
-Paula: Cuando heredaste el título y te convertiste en duque, ¿comenzó la gente a tratarte de manera distinta? Soy la misma que hace una semana, y sin embargo todos se comportan conmigo de otro modo.
-Peter: No te han tratado mal, espero.
-Paula: Al contrario, todo el mundo parece empeñado en ser amigo mío. ¿A ti te ocurrió lo mismo?
-Peter: Sí, aunque antes de convertirme en duque fui marqués, así que ya estaba bastante acostumbrado.
Ella lo observó durante un buen rato y luego sacudió la cabeza con tristeza.
-Paula: Lo siento mucho. Debe de ser muy duro para ti no saber si la gente te aprecia a ti o a tu título.
Él respiró hondo. ¿Dejarían alguna vez de sorprenderlo sus palabras? Cruzó la alfombra de Axminster, que amortiguaba el sonido de sus pisadas, y se detuvo frente a Paula. Ella lo miró y el corazón le brincó en el pecho. En sus ojos incomparables brilló una ternura cálida, sincera, honesta e inconfundible.
Peter tenía que tocarla. En ese mismo instante.
Tomó su rostro entre las manos y le rozó los labios con los suyos.
-Paula: Peter —jadeó ella.
¿Por qué lo conmovía tanto oír su nombre pronunciado por esa boca? Sólo pretendía darle un beso breve. La había conducido al estudio por una razón totalmente distinta. Pero ahora que tenía tan cerca sus formas curvilíneas y tentadoras, y que la oía suspirar su nombre, olvidó por completo dicha razón. La atrajo hacia sí y le deslizó la punta de la lengua por el carnoso labio inferior. A ella no le hizo falta otra invitación para abrir la boca. Él pronunció su nombre en una mezcla de susurro y jadeo, y la besó más apasionadamente.
Ladeó la cabeza para abarcar mejor sus labios, y sus sentidos se inflamaron. El calor de aquel cuerpo, el dulce sabor a fresas de su boca, el delicado aroma a lilas, todo ello lo envolvía, encendiéndolo de pies a cabeza con un deseo incontrolable. Cuando finalmente hizo el esfuerzo de levantar la cabeza, respiraba agitadamente y el corazón le latía al doble de su velocidad normal. O quizás al triple.
-Paula: Cielo santo —resolló, aferrándose a sus solapas— Esto se te da bastante bien.
Él se apartó ligeramente y contempló su expresión maravillada, henchido de satisfacción masculina.
-Peter: Y a ti también. —Increíble, indescriptiblemente bien.
-Paula: Mi madre me dijo una vez que los besos de papá hacían que se le derritiesen los huesos. En ese entonces yo no tenía idea de a qué se refería.
-Peter: ¿Y ahora? —preguntó él, con una sonrisa.
El rubor tiñó sus mejillas de piel de melocotón.
-Paula: Ahora lo entiendo. Perfectamente. Se refería a que dejas de sentir las rodillas. Debo decir que es una experiencia de lo más agradable.
-Peter: En efecto, lo es.
Y pronto sería aún más agradable... cuando estuvieran juntos en la cama, desnudos, haciendo el amor. Decenas de imágenes eróticas se agolparon en su cabeza, pero él las alejó con firmeza. Si permitía que su mente se recrease en esos pensamientos, ella no saldría del estudio con la virtud intacta.
La soltó de mala gana y se dirigió a su escritorio.
-Peter: Quiero darte algo.
Aparecieron los hoyuelos a cada lado de la boca de Paula.
-Paula: Creía que eso era justo lo que acababas de hacer.
-Peter: Me refiero a otra cosa —Abrió con llave el cajón inferior, extrajo lo que quería y volvió a su lado— Toma. Para ti —dijo, tendiéndole una pequeña caja cubierta de terciopelo.
Ella enarcó las cejas, sorprendida.
-Paula: ¿Qué es?
-Peter: Ábrelo y verás.
Paula abrió la tapa con bisagras y soltó un grito ahogado. Allí, sobre una base de terciopelo blanco como la nieve, descansaba un topacio tallado en forma ovalada y rodeado de diamantes.
-Paula: Es un anillo —jadeó ella, contemplando con los ojos desorbitados la relumbrante joya— Es extraordinario.
«Como tú.» El pensamiento acudió a la mente de Peter, sobresaltándolo, pero no pudo negar que era cierto. Ella era extraordinaria, y no sólo por su belleza física, sino por razones que lo confundían e inquietaban.
Levantó el anillo de su lecho de terciopelo y lo deslizó en el dedo anular de la mano izquierda de Paula.
-Peter: Pertenece a una colección que obra en poder de la familia desde hace cuatro generaciones. Lo he escogido porque el color me recuerda al de tus ojos.
«Los ojos más bellos que jamás he visto», pensó.
Con la vista fija en el anillo, ella movió la mano lentamente, admirando los destellos que las llamas del hogar arrancaban a la piedra preciosa. Acto seguido, alzó esos ojos y los posó en él. Unas lágrimas le brillaban en las pestañas, y él temió que ella se echase a llorar. En lugar de ello, Paula se inclinó hacia delante y le dio un beso leve en la mejilla.
-Paula: Gracias, Peter. Es el anillo más hermoso que he visto nunca. Siempre significará mucho para mí.
A Peter se le encogió el corazón al percibir la emoción en su voz. Esa calidez que se había acostumbrado a sentir a su lado lo invadió de nuevo. Era una sensación que no podía describir más que como «el efecto Paula». Dios. Ella irradiaba una dulzura, una inocencia que a él le parecía imposible en un ser del sexo femenino que tuviera más de diez años.
Tenía buen corazón. Era generosa y desinteresada.
Él no era así en absoluto. Su fracaso respecto a Federico lo demostraba.
Peter la contempló durante largo rato, y la imaginó como una novia. Su novia. Un pensamiento perturbador lo asaltó, haciéndole poner ceño. Ella estaba acomodándose a todos sus planes sin una pregunta ni una queja, y a él no le había pasado por la cabeza que quizás Paula deseara una boda fastuosa como la que anhelaban las demás mujeres. Se sintió avergonzado de su propio egoísmo.
-Paula: ¿Te encuentras bien, Peter?
-Peter: Se me acaba de ocurrir que quizás esta boda informal y precipitada no sea exactamente lo que siempre has soñado.
Una sonrisa dulce se dibujó en los labios de la joven.
-Paula: La boda de mis sueños siempre ha tenido más que ver con el novio que con el lujo y el boato de la ceremonia. Dos semanas después de que mis padres se conocieran frente a la tienda de sombreros, se fugaron y se casaron en un barco. El capitán ofició la ceremonia. Lo importante no es cómo te casas, sino con quién.
Peter, sin saber muy bien cómo responder, la estrechó entre sus brazos y hundió el rostro en su fragante cabello, disfrutando su calor por unos instantes. Luego, tras darle un beso rápido en la frente, se apartó de ella.
-Peter: Deberíamos volver con los demás.
Mientras caminaban despacio hacia el salón, ella dijo:
-Paula: Supongo que eres consciente de que estoy un poco nerviosa ante la perspectiva de convertirme en duquesa.
-Peter: Me temo que eso es inevitable, considerando nuestra intención de casarnos.
-Paula: Las cosas habrían sido mejores, mucho más sencillas, si fueras sólo un jardinero —suspiró ella— O quizás un comerciante.
Él se detuvo y se quedó mirándola.
-Peter: ¿Cómo dices?
-Paula: Oh, no pretendía ofenderte. Es sólo que nuestras vidas serían mucho menos... complicadas si no tuvieras un título de tanta categoría.
-Peter: ¿Preferirías casarte con un comerciante? ¿O con un jardinero?
-Paula: No. Preferiría casarme contigo. Pero eso resultaría más simple si fueras un jardinero.
Por primera vez Peter cayó en la cuenta de que a lo mejor ella sería más feliz si se casara con un comerciante. Aunque Paula se mostraba respetuosa con su título, su rango no la impresionaba en absoluto. Pero el mero hecho de imaginarla casada con otro, en brazos de otro hombre, lo hacía enloquecer de celos.
Con un tono forzado de despreocupación, preguntó:
-Peter: ¿Y si yo fuera un comerciante? ¿Te casarías conmigo de todas maneras?
Ella le posó la mano en la mejilla y le observó con ojos muy serios.
-Paula: Sí, Peter. Me casaría contigo de todas maneras.
La confusión se apoderó de él. En cierto modo había esperado una respuesta burlona por parte de Paula, pero ella lo había sorprendido, como hacía a menudo. Maldición, ¿cómo se las arreglaba para desconcertarlo siempre?
-Paula: Aunque tu madre, Lu y tía Julia han prometido ayudarme, no tengo nada claro qué es lo que hace exactamente una duquesa —declaró ella
Peter hizo acopio de fuerzas y le sonrió.
-Peter: Es un trabajo muy sencillo. Su única obligación consiste en mantener contento al duque.
Ella soltó una carcajada.
-Paula: Qué bonito. Para ti. ¿Y cómo se las ingenia para mantener contento al duque?
La mirada de Peter la recorrió de arriba abajo.
-Peter: No tendrás ninguna dificultad, te lo aseguro.
Él iba a enseñarle exactamente el modo de contentar al duque la noche de bodas. Se preguntó cómo demonios se las arreglaría para esperar hasta entonces.
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Al día siguiente, mientras Paula permanecía arrellanada o, según se imaginaba él, atrapada en la soleada biblioteca con su madre, Luciana, lady Penbroke y las costureras, Peter repasaba las cuentas de su finca de Surrey. Al atardecer, sus ojos cansados veían borrosas las hileras de números, y cuando oyó llamar a la puerta de su estudio, dejó la pluma de buen grado.
-Peter: Adelante.
Hernán entró y cerró la puerta tras de sí.
-Nan: Bueno, debo decir, Peter, que eres una caja de sorpresas.
-Peter: ¿Ah sí? —preguntó él con fingida sorpresa— Y yo que pensaba que era más bien aburrido y predecible.
-Nan: Todo lo contrario, muchacho. Primero me envías a Londres para recabar información sobre la señorita Chaves. Luego me haces regresar para asistir a tu boda con dicha mujer —Nan se acercó al escritorio y estudió a Peter con exagerada atención— Hum. Tienes buen aspecto. No presentas síntomas visibles de demencia, como el impulso de pegar saltos incontrolables o proferir obscenidades a voz en cuello. Por lo tanto, sólo puedo presumir que esta boda precipitada indica, o bien que estás perdido, apasionadamente enamorado... —Su voz se apagó y arqueó las cejas.
A su pesar, Peter notó que se sonrojaba.
-Peter: El viaje en carruaje claramente te ha zarandeado el cerebro.
-Nan: … o bien —prosiguió como si Peter no hubiese hablado— que has deshonrado a la chica —Hizo una pausa y luego asintió con la cabeza— Entiendo. No has podido resistir la tentación, ¿eh?
-Peter: Ella me salvó la vida.
Hernán se quedó inmóvil.
-Nan: ¿Perdona?
Peter lo puso al corriente de todo lo sucedido en los últimos días. Cuando hubo terminado, Nan sacudió la cabeza.
-Nan: Dios santo, Peter. Tienes suerte de estar sano y salvo —se inclinó sobre el escritorio y le posó la mano sobre el hombro— Todos estamos en deuda con la señorita Chaves.
-Peter: Yo desde luego sí lo estoy.
Un destello perverso brilló en los ojos de Hernán.
-Nan: Apuesto a que das gracias al cielo porque no fuera una de las hermanas Digby quien te encontró herido.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
-Peter: Dios, tienes razón.
-Nan: Lo que me lleva a preguntarte... ¿cómo logró encontrarte la señorita Chaves?
Antes de que Peter pudiese discurrir una explicación verosímil para algo que no la tenía, Nan extendió las manos.
-Nan: Da igual. Está claro que habían concertado una cita. No hace falta que me des más detalles.
-Peter: Eh..., bueno —carraspeó— Y ahora, cuéntame, ¿qué has averiguado sobre la señorita Chaves?
Nan se repantigó en el cómodo sillón de orejas situado junto al escritorio de Peter. Extrajo de su bolsillo una libreta de piel y echó un vistazo a sus notas.
-Nan: Mis indagaciones confirmaron que llegó a Londres el 3 de enero de este año a bordo del Starseeker. La suerte quiso que ese navío estuviese en reparación en el puerto, de modo que pude entrevistarme con Harold Beacham, su capitán. »Según el capitán Beacham, la señorita Chaves era una pasajera encantadora. Nunca se quejaba, aunque hubiese mala mar. Ella y su acompañante solían reunirse con él en cubierta al anochecer para ver las estrellas. Ella tenía amplios conocimientos de astronomía, y él disfrutaba de su compañía —Le guiñó el ojo a Peter— Me parece que abrigaba intenciones románticas hacia tu novia.
Peter apretó los dientes, pero hizo caso omiso del comentario burlón.
-Peter: ¿Sabía él si era la primera vez que ella viajaba a Inglaterra?
-Nan: Eso es lo que ella le dijo. Según el capitán, aunque ella tenía muchas ganas de llegar a Inglaterra, tenía un aire melancólico. Él supone que se debía a que echaba de menos su hogar, pero nunca habló de ello —Pasó varias páginas de la libreta— También localicé a la señora Loretta Thomkins, su compañera de viaje.
Peter se enderezó en la silla.
-Peter: ¿Y qué te dijo?
Nan alzó la vista al techo.
-Nan: ¿Qué no me dijo? Diantres, la mujer no cesó de parlotear desde el momento en que puso los ojos en mí —Se tiró del lóbulo de las orejas— Menos mal que las tengo pegadas a la cabeza, pues de lo contrario se me habrían caído de tanto oírla hablar. Sé más sobre esa mujer que sobre nadie.
-Peter: Confío en que sólo compartirás conmigo los detalles importantes.
-Nan: Según la señora Thomkins, la señorita Chaves, a quien se refería como «esa criatura tan dulce y querida para mí», se fue a vivir con unos parientes lejanos por parte de su padre, apellidados Nara, cuando su progenitor murió.
-Peter: ¿No tenía dinero?
-Nan: No estaba en la indigencia, pero tampoco quedó en una posición muy boyante. La muerte repentina de su padre le rompió el corazón. La señorita Chaves le dijo a la señora Thomkins que detestaba vivir sola, así que vendió la casita que compartía con su padre y se mudó a la residencia de sus parientes. Al parecer todo marchó sobre ruedas hasta hace nueve meses. Fue entonces cuando la señorita Chaves las maletas y se fue.
-Peter: ¿Qué sucedió?
-Nan: La señora Thomkins no lo sabía a ciencia cierta, pero sospechaba que la señorita Chaves había discutido con sus parientes, pues nunca hablaba de ellos y cambiaba de tema cuando ella los mencionaba. Fuera lo que fuese lo ocurrido, causó una gran tristeza a la señorita Chaves y la decidió a abandonar América desesperada, en opinión de la señora Thomkins.
-Peter: ¿Desesperada?
-Nan: Desesperada por marcharse sin la menor intención de regresar —se encogió de hombros— Si algo se puede decir de la señora Thomkins es que es amante del drama. También dijo que «esa criatura tan dulce y querida» parecía un alma en pena durante las primeras semanas de la travesía y que el verla tan apesadumbrada le partía el corazón —Cerró la libreta con un gesto contundente y se la guardó en el bolsillo del chaleco— Eso es lo que llegué a indagar antes de que me mandases llamar.
Peter meditó sobre esta sorprendente información. ¿Qué había movido a Paula a marcharse de América tan repentinamente y con la intención de no volver? Evidentemente, había otros propósitos detrás de su viaje a Inglaterra además de visitar a su tía. ¿Se habría indispuesto con sus parientes? Le extrañaba que nunca los mencionase, pero quizás era un recuerdo demasiado doloroso para hablar de ello. Él entendía perfectamente lo que era esa situación.
-Peter: Gracias, Hernán. Te agradezco tu ayuda.
-Nan: No hay de qué. ¿Necesitarás alguna cosa más de mí?
-Peter: No lo creo. ¿Por qué no te quedas en Bradford Hall durante unos días después de la boda? Martín ha regresado del continente, y a mi madre le encanta tenerte por aquí. También a Luciana.
Una expresión extraña asomó al rostro de Nan, y Peter creyó que rechazaría la invitación. Pero Nan asintió con la cabeza.
-Nan: Me gustaría pasar unos días más aquí. Gracias. Y ahora, por favor satisface mi curiosidad. Todo el secretismo que rodea tu petición de información me tiene confundido. La señorita Chaves no es adinerada ni mucho menos, pero a ti no te hace ninguna falta casarte con una rica heredera. Y aunque es americana, es la sobrina de un conde. Si albergabas sentimientos amorosos hacia ella, podrías habérmelo dicho. Yo habría comprendido perfectamente tu deseo de investigar con discreción a una novia en potencia.
Peter puso ceño. Se disponía a decirle a Hernán que sus indagaciones no tenían nada que ver con los sentimientos, amorosos o de otro tipo, pero resultaba más fácil dejarlo en el error. Eso desde luego le ahorraría explicaciones que no tenía ganas de dar.
-Peter: Lamento lo del secretismo —dijo aparentando indiferencia— pero ya sabes cómo me habrían acosado si alguien se hubiera enterado de mis planes. Gracias por tu discreta ayuda.
-Nan: Me alegro de haberte sido de utilidad —Una sonrisa maliciosa iluminó su rostro— Me alegro por partida doble de no haber descubierto algo espantoso en el pasado de tu prometida.
-Peter: Yo también, aunque supongo que eso no habría cambiado gran cosa. Es mi deber casarme con ella.
Hernán se puso de pie. Una sonrisa pícara jugueteó en las comisuras de su boca.
-Nan: Tu deber. Sí, estoy seguro de que ésa es la única razón.
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Hola! Les dejé un capítulo bastante mas largo de lo que pensaba subir pero bueno, seguramente en estos días les regale un par de capítulos, ya que en estos días voy a estar en cama sin hacer nada con gripe, un embole. Bueno lo que si les digo es que COMENTEN! Muchas gracias por leer la nove :)
Hemosooooooo quierooooo otroooo...
ResponderEliminarme encanta!!! me re enganche. Me hace acordar a noves que leía de época...
ResponderEliminarGracias por subir ;)
Me encanta la nove subi mas!!
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