Paula acababa de vestirse para bajar a cenar cuando alguien llamó a la puerta de su alcoba.
-Paula: Adelante.
Tía Julia entró envuelta en un maremágnum de plumas oscilantes y en el frufrú de la seda morada de su vestido.
-Julia: Mi querida niña —le dijo con una enorme sonrisa en medio del rechoncho rostro, y le dio un abrazo repleto de plumas— ¿No te lo dije?
-Paula: ¿No me dijiste qué?
Su tía se apartó y la contempló con los ojos muy abiertos.
-Julia: Pues que sólo sería cuestión de tiempo antes de que un joven agradable se fijara en ti —Abrió el abanico con un movimiento rápido de la muñeca y lo agitó, haciendo ondear sus plumas— Sabía que te encontraríamos un marido, ¡pero ni siquiera yo habría predicho que conseguiríamos un duque! Vamos, cuando Bradford me dijo que quería casarse contigo, por poco me desmayo. No porque me sorprendiese que quisiera casarse contigo, por supuesto. Cualquier hombre se sentiría afortunado con una chica hermosa como tú. Pero ¡un duque! Un duque joven y guapo, además —Se inclinó hacia delante y le confió— En su mayoría son viejos decrépitos, ¿sabes?
Antes de que Paula pudiera contestarle, su tía añadió:
-Julia: Tus padres estarían tan orgullosos de ti... Como yo, querida. Muy orgullosos y muy contentos —Sus ojos asumieron una expresión soñadora y exhaló un suspiro embelesado— Vaya, creo que esto es aún más romántico que cuando tu madre se fugó con tu padre. Estaban tan enamorados... —Miró a Paula y frunció el entrecejo— ¿Qué te ocurre, criatura? Pareces afligida.
Paula parpadeó para quitarse las lágrimas que comenzaban a escocerle en los ojos.
-Paula: Estaba pensando en papá y mamá... en lo mucho que se querían. En lo mucho que deseaban que yo tuviese un matrimonio feliz como el suyo.
-Julia: ¡Y lo tendrás! ¡Fíjate nada más en el hombre con el que te casas! ¿Cómo puedes dudar un solo instante de que serás inmensamente feliz? —Su tía la observó un momento, y Paula hizo lo posible por mostrarse inmensamente feliz, pero evidentemente fracasó, pues su tía dijo— Sí, ya veo que lo dudas —Cerró el abanico de golpe y condujo a Paula al sofá tapizado de brocado que se encontraba junto al fuego. Una vez que se sentaron, tía Julia dijo— Cuéntame qué es lo que te preocupa, Paula.
Paula miró los ojos cafés e inquietos de su tía, que tanto le recordaban a los de su querida madre. No tenía el menor deseo de aguar el entusiasmo de tía Julia, pero no podía fingir que su inminente casamiento sería un matrimonio por conveniencia.
-Paula: Sin duda sabes, tía Julia, que la única razón por la que el duque quiere casarse conmigo es porque cree que es su deber.
Tía Julia soltó un carraspeo estentóreo.
-Julia: Y sin duda tú sabes que nadie puede obligar a Bradford a hacer algo que no quiera hacer.
-Paula: Es un hombre honorable y desea preservar mi reputación...
-Julia: Pamplinas. Si no le agradara la idea de casarse contigo, sencillamente se negaría a hacerlo y, dada su posición, saldría bien librado de todas maneras. Está claro que no eres consciente del rango tan elevado que tiene en la sociedad... rango que te corresponderá también cuando seas su mujer —Le dio un apretón en la mano— Alégrate, querida. Nunca te faltará nada.
Una gran tristeza se adueñó del corazón de Paula.
-Paula: Excepto quizás el amor de mi marido.
Tía Julia meneó un dedo enguantado en un gesto de reprensión.
-Julia: Cariño, no dudes ni por un momento de que Bradford está obsesionado por ti. De lo contrario, ni siquiera cien caballos salvajes podrían haberle arrancado una proposición de matrimonio. Una vez que un hombre está obsesionado por una mujer, se convierte en un pez que ha mordido un anzuelo.
-Paula: ¿Cómo dices?
-Julia: Has pescado el pez más grande de Inglaterra, querida. Ya se ha encaprichado de ti. Ahora sólo tienes que recoger el sedal para sacarlo del agua.
Paula reprimió una risita ante la absurdidad de comparar a Peter con un pez.
-Paula: ¿Y eso cómo lo hago?
-Julia: Siendo la Paula maravillosa y única que sos. Y captando su interés ya sabes dónde.
Su tía subió y bajó las cejas varias veces. Cielo santo, esperaba que tía Julia no se embarcase en una disertación sobre la anatomía de Peter.
-Paula: Hum... Me temo que no sé exactamente a qué te refieres con «ya sabes dónde».
Tía Julia se inclinó hacia delante, obligando a Paula a esquivar una pluma de pavo real.
-Julia: Me refiero a la alcoba —respondió en voz baja— Si mantienes a tu marido contento en la alcoba, su encaprichamiento se transformará en amor. A mí me funcionó con mi querido Penbroke. Tu tío me fue fiel hasta el último día de su vida. Un marido que tiene un lecho nupcial bien caliente no se busca una querida.
Paula sintió que las mejillas se le ponían al rojo vivo, pero su tía prosiguió:
-Julia: Como tu madre, que en paz descanse, no está ya entre nosotros, te aleccionaré como creo que ella hubiese querido. Dime, querida, ¿sabes de dónde vienen los niños?
Paula reprimió el súbito impulso de reír, pues su tía parecía tan seria y tan decidida a cumplir con su deber...
-Paula: Tía Julia, soy la hija de un médico y me crié entre animales. Estoy familiarizada con las funciones corporales.
-Julia: Excelente. Entonces ya sabes todo lo que hay que saber.
-Paula: ¿Ah sí?
-Julia: Sí —Extendió el brazo y le acarició la mejilla— Sólo tienes que acordarte de todo lo que te he dicho y todo saldrá estupendamente.
Paula se quedó mirándola, intentando recordar algo de lo que su tía le había dicho.
-Julia: Y si tienes alguna otra duda —añadió— no vaciles en consultarme. Estaré encantada de ayudarte —Dicho esto, se puso en pie y se echó la boa al hombro— Vamos, querida. Es hora de ir abajo. Quiero asegurarme de tener una buena vista de lady Digby y su caballuna prole cuando Bradford anuncie su compromiso. Es un poco rastrero de mi parte, lo sé, pero no ocurre cada día que tu sobrina pesque al «soltero más codiciado de Inglaterra».
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Paula nunca había visto tal variedad de expresiones faciales como esa tarde, durante el anuncio de su compromiso que hicieron en el salón. Luciana y tía Julia estaban radiantes. La madre de Peter sonreía majestuosamente mientras Martín también sonreía y a la vez guiñaba los ojos. La mayoría de los demás invitados mostraba una gama de emociones que iban desde la sorpresa al pasmo, mientras que lady Digby ponía la misma cara que si se hubiese tragado un insecto. Las hermanas Digby parecían haber comido un limón agrio. Sin embargo, después de la sorpresa inicial, los invitados se arremolinaron alrededor de Paula y Peter para darles la enhorabuena.
A continuación se celebró una cena de gala, en la que todos alzaron la copa para brindar por los novios. Varios comensales que tenían previsto marcharse a primera hora de la mañana cambiaron sus planes para quedarse en Bradford Hall y asistir a la precipitada boda.
Paula se percató de que las hermanas Digby ya estaban dirigiendo su atención a otros caballeros disponibles. Contuvo una sonrisa cuando vio a Martín sentado entre dos de ellas, las cuales pugnaban por captar su interés con fría determinación. Martín la sorprendió mirándolo desde el otro lado de la mesa y puso los ojos en blanco. Ella tuvo que toser tapándose la boca para disimular las carcajadas.
Su alegría fue menguando, no obstante, a medida que la cena avanzaba. Se dio cuenta, con creciente incomodidad, de que todas las personas sentadas a la mesa de caoba cubierta de manjares la observaban. Algunos de los invitados eran menos descarados que otros, pero ella sintió el peso de dos docenas de miradas clavadas en ella. La evaluaban. Si antes era objeto de su desprecio, ahora notó que hacían conjeturas sobre ella, que despertaba su curiosidad. Y aunque percibió con toda claridad el escepticismo velado tras muchas de las sonrisas, nadie pronunció una sola palabra hiriente contra ella, como Peter había predicho. De hecho, el caballero que estaba sentado a su lado, en lugar de hacer caso omiso de ella, estaba pendiente de todo lo que decía, como si sus labios desgranaran perlas brillantes. Julieta y Valeria, ninguna de las cuales se había dignado intercambiar más de una docena de palabras con ella, se empeñaban ahora en enredarla en una conversación sobre moda. Por suerte, ellas dos hablaron casi todo el tiempo.
Mientras el caballero que tenía a su vera parloteaba incesantemente sobre una reciente cacería de zorros, ella echó un vistazo a la cabecera de la mesa, donde estaba sentado Peter. Él se disponía a beber de su copa de vino cuando sus miradas se encontraron. Y ninguno de los dos la apartó.
La mano de él quedó detenida a medio camino entre la mesa y sus labios, y sus ojos permanecieron fijos en los de ella. Una oleada de calor la recorrió mientras luchaba contra el súbito impulso de abanicarse con la servilleta de lino. La mirada de Peter, la oscura intensidad que parecía penetrar hasta su alma, la ponía nerviosa. Y la excitaba de un modo que no acertaba a describir. Haciendo un gran esfuerzo, logró prestar atención de nuevo a sus compañeros de mesa, pero siguió notando un hormigueo en la piel a causa de la mirada de Peter.
Cuando la cena finalizó, las damas se retiraron al salón para tomar café. Paula no tardó en verse rodeada de media docena de mujeres parlanchinas.
—Por supuesto, debes hacernos una visita en cuanto te venga bien, querida —dijo lady Digby, que se había abierto paso a codazos hasta llegar a ella. Antes de que Paula pudiera abrir la boca para contestar, lady Digby prosiguió— De hecho, me gustaría dar una cena en tu honor —Se volvió hacia sus hijas— ¿Verdad que sería estupendo, chicas?
—Estupendo, madre —respondieron a coro las hermanas Digby.
Con aire resuelto y posesivo, lady Digby tomó a Paula por el brazo.
—Vamos, querida. Sentémonos y hagamos planes.
Una voz masculina profunda detuvo a lady Digby.
-Peter: Si no le importa, lady Digby —dijo con suavidad— necesito hablar con mi prometida.
Lady Digby renunció de mala gana a acaparar a Paula.
—Nos disponíamos a hablar de mis planes para la fiesta que quiero dar en su honor.
-Peter: ¿De verdad? Tal vez deba usted hablar de los preparativos con mi madre y lady Penbroke. Ellas ayudarán a Paula a organizar sus compromisos sociales para los próximos meses, hasta que se adapte a sus nuevas funciones.
—Desde luego. Vamos, chicas.
Lady Digby cruzó la habitación a grandes zancadas, como un barco a toda vela, y su flota de hijas siguió su estela. Peter le sonrió a Paula.
-Peter: Me ha parecido que necesitabas que te rescataran.
-Paula: Creo que lo necesitaba, aunque no estoy convencida de que tu madre o mi tía te lo agradezcan.
Él le quitó importancia al asunto con un gesto.
-Peter: A madre se le dan muy bien estas cosas. Manejará a lady Digby con una facilidad que me asustaría de no ser porque la admiro tanto —Le escrutó el rostro con la mirada— Pareces alterada. ¿Ha dicho alguien algo que te molestara?
-Paula: No, pero me temo que me siento un poco... abrumada.
Él le ofreció su brazo.
-Peter: Ven conmigo.
A ella ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de negarse. Intentando no mostrarse demasiado ansiosa, lo tomó del brazo y dejó que él la guiara hacia la puerta de la sala.
-Paula: ¿Adónde vamos?
Él enarcó una ceja.
-Peter: ¿Importa mucho?
-Paula: En absoluto —respondió ella sin dudarlo— Me alegro de escapar de los ojos de toda esta gente.
Peter notó el estremecimiento de Paula. Había estado observándola durante toda la cena y había comprobado lo bien que se desenvolvía frente a su reciente popularidad. Se había mostrado impecablemente cortés con las personas que antes se reían a sus espaldas, encantadora con quienes la habían rechazado y sonriente ante todos los que le habían hecho daño.
Estaba orgulloso de ella.
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Listo el capítulo 16, pensé en subir mucho menos pero no, no soy tan mala jajaja. Gracias por los comentarios del capítulo anterior, ayer les iba a regalar un capítulo mas pero estaba mirando el partido Uruguay-España que por cierto, perdimos a cara de perro pero bueno, era obvio igual :_ Bueno solo un favor, ¡COMENTEN! me gusta subir pero más me gusta saber que alguien se copó leyendo la nove. Gracias!
esta muy buena!!
ResponderEliminarme encanta la nove!! subi un capitulo mas!!!
ResponderEliminarMe encanta Subi mas *-*
ResponderEliminarme encanto!!
ResponderEliminarSubí mas capítulos plis. Me encanta la nove (:
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