domingo, 16 de junio de 2013

Capítulo 15

Paula se quedó inmóvil, el asombro personificado. Lo miró fijamente durante un minuto entero, en el silencio más absoluto que él hubiese oído jamás. Con cada segundo que pasaba, el corazón de Peter latía más despacio y más fuerte, hasta que sintió que tenía el pecho a punto de estallar. Finalmente, Paula carraspeó y habló.
-Paula: Debes de estar bromeando.

Esta vez fue Peter quien se quedó estupefacto. No sabía muy bien qué reacción esperaba, pero no se le había ocurrido que ella pudiese tomárselo a broma.
-Peter: Te aseguro que hablo muy en serio —dijo con sequedad— Cuando seas mi esposa, nadie se atreverá a decir una sola palabra contra ti. Cualquier desliz que hayamos cometido antes de los esponsales se nos perdonará, considerando que íbamos a casarnos en el futuro inmediato.
Ella entrelazó las manos y comenzó a retorcerse los dedos.
-Paula: Peter, agradezco mucho tu noble gesto, pero no creo que estas medidas tan drásticas sean necesarias.
-Peter: Estas medidas son absolutamente necesarias. Aunque tú decidieras cargar con una reputación dañada, el escándalo alcanzaría a lady Penbroke. No querrás verla relegada al ostracismo social, ¿verdad?
-Paula: ¡Por supuesto que no! Tía Julia ha sido de lo más amable conmigo.
-Peter: ¿Y quieres corresponder a su amabilidad poniendo en peligro su posición en la alta sociedad?
Ella abrió mucho los ojos, angustiada.
-Paula: ¡No! Pero...
-Peter: Entonces el matrimonio es la única manera de protegerte y protegerla a ella —aseveró, asombrado (y, maldita sea, irritado) ante la evidente renuencia de Palau a convertirse en su esposa.

Sus ojos marrones con reflejos dorados destilaban tanta preocupación que él se preguntó si le había propuesto matrimonio o cubrirla de brea y plumas. Pese a la irritación que se había adueñado de él, sintió unas leves e inesperadas ganas de reírse. No de ella, sino de él mismo y su propio engreimiento. Nunca se había imaginado que algún día tendría que convencer a una mujer para que se casara con él.

Con sólo mirarla a la cara, supo que eso era justo lo que tendría que hacer.
-Peter: Infiero de tu expresión, que no puedo calificar sino de atribulada —le dijo en un tono ligeramente burlón— que no has tenido en cuenta los beneficios que podría conllevar el casarte conmigo.
Su orgullo se llevó otro golpe al ver la expresión confundida que asomaba al rostro de Paula.
-Paula: ¿Ventajas?
-Peter: Sí, es una palabra que usamos en Inglaterra para referirnos a «cosas buenas». Por ejemplo, serías una duquesa.
Ella palideció por completo.
-Paula: ¡No quiero ser una duquesa!
Hasta ese momento, Peter habría apostado la vida a que nunca oiría semejantes palabras de boca de una mujer. Antes de que pudiese discurrir una respuesta, ella echó a andar de un lado a otro de la estancia.
-Paula: ¿No ves que soy un fracaso social y sería una duquesa pésima? —dijo ella— La gente se reiría a mis espaldas. Soy torpe. No sé nada sobre la moda. Soy un desastre como bailarina. Y, por si no lo habías notado, soy demasiado alta para…
-Peter: Nadie se reirá de la duquesa de Bradford —«No si quieren conservar todos sus dientes», pensó— En cuanto a lo demás, no te costará aprender lo que haga falta sobre moda y baile. Tu tía, mi madre y Luciana te enseñarán todo lo que quieras y más.

Ella se detuvo de golpe y se encaró con él, esbozando una sonrisa.
-Paula: Veo que se te da bien lo de solucionar problemas. ¿Qué solución propones para la cuestión de mi estatura?
Él se acarició la barbilla, fingiendo meditar sobre el asunto.
-Peter: A mí personalmente me gusta la altura que tienes.
Los ojos de Paula se llenaron de ternura.
-Paula: Oh, Peter, es maravilloso que estés dispuesto a sacrificarte de este modo, pero no puedo permitirlo. Lo último que quisiera es causar bochorno o vergüenza a tu familia.

Peter apenas pudo contener el impulso de sacudir la cabeza con estupor. Ella no estaba pensando en sí misma... sino en él. Y qué ironía que los rasgos que ella consideraba sus defectos —su torpeza, su escasa habilidad para bailar, su desconocimiento de la moda y su estatura— formasen parte de lo que la hacía tan refrescante, tan especial, tan fascinante. El mero hecho de que fuera capaz de rechazar una oferta de matrimonio por parte del hombre conocido como «el soltero más codiciado de Inglaterra» lo dejaba atónito.

Y lo reafirmaba en su deseo de salirse con la suya.

En cuanto a deslucir el nombre de los Bradford, nada de lo que ella pudiera hacer sería peor que los secretos que él conocía... secretos que podían acarrear la perdición de toda su familia.
-Peter: No quieres avergonzarme, y, sin embargo, si te niegas a aceptar mi propuesta, eso es justo lo que harás —dijo él— Todos pensarán que soy un libertino despreciable que mancilló tu honra y que luego se negó a proponerte matrimonio— Apartando a un lado su sentimiento de culpa por manipular el corazón sensible de Paula, añadió— Yo sería expulsado sumariamente de la sociedad, y sin duda me vería obligado a exiliarme al continente como Brummell.
-Paula: Oh, Peter, yo...
Él le tapó los labios con un dedo.
-Peter: Cásate conmigo, Paula.
Para su sorpresa, se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración, aguardando su respuesta con ansia.

Paula contempló su rostro increíblemente apuesto y serio, y se derritió por dentro. Su propuesta de matrimonio resonaba una y otra vez en su mente. «Cásate conmigo. Cásate conmigo. Cásate conmigo.» Dios santo, ¿cómo podía rechazarlo? ¿Cómo podía cualquier mujer rechazar a ese hombre? Incluso si no tuviese en cuenta el perjuicio social que podía causarles a él y a tía Julia, no podía negar lo que sentía por Peter. Muy a su pesar, lo amaba. Deseaba ayudarlo. Protegerlo. ¿Y si otros peligros pendían sobre él? Aunque él no fuera consciente de ello, la necesitaba.

Pero no la amaba. No debía engañarse. Simplemente estaba proponiéndole matrimonio para salvar la reputación de ella y proteger su propio honor.

La tristeza la invadió, pero al mismo tiempo una vocecita en su interior le infundió esperanzas. «Tal vez no me quiera todavía, pero si descubro alguna prueba de que Federico sigue vivo, o si averiguo algo sobre el francés... Si logro traerle algo de paz a Peter, quizás entonces llegue a quererme. Tanto como le quiero yo a él.»

¿Era eso posible? ¿Existía alguna posibilidad de que él se enamorase de ella? Era evidente que Peter podía elegir a cualquiera de las mujeres hermosas y refinadas que se movían en su mundo de la alta sociedad. Ella era dolorosamente consciente de que no les llegaba a la suela del zapato en nada. Pero al proponerle matrimonio, él se mostraba claramente dispuesto a hacer un enorme sacrificio por ella. La enormidad de dicho sacrificio la dejaba sin aliento. Dios, él estaba dispuesto a pasar el resto de su vida con ella. Dudaba mucho de que le hubiese hecho esta oferta a la ligera, de modo que obviamente ella le importaba, aunque fuera sólo un poco. ¿O no?

No era una situación ideal, pero era un punto de partida. Sería una tonta si rechazara la propuesta del hombre que amaba, y lo que le faltaba a ella era refinamiento, no inteligencia. Sólo había una respuesta posible. Sin embargo, antes de que ella pudiera abrir la boca, él habló, en un tono inconfundiblemente seco.
-Peter: Debo decirte que tu prolongado silencio resulta un tanto... descorazonador. He esperado veintiocho años para pedir la mano de una mujer, Paula. ¿Vas a negármela ahora?
Dios santo, parecía realmente... preocupado. Una sonrisa se dibujó en los labios de Paula. Intentó reprimirla, pero no lo logró del todo.
-Paula: Bueno, siempre he soñado con hacerle un desaire a un pretendiente apasionado.
Peter vio asomar sus hoyuelos, oyó su tono travieso y obligó a sus músculos tensos a relajarse. Se acercó a ella, hasta que sólo los separaron unos centímetros. Le recorrió los brazos con las manos hasta entrelazar los dedos con los de ella, luego le rozó la mejilla con los labios.
-Peter: Ya veo. ¿Y qué ocurriría si me volviese apasionado?
Aspiró la suave fragancia de lilas, y le apretó delicadamente el lóbulo de la oreja entre los dientes.
-Paula: ¡Oh! —El jadeo de placer lo llenó de satisfacción masculina— Bueno, pues en ese caso, yo...
La voz se le apagó mientras él bajaba la boca por su esbelto cuello, besándola. Ella echó la cabeza hacia atrás para facilitarle la tarea, y él le tocó con la punta de la lengua la base del cuello, donde le latía el pulso aceleradamente. Su piel era suave como la seda y sabía a flores y a luz del sol. Como ninguna otra mujer. Peter alzó la cabeza y estudió su rostro hermoso y arrebolado. Ella tenía los ojos cerrados, los labios húmedos y entreabiertos, y respiraba entrecortadamente.
-Peter: En ese caso, ¿tú...? —la animó a proseguir.
Ella abrió despacio los párpados y lo miró directamente a los ojos. La calidez y la ternura que irradiaban sus profundos y expresivos ojos lo sobrecogió. Rebuscó entre sus recuerdos y se dio cuenta de que nadie lo había mirado de ese modo. Su cuerpo se encendió, lleno de vitalidad.
Ella esbozó una sonrisa trémula.
-Paula: Cedería y me casaría contigo.
Lo invadió una sensación que sólo podría calificarse de alivio.
-Peter: ¿Eso es un sí?
-Paula: Sí.

Gracias a Dios. Este pensamiento lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Se negó a analizarlo y estrechó a Paula entre sus brazos. Bajó la boca hasta fundirla con la de ella en un beso abrasador que los dejó a ambos sin aliento. Sus labios la acariciaban con ansia, mientras su lengua se deslizaba en el cálido interior de su boca. Con un suave gemido, ella se apretó contra él y le devolvió el beso con un fervor que estuvo a punto de hacerle perder por completo el control sobre sí mismo. «Dios, no puedo esperar a que esta mujer sea mía», pensó.

Susurró el nombre de Paula al tiempo que le pasaba los dedos por el sedoso pelo y devoraba su boca, sumergiendo la lengua, saboreando su dulce calor, hasta que lo embargó un dolor enloquecedor. Maldita sea, la deseaba. Ahora. Quería tenerla debajo, encima, envuelta en torno a sí...
—¿Los interrumpo? —preguntó una voz alegre desde la puerta.

Peter se quedó inmóvil y reprimió una palabrota que le brotaba de lo más hondo. Maldición, Martín llevaba dos meses fuera. ¿Qué le hubiera costado a su hermano pequeño permanecer fuera dos minutos más? Peter levantó la cabeza y contempló el rostro de Paula, colorado como un tomate. Miró sus labios, hinchados de tanto besarlos. Martín pagaría muy cara esa interrupción. Muy cara.

Paula intentó liberarse de su abrazo, pero él la apretó con más fuerza.
-Peter: No pasa nada —le susurró— sólo es mi hermano —Rodeándole el talle firmemente con un brazo, se volvió y le echó a Martín una mirada asesina— Veo que mientras estabas vagabundeando por el continente olvidaste lo que significa una puerta cerrada.
-Paula: En absoluto —replicó, posando la vista en Paula con ávida curiosidad— De hecho, he llamado varias veces. Al parecer estabas demasiado, eh..., ocupado para oírme. Me disponía a regresar al salón cuando he oído claramente un quejido que venía del interior del estudio. Como es natural, he temido por tu seguridad, de modo que he entrado —Le dirigió una sonrisa traviesa— Ahora veo que no había motivo para alarmarse —Carraspeó— Bueno, ¿no vas a presentarme a esta preciosa joven?
Peter habría preferido meterlo de cabeza en un enjambre de abejas, pero dejó que prevaleciera la cordura.
-Peter: Paula, te presento a mi hermano Martín, un joven que no se caracteriza por su tacto o don de la oportunidad.
Martín, ésta es la señorita Paula Chaves... mi prometida.
-Martín: Encantado de conocerla... —se interrumpió súbitamente y arqueó las cejas— ¿Has dicho «prometida»? ¿Te refieres a que es tu novia? ¿A que van a casarse?

La rabia contenida de Peter se templó considerablemente al ver la cómica expresión de estupor de Martín.
-Peter: Tu dominio del idioma y tu capacidad de deducción siempre han sido motivo de orgullo para toda la familia, Martín.
Sin una palabra, Martín cruzó la alfombra e hincó una rodilla ante Paula.
-Martín: Mi querida dama —dijo, poniéndose ambas manos sobre el corazón— Es un honor para mí conocerla. Siempre contará con mi eterna gratitud por retirar a mi hermano de la lista de solteros. Ahora quizás otro pobre tipo desgraciado, es decir, yo, tenga alguna oportunidad de captar la atención de una mujer hermosa. No habrá otra como usted en su familia, ¿verdad? ¿Una hermana? ¿Una tía, una prima, una abuelita?

Con las mejillas encendidas, Paula bajó la vista hacia el joven arrodillado ante ella. A pesar del bochorno que estaba pasando, Paula no pudo evitar devolverle la sonrisa.
-Paula: Es un placer conocerle, lord Martín —dijo ella con una torpe reverencia que le costó más trabajo que de costumbre porque Peter no despegaba el brazo de su cintura.
Martín se puso de pie e hizo una inclinación.
-Martín: Llámame Martín. Y el placer es mío —Se volvió hacia Peter, tendiéndole la mano— Enhorabuena, hermano. Te deseo toda la felicidad del mundo.

Peter aflojó ligeramente la presión de su brazo sobre el talle de Paula y estrechó la mano de Martín.
-Peter: Gracias, Martín. Ya que llegas de un modo tan inesperado, quiero aprovechar la oportunidad para pedirte que seas mi padrino de boda.
-Martín: Acepto encantado —le dirigió a ella una sonrisa y un guiño— Peter sabe lo que hace, ahora tendrá un buen padrino. ¿Has dicho algo sobre que tenías una hermana?
-Paula: Me temo que no —respondió ella, divertida.
-Martín: Vaya suerte la mía —Sacudiendo la cabeza con aire apesadumbrado, atravesó la habitación y se sirvió una copa de brandy— ¿Cuándo es la boda?
Paula estaba a punto de contestar que no lo sabía cuando Peter declaró:
-Peter: Pasado mañana.
Se quedó boquiabierta y se obligó a recuperar la compostura.
-Paula: ¿Pasado mañana?
Martín le dirigió a Peter una mirada maliciosa.
-Martín: Tu prometida parece un poquito, ejem, sorprendida por la noticia. No sé mucho de estas cosas, pero creo que la costumbre dicta que la novia sepa cuándo se celebrará el desposorio.
-Peter: Me disponía a hablar del asunto con ella cuando has irrumpido en el estudio.
Un brillo malicioso asomó a los ojos de Martín.
-Martín: ¿Ah sí? ¿Era eso lo que te disponías a hacer? Más bien parecía...
-Peter: Martín. —El tono en que pronunció esta única palabra era inconfundiblemente gélido.
Martín depositó la copa en el escritorio y alzó las manos.
-Martín: No se hable más. Aunque sé que te mueres de ganas de que me quede y les cuente anécdotas de mi viaje por el extranjero, debo marcharme. Apenas he hablado con nuestra madre desde que llegué hace una hora, y he prometido reunirme con ella en el salón antes de la cena.
-Peter: No he anunciado todavía la boda.
-Martín: Mis labios están sellados —Cruzó la habitación, tomó la mano de Paula y le plantó un beso en los dedos. Una imagen acudió a la mente de ella y, por un instante, fue como si vislumbrara su alma— Estoy deseando verte a la hora de la cena —dijo él, con una mirada llena de afecto.
-Paula: Gracias.

Martín se dirigió a la puerta con un andar elegante y pausado que contrastaba mucho con las zancadas decididas características de Peter. Antes de cerrar la puerta tras de sí, le dedicó a Paula un guiño que la ruborizó.

Aguardó a que Peter hablara, pero él se había quedado mirando la puerta cerrada como si quisiera prenderle fuego.
-Paula: Tu hermano es muy divertido —dijo ella finalmente.
-Peter: Es un pelmazo.
-Paula: Te quiere.
-Peter: Él... —se volvió hacia ella— ¿Cómo dices?
-Paula: Te quiere. Se muere de curiosidad y preocupación por tu decisión de casarte conmigo.
-Peter: ¿Preocupación? ¿Qué te hace pensar eso?
«Me tocó —pensó Paula— Lo percibí.»
-Paula: A pesar de sus bromas, salta a la vista que teme que puedas haber tomado una decisión equivocada. Ha sido esclarecedor vernos juntos a los dos. Me pregunto si ya te percataste de lo mucho que se parecen.
Estas palabras lo sorprendieron.
-Peter: ¿Parecernos? Martín y yo no nos parecemos en absoluto.
«Por dentro. En el alma, que es lo que cuenta», se dijo Paula, pero en vez de discutir inclinó la cabeza.
-Paula: Tal vez tengas razón —dijo— Después de todo, tú eres un hombre serio, mientras que Martín es bastante animado.
-Peter: No estoy seguro de que «animado» sea la palabra con que lo describiría en estos momentos, pero da igual. Hay otras cosas de las que tenemos que hablar.
-Paula: Así es. Peter, ¿a qué diablos te referías cuando has dicho que la boda se celebraría pasado mañana?
-Peter: Pues a eso exactamente. He pasado casi todo el día poniéndome en contacto con mis abogados y tramitando una licencia especial, que espero recibir mañana por la tarde. Supongo que podríamos programar la ceremonia para la noche de mañana, pero he pensado que querrías disponer de un día para hacer los preparativos necesarios.
-Paula: ¡Pero eso no es tiempo suficiente para planear una boda!
-Peter: Mi madre sería capaz de organizar una coronación en la mitad de tiempo. Si además contamos con tu tía y con Lu, podríamos estar casados antes del desayuno —Le enmarcó el rostro con las manos y la miró con el ceño fruncido— No estarás cambiando de idea, ¿verdad?

A ella se le formó un nudo en la garganta. ¿Cambiar de idea? Ni hablar.

-Paula: Por supuesto que no —Le sonrió al ver que se suavizaba su expresión ceñuda— Pero por cortesía hacia tu madre y tía Julia, opino que es mejor dejarlo para pasado mañana —Le puso las manos en los antebrazos y notó la tensión bajo sus dedos— ¿Puedo preguntarte a qué viene tanta prisa?
Sus expectativas de que hubiese motivos románticos tras su decisión quedaron inmediatamente truncadas por las palabras de Peter.
-Peter: Por una mera cuestión de logística. Tengo que estar en Londres el día primero de julio, y he planeado quedarme allí durante un tiempo indeterminado. Si celebramos la ceremonia antes de mi marcha podrás acompañarme a Londres y me ahorraré el viaje de regreso hacia aquí o a la finca de lady Penbroke para venir a recogerte.
Ella intentó disimular su desilusión con una sonrisa.
-Paula: ¿Recogerme? Hablas de mí como si yo fuera un par de pantuflas.
-Peter: ¿Unas pantuflas? Para nada —Su mirada se clavó en la boca de Paula, y a ella le dio un vuelco el corazón al pensar que él la besaría otra vez. De nuevo se llevó una decepción, pues él se apartó de ella y se dirigió hacia la mesita que sostenía las licoreras de brandy— Hay varios asuntos de los que debo ocuparme antes de que hagamos público nuestro compromiso.
Al darse cuenta de que la estaba despidiendo, Paula asintió con la cabeza.
-Paula: Por supuesto. Si me disculpas, debo arreglarme para la cena.

Se encaminó hacia la puerta. Antes de cerrarla a su espalda, volvió la vista atrás. Peter la observaba con una expresión intensa y enigmática que por alguna razón la dejó helada y la encendió por dentro al mismo tiempo.

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A partir de mañana no voy a subir capítulos demasiado largos, no por ser una cortamambo ni nada pero sino lo hago la nove va a terminar enseguida. Eso si, si hay varios comentarios subo un capítulo mas, no pido 20 comentarios porque yo también leo otras noves y hay veces que me re caliento porque no llegan a haber los comentarios que pide la escritora y es horrible jajajaja pero de verdad esta bueno que comenten que les parece la nove, lo pueden hacer en anónimo también. Si quieren que les avise cuando suba díganme por twitter (@Love_Pauliter) 

GRACIAS!!!

7 comentarios:

  1. Hayyyyy que bonito! Y que bolud* peter que sea mas cariñosoo! Jajja porfis sube uno mas! Besosss

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  2. Me encantaaaaa la nove!!! Subi una mas hoy xfaaaa!!!

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  3. Me encanta la historia! La personalidad de ella es lo más!! Y las pocas veces que el se pone en tierno me mata! Subí otro p

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  4. Son muy lindos!!!! Esperamos el otro cap porfa

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  5. Me encantaaaaaa! Quiero maaaaaas... Qe sigan siendo largps.. Mas seguidos porqe me re copan :)

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