sábado, 29 de junio de 2013

Capítulo 31

Con los párpados bien apretados Paula se aferraba a la barra mientras trataba de asimilar el aluvión de imágenes que se agolpaban en su mente. El hombre que Peter buscaba había estado en ese preciso lugar, unas horas antes. Estaba convencida de ello. Una escena nítida apareció en su imaginación.

-Paula: Lleva una pistola —Sintió que le flaqueaban las rodillas— Está acostumbrado a matar. Lo ha hecho más de una vez.
Él la tomó de la mano, y de inmediato tras los ojos cerrados de Paula se materializaron más imágenes, que destellaron como relámpagos. El corazón se le aceleró y el pulso le latió con fuerza mientras las impresiones inconexas cobraban forma poco a poco. Una visión bien definida acudió a su cerebro, y aparecieron gotas de sudor en su frente. Notó que se mareaba y que le entraba una gran debilidad.
-Peter: Paula, ¿qué ocurre?

A ella le pareció que el susurro angustiado de Peter le llegaba de muy lejos. Se esforzó por abrir los ojos, pero las imágenes que la asaltaban absorbían toda su energía. Se percató vagamente de un alboroto, de que alguien la levantaba en brazos y se la llevaba, pero estaba demasiado débil para protestar. La negrura la envolvió y se sumió en la inconsciencia.

--

Peter nunca había estado tan asustado. Paula había perdido el conocimiento. Tenía el rostro pálido como la cera y la piel húmeda, y respiraba trabajosamente. Sin hacer caso de las miradas de curiosidad que les dirigían varios clientes del garito, la levantó en vilo y salió a toda prisa del edificio. Una vez fuera, le gritó al cochero que los llevara a casa a toda velocidad. Subió con ella al coche, cerró la portezuela y la acostó con toda delicadeza en el asiento, con la cabeza sobre su regazo.
-Peter: Paula —le dijo ansioso, con el cuerpo tenso de miedo— Háblame, cariño. Por favor, dime algo.

Le dio unas palmaditas en las mejillas y se alarmó al notar que tenía la piel fría y sudada. Sin duda la atmósfera inquietante y los vapores tóxicos la habían afectado, pero, demonios, ¿por qué no se despertaba ahora que ya habían salido? No debería haberla traído. Si le ocurría algo... La joven entreabrió los párpados y lo miró directamente a los ojos. El alivio que sintió Peter fue inmenso. Acariciándole la pálida mejilla, intentó sonreírle, pero sus músculos faciales se negaron a cooperar. Peter se sentía tan débil como un recién nacido.

Ella trató de incorporarse, pero él se lo impidió posándole con suavidad una mano sobre el hombro.
-Peter: Relájate —logró decirle.
Ella miró en torno a sí.
-Paula: ¿Dónde estamos?
-Peter: En el coche, camino de casa.
-Paula: ¿Camino de casa? —Frunció el entrecejo— ¿Por qué?
-Peter: Me temo que has sufrido un vahído.
-Paula: ¿Un vahído? Tonterías.
De nuevo intentó incorporarse, y de nuevo él la sujetó.
-Peter: Un vahído —repitió, deslizando los dedos por su mejilla, incapaz de contener sus ganas de tocarla— Para ser una chica de complexión fuerte, has caído redonda.
Ella sacudió la cabeza.
-Paula: No, no ha sido un vahído. He tenido una visión. Lo he visto, Peter. Lo he visto todo claro. A Federico, a Gaspard el francés...

El recuerdo de aquella espantosa noche, aquella escena obsesionante que había quedado grabada a fuego en la mente de Peter, irrumpió con ímpetu en su memoria, dejándolo trastornado. Ella le apretó la mano y abrió mucho los ojos.
Antes de que él pudiese pronunciar palabra, Paula susurró:
-Paula: Dios santo, tú estabas allí. Los viste juntos, cargando cajas llenas de armas en un barco —Peter intentó en vano apartar sus pensamientos de lo sucedido aquella noche. Apretándole la mano con más fuerza, ella añadió— Federico te vio en las sombras. Se te acercó y discutieron acaloradamente. Intentaste detenerlo, pero tu hermano no te hizo caso. Entonces le viste partir en ese barco... junto con un enemigo de tu país.

Un gran dolor y un sentimiento de culpa embargaron a Peter.

-Peter: Él les estaba entregando las armas —musitó, apenas consciente de lo que decía— Al verme desembarcó. Me llevó a un callejón, donde Gaspard no pudiese vernos. Le pregunté cómo era capaz de hacer eso, le estaba estregando armas al enemigo, pero se negó a contestarme. Me dijo que me ocupara de mis asuntos y que me fuera. Discutimos. Lo amenacé con entregarlo... Le dije que ya no era mi hermano.
-Paula: ¿Se lo has contado a alguien?
-Peter: No —Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos— Si alguna vez saliese a la luz la traición de Federico, esa ignominia destrozaría a mi familia. Tenía que proteger a Luciana y a Martín. A mi madre. Aunque no puedo creer que Federico traicionase a Inglaterra, estoy seguro de lo que vi, y él no lo negó. La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué lo hizo?

Sabía que debía mirarla, observar su reacción, pero temía levantar la vista hacia sus ojos. ¿Qué haría si viese en ellos una expresión condenatoria? Había muchas probabilidades de que ella lo rechazara, a él y a su familia, ahora que sabía la verdad. Y, puesto que era su esposa, ella también estaría expuesta a la deshonra.

Preparándose para lo peor, abrió los ojos y la miró. Se le cortó la respiración. La mirada de Paula expresaba una mezcla de emociones, pero no condena. Sólo afecto, cariño y preocupación. Paula alzó las manos para sujetarle la cara con suavidad.
-Paula: Dios santo, Peter, cuánto debes de haber sufrido al guardar este secreto para intentar proteger a tu familia. Me apena mucho tu dolor. Pero ya no estás solo.
La compasión sincera que irradiaban sus ojos, el suave y balsámico tacto de sus manos, y sus palabras pronunciadas a media voz se combinaron con la avalancha de emociones que lo asaltaba para hacer pedazos la desolación en que estaba sumido. «Ya no estás solo.»

La atrajo hacia sí y apoyó la cara en la cálida curva de su hombro. Un largo escalofrío recorrió su cuerpo, y la abrazó con más fuerza, tanta que a su esposa debieron de dolerle los huesos, pero ni una queja salió de sus labios. Ella lo estrechó contra sí, acariciándole el pelo y la espalda para calmarlo, mientras el sentimiento de culpa que llevaba tiempo pudriéndose en la conciencia de Peter estallaba en un torrente incontenible.

Transcurrió un largo rato antes de que sus temblores cesaran. Después permaneció entre los brazos de Paula e intentó poner en orden sus pensamientos. Los últimos momentos que pasó con Federico siempre pesarían sobre su conciencia, pero ahora existía la esperanza de que surgiese una segunda oportunidad. Federico estaba vivo. Tenía que encontrarlo, hablar con él y descubrir los motivos de lo que había hecho.
Paula aseguraba que Federico corría peligro. ¿Por qué? ¿Acaso alguien pretendía tomar represalias contra él por las actividades que había desarrollado durante la guerra? ¿O alguna otra amenaza se cernía sobre su hermano y lo mantenía cautivo? ¿Estaría Federico intentando escapar del mal que lo había impulsado a traicionar a su país? Si Federico necesitaba su ayuda, él se la daría sin importarle el pasado.

Peter tomó una resolución firme. Encontraría a Federico y a Gaspard. Costara lo que costase.

Por primera vez desde aquella horrible noche de hacía más de un año, respiró con tranquilidad. El alivio que experimentó al liberar su alma de aquella pesada carga lo dejó casi aturdido. Había pasado tanto tiempo solo, encerrado con su secreto... Pero ya no lo estaba. Ahora tenía a alguien con quien compartirlo. Paula. Ella conocía su secreto más oscuro. Esa hermosa mujer que ahora lo abrazaba contra su corazón, absorbiendo su dolor y reemplazándolo por su propia bondad, lo había liberado y le había devuelto la vida. Además, le había dado esperanza en el futuro.

Dios, cuánto la necesitaba.

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Ay me dio tremenda ternura la parte final de este capíulo :3
Mañana subo, graciass!!!

viernes, 28 de junio de 2013

Capítulo 30

Nunca se lo había dicho, pues no estaba preparada para expresar sus sentimientos más íntimos en voz alta, ni estaba segura de que él quisiera oírlos, pero ¿es que acaso no lo veía en sus ojos, por Dios?
-Peter: Si no creyera que Federico sigue vivo —dijo él al fin— y que puedes ayudarme a encontrarlo, nunca te habría traído.
-Paula: Entonces permite que te ayude, por favor. No quiero que sufras más. Deja que te ayude a encontrar las respuestas que buscas. Permaneceré tan cerca de ti que incluso sentirás latir mi corazón.

Ella esperaba arrancarle una sonrisa, pero la seriedad no desapareció de la mirada de Peter. Él levantó las manos, le acarició las mejillas y entrelazó los dedos con los suyos, apretándoselos con tanta fuerza que ella sintió un cosquilleo en las yemas. No alcanzaba a leer sus pensamientos con claridad, pero era evidente que estaba confundido.

Justo cuando empezaba a creer que él la enviaría de vuelta a casa, Peter se llevó su mano a los labios y le estampó un beso cálido en los dedos.
-Peter: Entremos —dijo.

El letrero colgado en la fachada del establecimiento rezaba «EL CERDO ROÑOSO». En el momento en que Paula entró en el establecimiento concluyó que el nombre era de lo más apropiado. La peste a licor agrio y cuerpos sin lavar la envolvió como una nube tóxica. Tuvo que reprimir una arcada al percibir la mezcla de ese hedor y del humo acre y denso que flotaba en el aire.

La mortecina luz interior le permitió distinguir las figuras de unos hombres de aspecto tosco, sentados a unas mesas pequeñas de madera, inclinados sobre unos vasos mugrientos. Cuando ella y Peter aparecieron en la puerta, el rumor de la conversación se interrumpió y todos miraron a los recién llegados con ojos hostiles y suspicaces.

A pesar de sus bravatas de unos momentos antes, Paula sintió que la invadía el miedo y se arrimó a Peter. Daba la impresión de que esa panda no dudaría en clavarles una navaja a la menor provocación, pero la mirada claramente intimidatoria de Peter no les daba opción a acercarse.
-Peter: Mantén la vista baja y no hables —musitó.
La guió a una mesa cubierta de marcas de vasos situada al fondo.
Ella notó las miradas de los clientes en su espalda, pero en cuanto se sentaron el murmullo de la conversación se reanudó.

Una mujer con un vestido sucio y manchado de grasa se acercó a su mesa.
—¿Qué va a ser, caballeros?
Paula echó un vistazo por debajo del ala de la gorra y la embargó una gran compasión. La mujer era alarmantemente delgada y tenía varias magulladuras en la piel. Al mirarla con más detenimiento, descubrió que tenía los labios hinchados y un moretón amarillento en la mejilla, y que sus ojos eran los más mortecinos que Paula hubiese visto jamás.
-Peter: Whisky —pidió— Dos.
La mujer se irguió, hizo un gesto de dolor y se llevó una mano a la parte baja de la espalda.
—Marchando dos whiskys. Si desean ustedes algo aparte de licor, me llamo Molly.
Paula respiró hondo. Dios santo, qué terrible que alguien se viese obligado a vivir en un entorno tan sórdido. Se le encogió el corazón de lástima por Molly, y se preguntó si la pobre mujer había conocido alguna vez la felicidad.
-Peter: ¿Estás bien?
-Paula: Esa mujer. Es...
Sacudió la cabeza y se mordió el labio, incapaz de describir su desesperación.
-Peter: Una prostituta —Se inclinó hacia delante— ¿Has percibido algo a través de ella?
A Paula se le humedecieron los ojos. Al echar una ojeada subrepticia al otro extremo del bar, vio a Molly abriéndose paso entre la muchedumbre de hombres. Casi todos la manoseaban al pasar, le toqueteaban los pechos o le apretaban las nalgas, pero ella apenas rechistaba y seguía adelante con la mirada perdida.
-Paula: No he percibido más que abatimiento —musitó— Nunca había visto una desesperanza semejante.
-Peter: Seguro que no dudaría en robarte si se le presentase la ocasión. De hecho, apuesto a que antes de que nos vayamos intentará vaciarte el bolsillo.
-Paula: Si llevara monedas en el bolsillo, con gusto se las daría a la pobre mujer. Peter, la han pegado y tiene el aspecto de no haber tomado una comida decente en semanas.

Justo entonces apareció Molly con dos vasos pringosos que contenían whisky. Peter se llevó la mano al bolsillo, extrajo varias monedas y las colocó sobre la mesa. En la mirada de Molly no se apreció la menor reacción.
-Molly: Muy bien —dijo en una voz carente de toda emoción— ¿Cuál de los dos será el primero? —Sus ojos amoratados se achicaron hasta quedar reducidos a rendijas— No se les ocurra pensar que voy a atenderlos a los dos a la vez, porque yo no hago esas cosas.
Paula apretó los labios, esperando que no se notase que esa insinuación la había escandalizado. No se atrevía a imaginar los horrores a los que tenía que enfrentarse esa mujer a diario. Sintió tanta compasión que tuvo que pestañear para contener las lágrimas.
-Peter: Sólo quiero información —dijo en voz baja— sobre un hombre llamado Gaspard —Describió al francés— ¿Lo has visto?
Molly reflexionó un momento y luego sacudió despacio la cabeza.
-Molly: No estoy segura. Muchos hombres entran y salen cada día de esta pocilga y, para ser sincera, trato de no mirarlos a la cara. Sólo sé que huelen mal y todos tienen manos grandes y malas —Desvió la vista hacia las monedas que descansaban sobre la mesa— ¿Necesitan algo más?
-Peter: No, Molly, gracias.
Peter recogió las monedas y se las dio. A continuación metió la mano en el bolsillo y extrajo varias monedas de oro que le entregó también.
Molly abrió unos ojos como platos y dirigió a Peter una mirada atónita e inquisitiva.
-Molly: ¿Todo esto? —preguntó— ¿Sólo por hablar un poco?
Peter asintió con la cabeza.
Molly se guardó las monedas en el corpiño y se alejó a toda prisa, como si temiera que él le exigiese que se las devolviera.

-Paula: ¿Cuánto dinero le has dado? —preguntó.
-Peter: Lo suficiente para que se alimente.
-Paula: ¿Durante cuánto tiempo?
Él titubeó por un instante, como si le incomodara responder, pero luego se encogió de hombros.
-Peter: Durante al menos seis meses. ¿Has tenido ya alguna visión?
-Paula: No. Suele ser difícil en medio de una multitud. Percibo demasiadas sensaciones a la vez, y todas se mezclan y se confunden. Necesito cerrar los ojos y relajarme.
-Peter: Muy bien. Hazlo, y mientras tanto echaré un vistazo alrededor a ver si reconozco a alguien.
Ella asintió con la cabeza y cerró los ojos. Peter se fijó con cuidado en cada uno de los clientes, pero ninguno le resultaba familiar.
Al cabo de un rato, Paula abrió los ojos.
-Paula: Lo siento, Peter, pero no logro discernir nada que pueda ayudarnos.
-Peter: Entonces vámonos —dijo él, poniéndose de pie— Hay otros establecimientos donde investigar.

Salieron del tugurio sin percances y subieron al carruaje que los esperaba. Peter dio una dirección al cochero y se acomodó enfrente de Paula. En realidad, bajo aquella luz tenue y con su atuendo masculino, podía pasar por un hombre joven, cosa que le pareció extrañamente perturbadora a Peter, que tantas pruebas tenía de su feminidad.
-Paula: Siento no haber podido percibir nada en esa taberna —se disculpó ella— pero tal vez tendremos más suerte en el siguiente local. ¿Adónde vamos ahora?
-Peter: A un antro de juego. Según mis informes, Gaspard fue visto ahí hace poco.
-Paula: De acuerdo —Vaciló, y él notó que estaba retorciéndose los dedos— Quiero agradecerte el gesto que has tenido con Molly.
La conciencia de Peter lo impulsó a decirle que ni siquiera se habría fijado en esa prostituta de no ser por ella, pero antes de que pudiera abrir la boca, su esposa alargó el brazo y le posó la mano sobre la manga.
-Paula: Eres un hombre extraordinario, Peter. Un hombre extraordinario y fuera de lo común.

A él se le hizo un nudo en la garganta. Maldición, ya volvía a las andadas, convirtiéndolo en un cuenco de gelatina con sólo tocarlo y dedicarle unas palabras amables y una mirada afectuosa. Lo hacía derretirse como nieve arrojada al fuego.
Pero en lugar de indignarse por ello, en lugar de sentir ganas de huir o apartarla de un empujón, ansiaba estrecharla entre sus brazos, amarla, intentar explicarle de alguna manera los sentimientos inquietantes que despertaba en él.
La tomó de la mano enguantada y se la besó con vehemencia, casi con desesperación.
-Peter: Paula, yo...

El coche se detuvo de golpe, interrumpiendo sus palabras. Al mirar por la ventanilla, vio que habían llegado a su destino. Ayudó a Paula a apearse y la condujo a un callejón estrecho que discurría entre dos edificios de ladrillos ruinosos y abandonados. Bajaron por una escalera cubierta de desperdicios y entraron en la casa de juegos.

El interior era ruidoso, mal iluminado y lúgubre. Hombres de todas las condiciones sociales estaban sentados a las mesas jugando a las cartas o a los dados. Marineros bravucones, un grupo de dandis de Londres con espíritu aventurero, miembros de los bajos fondos; se permitía la entrada a todo aquel que tuviese dinero que apostar.

Después de indicarle de nuevo que se bajase el ala de la gorra y mantuviese la vista baja, Peter la guió despacio en torno a la habitación. Ella se detuvo cerca del extremo de la rayada barra de madera.
Tapándola de la vista de los demás con la espalda, Peter susurró:
-Peter: ¿Qué ocurre?
Ella arrugó el entrecejo y sacudió la cabeza. Sin una palabra, se quitó los guantes y se los guardó en el bolsillo. A continuación, colocó las manos sobre la barra y cerró los ojos.

Peter la observaba atentamente, ocultándola de los clientes del antro. Ella empezó a respirar más profundamente y justo cuando él creía que no soportaría un segundo más su silencio, abrió los ojos.
-Paula: Gaspard ha estado aquí —dijo.
Peter se puso tenso.
-Peter: ¿Cuándo?
La mirada de Paula se tornó sombría.
-Paula: Esta noche, Peter. Ha estado aquí esta noche.

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El último por hoy :)

Capítulo 29

Treinta minutos después Paula contemplaba su imagen en el espejo de cuerpo entero. Ni sus propios padres la habrían reconocido.

Llevaba unos pantalones negros ajustados. Iba calzada con unas botas gastadas que le venían un poco grandes. Una holgada camisa blanca de hombre le ocultaba el busto, que se había ceñido con una faja. Llevaba el pelo recogido y tapado con una gorra de marinero encasquetada hasta los ojos. Podía pasar fácilmente por un hombre joven y esbelto. Una vez que se pusiera el abrigo negro que colgaba de un poste de la cama, nadie se daría cuenta de que era una mujer, y menos aún una duquesa.

La puerta de la alcoba se abrió y apareció Peter.
-Peter: Muy bien. Ya se han marchado todos al teatro. ¿Estás... —al verla se detuvo en seco— lista?
Ella se volvió hacia él.
-Paula: Sí. ¿Qué opinas?
La miró de arriba abajo, y luego de los pies a la cabeza. Acto seguido se le acercó, muy serio, y se detuvo justo enfrente de ella.
-Peter: Tú no vas a salir de esta casa vestida así —barbotó con los dientes apretados.
Ella puso los brazos en jarras.
-Paula: ¿Puedo preguntarte por qué no? Es un disfraz perfecto. Nadie sospechará que no soy un hombre.
-Peter: Eso es lo que tú te crees. El modo en que esos pantalones marcan tu figura... —Agitó la mano, con los labios reducidos a una línea muy fina— ¡Es indecente!
-Paula: ¿Indecente? ¡Eres tú quien me los ha dado!
-Peter: No sabía que tendrías ese aspecto con ellos puestos.
Ella empezó a dar golpecitos en el suelo con el pie.
-Paula: ¿Qué aspecto?
-Peter: El aspecto de... —De nuevo agitó la mano, como intentando hacer aparecer la palabra que buscaba por arte de magia— Ese aspecto —concluyó, señalándola.

Ella exhaló un suspiro. Por lo visto él iba a dejar que su sentido de posesión diese al traste con el plan. Paula tomó el abrigo del pilar de la cama, se lo puso y se lo abrochó.
-Paula: Mira —dijo, girando lentamente ante él— Estoy tapada desde la barbilla hasta las rodillas.
Él continuó echando fuego por los ojos. Después de que ella diese dos vueltas delante de él, soltó algo parecido a un gruñido.
-Peter: No te quitarás ese abrigo ni por un segundo. Y lo llevarás siempre abrochado. Los parroquianos de la taberna que al parecer frecuenta Gaspard son gente muy ruda. Si alguien llegase a sospechar que eres una mujer podría haber consecuencias desastrosas.
-Paula: Entiendo.
Peter posó la vista en su gorra.
-Peter: ¿Está bien sujeta?
-Paula: Como si me la hubiese fijado a la cabeza con clavos.

La expresión de Peter no se relajó un ápice y por un momento ella temió que se negara rotundamente a llevarla consigo. Hizo lo que pudo por mantener el rostro impasible y esperó en silencio. Al fin, él habló.
-Peter: Vámonos.
Salió de la habitación y ella lo siguió, cuidándose de disimular el alivio que sentía. Y la aprensión. Desde luego, no quería que la dejase en casa. Porque sabía que algo importante ocurriría esa noche.

Media hora después, cuando el coche de alquiler se detuvo frente a un edificio destartalado, Paula descorrió ligeramente la cortina y escrutó la oscuridad. Aunque no sabía exactamente dónde estaban, el hedor a pescado podrido indicaba la proximidad del río. Le entraron ganas de taparse la nariz.
-Peter: ¿Estás lista, Paula?
Ella apartó su atención de la ventana y miró a Peter, sentado delante de ella. Incluso en la penumbra alcanzaba a ver su ceño fruncido. Su marido parecía irradiar tensión en ondas oscuras. Ella sonrió forzadamente, con la esperanza de desterrar su evidente inquietud.
-Paula: Sí, estoy lista.
-Peter: ¿Has entendido exactamente qué es lo que quiero que hagas? —preguntó él sin devolverle la sonrisa.
-Paula: Por supuesto. Si tengo alguna premonición, te avisaré de inmediato.
Aunque parecía imposible, el gesto de Peter se tornó aún más adusto.
-Peter: Gracias, pero no me refería a eso.
Entonces fue Paula quien frunció el entrecejo.
-Paula: No lo entiendo. Creía que querías que te avisara si tenía alguna premonición.
-Peter: Y es verdad. Pero no debes apartarte de mi lado.
-Paula: No lo haré. Yo...
Él extendió los brazos y la tomó de las manos, interrumpiendo sus palabras. La intensidad de su mirada le puso a Paula la carne de gallina.
-Peter: Prométemelo —le dijo en un susurro apremiante.
-Paula: Te lo prometo, pero...
-Peter: No hay pero que valga. Este lugar es extremadamente peligroso. No podré protegerte si te alejas de mí. ¿Me he expresado con claridad?
-Paula: Con claridad meridiana. Me pegaré a ti como una lapa.
Él soltó un suspiro.
-Peter: Maldición, no ha sido buena idea. Hay mil cosas que podrían salir mal.
-Paula: Hay mil cosas que pueden salir bien.
-Peter: Estoy poniéndote en peligro.
-Paula: No correré más peligro que tú mismo.
La soltó y se pasó las manos por el pelo.
-Peter: Cuanto más lo pienso más me convenzo de que no es buena idea. Voy a pedirle al cochero que te lleve a casa.
Hizo ademán de abrir la puerta.
-Paula: No —replicó ella dándole un manotazo en la muñeca.
Él arqueó una ceja, sorprendido.
-Paula: Si me obligas a irme a casa, alquilaré otro coche y regresaré aquí —declaró su mujer.
Él le clavó una mirada acerada. Paula nunca lo había visto tan enfadado, y aunque sabía que no le haría daño, sintió escalofríos al ver la furia que despedían sus ojos.
-Peter: No harás nada por el estilo —dijo él pronunciando las palabras muy despacio y articuladamente.
-Paula: Lo haré si es necesario —Antes de que él pudiese formular otra objeción, ella le sujetó la cara entre las manos— ¿Crees que puedo ayudarte?

Él la miró durante un buen rato mientras Paula se preguntaba si tenía la menor idea de lo mucho que le dolían las sombras de su mirada. Intuía que él le ocultaba algo, algún secreto oscuro y terrible que lo atormentaba, y sospechaba que evitaba deliberadamente pensar en sus sentimientos y sus ideas para que ella no pudiese «verlos». Resultaba doloroso presenciar su sufrimiento. Si al menos él le confiase sus secretos... si se diese cuenta de lo mucho que deseaba, que necesitaba ayudarlo...

De lo mucho que lo amaba.

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Capítulo 29... gracias, me alegro que les haya copado la maratón :)
COMENTEN! Capaz, no digo que si pero si comentan, no me gusta poner un número pero si hay varios comentarios capaz que subo uno mas...

jueves, 27 de junio de 2013

Capítulo 28

Peter fijó la vista en su cara, que estaba muy seria. Ahora la creía sin el menor asomo de duda. Podía ayudarlo. Pero él no quería que con este fin pusiese en peligro su propia seguridad.
-Paula: Deja que haga esto por ti —le pidió ella en voz baja— Al menos deja que lo intente. Sólo una vez.
Él exhaló un lento suspiro, disgustado consigo mismo por tener en cuenta su proposición, y ser incapaz de pasarla por alto. ¿Cómo iba a rechazar una oportunidad de encontrar a Federico con vida y frustrar los planes de Gaspard?
La miró fijamente.
-Peter: Supongo que podríamos intentarlo...
-Paula: Por supuesto que podemos.
-Peter: Permanecerás a mi lado...
-Paula: En todo momento. Te lo juro.
-Peter: Creo que no me has dejado terminar una sola frase en los últimos cinco minutos.
-Paula: Mmm. Tal vez tengas razón. Por otro lado, fíjate en el tiempo que con ello nos hemos ahorrado.
Peter retiró las manos de las de ella y le enmarcó el rostro.
-Peter: No permitiré que te pase nada. Lo juro.
Una sonrisa que irradiaba ternura se dibujó en los labios de ella.
-Paula: Lo sé, Peter. Me siento totalmente a salvo contigo.
El corazón se le llenó de afecto hacia ella al oír esa frase sencilla. Su fe y su confianza en él le daban una lección de humildad. Y le producían un sentimiento de culpa. Maldición, la estaba utilizando, aprovechándose de su don para sus propios fines, pero tenía que encontrar a Gaspard. Y a Federico. Dios bendito, a Federico...
-Paula: ¿A qué hora quieres que nos marchemos esta noche? —preguntó ella, devolviendo la atención de Peter al asunto que los ocupaba.
-Peter: Mi familia y Hernán vendrán a cenar, aunque no sé muy bien cómo se decidió eso, y después se irán todos al teatro. Saldremos para realizar nuestra misión cuando se hayan marchado.
-Paula: ¿No se preguntarán por qué no vamos con ellos al teatro?
-Peter: Lo dudo. Estamos recién casados. Estoy seguro de que darán por sentado que preferimos quedarnos en casa a solas.
-Paula: Quieres decir que pensarán que estamos... —dijo ella con las mejillas encendidas, y su voz se extinguió para dar lugar a un silencio incómodo.
Él se le acercó, la estrechó entre sus brazos y le posó los labios en la zona de piel sensible situada debajo de la oreja.
-Peter: Sí, pensarán que estamos haciendo el amor.
-Paula: Qué escándalo. ¿Qué demonios pensará tu madre de mí?
-Peter: Estará encantada de que nos llevemos tan bien —Él observó su rostro sonrojado— ¿Estás segura de que quieres venir conmigo esta noche?
-Paula: Por supuesto. Ya sabes que soy de complexión fuerte.
-Peter: En efecto —Le plantó un beso en la frente y se apartó— Ahora debo ir a Bow Street para notificarles todo lo que sé sobre James Kinney. Nos veremos en el salón a las siete.

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Peter pasó toda la cena deseando que su familia se retirase. Tenía mucho en qué pensar, en especial acerca del hecho de que Federico probablemente estaba vivo. Y acerca del peligro.

¿Cómo diablos habían podido equivocarse las autoridades militares respecto a la muerte de su hermano? ¿Dónde estaba? ¿Estaría implicado todavía en actividades desleales? «Ah, Federico... —pensó—. ¿En qué te fallé?» Pero le resultaba imposible poner en orden sus pensamientos delante de su familia. Su madre, por lo general moderada, casi estaba dando botes en su silla en el otro extremo de la mesa mientras conversaba con Paula, llena de entusiasmo. Luciana y Martín discutían animadamente haciendo gestos y, cuando su madre no los miraba, se sacaban la lengua, como les gustaba hacer desde pequeños. Peter se percató de que Hernán era el único comensal callado, sin duda porque los demás no le dejaban decir palabra.

En cuanto hubo finalizado la cena, Peter se puso en pie y se dirigió a la otra punta de la mesa, donde se encontraba Paula.
-Peter: Si nos disculpan, creo que Paula y yo nos retiramos. Disfruten del resto de la velada.
Tendió la mano y la ayudó a levantarse.
-Lu: ¿Se retiran? —exclamó con los ojos desorbitados— ¿A esta hora?
-Peter: Sí —respondió con serenidad, haciendo caso omiso de las sonrisitas que Hernán y Martín no se molestaron en disimular.
-Lu: ¡Pero si es muy temprano! ¿No quieren...? —se interrumpió bruscamente y fulminó con la mirada a Martín, que estaba sentado enfrente de ella— ¿Has sido tú quien acaba de darme una patada?
-Martín: Sí. Pero sólo porque estoy demasiado lejos para meterte la servilleta en la boca —Agitó los dedos para despedir a Peter y guiñó un ojo a Paula— Buenas noches, Paula. Dulces sueños, Peter.

Sin más preámbulos, Peter condujo a Paula hacia la puerta del comedor y subió con ella las escaleras. No se detuvo hasta que hubo cerrado la puerta de su alcoba tras sí. Apoyado en ella, estudió el rostro sonrojado de su esposa.
-Paula: Por todos los cielos, ya nunca seré capaz de mirarlos a la cara —se lamentó ella, caminando impaciente sobre la alfombra— Todos piensan que estamos haciendo eso.
El deseo irresistible de hacer «eso» golpeó a Peter con la fuerza de un puñetazo. Estaba nervioso, tenso, y sólo con pensar en tocarla se inflamó por dentro. Se dio impulso para apartarse de la puerta y acercarse a ella. La agarró por el brazo para detener sus idas y venidas y la atrajo hacia sí.
-Peter: Bueno, pues ya que todos lo piensan, no deberíamos decepcionarlos —dijo fijando los ojos en los de ella, que lo miraban con sorpresa.
-Paula: Pensaba que querías que nos marcháramos en cuanto ellos salieran para el teatro.
Él llevó las manos a la espalda de su mujer y empezó a desabotonarle el corpiño.
-Peter: Eso quiero, pero tardarán una media hora en estar listos. Además, tienes que ponerte tu disfraz, y puesto que para ello debes quitarte este vestido, te sugiero que aprovechemos la oportunidad.
Le desabrochó el último botón, le deslizó el vestido hacia abajo y lo soltó. La prenda cayó arrugada a sus pies.
-Paula: Sin duda debería sufrir un desvanecimiento ante una proposición tan escandalosa.
El le pasó los dedos por los pechos.
-Peter: ¿Un desvanecimiento? ¿Debo pedir que te traigan amoniaco?
-Paula: No será necesario. Por fortuna, poseo una...
-Peter: Una complexión de lo más fuerte. Sí, es una suerte.
-Paula: Vaya, por tu tono deduzco que necesitas algo de ejercicio. ¿Qué tienes en mente? ¿Una carrera?
-Peter: Bueno, me gustaría que nos marcháramos dentro de media hora.
La camisa interior de Paula se desplomó alrededor de sus tobillos, junto con su vestido. Al verla desnuda, increíblemente bella, con una sonrisa a la vez tímida y traviesa que le iluminaba el rostro, a Peter se le hizo un nudo en la garganta. Ninguna otra mujer producía en él un efecto semejante. El sentimiento que le inspiraba lo confundía y desconcertaba. Era algo más que deseo. Era una necesidad. Una necesidad desgarradora de tocarla, de sentirla.

La estrechó entre sus brazos y la besó profunda y largamente, con los músculos tensos por el esfuerzo de apretarla contra sí, de abrazarla más estrechamente. La inmovilizó contra la pared para devorar su boca y deslizar las manos por sus costados. Ella respondió a sus movimientos echándole los brazos al cuello y apretándose contra él hasta sentir los latidos de su corazón, pegado al suyo. Paula Bajó las manos y prácticamente se desgarró los pantalones. Luego Peter la levantó en vilo.
-Peter: Rodéame con las piernas —gimió, con una voz que ella no reconoció.

Con los ojos muy abiertos, ella obedeció y él la penetró. Su calidez lo envolvió, apretándolo como un puño aterciopelado. Él la sujetó por las caderas y se movió dentro de ella, con acometidas bruscas y rápidas. Tenía la frente cubierta de sudor, y su respiración entrecortada le quemaba los pulmones. Con una última embestida, llegó a un clímax demoledor. Apoyando la cabeza en el hombro de ella, le apretó las caderas con los dedos y, por un momento interminable, palpitó en su interior, derramando su simiente y parte de su alma en su intimidad.

Tardó un rato en recuperar la cordura. Después levantó la cabeza y la miró. Paula tenía los ojos cerrados y el rostro pálido. De pronto Peter se sintió culpable. ¿Acaso estaba mal de la cabeza? Acababa de poseer a su esposa contra la pared, como a una prostituta del puerto. Sin pensar por un instante en sus sentimientos o su placer. Probablemente le había hecho daño.

Con la máxima delicadeza, se apartó de Paula, que habría resbalado hasta el suelo si él no la hubiese sujetado. ¡Maldición! ¡Ni siquiera podía mantenerse en pie! ¿Tanto daño le había hecho? Sosteniéndola con un brazo por el talle, le apartó un rizo castaño de la frente.
-Peter: Paula, Dios mío, lo siento. ¿Te encuentras bien?
Ella agitó los párpados y los abrió muy despacio. Él se dispuso a encajar el reproche que sabía que iba a ver en sus ojos, las palabras de recriminación que merecía. Los ojos de color verde de Paula se posaron en los suyos.
-Paula: Estoy de maravilla. ¿Quién ha ganado?
-Peter: ¿Ganado?
Una sonrisa jugueteó en los labios de ella.
-Paula: La carrera. Creo que he ganado yo, pero estoy dispuesta a reconocer mi derrota.
-Peter: ¿No te... te he hecho daño?
-Paula: Por supuesto que no. Claro que siento las rodillas como si fueran gelatina, pero ésa es una afección que sufro siempre que me tocas —Lo miró con expresión preocupada— ¿No te habré hecho daño yo a ti?
A Peter lo invadió tal sensación de alivio que sus propias rodillas estuvieron a punto de ceder. Tuvo que hacer un esfuerzo para articular la respuesta a pesar del nudo que se le había formado en la garganta.
-Peter: No.
Tenía que darle explicaciones y pedirle disculpas, pero ¿cómo explicar lo que él mismo era incapaz de entender? Nunca había perdido el control de ese modo. Le faltaban palabras, pero desde luego le debía a ella un intento de explicación.
Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, ella le rozó los labios con los suyos.
-Paula: Creo que aún nos quedan diez minutos —susurró junto a su boca— No querrás desperdiciarlos hablando, ¿verdad?

Peter emitió un sonido, en parte carcajada, en parte gruñido. Tendría que haber esperado una reacción sorprendente por parte de ella. Se agachó, la levantó en vilo y se encaminó al lecho.

Siempre y cuando ella diese su consentimiento, había por lo menos media docena de cosas que él quería hacer en esos diez minutos.

Y, desde luego, hablar no era una de ellas.

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Volví! 
Tuve serios problemas con el internet, muchos días sin conectarme a Twitter, Facebook, subir esta nove, un bossta... y recién hoy vinieron a arreglar el Wi-Fi. 
Obvio que esperaban maratón y acá la tienen, aunque estuve como 70 años para subir los capítulos, los publicaba pero quedaban en borrador y... nada. Una tras otra jajajaja
Comenten!!! por favor, ahora en los próximos capítulos de la nove van a pasar muchisimas cosas de todo tipo, aviso.
Ya esta por hoy...
Gracias :)